Los incas, el Imperio del Sol

Los incas impusieron su hegemonía en la región andina con una rapidez que solo fue superada por la de su abrupto colapso final.

“Nuestros españoles, siendo pocos en número y nunca habiendo tenido más de 200 o 300 hombres juntos, y algunas veces solo 100 o menos, han sido capaces de conquistar más territorio del que jamás se ha conocido antes...”. Así reza el epitafio, recogido en las Crónicas hispánicas, de una civilización que murió aplastada por la sed de conquista de Francisco Pizarro. El Imperio inca yacía herido de muerte cuando los españoles, ciegos en la búsqueda de oro y gloria, hollaron las tierras de los Hijos del Sol y redujeron a cenizas los últimos destellos de esplendor de un mundo ahogado en el laberinto de sus propias contradicciones. Siglos de incontestada supremacía en la región andina y una hegemonía militar solo tímidamente discutida por sus belicosos pero impotentes vecinos se derrumbaron con estrépito como un castillo de naipes que se desploma hasta los mismísimos cimientos. Atahualpa, el último soberano del Imperio incaico, murió a manos de los invasores españoles en 1533, poniendo fin a un linaje de monarcas cuyas raíces se remontaban al siglo XIII. Pero, más allá de las certezas históricas, la génesis de esta civilización precolombina se diluye en las brumas de la leyenda y el mito.

 

Huari y Tiahuanaco

Antes de la formación del Estado incaico, la región andina estaba polarizada alrededor de dos poderes hegemónicos: los huaris y los tiahuanacotas, cuyo radio de influencia se extendía a lo largo y ancho del territorio que hoy es Bolivia, Chile y Perú. Tiahuanaco era, esencialmente, un referente espiritual y cultural, una suerte de estado teocrático que floreció entre el siglo III y comienzos del siglo XII, rivalizando como epicentro de poder político con Huari, un Estado militarizado que, desde su centro neurálgico en Ayacucho, imponía su supremacía a sus vecinos por medio de las armas. Era un poderío militar contra el que los pueblos adyacentes no podían rivalizar de ningún modo: los huaris conocían el arte de la metalurgia y forjaban sus armas en bronce, lo que les confería una ventaja neta y decisiva en el campo de batalla. No obstante, las influencias tiahuanacotas eran muy intensas, por lo que no es descabellado hablar de un horizonte cultural o incluso de un imperio Tiahuanaco-Huari. Ambas culturas eran ramas de un mismo árbol y tejieron una sólida red de contactos comerciales e intercambios culturales que cimentó una prosperidad conjunta que está en la base de lo que posteriormente habría de ser el Imperio incaico. En el siglo X, ambos pueblos se sumergieron en una espiral de decadencia irreversible. La hegemonía militar de Huari se desarticuló progresivamente, diluyéndose en un sinfín de pequeños estados independientes, en un lento proceso de descentralización y atomización política. Mucho se ha debatido acerca de las causas que propiciaron el fin de esta civilización, que probablemente sucumbió víctima de guerras civiles o de los efectos letales del cambio climático.

Tiahuanaco aguantó mejor las tensiones del período y subsistió hasta el siglo XII, pero ya reducido a un modesto territorio en el lago Titicaca, declinando sin remedio como un reino cada vez más y más insignificante hasta que los aimaras conquistaron por la fuerza sus territorios y pusieron fin a una de las grandes civilizaciones preincaicas. Su influencia cultural, no obstante, siguió manifestándose intensamente en la región en los siglos sucesivos.

