Los desnudos del Museo del Prado y la censura de los reyes de España

A pesar de que los desnudos han estado presentes en el arte desde hace siglos, en España hubo reyes que los admiraron tanto como otros los repudiaron.

Desde la prehistoria, el cuerpo humano ha sido objeto de deseo e inspiración para el arte de todo tipo. Las primeras sociedades humanas vinculaban las estatuas y representaciones de cuerpos desnudos con el culto a la fertilidad y este práctica alcanzó su punto más alto en Grecia y Roma, cuando su arte empezó a considerar al cuerpo humano, tanto masculino como femenino, como el paradigma de belleza, armonía y perfección. Desde entonces, los desnudos han estado presentes en todo tipo de representaciones artísticas y actualmente llenan museos de todo el mundo, aunque no a todos les ha parecido bien esta situación.

Tomando como referencia las obras del Museo del Prado, una de las pinacotecas más conocidas de España y que contiene una de las colecciones de arte de los siglos XVI y XIX del mundo, han sido muchos los monarcas españoles que han mostrado su interés o su desprecio por este tipo de obras. La casa de Habsburgo, que comenzó con Carlos I y acabó con Carlos II, tiene fama de haber defendido un modelo social hermético y moralista pero en lo referido al arte siempre demostró la pasión y admiración que sus reyes sentían por los desnudos en pintura o escultura. Carlos I, Felipe II (que estaba obsesionado con El jardín de las delicias del Bosco) y Felipe III, por ejemplo,  veían en la representación del cuerpo humano el mismo paradigma asimilado por los griegos y las obras de desnudos eran consideradas muestras de la maestría artística de los pintores o escultores.

Esta concepción pudo estar relacionada con el momento histórico en el que vivieron estos reyes. Desde 1492 hasta 1650 aproximadamente, España vivió un periodo de esplendor y crecimiento tanto en la literatura como en las artes conocido como el Siglo de Oro. Acompañando a las corrientes renacentistas y barrocas que se extendían por Europa, el tratamiento que se daba al cuerpo humano recuperó los valores de la época griega y romana y volvió a ocupar lienzos como icono de belleza y perfección. La cosa cambiaría con la llegada del siglo XVIII y de la monarquía borbónica.

De esta nueva dinastía, que llegó al trono español tras la Guerra de Sucesión (1701-1713), podemos destacar a Carlos III y Carlos IV. El primero, considerado un rey ilustrado y que supuso la apertura del país al pensamiento neoclasicista, fue en realidad un rey profundamente moralista. No solo llevaba una vida austera, sino que todo en ella estaba fuertemente influido por unas profundas creencias católicas. Es probable que fuese por esto por lo que en 1762 dio orden de destruir todos los cuadros de palacios, casas nobles y del Prado en los que hubiera desnudos. Por suerte, esta tarea se encargó al pintor de cámara Antón Raphael Mengs, que decidió desobedecer al rey y salvar obras de Tiziano, Durero o Rubens entre otros.

El siguiente rey, Carlos IV, decidió ir un paso más allá y mandó quemar más de una veintena de obras icónicas con desnudos en 1792. La orden se dio al marqués de Santa Cruz, mayordomo del rey, que contradijo el mandato real y ocultó las obras en una cámara de la Real Academia de Artes. Curiosamente fue con José I Bonaparte, conocido coloquialmente como “Pepe Botella”, cuando estas obras volvieron a ser expuestas en el Prado.

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