El volcán del colonialismo en cuatro batallas

Algunas antiguas potencias, como España, se resistían a aceptar su declive, y otras, como Inglaterra, querían mantener sus lucrativos negocios en todas las latitudes.

Las ansias de colonización no acabaron con la llegada del siglo XX. Algunas antiguas potencias, como España, se resistían a aceptar su declive, y otras, como Inglaterra, querían mantener sus lucrativos negocios en todas las latitudes. Tanto ellas como las emergentes –Japón o EE UU– buscaban nuevos territorios que explotar, pero las poblaciones locales cada vez estaban menos dispuestas a soportarlo.

Imagen de cabecera: Carga del río Igan del Regimiento Cazadores de Alcántara 14º de Caballería en 1921, durante la Guerra del Rif / Augusto Ferrer-Dalmau.

Levantamiento de los Bóxers (1900)

La desconfianza entre China y Estados Unidos que podemos leer en las noticias casi cada día es un eco actual de unos recelos entre el “país del centro” y Occidente que explotaron por primera vez en 1900. Ese año, el movimiento de los bóxers empezó a actuar bajo la protección o, como mínimo, la manga ancha de la emperatriz china, Cixi. Eran un grupo de militantes radicales opuestos a cualquier tipo de influencia extranjera en lo económico y lo cultural, llamados así por emplear el Chinese Boxing (como denominaban los ingleses a las artes marciales). En la corte de la emperatriz de la dinastía Qing existía una amplia corriente de opinión que pedía poner coto a la influencia ejercida por las potencias en los asuntos chinos. Inglaterra, en particular, había intervenido de forma constante durante el siglo XIX para favorecer su expansión comercial incluso utilizando las armas, como en la Guerra del Opio. Y en los últimos tiempos también Rusia, Alemania, Estados Unidos y el siempre incómodo vecino japonés habían empezado a buscar recompensas coloniales en el inmenso territorio chino.

Contra todo esto, los bóxers adoptaron la vía de la violencia: quemaron iglesias cristianas, asesinaron a compatriotas suyos que profesaban dicha religión y se rebelaron contra las propias autoridades chinas cuando intentaron frenarlos. Sus acciones, cada vez más decididas, les acercaron a Pekín, donde estaba uno de sus objetivos simbólicos: el Barrio de las Legaciones, sede de las embajadas extranjeras, junto a la Ciudad Prohibida. Los diplomáticos extranjeros estaban protegidos por apenas 400 soldados, más unos 3.000 cristianos chinos que se habían refugiado en el lugar. Estos encontraron un viejo cañón que sería clave en la defensa, bautizado como el Cañón Internacional. Por suerte para los embajadores, la presencia de tropas internacionales en China era muy grande, debido al intervencionismo de las potencias.

Ante la situación, se forjó la Alianza de las Ocho Naciones (Rusia, Gran Bretaña, Alemania, Austria- Hungría, Italia, Francia, Japón y Estados Unidos). Dadas las dificultades para llegar a Pekín de un destacamento enviado por tierra, la Expedición Seymour, y la perspectiva de que se cerrase con minas el acceso a Pekín por el río Hai, los occidentales lanzaron un ataque de sus armadas contra los fuertes que protegían este importante punto estratégico fluvial en su desembocadura. Su victoria en la Batalla de los Fuertes de Taku sería un acicate decisivo para acrecentar la crisis en el plano político, porque la emperatriz Cixi, al ser consciente de la magnitud de la intervención extranjera, ya no dudó en apoyar a los bóxers. Dio un ultimátum a los embajadores para abandonar sus legaciones y, ante la negativa de estos −que temían morir en cuanto salieran, como le había sucedido al de Alemania, Clemens von Ketteler−, declaró la guerra contra hasta once potencias, incluida España.

