El terremoto de Lisboa: iglesias en ruinas y burdeles en pie

Cerca del 85% de la capital portuguesa quedó destruida durante el seísmo, que también quebraría la concepción religiosa de la naturaleza.

Cuando la tierra se abre, las aguas se alzan y el mismísimo fuego de los nueve anillos del infierno lo devora todo es comprensible, casi lógico, levantar la vista al cielo y pedir una explicación a la inmensidad que haya ahí arriba. Algo así fue lo que debieron sentir los habitantes de la capital portuguesa en el Día de Todos los Santos de 1755 cuando, en pocas horas, el terremoto de Lisboa provocó la destrucción del 85% de la ciudad y la muerte de entre 60.000 y 100.000 personas.

El epicentro del seísmo se produjo a unos 250 kilómetros de la costa portuguesa y, aunque afectó también a amplias zonas de España, Inglaterra, Noruega o Groenlandia; Portugal se llevó la peor parte. Investigaciones posteriores apuntan a que el terremoto alcanzó una fuerza de 9.0 en la actual escala Richter. Los edificios se desplomaban por todas partes y un gran grupo de gente se refugió en el espacio abierto de los puertos sin saber que, media hora después del final de los temblores, tres maremotos golpearían la ciudad sin que tuviesen oportunidad de salvarse.

Como era el Día de Todos los Santos, la ciudad estaba llena de altares y ofrendas con velas encendidas en recuerdo de los difuntos. El terremoto provocó que estas velas se transformaran en un incendio descontrolado que cubrió la ciudad bajo una nube de humo negro y ceniza. Para terminar, los muros de las prisiones se habían quebrado y un gran número de presos peligrosos escaparon y sembraron el caos entre los supervivientes.

Las consecuencias del terremoto fueron más allá de lo imaginado. Más allá de las pérdidas humanas, casi todos los edificios de arquitectura manuelina (icono del  Portugal del siglo XVII) desaparecieron. También se perdió el Teatro Real do Paço da Ribeira, el Palacio Real y todo el arte que contenía, el Hospital Real de Todos los Santos y el Convento do Carmo; cuyas ruina se conservan como recuerdo de lo que la ciudad sufrió.

El rey Jorge I, que había abandonado la ciudad esa misma madrugada, encargó a su primer ministro el marqués de Pombal que se hiciera cargo de la situación. Con el pragmatismo que le caracterizaba, el marqués hizo un esfuerzo titánico y consiguió que la calma volviera a la ciudad en apenas unos días y que se iniciaran de inmediato los trabajos de limpieza y reconstrucción conforme fuera posible. Los edificios pombalinos fueron las primeras construcciones resistentes a terremotos en el mundo.

Por entonces se difundió el hecho de que, durante el terremoto, las iglesias habían caído mientras que los burdeles que había a las afueras de la ciudad habían quedado intactos. Este hecho se sumó al escepticismo que comenzaba a brotar y se rompió la relación causal que la sociedad realizaba entre la naturaleza y los castigos divinos; se dejó de creer que todo cuanto pasaba era debido a la cólera de Dios. Además, este momento marcó el comienzo de la sismología como ciencia.