Rembrandt, la luz oculta

Es uno de los maestros antiguos más cotizados del mercado del arte. Su vida osciló entre la búsqueda de la verdad a través de su obra y la sombra de la bancarrota, que lo acechó hasta el final de sus días, cuando ya había muerto su único hijo, Titus.

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En el Museum of Fine Arts de Boston se conserva una pequeña pintura en la que el artista se ha efigiado a sí mismo al fondo de una habitación, tras alejarse unos pasitos del lienzo que está pintando, con el objetivo de comprobar su efecto de conjunto. Del cuadro solo se nos muestra su parte trasera y el caballete en el que está montado, por lo que, tal y como sucede en Las meninas, probablemente el pintor juegue a representar a los espectadores. Todos pagaríamos cuanto fuese necesario para verlo, porque esta es una de las obras de juventud de Rembrandt Harmenszoon van Rijn, en la actualidad uno de los maestros antiguos más cotizados del mercado del arte, cuyas obras siguen siendo objeto de estudio tras más de cuatrocientos años.

Como sucede con la mayoría de grandes maestros del siglo XVII, contamos con una gran cantidad de información sobre Rembrandt. Nació en Leyden en 1606, aún en el ecuador de la Guerra de los Ochenta Años que enfrentaba a la Monarquía Española contra las Provincias Unidas de los Países Bajos. Fue el quinto hijo de Harmen Gerritszoon van Riijn y Neeltge Willemsdochter, padres de una familia dedicada a la explotación de un molino. Como perteneciente a la clase media de una próspera ciudad, Rembrandt inició su formación cultural en la universidad a los catorce años, donde desarrolló sus grandes capacidades intelectuales. Sus estudios supusieron una oportunidad para encontrarse en un centro universitario de primer rango en su época, y con la obra de algunos de los maestros más destacados de la ciudad en el siglo anterior, tales como Lucas van Leyden, famoso por su gran producción de estampas.

Su primer maestro fue Jacob Isaacsz van Swanenburg, cuyo arte seguía anclado a la tradición de los grandes maestros de comienzos del siglo anterior como El Bosco o Patinir, pero que se había encontrado con el naturalismo que comenzaba a imponerse en la pintura holandesa de su tiempo. Swanenburg había estado en Italia y nuestro pintor recogió de él las primeras noticias sobre el epicentro del arte de su tiempo. Antes de establecerse con un taller propio, Rembrandt también estuvo seis meses aprendiendo con Pieter Lastman, con el que a buen seguro mejoró sus dotes como dibujante, fundamentalmente de figuras humanas.

A las enseñanzas de sus maestros se sumó la compañía del pintor Jans Lievens, una joven promesa del arte holandés de su época y, sin duda, un revulsivo para nuestro pintor por su audacia y ambición en representar grandes temas. Igualmente, en las obras juveniles de estos años aparece ya la influencia de uno de los grandes pintores de su tiempo, al servicio de los Países Bajos españoles. La monumentalidad y el volumen de las anatomías de Rembrandt en este tiempo son, en parte, deudoras de Pieter Paul Rubens (1577-1640) y seguirían siendo patentes en el sobrecogedor Ganímedes que realizó en 1635.

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Un inicio prometedor

La ambición de Rembrandt por encontrar un nuevo mercado y conocer nuevas propuestas artísticas le dirigió a Ámsterdam. En primer lugar, aceptó algunos encargos de retratos provenientes de la capital a través del marchante Hendrik van Ulenborch, quien le ofrecía hospedaje en su casa. Tras un breve período en el que alternó su residencia entre Ámsterdam y Leiden, hacia 1632 se trasladó completamente a la capital y alquiló su vivienda a Van Ulenborch. Los lazos entre ambos se estrecharon aún más en 1634 cuando Rembrandt contrajo matrimonio con Saskia van Ulenborch, sobrina de Hendrik.

Saskia era una joven de buena familia proveniente de la provincia de Frisia y aportaba al matrimonio una amplia dote, que facilitó el ascenso de Rembrandt a una nueva clase social. Aunque aquejada de una salud débil que la postró en cama en numerosas ocasiones, sobre todo por la extenuante sucesión de partos, su encanto y simpatía se asoman en la gran cantidad de ocasiones en que Rembrandt la incluyó como personaje principal en sus cuadros, entre los que destacan la versión de Saskia como Flora de 1635, de la National Gallery de Londres, y –con un semblante más distante acompañando al mismo artista– el simpático y, a la vez, enigmático autorretrato con Saskia El hijo pródigo en la taberna.