Pero tan arriesgada decisión se volvió contra ella: los gobernadores de las provincias del sureste de China se negaron a secundar la declaración y a enviar tropas, firmando entre ellos un pacto de “mutua protección”. Consideraban suicida guerrear contra todos aquellos países, que en aquel momento tenían una importante presencia en enclaves como Hong Kong (Gran Bretaña), Cantón (Francia) o Qingdao (Alemania). Al no apoyar militarmente al ejército imperial, la resistencia de este quedó prácticamente sin posibilidades de victoria.

Tras 55 días de asedio, las legaciones serían liberadas el 15 de agosto. Al tiempo, la emperatriz huía de Pekín intentando pasar inadvertida bajo un disfraz. La capital quedó en manos de las potencias, cuyos ejércitos se entregaron al saqueo de bienes de valor, muchos de los cuales acabaron en Occidente.

También hubo violaciones masivas de mujeres, denunciadas en sus relatos de lo ocurrido en aquellos días por algunos soldados que se negaron a participar. La crisis acabó con la firma del llamado Protocolo Bóxer, que se rubricó en la embajada española, debido al importante papel jugado por el embajador Bernardo Cologán, el decano de los diplomáticos acreditados en Pekín. Las potencias impusieron unas condiciones muy duras a China, incluido el pago de indemnizaciones. Con el paso del tiempo, los historiadores han visto en esta violenta rebelión el primer brote de un radicalismo antiextranjero que luego se repetiría en la Revolución Cultural fomentada durante las décadas de los 60 y 70 por el líder comunista Mao Zedong.

Cadáveres españoles en Monte Arruit, meses después del desastre.


Annual: El desastre del imperio que no lo era tanto (1921)

La España en horas bajas de principios del siglo XX había encontrado en el norte de África un sucedáneo de colonia con el que saciar la nostalgia imperial que le había dejado la caída de Filipinas y Cuba en 1898. Además de las históricas Plazas de Soberanía (las islas Chafarinas, el peñón de Alhucemas...), desde las ciudades de Ceuta y Melilla se habían ganado posiciones hacia el interior. Y había aspiraciones de más.

El Tratado Hispano-Francés de 1912 serviría a ambos países para repartirse las zonas de influencia en un territorio, el marroquí, cuyo sultán apenas tenía autoridad efectiva. El acuerdo dio entidad jurídica al llamado Protectorado Español de Marruecos. Una de las regiones que le correspondieron a España fue el Rif, que desde Melilla va en dirección este hacia Alhucemas por la costa, pero que también se extiende hacia el sur por un territorio árido y yermo, mal comunicado y con montes de difícil acceso, donde la temperatura en verano alcanza los 55°.

El Rif no era el premio gordo de la lotería colonial, sino más bien la pedrea, lo máximo a lo que podía aspirar una potencia de segundo orden. El beneficio económico que España obtendría de la región se limitó a sus minas de hierro y plomo, cuya riqueza fue exagerada en la época. Porque, en el plano simbólico, conquistar el Rif resultaba muy atractivo, tanto para el alicaído prestigio del país como para el de los militares. Muchos de los altos mandos destinados al Protectorado venían de Cuba y querían resarcirse de la humillación sufrida en la isla.

Alfonso XIII era del mismo parecer y “asumió como empeño personal de la Corona la idea colonial en Marruecos”, según el historiador Juan Pando. Manuel Fernández Silvestre, que mandó las tropas españolas en Annual, era uno de aquellos generales cubanos que buscaban un nuevo campo de gloria. Fue nombrado en 1920 comandante general de Melilla, prácticamente la segunda autoridad del Protectorado tras el Alto Comisario, Dámaso Berenguer, otro general natural de Cuba y prominente político. Este tenía como misión la pacificación total de la colonia frente a varias tribus rebeldes y, mientras él se aplicaba a ello en la región occidental de Yebala (la que va de Tánger al sur), encargó al comandante de Melilla lo propio en el Rif. Así esperaba poner fin a la ya larga Guerra de Marruecos.

