Jesucristo, entre el mito y la historia

La vida del fundador del cristianismo transcurrió entre los reinados de Augusto y Tiberio. Más tarde, Claudio expulsó de Roma a sus seguidores, aunque fue Nerón quien se llevó la tal vez injusta fama de perseguirlos. Hoy, no cabe duda de la historicidad de Jesús, pese a que poco se sabe de él más allá de las fuentes evangélicas.

El nacimiento de Jesús hubo de producirse en torno al año 4 o 5 a.C. en la aldea galilea de Nazaret. La tradición cristiana afirma que sus padres se llamaron José y María, y es probable que tuviera varios hermanos.

En sus años de infancia, Herodes el Grande gobernaba Judea con mano de hierro gracias al apoyo de Roma, cuyos senadores le dieron carta blanca para controlar las sesiones de la asamblea de Jerusalén, manejar a su antojo el poder religioso y llevar a cabo grandes construcciones, como el Segundo Templo de la capital hebrea y las fortalezas de Masada y Herodión. Si los judíos criticaban a Herodes por su afán de ajustar las tradiciones de su pueblo a los parámetros de la cultura grecorromana, el emperador Augusto estaba encantado con su férreo gobierno, ya que evitaba revueltas y tensiones en la región. Sin duda, su reinado proporcionó estabilidad a Judea, pero en sus últimos años de vida el monarca se comportó como un paranoico que veía enemigos en todas partes, incluso en su propio palacio. Así, convencido de que su esposa Mariamme le había engañado con otro hombre, Herodes ordenó asesinarla.

Su hijo mayor, Antípatro, inició un complot para acabar con su enfermo y desquiciado padre. Pero la conspiración llegó a oídos del rey, quien acusó a su primogénito de traición, por lo que fue encarcelado y ejecutado. Herodes el Grande murió en el año 4 de nuestra era, cuando Jesús debía tener unos diez años de edad. El emperador Augusto resolvió la sucesión en el trono judío dividiéndolo entre sus tres hijos. A Arquelao le concedió el control sobre Judea, Idumea y Samaria; a Herodes Antipas, el de Galilea y Perea, y a Filipo, unas tierras menores. El gobierno de Arquelao fue un desastre, y el emperador lo destituyó en el año 6, convirtiendo sus territorios en una provincia romana al mando de un prefecto.

La caída en desgracia de Arquelao coincidió con el levantamiento de Judas de Gamala en Galilea, que pronto fue liquidada por la poderosa maquinaria bélica del Imperio. Al fallecer Augusto en el año 14, el poder de Roma pasó a manos de Tiberio, uno de los hombres más capacitados de la aristocracia romana, cuyas habilidades militares habían quedado demostradas en sus campañas en las regiones septentrionales del Imperio, aunque el Senado siempre lo percibió como un tirano. En los territorios de Galilea y Perea, Herodes Antipas colaboró tan estrechamente con Tiberio que no dudó en fundar en su honor una nueva ciudad, a la que puso como nombre Tiberíades.

Jesús, en su contexto histórico

Todas las fuentes históricas sobre Jesús de Nazaret se encuentran en textos que se escribieron años después de su crucifixión, como los Evangelios canónicos. El más antiguo es el llamado Papiro P 52, que contiene un fragmento del Evangelio de Juan, del año 125. Estas fuentes aseguran que la vida pública de Jesús se inició con su bautismo por el predicador Juan el Bautista en el río Jordán, convirtiéndose desde entonces en el líder de la primera comunidad cristiana. Acompañado por un grupo de fieles, entre los cuales se encontraban los doce apóstoles, Jesús recorrió Galilea y las regiones aledañas transmitiendo un mensaje de esperanza a los desposeídos, marginados y pecadores. Posteriormente, según cuentan los Evangelios, el nazareno se trasladó a Jerusalén para celebrar la Pascua con sus discípulos, donde fue aclamado como un rey por la multitud. “He aquí que tu rey viene a ti, manso y montado sobre un asno”.

Estos textos cuentan la visita de Jesús al Templo de Jerusalén, donde expulsó a los cambistas y comerciantes, y la celebración de la Última Cena junto a sus apóstoles, durante la cual predijo que sería traicionado por uno de ellos, llamado Judas Iscariote. Los textos de los evangelistas también hacen referencia a otros capítulos de la vida de Jesús, como su subida al monte a orar, cuando algunos de sus apóstoles contemplaron la transfiguración de su maestro y la aparición de las figuras de Moisés y Elías, mientras se oía una voz celestial que decía: “Este es mi Hijo elegido. Escuchadle”.

