Stonehenge y otros secretos megalíticos

Cuando nuestros ancestros se hicieron sedentarios, marcaron su territorio, enterraron a sus muertos y sentaron las bases de una civilización cuyos símbolos más espectaculares son los megalitos. En el siglo XXI, sus piedras siguen rodeadas de magia y misterio.

Stonehenge
Imagen: Getty Images.

En medio de un prado, en la espesura de un bosque o sobre una colina, las piedras monumentales están presentes en culturas de todo el mundo, pero en la costa atlántica del Reino Unido y Francia es donde se encuentran algunos de los conjuntos más antiguos y espectaculares: los megalitos, del griego megas, grande, y litos, piedra.

La Edad Media los creía obra del diablo, de hechiceros o gigantes; se han atribuido a antiguos sacerdotes, a fuerzas sobrenaturales e incluso a brujas. Hoy, siguen rodeados de leyenda y atraen por igual a científicos y aficionados.

Stonehenge
Imagen: Getty Images.

 

El misterioso círculo de Stonhenge

En el corazón del condado de Wiltshire, a unos 130 km al oeste de Londres, se alza impertérrito el monumento megalítico más famoso del mundo y uno de los iconos de Inglaterra: Stonehenge. Su nombre, de origen sajón, significa “lugar de las piedras colgantes”.

Se trata de un crómlech –círculo de piedras– que llegó a tener 160 elementos, de los que hoy queda un círculo interior con seis grandes bloques rematados por tres dinteles y otro exterior con 17 monolitos también con dinteles. Algunas de las piezas que formaron estos “guardianes de piedra” alcanzaban las 40 toneladas de peso.

La mitología relaciona el monumento con los druidas, sacerdotes celtas que supuestamente practicaban sacrificios humanos. Para muchos, Stonehenge era un templo solar donde se celebraba el cambio de estación, pues sus piedras estarían alineadas para señalar la salida y la puesta de sol en los solsticios. Un acontecimiento que sigue festejándose gracias a “peregrinos devotos” de todo el mundo que se dan cita aquí una vez al año, la noche del 20 al 21 de junio. Miles de “druidas del tercer milenio” y curiosos se agolpan en este poderoso centro energético para recibir al verano y contemplar cómo el primer rayo de sol roza la Piedra del Talón, en la entrada de la construcción.

En estas reuniones no faltan la música y la danza, como tampoco faltaban en la Antigüedad. De hecho, una teoría apunta a que el monumento fue pensado, además de como un gran reloj solar, como un centro con excelente acústica para la difusión del sonido durante las procesiones.

Construido a lo largo de un vasto período de tiempo, entre finales del Neolítico y principios de la Edad del Bronce, Stonehenge es la suma de tres grandes fases de construcción entre, aproximadamente, 2800 a.C. y 1600 a.C.

 

Teorías para todos los gustos

La extraordinaria inversión de tiempo y esfuerzo que requirió edificar Stonehenge sugiere que estaba diseñado con un fin especial. Científicos y aficionados llevan décadas intentando responder preguntas, en especial por qué se construyó.

La teoría de que fuese un observatorio astronómico ha ganado terreno, en especial tras la publicación en 1961 de Stonehenge decoded (Stonehenge descodificado), de Gerald Hawkins. Según este astrónomo, el monumento permitía predecir eclipses lunares, que se pronosticaban moviendo los jalones de hoyo en hoyo alrededor del círculo. Pero muchos arqueólogos se muestran reticentes a esta idea, entre ellos Richard J.C. Atkinson, cuyos trabajos probaron que los hoyos se habían rellenado poco después de cavarse, lo que echaba por tierra dicha tesis.

Hay quien apunta que fue un cruce de caminos sagrado. En 1921, Alfred Watkins descubrió “una red de líneas que resaltaban como alambres candentes sobre la superficie de la tierra, cruzándose en los solares de las iglesias, en las piedras antiguas y en otros puntos de santidad tradicional”. Watkins defendía que todos los enclaves de importancia histórica o religiosa de Gran Bretaña (incluido Stonehenge) estaban situados sobre una inmensa red de líneas rectas que respondían a la existencia de corrientes subterráneas por las que circulaba una misteriosa “fuerza telúrica”. Puesto que muchos de estos enclaves tenían topónimos terminados en ley, ly , lee o leigh , bautizó su descubrimiento como “sistema Ley”.

Dichas líneas habrían sido vías comerciales y procesionales paganas que conectaban lugares de adoración. Aunque con el tiempo la idea contó con numerosos adeptos, la arqueología canónica la rechaza alegando que, en un espacio tan densamente poblado y con tanta historia como la vieja Europa, prácticamente cualquier línea trazada en cualquier dirección atravesaría lugares significativos.

