Mujeres notables en la Conquista: las españolas del Nuevo Mundo

Pocos cronistas rememoraron el nombre de las mujeres que compartieron con ellos tempestades, hambrunas y epidemias durante el largo viaje desde la Península hasta América, ni las recordaron cuando engrosaron las filas de los expedicionarios, ni tras desbrozar selvas, atravesar cordilleras y desiertos o navegar por los grandes ríos americanos junto a sus compañeros españoles. Tampoco cuando ayudaron, incluso con su patrimonio, a levantar ciudades, conventos y hospitales.

Inés de Suárez
Imagen: Wikimedia Commons.

Las hazañas y penalidades femeninas durante los primeros siglos de exploración, conquista y poblamiento de América en raras ocasiones fueron reconocidas por la Corona española o relatadas por los historiadores de la época. Ni tan siquiera las vindicaron, aunque es evidente, como progenitoras de la estirpe de criollos y mestizos del Nuevo Mundo. Así, desconcierta que Bernal Díaz del Castillo, soldado en la conquista de México, refiera nimios detalles de los caballos que les acompañaban y olvide los nombres y avatares de las mujeres. Cuando narra la derrota en Otumba (7 de julio de 1520), solo recuerda a su compatriota María de Estrada como “la vieja María de Estrada”, adjetivo nada galante pues rondaba la cuarentena. 28 capítulos después, el desmemoriado Bernal anota el nombre de otras ocho españolas presentes en el banquete de celebración de la conquista de Tenochtitlán, el 13 de agosto de 1521.

Más memorioso fue Diego Muñoz Camargo al referir las batallas entre españoles y tenochcas: “María de Estrada peleó con lanza a caballo como si fuera uno de los más valerosos hombres del mundo”. Los tlaxcaltecas reconocieron también su valor al pintarla en el Lienzo de Tlaxcala, un códice elaborado por estos indígenas: lleva la rodela en el brazo izquierdo, la lanza en el derecho y cabalga junto a un capitán.

María Estrada
Detalle del Lienzo de Tlaxcala en el que se ve a María Estrada. Imagen: Wikimedia Commons.

 

Muchas grandes olvidadas

Los ejemplos son innumerables. ¿Quién conoce que Francisco de Orellana, cuando exploró el Amazonas río arriba, iba con su esposa Ana de Ayala, con las hermanas de esta y con un grupo numeroso de trujillanas? Sabemos de ella cuando testifica, el 15 de marzo de 1572, a favor del capitán y contador Juan de Peñalosa, su nuevo compañero. Entonces narró algunos de los acontecimientos de la exploración: partió en el mismo barco que Orellana, hizo el mismo recorrido por el Atlántico y embocó el delta del Amazonas en el mismo bergantín que él capitaneaba. No se separó de su esposo en ningún momento durante los once meses de enfermedades, naufragios y combates con los amazónicos. Cuando los indígenas flecharon a Orellana, ella y los 25 hombres supervivientes lo enterraron a orillas del Amazonas (noviembre de 1546). Luego, construyeron una barca para salir al mar y, costeando hacia el norte, arribaron a la isla Margarita (Venezuela). ¿Quién puede afirmar entonces con honestidad que Ana de Ayala no se cuenta entre los primeros exploradores del Amazonas?

Ya fueran de estirpe humilde o linajuda, todas aquellas viajeras fueron pioneras, pobladoras que, en circunstancias extremas, ejercieron su derecho a vivir en América. En ausencia o por muerte de sus esposos, se convirtieron en virreinas, gobernadoras, capitanas o pequeñas empresarias. Las hubo que buscaron fama, poder y dinero, como la despótica Isabel Barreto, de la que luego hablaremos. Juana de Zúñiga, segunda esposa de Hernán Cortés, pasó su larga viudedad pleiteando contra su hijo Martín por asuntos económicos. Y María Álvarez de Toledo, virreina de las Indias y gobernadora de La Española, hizo lo mismo pero contra la Corona: viuda de Diego Colón y madre de siete hijos, volvió a España para proseguir con los Pleitos Colombinos.