En el año 26, cuando Tiberio nombró a Poncio Pilatos gobernador de Judea, Juan el Bautista andaba predicando en las plazas y el Templo de Jerusalén la próxima llegada del reino de Dios y del Apocalipsis, una revelación del fin del mundo y de la llegada del nuevo mesías que Jesús adoptó con un cambio sustancial: “El reino de Dios ya ha llegado y se encuentra entre nosotros aquí y ahora”. “Aquella modificación fue esencial para lo que vino después. Si el mensaje del Bautista era apocalíptico, el de Jesús era de felicidad y de liberación”, afirma Armand Puig, profesor de Nuevo Testamento en la Facultad de Teología de Cataluña y autor de Jesús, una biografía. Mientras el nuevo mesías predicaba sus enseñanzas en Galilea, el tetrarca de ese territorio, Herodes Antipas, cometió el error de contraer matrimonio con una medio sobrina suya, llamada Herodías, lo que desató el escándalo entre los judíos, que veían con malos ojos una relación que consideraban incestuosa. En el Evangelio de Marcos se dice que Juan el Bautista condenó también la conducta de Herodes, por lo que su joven mujer exigió la ejecución de aquel incómodo predicador, a lo que accedió el tetrarca de Galilea. Según Marcos, Herodes ordenó la decapitación de Juan, cuya cabeza le fue entregada a Herodías en un plato. El historiador judío Flavio Josefo cuenta asimismo esa ejecución en Antigüedades judías, una obra en la que el autor trata de demostrar que el pueblo hebreo es el más antiguo de todos los existentes y en la que aparece de pasada la figura de un personaje llamado Jesús. Los romanos, que no querían intervenir en cuestiones religiosas en los territorios ocupados, así lo permitieron.

Un mensaje subversivo

Pero pronto se arrepintieron de su decisión, tal y como recoge un edicto imperial descubierto en Nazaret hace unos años, cuyo texto desvela las penas de muerte que impusieron los romanos a los violadores de tumbas en Palestina. La dureza de esas disposiciones se ha relacionado con la sustracción del cadáver de Jesús de su tumba tras su crucifixión. A los romanos les debió coger desprevenidos la propagación del mensaje de que ese supuesto mesías había resucitado, lo que podía dar lugar a tumultos y sublevaciones en la región.

En un intento de frenar casos similares en el futuro, las autoridades imperiales decidieron castigar severamente el robo de cadáveres en Judea. Según el Nuevo Testamento, la persecución de los primeros cristianos comenzó poco después de la supuesta resurrección de Jesús. El principio cristiano de que él era el único “señor de señores” y “el único Dios verdadero” fue percibido por los romanos como una rebelión política contra el Imperio.

Otras ideas que predicaban los apóstoles y sus seguidores también fueron vistas como una amenaza para el orden social romano. La creencia de que “todos somos hijos de Dios” y el alegato contra la riqueza y las prácticas comunistas de los primeros cristianos, que ponían a disposición de la comunidad todos sus bienes cuando entraban a formar parte de ella, chocaban frontalmente con la sociedad romana, cuyos pilares eran el esclavismo y la defensa de la propiedad privada. A los cristianos les perjudicó en principio que su fe se extendiera tan rápidamente entre los humildes y los que sufrían injusticias, cuyas filas componían la mayor parte de la población del Imperio. Roma no estaba dispuesta a tolerar una religión que preconizaba a voz en grito la igualdad entre los seres humanos, un principio que podía alentar la sublevación, al señalar como culpables de esa desigualdad social a los más poderosos y privilegiados de Roma.

 

De Calígula a Claudio

Sin embargo, no hay pruebas documentales de que Calígula, sucesor de Tiberio, reprimiera a los cristianos que vivían en la capital o en otros territorios imperiales.

De lo que sí dejaron constancia los historiadores Tácito y Suetonio fue del comportamiento disoluto y perturbado de este emperador, al que acusaron de ser un hombre profundamente cruel y desequilibrado, cuyas orgías sexuales y relaciones incestuosas con sus hermanas escandalizaron a toda Roma. Hartos de sus arbitrariedades, los componentes de la guardia pretoriana acabaron con él y declararon emperador a su tío Claudio. En aquellos días turbulentos, los barrios de Roma incrementaron su población con la llegada de judíos, negros africanos, germánicos, griegos, sirios y otras gentes provenientes de los rincones más recónditos del Imperio.