 

El origen del estado inca

Poco tiempo después, probablemente en la primera mitad del siglo XIII –si bien no hay consenso entre los especialistas–, emerge la prominente figura de Manco Cápac, primer líder y fundador de la civilización inca de Cuzco. Perteneciente a la etnia de los tapicalas, herederos de la cultura Tiahuanaco, este enigmático personaje –cuentan las crónicas– nació coincidiendo con el éxodo protagonizado por su pueblo, que huía del acoso de los aimaras en dirección a Cuzco, un largo periplo de más de quinientos kilómetros que se prolongó durante veinte años, aproximadamente. Echaron raíces en el valle del Huatanay, derrotando a etnias como los hualas, los sahuares o los alcahuisas y rivalizando contra el poderoso estado confederado de Ayamarca. Para conservar su privilegiada posición en Cuzco, los incas tuvieron que librar numerosas guerras bajo el fuerte liderazgo de Manco Cápac, fundador del curacazgo de Cuzco, que no es sino el primer estado de desarrollo de la cultura incaica del altiplano andino.

Las evidencias documentales acerca de la existencia de Manco Cápac son tan escasas que muchos historiadores consideran al “padre” de la civilización incaica como una mera figura legendaria, el fundador mítico de un estado cuyas primeras evidencias históricas incontestables son muy posteriores. Lo cierto es que la arqueología ofrece alguna pista interesante en este sentido. A mediados del siglo XIX, el dudoso relato del éxodo de los tapicalas adquirió definitivamente una dimensión histórica gracias a las excavaciones llevadas a cabo por Francis de Castelnau y Max Uhle, que documentaron evidencias –en forma de edificios inacabados y objetos de valor abandonados– de un ataque sufrido por los tapicalas probablemente a manos de los aimaras, que corroboraría el relato de la penosa huida y el éxodo de esta etnia en dirección a Cuzco. En cualquier caso, en este primer período, los incas se limitaron a consolidar sus precarias posiciones, incapaces aún de ampliar su esfera de influencia política y geográfica.

Esta tendencia habría de cambiar definitivamente de la mano de Cápac Yupanqui, el primero de los gobernantes incas con ambiciones expansionistas, que se atrevió a abandonar la seguridad del valle del Cuzco en busca de nuevas tierras y conquistas. Estas llegaron a expensas de los vecinos de Andamarca y Cuyumalca, que fueron absorbidos por el pujante Estado incaico. Con la muerte de este belicoso monarca, el quinto de la dinastía Hurin, la historia del curacazgo del Cuzco se aproxima a un punto de inflexión determinante. Entonces, a mediados del siglo XIV, el Imperio inca era un Estado relativamente modesto y ni siquiera constituía el poder hegemónico en la región, honor que correspondía a los ayamarcas. Pero la llegada al poder de los monarcas de la dinastía Hanan Cuzco, iniciada con Inca Roca (el primero de los gobernantes cuzqueños en usar el título de Inca), cambió definitivamente la tendencia.

 

Periodo de esplendor

Más allá de las tímidas anexiones acometidas por Cápac Yupanqui, fue Viracocha Inca el verdadero impulsor, ya en la primera mitad del siglo XV, de la proyección imperialista del curacazgo de Cuzco. Así, se afanó en la construcción de puestos avanzados y guarniciones militares, despertando las iras de una de las grandes potencias regionales: los chancas, que alarmados ante la agresividad del nuevo monarca cuzqueño decidieron presentar batalla, pero cayeron estrepitosamente derrotados gracias a las formidables dotes de mando de Pachacútec, hijo del monarca. Este logró salvar in extremis la ciudad de Cuzco, abandonada por su padre a su suerte, seguro de una derrota que Pachacútec logró evitar.

