El reinado de Catalina la Grande

Repasamos la vida Catalina II de Rusia con motivo del estreno de la serie sobre sus últimos años de vida.

 

Catalina II de Rusia, también conocida como ‘La Grande’, debido a la magnificencia de su gobierno, fue la emperatriz de Todas las Rusias desde 1762-1796, y durante sus 34 años de gobierno engrandeció el gobierno de su predecesor Pedro el Grande hasta el mar Negro, y apostó por el arte, la cultura y la educación.

Aprovechando que la plataforma Sky ha lanzado una serie sobre los últimos años de esta aristócrata, vamos a contaros algunos de los episodios más relevantes de la vida de Catalina la Grande.

Su auténtico nombre era Sofía Federica Augusta de Anhalt-Zerbst, porque antes de ser la emperatriz Catalina fue hija del príncipe Cristiano Augusto de Anhalt-Zerbst, un militar noble gobernador de Stettin, un lugar clave en el control del Báltico en la Guerra del Norte, lo que convertía a Sofía en una aristócrata de rango menor.

Su madre era Juana Isabel de Holsten-Gottorp, una noble alemana de personalidad fuerte y vital. Catalina debe parte de su éxito a su madre, ya que esta puso toda su ambición y manipulación en convertir a su primogénita en lo que ella nunca pudo llegar a ser.

Otra de las figuras clave en la infancia y juventud de Catalina fue su institutriz, una culta inmigrante francesa que vivía en tierras prusianas y que transmitió a Catalina la cultura de su patria. Tanto ella como su madre supieron sacar el máximo partido al carácter fuerte que Catalina había heredado de Juana Isabel, saciando su sed de convertirse en una líder nata.

Catalina, por su parte, se dejó conducir de forma serena, conociendo a todos los contactos y familiares que su madre le presentaba. Desde los diez años su vida se centró en encontrar marido o, mejor dicho, en dejar que se lo encontraran. Y así es, como tras una serie de idas, venidas, y golpes de estado, en 1745 Catalina se casa con Carlos Pedro Ulrico, nieto de Pedro el Grande y sobrino de la zarina Isabel I. La emperatriz Isabel muere en enero de 1762, y Pedro Ulrico es proclamado emperador Pedro III de Rusia. Sin embargo, él nunca quiso serlo, y dejó de lado el gobierno del país, algo que Catalina, de personalidad mucho más fuerte que él, supo aprovechar, y junto con su amante Grigory Orlov depusieron a Pedro.

Dado que su relación con su marido era casi nula, parece ser que ninguno de sus tres hijos (Pablo I, Anna Petrovna y Alekséi Bóbrinski), lo eran de este. De hecho, el último lo tuvo abiertamente como hijo bastardo, y en sus memorias reconoció que Pablo era hijo de Serguei Saltykov, uno de sus amantes.

 

Con la aristocracia de su parte

En cuanto a los temas gubernamentales, Catalina sabía que sin el apoyo de la gran aristocracia rusa, su final era inevitable, por lo que supo recompensar a quien la convenía para mantenerse en el poder. Los grandes terratenientes se vieron en todo momento privilegiados por ella, mantuvo sus prebendas y eliminó la obligación de que tuvieran que cumplir el servicio militar.

Pero Catalina, como todos los monarcas de la época, temió a la Revolución Francesa y, según muchos, por puro miedo fundó escuelas y occidentalizó Rusia, fomentando el intercambio de saberes intelectuales y el impulso del francés como lengua en su entorno, lo cual no quita que su reinado fuera uno de los más autócratas que se recuerdan.

 

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