¿Quién mató a Moctezuma II, los españoles o los aztecas?

Las circunstancias poco gloriosas de su muerte han contribuido en buena medida a moldear su degradación como figura histórica, aunque incluso en ese aspecto Moctezuma sigue siendo un personaje escurridizo. Sus últimos días fueron de cautiverio, asistiendo impotente al irreversible declive de Tenochtitlán. Dos versiones conocemos de su final: la de españoles como Hernán Cortés y Bernal Díaz del Castillo y la de cronistas indígenas como Hernando de Alvarado Tezozómoc y Domingo Francisco Chimalpahin

Moctezuma
Imagen: Getty Images

Era costumbre institucional en la Antigua Roma deslegitimar el gobierno de los malos emperadores decretando la damnatio memoriae, esto es, la erradicación física del legado de un princeps impopular –en un intento de borrar su recuerdo, su obra, su nombre y su imagen del espacio público– destruyendo o dañando inscripciones, relieves o esculturas. El ocaso del Imperio azteca tuvo, del lado mexica, tres destacados protagonistas que gobernaron su agonía y extinción. Dos de ellos, Cuitláhuac y Cuauhtémoc –hermano y primo de Moctezuma–, son héroes nacionales mexicanos siglos después de la conquista. Ambos murieron matando, liderando la resistencia de su pueblo hasta la última sangre, y cuentan con sendas estatuas monumentales en Ciudad de México en honor de su legado. El tercero, Moctezuma, fue, como los malos césares de la Roma imperial, empujado al olvido o, cuando menos, al recuerdo rencoroso de las generaciones venideras.

Moctezuma
Imagen: Wikimedia Commons

 

Los últimos días de Moctezuma

Las circunstancias poco gloriosas de la muerte de Moctezuma han contribuido en buena medida a moldear su degradación como figura histórica, aunque incluso en ese aspecto sigue siendo un personaje controvertido. No hay duda de que sus últimos días fueron de cautiverio, asistiendo impotente, prisionero de Cortés y bajo custodia de Pedro de Alvarado, al irreversible declive político, social y militar de Tenochtitlán.

Acusado de connivencia con el rebelde Pánfilo de Narváez, el emperador mexica perdió el favor de Cortés, que, a su regreso a la capital azteca tras rendir cuentas con Narváez, se encontró con una situación límite, con los aztecas en abierta rebelión y Alvarado y sus soldados bajo asedio en el Palacio de Axayácatl. Azotados por el hambre, y sin acceso a suministros, los españoles no tenían más recurso que confiar en la ya maltrecha autoridad de Moctezuma para exigirle que restaurara el orden y permitiera la reapertura del mercado, a fin de pertrecharse de alimentos para garantizar la supervivencia. Pero el emperador rechazó la petición de Cortés alegando haber perdido todo crédito y autoridad entre los suyos.

Y justo en este punto emerge la figura de uno de los dos héroes de la caída de Tenochtitlán. Moctezuma instó a Cortés a liberar a su hermano Cuitláhuac, cuya popularidad entre el pueblo era mayor, para ejecutar las órdenes españolas. Cortés accedió, pero el hermano del emperador, lejos de ponerse a disposición de los españoles, se erigió en líder de los rebeldes para reforzar el ímpetu del asedio, complicando aún más si cabía la delicada situación del contingente español.

 

Su entrega pacífica a los españoles y su muerte poco gloriosa influyeron en su degradación como figura histórica

 

Hernán Cortés quemó entonces su último cartucho: llevó a Moctezuma II a la azotea del Palacio de Axayácatl para que se dirigiera a su pueblo exigiendo el fin de las hostilidades y que permitieran la salida de los españoles de Tenochtitlán (la ciudad estaba situada en una laguna y las calzadas que salían de ella tenían numerosos puentes, todos ellos controlados por los mexicas). El tlatoani logró en efecto detener los combates, pero para entonces los suyos, creyendo que les había traicionado, ya no reconocían más autoridad que la del pujante nuevo héroe Cuitláhuac. Así las cosas, el pueblo no permitió la huida de las huestes de Cortés. La hora de Moctezuma había llegado.

Códice Tovar
Imagen del Templo mayor de Tenochtitlán en el 'Códice Tovar'. Imagen: Wikimedia Commons

 

La versión española

Según el relato de los hechos del propio Hernán Cortés y de Bernal Díaz del Castillo en Historia verdadera de la conquista de la Nueva España, estando aún el emperador en la azotea del Palacio de Axayácatl, el pueblo se revolvió contra él lanzando una lluvia de flechas y piedras, algunas de las cuales impactaron en su cabeza pese al empeño de los españoles en protegerle. Moctezuma quedó, según esta versión canónica, fatalmente herido y falleció tres días después, el 29 de junio de 1520, no sin antes obtener de Cortés –que le mostró el debido respeto hasta el final– la promesa de proteger y cuidar a sus hijos.