Otras trataron de cultivarse y desarrollar una vocación, como la superdotada Inés Castillet, monja escritora y música, predecesora de la sublime Sor Juana Inés de la Cruz. Hubo asimismo muchas vidas desdichadas; entre las ilustres estuvo Beatriz de la Cueva, breve gobernadora de Guatemala, pues murió sepultada bajo la avalancha que bajaba por la ladera del volcán del Agua en septiembre de 1541. O María de Angulo, ­ echada por los chiriguanos bolivianos cuando, con sus hijas y una caravana de familias y soldados, regresaba a pie desde Lima a Santa Cruz de la Sierra.

Puerto de Indias en Sevilla
Puerto de Indias en la Sevilla del siglo XVI. Imagen: Wikimedia Commons.

 

Las primeras inmigrantes

El ninguneo se advierte hasta en los funcionarios de la Casa de Contratación (Sevilla). En el segundo viaje colombino (25-9-1493), más de mil personas se distribuían en los 17 barcos, muchas formando familias. En el Catálogo de Pasajeros al Nuevo Mundo –una sección del Libro de Armadassolo anotaron a cuatro de la multitud de esposas, viudas, hijas y criadas que iban a La Española. Son las primeras europeas en América con nombre propio: María Fernández, “criada del Almirante y estante en Sevilla”, María de Granada, de la que nada se dice, y las comerciantes Catalina Rodríguez, “natural de Sanlúcar”, y Catalina Vázquez.

Los Reyes Católicos autorizaron a Colón a llevar a treinta mujeres en su tercer viaje (30-5-1498); algunas eran esposas de los embarcados, como Catalina de Sevilla, que aparece anotada en el asiento de su marido. En este viaje colombino, los funcionarios de la Casa de Contratación concedieron permiso de embarque a gente de “turbia condición”, según ellos, como la prostituta Gracia de Segovia y las ladronas gitanas Catalina y María de Egipto. Sorprende que dos mujeres de una raza proscrita en la España del siglo XVI fueran de las primeras viajeras al Nuevo Mundo. Las gitanas habían sido condenadas por robo y cumplían condena en la cárcel de Sevilla; a cambio del indulto real, las enrolaron como lavanderas y, suponemos, para otros cometidos carnales en la Niña y en la Santa Cruz, carabelas con rumbo a Santo Domingo.

 

En los repartimientos de tierras, a los casados siempre se les entregaban las mejores y más fértiles

Francisco de Orellana
Mapa de la expedición de Francisco de Orellana

 

Mestizaje, familia y matrimonio

A finales de dicho siglo, las mujeres representaban casi un 19% de los 55 000 emigrantes españoles: unas 10 000 mujeres, de las cuales más de la mitad eran andaluzas. A pesar de la percepción que hoy se pueda tener, tan solo emigró el 1% de la población española.

En los primeros tiempos de la conquista, las autoridades habían favorecido los matrimonios mixtos, incluso de españolas con varones indígenas, a fin de aumentar la población de la colonia, pues creían que los mestizos se integrarían con facilidad en la cultura hispana. Solo las más humildes aceptaron a los indígenas, pues esos matrimonios tenían un rango inferior en la escala social respecto a las uniones entre españoles. Las jóvenes hidalgas o con pretensiones prefirieron entrar en los conventos, cuyas reglas eran mucho más laxas en América, o regresar a la Península.

Pronto la Corona española recogió velas y se promulgaron las leyes relativas a los casados, recogidas en el siglo XVII en la Recopilación de Leyes de los Reynos de Indias bajo el epígrafe “De los casados y desposados en España e Indias, que están ausentes de sus mujeres y esposas”. Se trataba de unas ordenanzas de obligado cumplimiento por parte de los administradores coloniales.

