Sobre la tumba de Pedro

Epicentro de la cristiandad y símbolo por excelencia del poder papal, la grandiosa basílica de San Pedro atesora una larga historia en la que no faltan el misterio y la ostentación, la espiritualidad y el materialismo. De erigirse sobre los restos de la tumba del apóstol a provocar indirectamente el cisma protestante, esta obra monumental es una clara muestra de las contradicciones de la Iglesia católica romana.

San Pedro
Imagen: iStock Photos.

Para Henry James, era “un lugar donde el alma se expande hasta el infinito y, sin embargo, permanece en un nivel humano. Una iglesia que maravilla hasta el límite del sueño y de nuestras posibilidades”. Por el contrario, para su coetáneo Émile Zola, se trataba de “un palacio ciclópeo para recepciones, sin ningún rincón para recogerse, sin una esquinita en la que arrodillarse... Un templo pagano elevado al dios de la luz y de la pompa, donde el alma, con sus misterios, está ausente”.

Dos visiones antagónicas de una misma construcción, la basílica de San Pedro, que pueden resumir los distintos sentimientos que despierta este edificio, reflejo de la compleja historia que arrastra. Siglos de idas y venidas con el concepto de lo que se quería edificar, de cambios en los planes y en los planos, y más de una treintena de pontificados fueron necesarios para culminar la iglesia central del cristianismo, que, pese a ese carácter nuclear o tal vez por ello, motivó algunos de los mayores fracasos y crisis de esta religión.

La oración de los últimos mártires cristianos
Imagen: Wikimedia Commons.

 

Sangrientos orígenes

El origen de la basílica se remonta a tiempos de Calígula y Nerón, dos de los más sanguinarios emperadores de Roma. Calígula (37-41) había construido en las afueras de la capital romana, en la actual colina vaticana, un circo decorado con un imponente obelisco egipcio, que pronto se convirtió en el escenario de numerosas matanzas de cristianos. El mismo uso le dio el sucesor de su sucesor, Nerón (54-68), perseguidor implacable de quienes profesaban la nueva fe.

Según la tradición religiosa, en el año 64, Simón Pedro, el apóstol que había pasado a ocupar la posición de liderazgo entre los seguidores de Jesús con el encargo de fundar la iglesia cristiana, fue culpado por el emperador, al igual que el resto de fieles, del gran incendio de Roma, por lo que fue martirizado y crucificado cabeza abajo en ese entorno, cerca del obelisco, que es el mismo que actualmente se encuentra en la plaza de San Pedro y es venerado como ‘testigo’ de la muerte del apóstol.

Según esas mismas fuentes y otras históricas, los restos de Pedro fueron enterrados en esa ubicación y su tumba fue marcada con una roca de color rojo, que servía a sus seguidores para identificarla. De esta manera, tanto cristianos asesinados por las huestes romanas como otros que deseaban acabar sus días junto al apóstol recibieron sepultura en esta zona, que adquirió un enorme valor simbólico para los devotos de Jesús.

Andando el tiempo, entre los años 318 y 333, Constantino I, el primer emperador que autorizó profesar el cristianismo, permitió construir una primitiva iglesia cristiana en ese terreno. Si bien es cierto que este se encontraba alejado del centro de Roma, junto al río Tíber, y en un espacio limitado y pantanoso, también lo es que resultaba de gran trascendencia para los seguidores de la nueva religión.

Carlomagno
Carlomagno fue coronado emperador en Roma. Imagen: Getty Images.

 

La basílica paleocristiana

La primigenia iglesia fue construida a imagen y semejanza de cualquier otro gran edificio público romano de la época: corredores cubiertos, una explanada central y el templo propiamente dicho, con cinco naves, numerosas columnas y el altar justo encima de la supuesta tumba de Pedro. El conjunto presentaba forma de cruz y pronto se convirtió en el lugar más sagrado de la cristiandad, destino de peregrinaciones y escenario de coronaciones papales y hasta del ascenso al trono de Carlomagno (800).

Pero su punto álgido no se alcanzó hasta el Jubileo de 1300, instituido por el papa Bonifacio VIII, que establecía que el creyente que en ese año visitara las basílicas de San Pedro y de San Pablo Extramuros obtendría la indulgencia plenaria, es decir, el perdón de sus pecados. Se estaban sentando las bases del turismo religioso de Roma en un momento, además, en el que la ciudad se encontraba en franca decadencia, arrasada por la peste.