En la segunda de las cinco Cartas de Relación que Hernán Cortés escribió al emperador Carlos V, se refiere de manera muy parca a la muerte del emperador azteca: “Y el dicho Muteczuma (...) dijo que le sacasen a las azoteas de la fortaleza, y que él hablaría a los capitanes de aquella gente, y les haría que cesase la guerra. E yo lo hice sacar, y en llegando a un pretil que salía fuera de la fortaleza, queriendo hablar a la gente que por allí combatía, le dieron una pedrada los suyos en la cabeza, tan grande, que de allí a tres días murió; e yo le fice sacar así muerto a dos indios de los que estaban presos, e a cuestas lo llevaron a la gente, y no sé lo que dél se hicieron”.

Por su parte, Díaz del Castillo relata la muerte del dirigente mexica así: “Moctezuma se puso a un pretil de una azotea con muchos de nuestros soldados que le guardaban, y les comenzó a hablar con palabras muy amorosas que dejasen la guerra y que iríamos de México (...). No bien hubieron acabado el razonamiento, cuando tiran tanta piedra y vara, que los nuestros que lo arrodelaban, como vieron que entretanto que hablaba con ellos nos daban guerra, se descuidaron un momento en rodelarle de presto, y le dieron tres pedradas, una en la cabeza, otra en un brazo y otra en una pierna; y puesto que le rogaban que se curase y comiese y le decían sobre ello buenas palabras, no quiso, antes cuando no nos catamos vinieron a decir que era muerto”.

En ambos relatos, los españoles no solo quedan exentos de cualquier responsabilidad en la muerte de Moctezuma, sino que además se habrían comportado como perfectos caballeros. Es más, el de Medellín habría prometido cuidar de los hijos del monarca mexica en su lecho de muerte.

Y Cortés lloró por él y todos nuestros capitanes y soldados, de los que le conocíamos y tratábamos, que fue tan llorado como si fuera nuestro padre”. Estas palabras de Díaz del Castillo, testigo presencial, sugieren no solo un sentido duelo por parte de las huestes de Cortés por la muerte del tlatoani, sino una relación estrecha y de empatía entre conquistador y conquistado. Una imagen en las antípodas de la ofrecida por las fuentes indígenas.

Muerte de Moctezuma II
Imagen: iStock Photo

 

Los cronistas indígenas

Una versión muy diferente del final del antepenúltimo huey tlatoani mexica ofrecen, en efecto, los testimonios, algo tardíos –quizá partiendo de la tradición oral– y por tanto menos pegados a los hechos, de cronistas indígenas como Hernando de Alvarado Tezozómoc (historiador tenochca, nieto por parte de madre y sobrino-nieto por parte de padre de Moctezuma) y Domingo Francisco Chimalpahin (noble chalca de la Nueva España). Según ambos, el emperador mexica fue muerto por los españoles, que lo apuñalaron (o estrangularon, según la versión) hasta morir antes de emprender la huida de Tenochtitlán.

En Relación del origen de los indios que habitan en la Nueva España según sus historias o Códice Ramírez o Tovar (manuscrito anónimo descubierto por José Fernando Ramírez en el convento de San Francisco en 1856), se dice: “...Y yendo á buscar al gran Rey Motecuczuma dizen que le hallaron muerto á puñaladas, que le mataron los españoles á él y á los demás principales que tenían consigo la noche que se huyeron, y este fué el desastrado y afrentoso fin de aquel desdichado Rey”. En su Crónica Mexicáyotl, Alvarado Tezozómoc por su parte relata: “En el año 2-pedernal, ‘1520 años’, fue cuando murió el señor Motecuzoma Xocoyotl, rey de Tenochtitlan, hijo de Axayacatzin; reinó diez y nueve años; a los tres los mataron los españoles”. Y en Relaciones de Chalco Amaquemecan, de Domingo Francisco Chimalpahin, leemos: “En el mes de Tecuilhuitontli, los españoles dieron muerte al Motecuhmatzin, haciéndolo estrangular, y después de eso huyeron aprovechando las sombras de la noche”.

Batalla entre españoles y aztecas
Imagen: iStock Images

 

El fugaz heredero

Asesinado por los conquistadores o por su pueblo, Moctezuma II perdió la vida con Tenochtitlán sumida en el caos. Y allí estaba el nuevo héroe del pueblo mexica, Cuitláhuac, listo para tomar el testigo del vacío de poder dejado por su hermano.