Así, en los repartimientos de tierras, a los casados siempre se les entregaban las mejores y más productivas, pero aquellos que no llamaban a sus mujeres a vivir con ellos en el plazo establecido podían perder sus encomiendas y bienes. Por estas prosaicas razones o porque las amaran de corazón, muchos trataron de convencerlas para que se animaran al viaje americano, prometiéndoles una vida confortable y feliz. No todas desearon reunirse con sus esposos. Algunas no quisieron perder la libertad que tenían en ausencia de un hombre no amado y prefirieron renunciar a aquellas bonanzas. A muchas las atemorizaba la travesía atlántica y a casi todas las angustiaba imaginar las penurias y los trabajos en el Nuevo Mundo que referían los pobladores fracasados que regresaban.

Islas Salomón
Islas Salomón. Imagen: iStock Photo.

 

Isabel Barreto, la adelantada de los mares del sur

No fue el caso, desde luego, de Isabel Barreto, que reveló su férrea naturaleza durante la empresa de descubrimiento de las islas Salomón (Melanesia); según la leyenda, plenas de oro, perlas y piedras preciosas. Con su dote de 40 000 ducados, ayudó a fletar la expedición de su marido, el adelantado y gobernador Álvaro de Mendaña. En junio de 1595, cuatro naves partieron de Piura (Perú) con 280 hombres, 98 mujeres e hijos en pos de dicho archipiélago.

En Santa Cristina, hoy Tahuata (Las Marquesas), una placa conmemora el paso de la Expedición Mendaña. Prosiguieron su viaje hasta que desembarcaron en la isla más grande del archipiélago de Santa Cruz –dentro de las Salomón–, a la que llamaron Bahía Graciosa. Pero resultó que los polinesios vivían con modestia, no usaban adornos de oro ni joyas y sus poblados eran chozas de paja y barro. Mendaña trazó con el piloto, Quirós, el modo de buscar socorro en Manila, a fin de paliar el descontento de la tripulación a causa de la extrema pobreza de aquellas islas; malestar agravado por el comportamiento despótico de los Barreto –Isabel, sus tres hermanos y su hermana Mariana–, que habían tejido una red de espías en los cuatro barcos.

En la noche del 17 de octubre, Mendaña enfermó gravemente y nombró en su testamento a Isabel su “heredera universal, gobernadora de las tierras descubiertas y las por descubrir”. A la mañana siguiente, murió y ella se puso al mando. Tan solo les quedaban dos naves; una se había perdido en un temporal y la otra hacía agua por todas partes. Ordenó reparar la capitana con las maderas útiles de la podrida y, contraviniendo el propósito de su difunto esposo, prosiguió la exploración de los cercanos archipiélagos con la nave reparada y los mejores marinos. Estuvieron vagando sin rumbo hasta el 17 de noviembre de 1595.

Al fin, la gobernadora aceptó el criterio de Quirós y pusieron rumbo a Manila con el propósito de preservar a los sanos, aliviar a los enfermos y atajar los motines. Cuando atracaron en el puerto de Manila el 11 de febrero de 1596, tras ocho meses de navegación desde Perú, una multitud se congregó en el muelle para recibir a los supervivientes y, en especial, a “la Reyna Sabá de las islas de Salomón”.

Catalina de Erauso
Catalina de Erauso. Imagen: Getty Images.

 

Catalina de Erauso, la monja alférez

Otro personaje singular, de fama internacional en su época, fue Catalina de Erauso, conocida como la Monja Alférez. Fue de armas tomar en sentido literal. Tras escapar de un convento en San Sebastián antes de los votos, estuvo en tierras españolas ejerciendo de paje de gente ilustre hasta que en 1603, a los 18 años, se embarcó en Sanlúcar de Barrameda integrando el ejército que iba a combatir a los araucanos, como entonces se les llamaba (hoy, mapuches).