Sin embargo, las mieles por el éxito del Jubileo y sus dos millones de peregrinos no durarían mucho. Por una parte, esta original fuente de ingresos acabaría provocando que todo lo relacionado con la religión, el jubileo y las indulgencias empezara a tiznarse de una pátina de corrupción e inmoralidad que lo acompañaría en adelante. Por otra, los inestables cimientos pantanosos sobre los que se hallaba construida la basílica estaban haciendo mella en el edificio, que iba cayendo poco a poco. Y a todo ello se sumaba que Bonifacio VIII había lanzado un pulso a Felipe IV de Francia, ‘el Hermoso’, para establecer quién tenía la preeminencia de establecer tributos sobre quién y había salido perdiendo, no solo su vida sino también el control del papado, que pasó a ser filofrancés con el nombramiento de Benedicto XI (1303-04) y, sobre todo, de Clemente V (1305-1314).

San Pablo extramuros
Imagen: Wikimedia Commons.

 

El proyecto de Bramante

Así, entre 1305 y 1378 los papas residieron en Aviñón, devaluando el prestigio e importancia del templo. A su regreso, durante ese siglo y el siguiente se sucedieron varias obras de mejora y apuntalamiento basadas en reformar lo ya construido sobre la ladera vaticana, de forma que no se perdiera el centro de peregrinación cristiana y su uso, aunque fuera en precario. Esta provisionalidad no cambió hasta que, en 1503, Giuliano della Rovere, un anciano de 60 años y padre de tres hijas, fue elegido papa con el nombre de Julio II y decidió volver a dar esplendor al monumento.

Della Rovere era realmente un militar muy inteligente: expulsó de Roma a los Borgia, sus viejos enemigos, y logró lo imposible, atraerse el apoyo de los Colonna y de los Orsini, dos familias enfrentadas por su ambición y poder, con el pretexto de reconstruir toda la ciudad. Esa reconstrucción implicó, para sorpresa de todos, la demolición de la basílica al completo y la construcción de un nuevo centro religioso, en honor de Dios... y de sí mismo. Prueba de ello es que en la Sala de los Cien Días, en el Palacio de la Cancillería, en uno de los frescos de Giorgio Vasari aparece Julio II ataviado como rabino, simbolizando que la nueva iglesia estaba llamada a ser el nuevo templo de Jerusalén, el emblema de una era diferente.

La demolición fue lenta y dolorosa, tan lenta como para prolongarse más de un siglo, de 1506 a 1626, y tan dolorosa como para provocar la peor crisis de la cristiandad: el cisma protestante. Y es que Julio II no reparó en gastos a la hora de contratar a los más prestigiosos creadores de la época, de Bramante a Miguel Ángel pasando por Rafael, pero el trabajo de estos artistas no era gratuito, obviamente, ni el amor a Cristo su­ ciente para costearlo, así que el papa Della Rovere se inventó un ingenioso sistema de ­ financiación, la venta de indulgencias, que de inmediato empezó a levantar recelos en una modesta pero signi­ cativa parte de la comunidad cristiana.

El primer proyecto de nueva iglesia fue encargado a Donato di Angelo di Pascuccio, Bramante. El consagrado artista captó los deseos de magni­ficencia de Julio II y le presentó los planos de un edificio gigantesco, de unos 24 000 metros cuadrados, con una cúpula achatada (similar a la del Panteón) y un trazado de cruz griega. Para decorar el interior de esa vasta construcción, Julio II ordenó a Miguel Ángel erigir un mausoleo de tamaño faraónico, en el que él mismo pudiera ser enterrado junto al apóstol como principales ­ figuras de la cristiandad. Pero ni la basílica de Bramante ni el mausoleo de Miguel Ángel llegaron a realizarse: Bramante falleció y Miguel Ángel tenía otros encargos retadores, como la Capilla Sixtina.

Obelisco de San Pedro del Vaticano
Imagen: Wikimedia Commons.

 

Reinterpretación del Sangallo

León X, sucesor de Julio II respaldado por los Médici, recogió el testigo de las aspiraciones de su antecesor y puso en marcha otra campaña para encontrar ­ financiación para las obras. Reforzó la venta de indulgencias por toda Europa enviando a todos los países a emisarios suyos, coordinados por su secretario, Lorenzo Pucci, y adicionalmente comenzó a vender el cargo de cardenal. Por una considerable suma se podía integrar la curia papal, que merced a esta corruptela llegó a incrementarse de 200 a 700 miembros.

En paralelo a esta decadencia moral, el proyecto diseñado por Bramante empezaba a distorsionarse al adherírsele las ideas de Rafael y Baltasar Peruzzi, opuestas entre sí. En 1520, tras la muerte del primero, Antonio da Sangallo dio una nueva interpretación al proyecto y estableció una norma disparatada: cada arquitecto podría derribar la parte del trabajo de sus antecesores que no le encajara y rehacerla a su gusto.