La nobleza y el clero de la ciudad encomendaron al hermano de Moctezuma el mando político y militar poniéndolo al frente de la resistencia contra los españoles. Un día después de la muerte de Moctezuma, Cortés y los suyos emprendieron la huida de la capital mexica, amparados en la oscuridad de la noche y en el más absoluto sigilo, en dirección a Tlacopán. Cuentan las crónicas que fue una anciana mexica la que dio la alarma y, acto seguido, los españoles se vieron rodeados por miles de guerreros mexicas que disparaban lanzas y flechas desde las azoteas de la ciudad y desde el lago, mientras los fugitivos intentaban cruzar un precario puente improvisado realizado con canoas. Esta huida, que pasó a los anales hispanos como la Noche Triste, se convirtió en una carnicería, y 450 españoles perdieron la vida; Cortés vivió para contarlo.

Cuitláhuac, con todo, no dio su brazo a torcer, y aunque solo gobernó durante ochenta días, hasta que la viruela traída por los españoles acabó prematuramente con su vida (como con la de tantos otros mexicas), encabezó una incansable labor militar y diplomática en busca de alianzas para hacer frente común contra Cortés y sus hombres, mostrándose como un gobernante fiero y enérgico. Con todo, el Imperio se estaba derrumbando inexorablemente.

Tras la Noche Triste, Cortés puso rumbo a Tlaxcala, irreconciliable enemigo de Tenochtitlán, donde esperaba recabar apoyos suficientes para volverse contra los mexicas. Las penurias no terminaron con aquella noche trágica: Cortés huyó sin descanso durante seis días con sus noches, hostigado por los guerreros mexicas. Pero el hermano de Moctezuma se confió, asumiendo que los españoles eran carne de cañón y que estaban ya completamente vencidos.

 

Según las crónicas indígenas más alejadas en el tiempo de los hechos, Moctezuma fue apuñalado por los españoles

Cuitlahuac
Estatua de Cuitlahuac. Imagen: Wikimedia Commons

 

La caída de Tenochtitlán

Cortés aprovechó esta falta de celo para reagrupar sus escasas fuerzas y plantar batalla en las condiciones más favorables posibles. Así, el 7 de julio de 1520, en las llanuras de Temalcatitlán, tuvo lugar la batalla de Otumba. Cortés solo contaba con poco más de quinientos hombres, además de la ayuda inestimable de unos cientos de guerreros tlaxcaltecas. Enfrente, un contingente formado por los mexicas y sus aliados, entre cien mil y doscientos mil hombres, según las fuentes (obviamente exageradas). Las incursiones de la caballería española y la obstinación de los mexicas en capturar vivos a sus enemigos inclinaron en favor de Cortés una balanza que parecía oscilar hacia el lado mexica con abrumadora fuerza.

Buen conocedor ya de los hábitos guerreros del enemigo, el conquistador extremeño centró sus esfuerzos en la captura y muerte de Matlatzincatzin, el general del ejército enemigo. Sabía que derribarlo y capturar su estandarte signi­ficaba para los mexicas el ­ fin de la batalla. Así, Cortés lideró la carga de caballería que derribó y dio muerte a Matlatzincatzin y se hizo con el preciado estandarte. El ejército mexica, en efecto, entró en pánico y comenzó una desordenada desbandada hacia Tenochtitlán.

Tras esta extraordinaria victoria en Otumba, los españoles se replegaron hacia territorio tlaxcalteca para descansar, curar las heridas y plani­ficar el retorno a Tenochtitlán con todas las garantías. Cuitláhuac intentó en vano negociar con los tlaxcaltecas la entrega de Cortés, pero estos se mantuvieron ­ eles a la alianza con los españoles, conscientes de su gran oportunidad para vengar todas las afrentas sufridas por su pueblo a manos de los mexicas.

El 7 de septiembre, Cuitláhuac ordenó el sacri­ficio de los prisioneros (y los caballos) españoles en la capital mexica e hizo colocar sus cabezas a la vista de todos en el Templo Mayor. Fue uno de sus últimos actos antes de morir de viruela. Esta enfermedad, como se dijo, estaba haciendo estragos en Tenochtitlán y allanando el camino de Cortés.

Muerto el tlatoani, tomó el mando su primo Cuauhtémoc mientras Cortés ultimaba los planes de ataque a Tenochtitlán construyendo una flota de bergantines y sumando refuerzos indígenas a sus huestes. El 30 de mayo de 1521 dio comienzo ­finalmente el asedio de la capital imperial. Tras tres meses de ataques y contraataques y embestidas por tierra y agua, con la inestimable complicidad de la viruela, cayó la capital mexica y Cuauhtémoc, el último tlatoani mexica, fue capturado, tras luchar hasta el último aliento. Era el 13 de agosto de 1521 y la estirpe de Moctezuma ya era historia. En su tierra, historia amable y propicia para sus dos sucesores, historia hostil e ingrata para él, el último gran emperador mexica, al que la posteridad reservó el indeseable papel de traidor a su pueblo.

 

Sus sucesores Cuitláhuac y Cuauhtémoc lucharon hasta la muerte y son así recordados como héroes

Captura de Cuauhtémoc
Captura de Cuauhtémoc. Imagen: Wikimedia Commons