Stonehenge
Imagen: Getty Images.

 

Druidas y magos

Más osada es la hipótesis que sostiene que fue un monumento a la fertilidad. Se debe al profesor de ginecología Anthony Perks, quien en 2003 afirmó que Stonehenge reproducía los órganos genitales femeninos: el círculo interno, visto desde arriba, representa los labios menores, mientras que las grandes rocas externas serían los labios mayores; el altar, el clítoris, y el centro abierto, la vagina. Así se habría conformado una imagen de “la apertura por la que la Madre Tierra da a luz”.

Otra teoría muy literaria es que habría sido obra del mago Merlín. En 1136, Geoffrey de Monmouth escribió Historia de los reyes de Britania , en la que el tío del rey Arturo, Aurelio Ambrosio, quiere levantar un monumento en memoria de los 460 señores britanos asesinados a traición por el rey sajón. Para ello acude a Merlín, creador del “Redondel de los Gigantes”.

La creencia más extendida, difundida en el siglo XVIII por John Aubrey y William Stukeley, es que fue un templo de culto druídico. No obstante, también tiene opositores como el arqueólogo Christopher Chippindale, autor de Stonehenge. En el umbral de la historia (1989), para quien “nada del culto druídico coincide con Stonehenge, situado en medio de una llanura desierta, sin apenas un solo árbol a la vista”.

Pese a las muchas y variadas interpretaciones, Stonehenge no ha perdido un ápice de su carácter enigmático. Inspirándose en el conjunto, en 1820 el sheriff  de Yorkshire mandó construir el Templo de los Druidas en esta área. Casi al instante, corrió el rumor de que allí tenían lugar ceremonias satánicas y reuniones de sociedades secretas.

Goseck
Imagen: Wikimedia Commons.

 

Gosek, el “Stonhenge alemán”

Muchos siguen creyendo que se trata de un lugar mágico donde las piedras se colocaron según un esquema cósmico. Pero, al margen de mitos, para los expertos los constructores de Stonehenge acababan de abandonar el nomadismo para convertirse en agricultores y ganaderos sedentarios. Por un lado, para controlar los ciclos agrarios debían saber en qué momento del año estaban; de ahí el carácter astronómico del enclave. Por otro, desarrollaron el sentido de pertenencia a un lugar y por eso empezaron a construir monumentos, como diciendo “esta tierra es nuestra”, y usaron algunos como tumbas para enterrar a los suyos en el lugar al que pertenecían.

Las incógnitas siguen rodeando la estructura megalítica más famosa del mundo. Tal vez, como afirma Chippindale, sea “un acertijo que sigue sin resolverse, por lo que durante siglos quien lo ha visitado ha visto en él un espejo que refleja, de manera más o menos deformada, la idea del pasado que cada uno lleva consigo”.

Como Stonehenge, también exhiben forma de círculo las ruinas de Goseck, en el estado de Sajonia Anhalt. Pertenecen al observatorio solar más antiguo de Europa, de unos 7.000 años de antigüedad. Lo compone un grupo de empalizadas circulares –que debieron alcanzar 20 metros de altura y 75 de diámetro– rodeadas por un foso. Desde Goseck era posible observar el sol naciente y el poniente en el día del solsticio de invierno. Aparte de poder determinarse el ciclo solar, era un centro de la vida social. En palabras del investigador François Bertemes, “debemos partir del supuesto de que aquí tenían lugar sacrificios humanos”. De hecho, se han hallado restos humanos que no estaban en las posiciones en que solía enterrarse entonces y que mostraban indicios de escoriaciones.

 

Hacia el año 4000 a.C., la costa bretona era una especie de El Dorado, una rica región que atrajo a una importante población.

 

Otros insólitos alineamientos

Considerado el monumento prehistórico más extenso del mundo, Carnac, en la Bretaña francesa, exhibe hileras e hileras de dólmenes y menhires.

Datado en 4000 a.C., concentra más de 3.000 a lo largo de casi 4 km, divididos en conjuntos. Aunque el más grande es el de Le Ménec, con 1.099 menhires en 11 hileras de algo más de un kilómetro de longitud, seguramente el más popular sea el de Kermario, con las piedras más grandes, mientras que el de Kerlescan es el mejor conservado.

Pese a parecer simples alineamientos de piedras, la disposición de estas es más compleja de lo que parece y responde a una escenografía planificada; es probable que señalara un recorrido o una procesión. Si bien la orientación de los alineamientos no se corresponde con un eje astronómico relevante, parece que a sus artífices les guiaba una lógica estética y una dimensión simbólica. Además, los bloques pétreos estaban decorados. Aunque la mayor parte de grabados se han borrado, se han conservado algunos en los puntos más protegidos, entre ellos de serpientes.