Catalina recorrió en barco, a pie y en cabalgaduras el continente sudamericano, como si huyera de sí misma. Probablemente transexual, siempre vistió de varón y cambió su nombre por el de Alonso Díaz en 1606. Como Díaz, representó el más deplorable arquetipo varonil: temerario en la batalla, bravucón en el juego, pendenciero en la calle, descarado en el amor. Asesinó a compañeros de cartas, retó a la autoridad, raptó a casadas y enamoró a jóvenes ricas hasta que, siempre forzado a una boda imposible, huía a caballo hasta otra ciudad en que no supieran de sus desventuras.

Obtuvo el grado de alférez en una de las muchas batallas de la interminable guerra contra los araucanos. No le concedieron el de capitán porque mandó ahorcar al cacique Quispiguaucha en vez entregarlo para ser interrogado, como había ordenado el gobernador. En Guamanga, cerca de Cuzco, en otra fanfarronada contra la ronda de noche, mató a un alguacil. Al oír la reyerta, el obispo salió a la plaza y protegió a Erauso llevándosela a su casa. Conmovida por su bondad, Catalina le contó su vida: “Que soy mujer, que me embarqué, aporté, trajiné, maté, herí, maleé, correteé, hasta venir a parar en lo presente”. Como aseguró que era virgen, se solicitó el testimonio de unas matronas. Estas divulgaron el caso y pronto su fama cruzó el Atlántico.

Creyendo que era monja y con el propósito de que purgara sus delitos, las autoridades la hicieron ingresar en un convento de Lima, pero, como no tenía inclinación a la vida monástica, dos años y medio después aceptaron su exclaustración y regresó a Cádiz el 1 de noviembre de 1624. El rey le concedió el cambio de nombre a Antonio de Erauso y una encomienda en Veracruz (México); además, viajó a Roma para obtener el derecho a vestir de varón. Murió con 65 años en Cuitlaxtla, cerca de su encomienda.

 

El rey concedió a Catalina de Erauso el cambio de nombre a Antonio y una encomienda en Veracruz

Catalinade Erauso
Imagen: Wikimedia Commons.

 

Catalina Bustamente, la educadora pionera de América

Las armas de Catalina Bustamante, en cambio, fueron el papel y la pluma. Partió de Llerena (Badajoz) con su marido, sus hijos y la familia de su cuñado para embarcarse en Sanlúcar, en mayo de 1514, hacia La Española. Probablemente perteneció a una familia hidalga, pues, además de leer y escribir, tenía conocimientos de griego y latín. Esto le permitió ganarse la vida como maestra de las hijas de los hidalgos en Santo Domingo. Luego, al enviudar, se trasladó a México con sus dos hijos.

Su rastro vital desaparece hasta que resurge a través de una protesta que la dignifica. El obispo Zumárraga de México la había nombrado directora del colegio de niñas indígenas de Texcoco, al este de la capital. Una noche de mayo de 1529, un capitán español y sus secuaces saltaron la tapia del colegio y raptaron a la cacica Inesica y a su criada mexica. La indignada Bustamante, sin doblegarse, exigió la devolución de sus pupilas y un severo castigo a los secuestradores a través de una carta al emperador Carlos, avalada con otra escrita por el obispo Zumárraga. Fue la emperatriz regente Isabel quien leyó la carta y ordenó enviar más maestras, más cartillas y, además, que se estableciera por ley que los colegios de niñas indígenas fueran inviolables, bajo pena de multa y cárcel para los asaltantes. Catalina Bustamante y sus maestras murieron por la peste de 1545-1546, pero su legado sigue en el recuerdo. El Ayuntamiento de Texcoco ha erigido una bellísima estatua en su honor. Con la pluma en la mano derecha, escribe una carta. En el pedestal, el lema que la hace inmortal: “Maestra Catalina de Bustamante, primera educadora de América”.