Revolución inglesa y Revolución americana, la senda del cambio

Siglo y medio antes que Francia, Inglaterra se vio convulsionada por un largo conflicto civil que abolió por vez primera el absolutismo en Europa. Sería la semilla del pensamiento liberal y democrático que, ya en el siglo XVIII, germinaría en la Guerra de Independencia de Estados Unidos.

Washington cruza el Delaware
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Luis XVI no fue el primer monarca de la historia moderna decapitado ante sus súbditos: ese “honor” le corresponde a Carlos I de Inglaterra. Fue en Londres donde, a mediados del siglo XVII y en el marco de un largo y sangriento conflicto de tintes tanto dinásticos como revolucionarios –la guerra civil inglesa (English Civil War)–, se rompió por primera vez mediante tan crudo método con la tradicional realeza de origen divino para abrir las puertas a la república, primero, y poco después a la monarquía constitucional y parlamentaria.

Tampoco la Revolución Francesa fue pionera en hablar de ciudadanía e igualdad de derechos, sino que tomó su inspiración, esta vez de forma directa, de la Revolución americana inmediatamente anterior –a su vez inspirada en el pensamiento ilustrado francés– que dio a luz un nuevo país fundado sobre un sistema de libertades democráticas: Estados Unidos.

 

Un siglo antes de la Revolución Francesa, en Inglaterra se decapitó al rey y se abolió el absolutismo

Revolución inglesa
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Juego de tronos y de religiones

En el año 1603, el ascenso al trono inglés de Jacobo VI de Escocia o Estuardo –hijo de la ejecutada reina escocesa María Estuardo– como Jacobo I de Inglaterra unió estos dos reinos (y el de Irlanda), pero al mismo tiempo desató incontrolables perturbaciones políticas y religiosas. Pese a trasladar su corte de Edimburgo a Londres en un gesto de buena voluntad, la incapacidad y torpeza del rey le hicieron enfrentarse a tradiciones que habían sido materia intocable desde etapas muy anteriores. Dos años después, el siempre espinoso problema religioso mostraría toda su crudeza cuando un complot católico –la llamada Conspiración de la Pólvora– trató de suprimir al monarca y al mismo Parlamento. Entretanto, la persistente persecución de los puritanos obligaba a tomar el camino de la emigración a las colonias americanas a contingentes cada vez mayores.

Para rematar el nefasto clima que se imponía, los parlamentarios se vieron agraviados por la preponderancia de los círculos cortesanos. Los altos funcionarios y consejeros regios se comportaban abusivamente y saqueaban impunemente los fondos públicos, mientras los elevados gastos del Estado eran sufragados por la imposición de tasas fiscales que encrespaban a la población y se decidían a espaldas del Parlamento. Cuando, en 1625, su hijo Carlos I subió al trono, ya estaban dadas todas las bazas para los futuros acontecimientos, de los que este sería principal protagonista y emblemática víctima.

Tras una etapa de entendimiento, los envenenados motivos religiosos volvieron a abrir las heridas entre el monarca y el Parlamento, pero no solo estos; también, la pugna por los costes de las guerras exteriores y, más adelante, las permanentes quejas y protestas por la arbitraria actuación del rey y sus favoritos. Carlos logró reinar durante una década, todavía dotado de incuestionado poder, prescindiendo del Parlamento, hasta que, en 1640, las necesidades impuestas por la guerra contra los presbiterianos escoceses le obligaron a recurrir nuevamente a este. Fue la etapa del efímero Parlamento Corto, que acabó en manos del absolutismo. Poco después se abriría la etapa del Parlamento Largo, columna vertebral de la evolución política y militar de los siguientes años.

Oliver Cromwell
Oliver Cromwell. Imagen: Wikimedia Commons

 

Realistas contra parlamentarios

Así, mientras en Irlanda estallaba una grave revuelta, en Londres se delimitaban los dos bandos a contender. En 1642, tras el intento real de prender a los más destacados dirigentes parlamentarios, un comité de insurrección llamó al pueblo a la lucha y Carlos se vio obligado a huir a Escocia. La guerra civil estaba servida. Pronto, el bando parlamentario impuso su superioridad, mostrada en las batallas de Newbury (1643 y 1644), Marston Moor (1644) y Naseby (1645), pero ninguno de los dos grupos poseía un suficiente grado de unidad que le concediese una victoria definitiva. En el realista, la ambigua y contradictoria actuación de Carlos I solo servía para sembrar la confusión. En el de los parlamentarios, se abría un insalvable foso entre radicales y moderados.

