Hernán Cortés, el final del conquistador

El gallardo conquistador, principal artífice de la conquista española de México, murió en Castilleja de la Cuesta a los 62 años.

Hernán Cortés de Monroy y Pizarro Altamirano tuvo una vida llena de aventuras, peligros, riqueza y fama como pocos hombres en su tiempo. Partió hacia el Nuevo Mundo buscando el oro y el renombre de los conquistadores, se adentró en tierras desconocidas y dominadas por un poderoso imperio, desafió a sus superiores y provocó la expansión de los españoles por el actual México y la sumisión de los pueblos nativos a la ley de Carlos I. Con tantas emociones, es comprensible que su muerte fuese mucho más tranquila.

Cortés había pasado cerca de 40 años en las entonces llamadas Indias, primero como soldado durante la conquista y más tarde como virrey de Nueva España. La primera etapa se caracterizó por su avance hacia el interior de México, sus relaciones con los distintos pueblos nativos y su encuentro con Moctezuma II, emperador al que sometió y que acabó muriendo asesinado en 1520. También es especialmente recordada su disputa con Diego de Velázquez, gobernador de Cuba al que desobedeció y contra quien tuvo que combatir, o su expedición hacia Honduras y el descubrimiento de California. En el ámbito sentimental la relación con la Malinche, una esclava nativa que tuvo a su lado como intérprete y amante, es probablemente la más sonada.

A la segunda etapa de la vida de Cortés en el Nuevo Mundo se llegó a sangre y fuego y durante esta se asentó el poder de los españoles y se solidificó su sistema como territorios de ultramar de la corona española. Su querida Malinche había muerto en 1526 y lo último que quedaba a Cortés era un intento por preservar todo lo que había logrado en vida.

De vuelta en España, Cortés fue recibido con todos los honores y se dedicó a reunirse con personalidades de la alta nobleza con los que tenía o había tenido una relación cercana para afianzar el futuro de sus descendientes, principalmente buscando matrimonios convenientes y bien posicionados. En su testamento, destinó una más que considerable parte de su fortuna a la ciudad de Tenochtitlán, donde fue recibido por Moctezuma y que él mismo conquistó. Pretendía que ese dinero fuera destinado a la construcción de universidades y hospitales para que la ciudad se convirtiera en la indiscutible capital española al otro lado del océano.

Cortés murió a los 62 años en Castilleja de la Cuesta y fue enterrado en el monasterio de San Isidro del Campo, en Sevilla. Queriendo cumplir su voluntad expresa, su cuerpo se llevó a Nueva España. Tras varios traslados se decidió enterrarlo en la iglesia de Jesús Nazareno de Ciudad de México.

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