Así hacíamos el mejor fuego en nuestras cuevas (hace 170 000 años)

Los humanos prehistóricos colocaban el fuego en la ubicación óptima de su cueva, siguiendo un patrón hoy desvelado.

 

La domesticación del poderoso elemento ígneo fue uno de nuestros más grandes descubrimientos como humanos, y sus consecuencias afectaron a nuestra dieta, forma de vida y capacidad cognitiva.  

Junto al fuego, estaba nuestro hogar. Sin embargo, el fuego dentro de una cueva podía ser muy molesto y hasta mortal, a causa del humo.

De modo que a los humanos prehistóricos no les bastaba con hacer fuego de cualquier manera. Si querían calentar comida y, al mismo tiempo, resguardarse de los depredadores y la intemperie sin morir por inhalación de humo, tenían que planificarlo bien, ubicando la fogata en el lugar adecuado.  

 

¿Dónde colocamos la hoguera?

Un estudio reciente, realizado por la Universidad de Tel Aviv, puso en marcha un modelo informático de simulación de dispersión de humo, y lo aplicó al caso real del yacimiento prehistórico de Grotte du Lazaret (cueva de Lazaret), muy cerca de Niza, en la costa mediterránea de Francia. El yacimiento pertenece al periodo Achelense tardío-Musteriense temprano.

Querían comprobar si los habitantes de esta cueva, habitada hace entre 170 000 y 150 000 años, seguían alguna pauta para elegir el sitio donde encender el fuego. Por aquel entonces el frío era paralizante, y resguardarse en la cueva, con ayuda del fuego, suponía un modo de sobrevivir.

Con el fin de identificar cuál es el lugar ideal donde hacer fuego en la cueva de Lazaret, el equipo de investigación utilizó su software de dispersión de humo, colocando dieciséis puntos de fuego virtuales repartidos por toda la cueva.

Tras analizar la densidad del humo simulado, compararon los datos con los parámetros de la Organización Mundial de la Salud. Distinguieron cuatro zonas principales de actividad: una roja, en la que la densidad de humo era muy alta y habría sido imposible vivir; una amarilla, en la que había humo durante unos minutos; una zona verde, en la que se podía estar mucho tiempo sin preocuparse y una zona azul, que apenas estaba expuesta al humo.

Las mejores zonas eran, según el resultado, el fondo y el centro de la cueva. Contrastando las mediciones de dispersión del humo con los datos de arqueoestratigrafía de Lazaret, los expertos se dieron cuenta de que aquellos primeros humanos encendían sus hogueras en los lugares perfectos. Por ensayo y error, dieron con el sitio ideal, que les permitió aprovechar al máximo el fuego sin tener que lidiar con demasiado humo.

El estudio, publicado en enero de 2022 en Scientific Reports, fue coordinado por el profesor Ran Barkai y el doctor Gil Kedar, contando también con el trabajo del estudiante de doctorado Yafit Kedar.

Según Kedar, muchos colegas llevaban tiempo intentando identificar cómo manejaban el fuego los primeros humanos, y qué métodos utilizaban. No se conocía mucha información al respecto, por lo que el estudio se centró en arrojar algo de luz.

Los resultados de la simulación mostraron una zona de ubicación óptima del fuego, con una superficie de unos cinco metros cuadrados. Precisamente en esa zona arqueológica es donde los humanos del Paleolítico inferior de Lazaret colocaron su fogata. Y no solamente una vez. A menudo aparecen superpuestas varias capas de restos de cenizas y huesos ennegrecidos, lo que indica que prendían el fuego en mismo emplazamiento durante varios años, incluso generaciones.

 

Aprovechando la ventilación natural

Fuente: Journal of Archaeological Science
Fuente: Journal of Archaeological Science

Aunque los humanos de hace 170 000 años no lo sabían, ya que se guiaban solo por la experiencia, el aire circula debido al proceso de combustión de la madera que empleaban para hacer el fuego, lo que contribuye al aumento de la temperatura del aire, desde la capa inferior a la capa superior. Esto provoca un incremento de la presión en la capa superior y crea un pasillo gracias al cual el humo va saliendo de la cueva, a la vez que entra aire fresco por la parte baja.

El estudio muestra que, la mayoría de las veces, la mejor ubicación para la lumbre era la parte trasera de la cueva, especialmente durante el invierno. Parece que la densidad del humo en Lazaret, cuando el fuego se encontraba en el fondo de la cueva, era mínima. Por el contrario, colocar el fuego justo en la entrada no era buena idea durante la mayoría de las estaciones.  

La investigación nos revela cómo, a pesar de no disponer de simuladores o sensores, los primeros humanos fueron capaces de gestionar adecuadamente el espacio dentro de su cueva, lo que sin duda da cuenta de que su elevada capacidad cognitiva y su gran capacidad de adaptación.

El modelo de simulación creado por este equipo será utilizado por los arqueólogos en otros yacimientos. En el futuro, se podría utilizar el software para estudiar una gran variedad de combustibles y analizar su dispersión de humo sobre el terreno.  

 

Domesticar el fuego lo cambió todo

Los registros más antiguos de uso de fuego domesticado se atribuyen a Homo erectus. Los expertos sitúan estos fuegos hace más de 700 000 años, si bien se dispone de pocos datos. Hay constancia de que hace 400 000 años el fuego se usaba con regularidad para calentar y asar alimentos. Mucho antes de esa fecha, los antiguos humanos manipulaban fuego de origen natural, hallado por accidente. 

La cocción de legumbres y raíces, así como de carne, además de eliminar microorganismos perjudiciales y hacer comestibles vegetales que crudos son tóxicos, pudo facilitar la digestión y producir, con el tiempo, cambios anatómicos. Se redujo el tamaño de los músculos masticatorios y aumentó la cantidad de energía disponible para el encéfalo. Según algunas hipótesis, detrás de este fenómeno está, en parte, la explicación del desarrollo de nuestro cerebro.

Más allá de dieta, el control del fuego nos proveyó de protección frente al frío, luz y un elemento disuasorio para ahuyentar a los depredadores, así como de una herramienta para mejorar las armas de caza.

 

Referencias:

Armelagos, G. J. 2014. Brain evolution, the determinates of food choice, and the omnivore's dilemma. Critical reviews in food science and nutrition, 54(10), 1330-1341.

Goldberg, P. et al. 2006. Deciphering human prehistory through the geoarcheological study of cave sediments. Evolutionary Anthropology: Issues, News, and Reviews: Issues, News, and Reviews, 15(1), 20-36.

Kedar, Y. et al. 2020. Setting fire in a Paleolithic Cave: The influence of cave dimensions on smoke dispersal. Journal of Archaeological Science: Reports, 29, 102112.

Kedar, Y. et al. 2022. The influence of smoke density on hearth location and activity areas at Lower Paleolithic Lazaret Cave, France. Scientific Reports, 12(1), 1-14.

Sophie, A. et al. 2009. Cognitive archaeology and human evolution. Cambridge University Press.

Luis Cortés Briñol

Luis Cortés Briñol

Formado en filosofía y antropología, con un barniz en biología, neuropsicología y bioestadística. Soy escritor, guionista y documentalista. Intento introducir la filosofía allá donde voy, aunque no hace falta (pues está en todas partes). Vivo en una biblioteca.

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