Deseoso de visibilizar su nuevo estatus, en 1639 Rembrandt compró una costosa casa, que nunca pudo pagar, en pleno barrio judío de Ámsterdam. Allí nació su hijo Titus en 1641, el único que sobrevivió de los cuatro que tuvo con Saskia. El amor por su hijo, sumado a la incesante búsqueda de la verdad que Rembrandt siempre persiguió en sus pinturas, explica la gran cantidad de veces que Titus es retratado en sus cuadros. Quizás el más conmovedor sea Titus como un monje, de 1660, donde el joven aparece con el rostro fuertemente iluminado, destacando una mirada de ensoñación.

Nuestro artista nunca viajó a Italia e incluso en una ocasión, entre 1629 y 1631, contestó al humanista holandés Constantijn Huygens que sus ocupaciones se lo impedían. Para hacernos una idea de lo que podría haber aprendido, debemos pensar que, durante los años en los que Rembrandt afirmaba esto, Velázquez estaba completando su primer viaje al país vecino. Aun así, nuestro pintor tuvo acceso a una visión parcial, aunque nutrida, del arte italiano gracias al intenso comercio de obras, tanto clásicas como de vanguardia, que acontecía por esos años en Ámsterdam, nodo mercantil de su tiempo. Gracias a ello también pudo conformar una relevante colección de pintura, escultura, dibujos y grabados, además de suntuosos objetos exóticos como cascos dorados, armaduras japonesas, armas y ricos paños. Su interés por el lujo y lo suntuoso aparece en su Autorretrato en traje oriental del Petit Palais de París, y algunas piezas las conocemos porque sirvieron de inspiración para sus cuadros, como la escultura clásica que aparece en su Aristóteles con el busto de Homero. Otro ejemplo es la extraordinaria Betsabé con la carta de David del Museo del Louvre, confeccionada uniendo dos relieves antiguos que pudo ver en algún anticuario de Ámsterdam.

El pintor acudía a las ventas de obras y se relacionaba bien con los ambientes del mercado del arte. Allí pudo entrar en contacto con pinturas que le impactaron, como el Retrato de Baldassare Castiglione de Rafael, vendido en Ámsterdam en 1639, y muy probablemente también el Caballero con guante de Tiziano. De hecho, incluso tomó apuntes del primero en un célebre dibujo en el que inscribió los datos de la venta y el precio, además de servirle como modelo para uno de sus numerosísimos autorretratos (más de 50 reconocidos). Pero lo más fascinante es que la impresión de las obras de los grandes maestros del Renacimiento como Rafael, pero también Mantegna –del que copió numerosos dibujos y otras estampas que reproducían sus obras, que estuvieron a su disposición–, es la responsable de su adquisición de los recursos necesarios para dominar con seguridad la construcción pictórica.

 

La sombra de la bancarrota

Por fortuna, también conservamos el inventario de bienes realizado con ocasión de la venta pública a la que hubo de someter toda su colección tras la bancarrota sufrida en 1658, un pasaje de su vida fundamental para explicar los últimos años de Rembrandt. A causa de una cláusula del testamento de Saskia, Rembrandt perdería sus posesiones en favor de su hijo en caso de contraer un nuevo matrimonio, por lo que, tras la muerte de aquella en 1642, el pintor decidió no volver a tomar esposa. Tras enviudar, Rembrandt inició una aventura amorosa con Geertghe Dircx, la doncella que le ayudó en la crianza de su hijo Titus. Geertghe denunció su situación ante los tribunales en 1648, después de que Rembrandt iniciase otra relación con una mujer llamada Hendrickje Stoofels, y reclamó durante años dinero al pintor. Este contratiempo, sumado al alto nivel de dispendio al que Rembrandt estaba acostumbrado, lo llevó a la bancarrota. Gracias a su influencia, las autoridades salvaron su situación concediéndole un derecho especial llamado cessio bonorum, que evitó su quiebra, pero no la venta pública de su colección particular, iniciada en 1658.

Sin embargo, las dificultades financieras de Rembrandt no son indicativas de que la fama de su pintura hubiese disminuido. En estos años llegó a tener hasta cincuenta discípulos trabajando en su taller y se conoce que altos dignatarios visitaban su estudio, como hizo Cosme III de Médici a su paso por Ámsterdam, en 1667. Además, le llegaron encargos de famosos coleccionistas como Leopoldo de Médici, que hicieron que su pintura pudiese ser vista fuera de las Siete Provincias Unidas. Sin embargo, quizá por su gasto elevado, principalmente debido a que pujaba grandes sumas en las subastas, al final de su vida Rembrandt pasó apuros económicos e incluso, en una ocasión, se vio obligado a romper la hucha de su hija Cornelia para comer.