Españoles por el Rif

Silvestre era un militar audaz hasta la imprudencia, con una confianza ciega en sí mismo. Había tomado atrevidamente Taffersit, una comuna rural del Rif, en agosto de 1920, en una acción al descubierto y sin protección que había sido el pasmo de los observadores extranjeros. En enero de 1921 emprendió el plan, pactado con Berenguer, de avanzar hacia el territorio más hostil, la cabila de Beni Urriaguel, que iba desde la bahía de Alhucemas hacia el sur y estaba liderada por Abd el-Krim. Ante la falta de efectivos navales para un desembarco de tropas en la bahía, la intención de Silvestre era atacar a los rifeños por la espalda. Para ello, accedería por el interior con una larga marcha: un recorrido de 137 km desde Melilla atravesando secarrales, subiendo y bajando montañas y pasando por un ardiente valle en cuya hoya se encontraba el poblado abandonado de Annual.

Las tropas de Silvestre lo tomaron el 15 de enero sin disparar un solo tiro, pero tampoco habían hablado una sola palabra con las tribus locales, las llamadas harkas: esto era una muestra de hostilidad. Y los rifeños podían ser enemigos temibles, fieros y certeros francotiradores. Así, uno de los sufrimientos cotidianos de los soldados españoles serían los pacos, nombre dado a sus precisos disparos a distancia, que sonaban “pakum” y causaban estragos.

La masacre del Igueriben

El avance hacia Alhucemas se reinició a finales de mayo. El 1 de junio, el capitán Villar ocupó el monte Abarrán antes del amanecer, pero entonces sí halló oposición: desde las colinas cercanas, los rifeños observaron a los soldados construir su precaria fortificación y pronto la rodearon y empezaron a dispararles.

Una tribu amiga, los temsamaníes, que habían acompañado a los españoles en la expedición, se volvieron contra ellos. A las dos de la tarde, el monte se había perdido, los soldados habían muerto o huido y varias piezas de artillería habían caído en manos de Abd el-Krim.

Esta derrota enervó a Berenguer y debería haber constituido un aviso. Pero, aun así, el 7 de junio se ocupó otro monte cercano a Annual, el Igueriben, con unos 350 hombres. La posición fue hostigada desde el principio y los españoles quedaron sitiados. Al mando del comandante Benítez, otro veterano de Cuba, resistieron más de un mes, pero el 17 de julio se quedaron sin agua. Como sucedáneo, chupaban peladuras de patata y, en el colmo de la desesperación, se bebían sus orines mezclados con azúcar e incluso el líquido de limpiar las botas.

El día 21, al interceptar los rifeños un convoy de ayuda, los soldados del Igueriben, sin agua ni municiones, emprendieron la retirada a la desesperada y fueron masacrados. Su caída provocó el pánico en Annual, donde se podía oír lo que pasaba y se recibían transmisiones de telégrafo. Y los rifeños, crecidos, se lanzaron sobre el poblado. El general Silvestre ordenó la retirada, que ejecutaron sin ningún orden y en muchos casos sin honor, copando los oficiales los coches rápidos y tirando los soldados al suelo a los heridos que iban en mulas. De Silvestre se dice que se encerró en su tienda y se pegó un tiro, aunque esto no se pudo confirmar, pues su cadáver nunca fue hallado.

La tragedia no acabó en Annual, sino que se prolongó tras la retirada. 3.000 soldados supervivientes, al mando del general Navarro, segundo jefe de Melilla, se hicieron fuertes en el monte Arruit. Pactaron su rendición, pero los rifeños no respetaron el acuerdo y los mataron tras deponer las armas.

En total, murieron entre 8.000 y 10.000 españoles en el enseguida bautizado como Desastre de Annual. Se desencadenó una enorme crisis política y el ministro de la Guerra, el vizconde de Eza, encargó a un general, Juan Picasso, que investigara in situ lo ocurrido. Su detalladísimo informe, el Expediente Picasso, conocido un año después – cuando el gobierno que lo encargó ya hacía tiempo que había dimitido–, destapó las miserias de un ejército precario y de una colonización tan ambiciosa como desastrosa.