Tras un breve paréntesis, la guerra se reanudó en 1648, y fueron el recio carácter y la determinación del líder político y militar Oliver Cromwell –un terrateniente de clase media de meteórica ascensión en el Parlamento y el ejército– los que, con la imposición de su mando supremo, terminaron con las debilitadoras divergencias. Fortalecido el bando parlamentario bajo una sola voluntad, asumió la tarea de enjuiciar al rey, calificado como “El Sanguinario”, que había caído prisionero. En 1649, tras condenarlo a muerte, Cromwell lo envió al cadalso. Con este histórico acto, no parecía ya posible dar marcha atrás; ese mismo año –aunque la guerra civil aún duraría hasta 1651–, el nuevo Parlamento, depurado de los elementos disidentes y dueño absoluto de la situación, abolió la monarquía y proclamó la Commonwealth, una particular forma de república. En ella, Cromwell se alzó como el indiscutido hombre fuerte. Durante los primeros años, gobernó con un Consejo de Estado, pero a partir de 1653 no ocultaría sus tendencias dictatoriales: una vez disueltos tanto el Consejo como el mismo Parlamento, que era la esencia misma del proceso revolucionario, se autotituló Lord Protector.

Coronación de Guillermo de Orange
Coronación de Guillermo de Orange. Imagen: Wikimedia Commons

 

República y monarquía constitucional

El gobierno de Cromwell debió enfrentarse a las costosas guerras contra irlandeses y escoceses. Finalmente, las victorias de Drogheda y Wexford sofocaron la insurrección en la isla vecina, mientras las de Dumbar y Worcester doblegaron a los conflictivos vecinos del norte. En el interior, tampoco conseguía imponerse la paz. Tras haberse sacudido el yugo de la vieja monarquía, los sectores más radicales no estaban dispuestos a admitir las formas dictatoriales del Lord. Además, el moralismo puritano que Cromwell imponía no hacía más que incrementar el número de sus enemigos. Por si fuera poco, Holanda, la rival comercial de Inglaterra, se consideró perjudicada por la Ley de Navegación británica y declaró otra guerra, que solo terminó con la Paz de Westminster (1654).

Cuatro años más tarde moría Cromwell, dejando como heredero a su hijo Richard. De débil carácter, fue solo un útil peón en los enfrentamientos internos. El empuje del ejército realista, que desde Escocia mandaba el general Monk, acabó en 1660 con la república e impuso la restauración de los Estuardo. Carlos II y su sucesor y hermano, Jacobo II, nunca dejaron de pugnar con el Parlamento, pero los hechos del inmediato pasado no habían sido en vano y la relación entre los dos poderes ya no sería la misma. Así, en 1688 y ante la posibilidad de que un heredero católico sucediera a Jacobo, los parlamentarios derrocaron a este –en la llamada Revolución Gloriosa o Incruenta– y coronaron al estatúder holandés Guillermo de Orange, casado con una hija del depuesto rey, María II. A cambio del trono, los nuevos monarcas aceptaban una Declaración de Derechos a favor del Parlamento. Nacía así una monarquía constitucional basada en el principio del contrato entre el monarca y los representantes del reino, y desaparecía con ella la monarquía de origen divino. Además, una Ley de Tolerancia en materia religiosa sería enseguida el más decisivo instrumento de desarrollo de una sociedad más libre que las hasta entonces conocidas. La pionera Inglaterra había abierto el camino.

 

Entre los siglos XVII y XVIII, las 13 Colonias de América se distanciaron de la metrópoli

Motín del té de Boston
Escena del Motín del té de Boston. Imagen: Wikimedia Commons

 

El nacimiento de una nación

Entretanto, a lo largo de los siglos XVII y XVIII, la población de las colonias británicas de la costa oriental de Norteamérica había experimentado un fuerte incremento y una gran diversificación. Los originarios de Inglaterra dominaban la vida económica, social y política, pero grandes contingentes procedentes de otros países europeos contribuían a debilitar los lazos con la metrópoli. La coexistencia con una creciente población esclava y la lucha contra los nativos americanos había generado en las Trece Colonias una sociedad “de frontera”, dotada de un gran dinamismo y en cuyo seno había nacido un sentimiento de americanidad que cada vez admitía peor las decisiones procedentes de Londres.

