Armas de la historia: la katana japonesa

Desvelamos los secretos y la tradición de esta mítica arma que, a pesar de su limitada presencia, es una de las espadas más conocidas de la historia.

Japón es una isla rodeada por la bruma y el misterio. El aislamiento al que sus dirigentes la sometieron durante siglos la convirtió en un objeto de interés para los ojos de los extranjeros, que veían en ella una tierra de leyendas y tesoros. Uno de los casos más curiosos, consecuencia de esta situación, fue la mitificación de la katana. Este tipo de espada tan particular ha pasado a ser un icono del país nipón pero lo cierto es que su uso fue muy limitado tanto en el tiempo como en su presencia dentro de la sociedad. Nos disponemos pues a desentrañar algún que otro misterio sobre la letal hoja japonesa.

Podríamos empezar situando la katana en su contexto histórico y social, así como en sus rasgos más característicos. La katana es la espada nipona por excelencia, un arma que se podía manejar con una o dos manos (generalmente se controlaba con una y se equilibraba con la otra) formada por una hoja curva de un solo filo que solía forjarse utilizando la técnica del acero plegado, que consistía en doblar el acero sobre sí mismo para crear un número de capas exponencial y logrando un acero especialmente resistente y afilado. Las katanas eran armas extraordinariamente refinadas y caras, que solían pasar de generación en generación y a las que se tenía un gran respeto ya que se pensaba que parte del alma del forjador y del guerrero que la empuñaban pasaba a la katana.

Debido a lo que significaba para la sociedad y lo costosa que resultaba, este tipo de espada era exclusiva de la clase guerrera o samurái. La palabra ‘samurái’ significa “el que sirve” y hace referencia a la nobleza guerrera que prosperó durante las constantes guerras civiles del periodo Sengoku y se consolidó como vanguardia del país durante el  shogunato Tokugawa o periodo Edo. Los samuráis las empleaban en batalla junto a una pesada armadura de placas o láminas que les ofrecía una gran protección frente a cortes pero no frente a un apuñalamiento. Solía ir acompañada de una wakizashi, una espada corta muy parecida a la katana destinada generalmente a su uso en interiores, donde había menos espacio para maniobrar y blandir una katana cómodamente. Se les daba tanto valor que surgieron cientos de escuelas que desarrollaban su propio estilo de esgrima y cuyos alumnos competían por ver qué técnicas eran mejores.

La batalla de Sekigahara, en el 1600, puso fin a un largo periodo de enfrentamientos y la llegada del clan Tokugawa al poder. Esto traería una época de paz teóricamente duradera en la que los samuráis de más alta clase permanecerían como terratenientes y cortesanos del shogun mientras que los samuráis de clase baja empezaron a ejercer como mercenarios o guardaespaldas. En ausencia de una guerra, las demoniacas armaduras ya no eran necesarias y los samuráis tuvieron que adaptar su estilo de lucha a esta nueva situación. Se popularizaron así las técnicas de esgrima basadas en desenfundes muy rápidos y cortes letales que se utilizaban especialmente en los duelos. Las katanas se estilizaron e hicieron más ligeras ya que no era necesario que parasen golpes o impactaran contra armaduras, sino que debían ser rápidas y afiladas.

En 1868 estalló en Japón una nueva guerra civil entre los seguidores del shogun y los defensores de devolver al emperador el poder que había perdido hacía tanto tiempo. La victoria de los reformistas trajo la Restauración Meiji, la apertura del país al mundo occidental y la desaparición progresiva de la cultura samurái cuyo espíritu y ardor guerrero siguen vibrando en el filo espiritual de las katanas.

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