A ese crisol de pueblos se unieron los judíos cristianos, que en el año 49 fueron expulsados de la capital del Imperio por provocar graves disturbios en sus calles. En sus escritos, Suetonio recuerda que los tumultos comenzaron cuando los cristianos anunciaron que Jesús, el hijo de Dios y por extensión la encarnación de Dios mismo, iba a inaugurar una nueva era para la humanidad. Esa proclama chocaba de frente con el arraigado monoteísmo del pueblo hebreo, lo que provocó enfrentamientos entre las familias ortodoxas judías y las comunidades cristianas. Aquel conflicto llegó a su fin cuando el emperador ordenó la inmediata expulsión de los cristianos de la ciudad.

Roma se hace cristiana

La presencia del cristianismo en el Imperio comenzó a ser muy visible en el siglo II. Roma solía respetar los dioses de los territorios que iba ocupando, siempre que los creyentes respetaran a su vez las instituciones imperiales y se mantuvieran al margen de disturbios. Pero la insólita pureza de los ritos cristianos, incomprensibles para la mentalidad romana, y la difusión de su fe entre los esclavos y libertos, que la convirtieron en una amenaza para el orden social, provocaron momentos de gran tensión que desembocaron en persecuciones. La espectacularidad de los castigos a los cristianos, que murieron a miles en el circo devorados por fieras salvajes, y su actitud estoica ante la muerte contribuyeron a difundir su religión.

Con el paso del tiempo, esta fe fue cobrando poder entre las clases privilegiadas. Fue en torno al año 311 cuando el emperador Constantino autorizó oficialmente el nuevo credo, que pronto pasó de ser perseguido a perseguidor de las religiones paganas, bajo el pretexto de defender la pureza de la fe y velar por las almas de los romanos.

Realidad y mito en torno a Nerón

Tras la muerte de Claudio, el cetro imperial pasó a manos de Nerón, el último emperador de la dinastía Julio-Claudia. Gracias a los historiadores romanos, su imagen cantando un poema mientras observaba a Roma en llamas ha quedado en la memoria colectiva como paradigma de la frivolidad y la maldad. Pero las crónicas de los historiadores romanos no siempre responden a la verdad histórica. El drama se produjo el 19 de julio del año 64, cuando se desató un incendio en el Circo Máximo que se expandió velozmente destruyendo buena parte de la ciudad.

Pronto corrieron rumores de que el fuego había sido provocado por el propio emperador, cuyo sueño era destruir la antigua Roma para construir sobre sus ruinas Nerópolis, la nueva capital del Imperio. Pero Nerón no fue un pirómano, sino el emperador que reaccionó al desastre actuando con diligencia para paliar los efectos devastadores del fuego. Entonces, ¿quién fue el culpable? Algunos historiadores afirman que la devastación de Roma por las llamas fue accidental y que fue el emperador quien buscó un chivo expiatorio para acallar las voces que lo señalaban. Y el mejor chivo expiatorio que tuvo a mano Nerón fue la comunidad cristiana que vivía en la capital, a la que acusó de haberlo provocado. Al menos eso es lo que creíamos gracias a los escritos de los historiadores Cornelio Tácito y Suetonio, quienes narraron a comienzos del siglo II la cruel represión que sufrió la comunidad cristiana tras el incendio de Roma.

Sin embargo, investigaciones publicadas en 2015 parecen demostrar que aquellas persecuciones, en las que se sentó la base del martirologio cristiano, fueron un mito. Esa es la hipótesis que defiende Brent D. Shaw, catedrático de Historia Clásica de la Universidad de Princeton (New Jersey, Estados Unidos), cuyas conclusiones pueden alterar la visión que tenemos de los primeros cristianos. Este profesor cree que las persecuciones se produjeron tras el incendio, aunque no fueron dirigidas contra los cristianos, que en aquel entonces eran muy pocos y no amenazaban la paz social. La vinculación de estos con la destrucción de Roma se produjo posteriormente, en torno al año 100 de nuestra era.

Al construir el relato de los orígenes de su fe, autores cristianos como Eusebio culparon a Nerón del asesinato de miles de fieles, haciéndose eco de las críticas que sufrió el emperador por parte de las élites romanas de la época, que lo habían descrito como una persona perversa y maligna.

En realidad, el martirio de los cristianos se produciría más tarde, con los emperadores Domiciano, Trajano, Marco Aurelio, Septimio Severo, Decio y Diocleciano. Fue este último el que puso en marcha la gran persecución, también denominada Era de los Mártires (año 303), durante la cual se destruyeron los templos cristianos y se asesinó a miles de fieles a lo largo y ancho del Imperio; entre ellos, al diácono Román de Antioquía, al que le amputaron la lengua antes de ejecutarlo. Aquella sangrienta etapa concluyó cuando Constantino autorizó el culto cristiano en torno al año 311 de nuestra era.