Ninguna de estas prácticas tardó en despertar críticas. Si ya con Julio II había circulado por Europa un librito –atribuido a Erasmo de Rotterdam– con una imaginada conversación entre san Pedro y este papa en la que el primero amonestaba al segundo por la corrupción de sus costumbres, contra León X se rebeló de forma radical un hasta ese momento desconocido sacerdote agustino alemán, Martín Lutero, que abanderó un cisma que daría origen a las iglesias denominadas protestantes, que buscaban cambiar los usos y costumbres de la católica y negaban la jurisdicción del papa sobre toda la cristiandad.

Urbano VIII
Imagen: Wikimedia Commons.

 

Una obra interminable

Contra todo pronóstico, el templo en construcción sobrevivió a las pugnas religiosas y hasta al saqueo de Roma por las tropas de Carlos V (1527); tras el fallecimiento de Sangallo (1546), regresó un longevo Miguel Ángel para intentar poner ­ fin a aquella obra interminable que parecía agonizar por su propia opulencia. Miguel Ángel decidió elevar la cúpula de­finitivamente y hacerla majestuosa, pero tampoco pudo terminarla, porque cada fase se alargaba tanto –por los múltiples obstáculos políticos, religiosos y económicos– que la muerte le sorprendió antes, como a Bramante, a Rafael o a su propio antecesor.

Su sucesor, Carlo Maderno, intentó preservar el espíritu de su maestro, aunque la Contrarreforma condicionó sus planes. El mundo había cambiado, el cristianismo se había dividido y se sucedían las guerras de religión y los autos de fe de los tribunales de la Inquisición. Esto se tradujo arquitectónicamente en el alargamiento de la nave de ingreso –para trazar una cruz latina que aumentara el espacio para acoger fieles– y en una apabullante fachada de mármol. Esa ampliación interior tuvo sin duda una contrapartida exterior: los fieles que se congregaban en la plaza perdieron la perspectiva de la cúpula, semioculta por la nave frontal.

A finales del siglo XVI y principios del XVII, se aceleraron las obras para intentar inaugurarla cuanto antes. En 1586, el antiquísimo obelisco egipcio del primigenio circo de Nerón y Calígula fue trasladado a la nueva plaza de San Pedro; en 1612, Pablo V, el papa que había condenado a Copérnico por hereje, se dedicó a sí mismo el monumento con una gran inscripción en la fachada –In honorem principis apost. Paulus V Burghesius Romanus Pont. Max. an MDCXII pont. VII–; en 1626, Urbano VIII consagró al fin la nueva basílica y dio las obras por concluidas.

Baldaquino de Bernini
Baldaquino de Bernini en San Pedro del Vaticano. Imagen: Wikimedia Commons.

 

El legado de Bernini

Sin embargo, aún quedaría una fase más: la de Bernini. En el exterior, Lorenzo Bernini, a instancias de Alejandro VII (1655-1667), proyectó la inmensa plaza de San Pedro y la columnata que la rodea. En todo su perímetro se pueden admirar numerosas estatuas de santos y santas de todos los lugares y épocas, y encima de la fachada del templo, las estatuas de los apóstoles (excepto san Pedro), san Juan Bautista y, en el centro, Cristo. Bernini acometió también los diseños y planos para las torres campanario que debían completar la fachada de Maderno, aunque la única completada bajo su dirección tuvo que ser demolida por su inestabilidad. Los relojes que ocupan los extremos de la fachada se incluyeron a finales del siglo XVIII y fueron obra de Giuseppe Valadier, a quien también se debe la inmensa campana de uno de los laterales.

En el interior, Bernini se ocupó del espectacular baldaquino de bronce macizo sobre el altar mayor de la basílica, con cuatro columnas salomónicas con volutas, decoración vegetal, ángeles y telas simuladas. También decoró el ábside y los pilares de la cúpula, que concibió como nichos para albergar las reliquias más célebres.

Las reparaciones de la iglesia central del cristianismo son constantes, todavía hoy. Como prueba de ello, sobrevive la Fabrica Sancti Petri, la empresa que desarrolló la construcción y que marcaba sus materiales con las siglas AUF (Ad Usum Fabricae), lo que suponía la exención de impuestos. Su ‘prestigio’ se resume en el hecho de que el término aufo o auffo sobrevive en el lenguaje popular romano con el significado de “moroso”.