A finales del XVIII, los tumultos populares, las agresiones a soldados y funcionarios y las reuniones de juntas de representantes de los distintos territorios fueron la respuesta a las leyes que la metrópoli trataba en vano de imponer. Era una dinámica dirigida por los sectores social y económicamente más poderosos e influyentes, una nueva aristocracia decidida a librarse del yugo de la Corona, pero en absoluto dispuesta a cuestionar el orden existente. Pero los soldados ingleses –los cada vez más detestados “casacas rojas”– eran para la población el símbolo de un poder lejano y opresor y contra ellos se dirigió la ira rebelde.

El 5 de marzo de 1770, la represión conocida como Masacre de Boston dio sus primeros mártires a la causa. Tres años después, los radicales independentistas tuvieron un nuevo motivo para volver a levantarse, debido a la imposición de una legislación conocida como Coercive Acts (Leyes Intolerables). El camino hacia la emancipación se había iniciado. En septiembre de 1774, se reunieron por primera vez en Filadelfia los delegados de todos los territorios. Los moderados, que en principio pretendían solo la anulación de las Leyes Intolerables, se unieron a los decididos partidarios de la ruptura total. En abril de 1775, la Batalla de Lexington fue el primer choque armado de una larga contienda.

 

En septiembre de 1787 se promulgó la Constitución de EE UU, que inspiró a Francia

Cartel de la Revolución americana
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Ocho años de guerra

Los episodios sangrientos comenzaron a decidir la escena y George Washington, comandante en jefe del Ejército Continental, se convirtió en el protagonista de la movediza situación. El 4 de julio de 1776, los 56 delegados del Congreso Continental de Filadelfia firmaron la Declaración de Independencia de los Estados Unidos de América del Norte. Estos estaban constituidos en ese momento inicial por los territorios de los actuales estados de Carolina del Norte, Carolina del Sur, Connecticut, Delaware, Georgia, Maryland, Massachusetts, New Hampshire, Nueva Jersey, Nueva York, Pensilvania, Rhode Island y Virginia.

Los grandes ideólogos del proceso –Franklin, Jefferson y Adams– recuperaron las doctrinas de filósofos como Locke, Montesquieu y Rousseau que hablaban del derecho de la humanidad a la vida, la libertad, la búsqueda de la felicidad y la propiedad. La lucha armada se dotaba así de una justificación moral de gran envergadura, en la que los derechos naturales inherentes a la persona se situaban por encima de todo. Pero, aunque los Padres Fundadores bebían de las ideas de aquellos pensadores europeos, el paso que daban era verdaderamente revolucionario y único en la historia. Por vez primera, se convertían en ley unos principios que en el Viejo Continente hasta ese momento solamente habían sido asumidos por las minorías ilustradas y se encontraban todavía muy lejos de verse plasmados en la realidad de los países donde se habían generado. A lo largo de casi ocho años, la Guerra de Independencia presentó diversas alternativas y se decidió en escenarios muy diferentes. Dentro del bando de los independentistas, nunca dejarían de mostrarse profundas y debilitadoras disensiones. Sin embargo, estas se veían compensadas por las victorias en los campos de batalla, a pesar de que en algunas etapas fueron los ingleses los que llevaron ventaja. En 1778, la guerra alcanzó carácter internacional debido a que Francia –rival tradicional de Gran Bretaña– decidió apoyar a los rebeldes americanos. Un año después, la España borbónica seguía asimismo sus pasos.

Revolución Americana
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Independencia y constitución

El apoyo exterior –militar y diplomático– fue decisivo y, en paralelo a la actividad política, el Ejército Continental consiguió erigirse en el mejor símbolo de aquella voluntad emancipadora que implantaba unos principios que renovaban las relaciones entre los seres humanos. Finalmente, el 30 de noviembre de 1782, los hechos obligaron a la Corona británica a reconocer la segregación de sus antiguas colonias. El Tratado de Versalles –­ firmado por Francia, España y Gran Bretaña el 3 de septiembre de 1783– hizo posible la entrada del nuevo país como entidad estatal en la escena internacional.

En septiembre de 1787, se promulgaba la Constitución de los Estados Unidos de América. La primera gran revolución que abría las puertas del mundo contemporáneo organizó en ella una sociedad basada en los principios fundamentales de la democracia. Su sistema de separación y equilibrio de poderes hacía realidad lo que los pensadores políticos de la Ilustración habían imaginado como aspiración de difícil cumplimiento. Una aspiración que, en menos de dos años, agitaría Francia en la revolución más famosa de todos los tiempos.

Declaración de Independencia de los Estaodos Unidos
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