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Otro escollo principal fue el Gremio de San Lucas, la asociación de artistas más importante de Ámsterdam, que no permitía desempeñar su profesión a los que habían sido embargados. Para salvar este obstáculo, Hendrickje y Titus se constituyeron en sociedad mercantil, vendieron todas sus obras y le acogieron en régimen de pensión completa. Pero adentrémonos un poco en la obra: para la elaboración de sus composiciones, Rembrandt tomaba de aquí y de allá todo lo que le interesaba, estudiando las obras antiguas a las que tenía acceso y también a sus pintores coetáneos. No obstante, cuando analizamos sus cuadros, la continua sensación que provocan es que las referencias se han diluido ante su personalidad creativa y que sus huellas están enmascaradas por un pintor en continuo desarrollo de una marca personal. Rembrandt conoció el arte de Caravaggio a través de los pintores del norte de Europa que habían aprendido en Roma, como Gerard van Honsthorst. De ahí, la presencia de arrugas en algunos de los personajes, los contrastes lumínicos producidos por un potente haz de luz y las posiciones agitadas de los personajes, visibles en obras como El Banquete de Baltasar de Londres. Pero nuestro pintor buscó más allá y sus escenas son menos nítidas y se alejan del clasicismo que contenía a Caravaggio. Su luz juega con la oscuridad. Tanto es así que, en las impresiones coetáneas que nos dejan los escritos de su época sobre el arte de Rembrandt, su pintura aparece ya representada como de gran “viveza”, una cuestión que nos lleva directamente a su aprecio por la veracidad en sus representaciones. El biógrafo y artista Joachim von Sandrart (1606-1688) criticó su distanciamiento del ideal clásico y su escaso conocimiento del arte italiano, además de su búsqueda de inspiración en “las clases más bajas, lo que era un impedimento para su obra”.

Los individuos que protagonizan obras como su Conspiración de Claudius Civilis o sus dioses y héroes de la Antigüedad son personajes extraídos de su cotidianidad, una cuestión que lo acerca a la mentalidad de Velázquez en su Marte o en El triunfo de Baco del Museo del Prado. Pero, al mismo tiempo, esta cualidad lo distancia de la frialdad que el maestro sevillano imprime a sus retratos de la familia real o de otros artistas que efigiaron al mundo aristocrático católico como Van Dyck, algo que en la República Holandesa que se había independizado de la monárquica España no podría nunca tener cabida.

Por el contrario, Rembrandt nos ha legado exquisitos retratos grupales burgueses. Aunque no está demostrado ningún contacto entre ambos, nuestro pintor conoció probablemente las obras de su colega Frans Hals, especializado en inmortalizar a los miembros de las compañías y los gremios de Haarlem, ciudad vecina a Ámsterdam. Los cuadros de Rembrandt que representan a las oligarquías ciudadanas de su época pasarán a la posteridad por su inmediatez y por la complejidad de sus escenografías; por ejemplo, obras señeras como la Lección de anatomía del Dr. Tulp o la conocida como La ronda de noche, para la Corporación de Arcabuceros de Ámsterdam, son dos lecciones en distinto formato de esta actividad. Ambas responden a encargos directos y sus integrantes aparecen identificados, fundamentalmente porque pagaban por ser retratados en las escenas. En la primera, está presente el orgullo por mostrar la fe de su sociedad en los nuevos conocimientos y en el triunfo de la ciencia, por ejemplo en cuestiones de medicina. La segunda fue polémica en su época, porque no todos los personajes quedaron satisfechos con la posición que ocupaban en la pintura.

 

Dios, pobreza y muerte

La Ámsterdam cosmopolita en la que vivía también estaba conformada por una amplia comunidad judía que aparece en sus cuadros. Rembrandt hubo de sentirse atraído por sus costumbres, algo relacionado con su particular atención por la lectura bíblica, aunque quizá la obra que más mueva a la piedad sea el Regreso del hijo pródigo de San Petersburgo. El protestantismo había limitado notablemente la representación de escenas sacras extraídas del Nuevo Testamento y Rembrandt encontró en las historias del Antiguo una evocadora fuente para pintar los momentos remotos de la religión, óptimos para ejercitar su inventiva creadora, tal y como es visible en la conocida como La novia judía (probablemente Isaac y Rebeca) o Jacob bendiciendo a los hijos de José. Rembrandt murió en 1669 poco después de su hijo Titus, en una precaria situación económica y tras una carrera caracterizada por la versatilidad en los temas abordados y por una producción muy prolija. Destacó tanto en la pintura al óleo como en los grabados, con más de trescientos ejemplares conocidos, principalmente aguafuertes. La combinación de esta técnica con la punta seca, que dotaba a la obra de un acabado pictórico con una textura aterciopelada y difuminada de los colores, que fue tan característica de sus obras, las convirtió en célebres y muy difundidas ya en su época. En definitiva, fue un artista dotado de una gran curiosidad y afán de inventar, que corregía sus obras constantemente introduciendo muchos cambios a medida que las completaba, para plasmar cada tono tal y como lo veía, su verdad.

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