Carnac
Imagen: Getty Images.

 

Se ignora la razón de su existencia. ¿Por qué se concentraron aquí miles de menhires? Existe una posible explicación. Hacia el año 4000 a.C., la costa bretona era una especie de El Dorado, una rica región que atrajo a una importante población. De algún modo, algunas cadenas de menhires podrían haber marcado la “frontera” de esta próspera zona y haberse convertido en símbolo de sus habitantes.

Son muchos los misterios que aún planean sobre Carnac, igual que sobre Sternsteine, en Alemania. Esta gigantesca estructura de cinco pilares de roca caliza que se elevan 30 metros sobre el bosque de Teotoburgo representa un centro natural de poder, un punto sagrado usado como escenario de ritos paganos. Alberga cuevas, criptas, cámaras y grutas que permitían acceder a las fuerzas telúricas. Algunos enclaves tienen un uso evidente, pero otros siguen siendo un enigma, como la capilla, sin techo y con un insólito altar. Excavada en la roca, su situación a gran altura sobre el suelo se habría escogido para visualizar los solsticios, según una investigación de 1823. Además, Sternsteine se encuentra prácticamente en la misma latitud que Stonehenge, así que en el solsticio la trayectoria del sol es idéntica en ambos enclaves, por lo que la capilla podría haber sido construida por seguidores de un antiguo culto solar. Investigaciones posteriores de Wilhelm Teudt probaron que su estado ruinoso y la falta de techo de la capilla se debían a la destrucción deliberada del observatorio pagano por monjes cristianos.

 

Los dólmenes de Antequera

Muchas incógnitas conserva, asimismo, otro de los conjuntos megalíticos más importantes de Europa, situado en nuestro país: los dólmenes de Antequera, en Málaga. Considerados Patrimonio Mundial, comprenden tres monumentos muy distintos entre sí: los dólmenes de Menga y Viera y el Tholos del Romeral.

Se construyeron entre 5.000 y 4.000 a.C. y se cubrieron las cámaras de piedra con tierra hasta levantar un cerro artificial: el túmulo. Los de Menga y Viera son los más antiguos. El primero está orientado hacia la legendaria peña de los Enamorados, cuya forma recuerda a un rostro humano que mira al cielo; el segundo, hacia el sol. El Romeral apunta a la sierra del Torcal.

A diferencia del típico dolmen (una gran piedra sobre otras dos verticales), los de Antequera son más grandes y profundos. Pero no solo son especiales por eso. La mayoría de dólmenes están orientados al sol; en cambio, en Antequera solo lo está el de Viera, que debió ser la tumba de alguien importante y que aún atrae a curiosos que quieren celebrar aquí el equinoccio de otoño, cuando el sol ilumina por completo su interior.

Los de Menga y El Romeral eran templos rituales. El primero, el mayor y más antiguo, es un sepulcro de galería de 27,5 metros de longitud. Lo levantaron las primeras comunidades agrarias del lugar.

Entre las curiosidades del enclave destacan dos. Una, que si se traza una línea recta que pase por el eje de los tres dólmenes, se termina en la peña de los Enamorados; dos, que la altura de Menga y Viera coincide, curiosamente, con el cercano cerro de Marimacho: 502 metros.

Dolmen de Menga
Imagen: Wikimedia Commons.

 

Megalitos en el Cáucaso

En Rusia y la República de Abjasia, en las montañas del Cáucaso, una zona de unos 12.000 km2 está salpicada de construcciones megalíticas de origen incierto. Se han contabilizado 3.000 entre megalitos, dólmenes y laberintos de tierra, a los que los arqueólogos han puesto edad: 4000-6000 años.

No se sabe de dónde vinieron y, aunque se les llama a todos dólmenes, son de lo más peculiar y variado. De base cuadrada, rectangular, circular o trapezoidal, están adornados con zigzags, triángulos, círculos... Para algunos, eran cajas de seguridad donde guardar objetos valiosos.

En Abjasia se han hallado, asimismo, crómlechs tumbas. La mayor concentración (15) está cerca de la aldea de Othara, en el distrito de Gudauta, donde se han desenterrado hachas, lanzas y cerámica de finales de la Edad del Bronce.

El Cáucaso, Gran Bretaña, Francia, Alemania... Las construcciones megalíticas nos atraen por su poder de evocación y nos transportan a los orígenes más remotos de nuestra cultura. Son los símbolos de un período básico de la humanidad y, aunque la ciencia pueda ayudar a saber cuándo y cómo se construyeron, probablemente siempre habrá una pregunta sin respuesta: ¿por qué? Puede que sus artífices se llevaran el secreto a la tumba para siempre.