A pesar de la desconfianza que le inspiraba, Viracocha Inca no pudo evitar que, gracias a sus logros militares y a la escasa popularidad de Inca Urco –su hermano, huido de Cuzco con su padre ante la amenaza de los chancas–, Pachacútec se hiciera con el trono y, a la postre, pasara a la historia como el más grande de los monarcas incas, responsable del período de mayor esplendor de su civilización. Fue su excepcional dimensión como estadista y general lo que propició que el estado con sede en Cuzco alcanzara su cénit histórico mutando de curacazgo a gran Imperio, una vez derrotados los chancas y tras reducir la resistencia de todos sus enemigos conquistando definitivamente la meseta del Collao. El Hijo del Sol, como lo rebautizaron sus contemporáneos, es de hecho el primer Inca del que no existen dudas acerca de la historicidad de su figura. Tampoco es cuestionable la trascendencia excepcional de un legado que no solo se tradujo en glorias militares, muy abundantes según las fuentes: Pachacútec fue además un formidable administrador, mecenas y filósofo y, por encima de todo, el líder que llevó a la civilización inca a una nueva dimensión con la transformación del curacazgo en el Tahuantinsuyo (nombre del nuevo Imperio). Pachacútec sometió no solo a los chancas, sino también a los ayamarcas y collas, entre otras etnias, antes de retirarse definitivamente a Cuzco para encargarse personalmente de la reorganización legislativa y administrativa del estado, delegando el mando de los ejércitos en su hijo y futuro sucesor, Túpac Yupanqui, que consolidó la expansión inca derrotando a pincos y huaris.

 

La cima del imperio

Entre tanto, Pachacútec se afanaba en la ejecución de ambiciosas obras de ingeniería en la capital (canales, plazas y almacenes), así como en la reedificación del Templo del Sol, monumentalizado durante su reinado y rebautizado desde entonces como Coricancha (Templo del Oro). Calificado por algunos como el Carlomagno mesoamericano, murió dejando el Imperio inca en la cima de su esplendor y cediendo el testigo a su hijo Túpac Inca Yupanqui, a quien había asociado al trono en los últimos años de su reinado. Sin embargo la edad dorada del Tahuantinsuyo iba a ser efímera, y pronto el esplendor se tornó en decadencia. A finales del siglo XV, con todo, aún quedaban días de gloria para el Imperio gracias al empuje y el empeño del último gran Sapa Inca, Huayna Cápac, que heredó el trono de Túpac Yupanqui en 1488 y se batió como un león para consolidar e incluso aumentar las conquistas realizadas por su abuelo y por su padre, empeñado durante buena parte de su reinado en sofocar las incontables rebeliones que proliferaron en los cada vez más vastos territorios del Imperio.

 

El nuevo monarca llevó las armas incas hasta Cajamarca y Quito, donde fijó su residencia, fundando una segunda capital administrativa a la vez que acometía ambiciosas obras públicas, pero se mostró incapaz de frenar las desmedidas ambiciones y la rivalidad, cada vez más agresiva, entre las familias nobles de los dos centros de poder, Cuzco y Tumibamba (Quito), a la postre uno de los factores de desintegración que explican el inminente y rotundo desplome del Tahuantinsuyo.

 

Comienzo de la crisis

El edificio había empezado a derrumbarse y pronto la división interna iba a propiciar la grieta por la que comenzaría el colapso. En efecto, allá por 1529 Huayna Cápac se vio obligado a movilizar un colosal ejército de doscientas mil unidades para erradicar de una vez por todas las incesantes rebeliones que asolaban el Imperio. En la campaña, el Sapa Inca se hizo acompañar de sus dos hijos, Ninan Cuyuchi, su heredero designado, y Atahualpa, pero una extraña e insólita epidemia acabó prematuramente con la vida del monarca; probablemente el sarampión o la viruela, introducidos en la región por los conquistadores españoles. Pronto le siguió Ninan Cuyuchi, lo que desencadenó una cruenta guerra civil entre los dos hermanos supervivientes, Atahualpa, el preferido por los señores de la guerra, y Huáscar, apoyado por la nobleza cuzqueña. En un principio fue Huáscar quien tomó la delantera, mientras Atahualpa se contentaba con el puesto de gobernador de Quito, pero pronto quedó patente que el apoyo del ejército y el control estratégico de las rutas del norte ponían a Atahualpa en franca ventaja con respecto a su hermano.

 

Estalla la guerra civil

Estalló entonces la guerra fratricida, que según algunas crónicas se prolongó durante años, y según otras se resolvió en una única batalla: en Quipaipán, donde Atahualpa impuso la superioridad de sus huestes aniquilando a los partidarios de su hermano.

Pero el nuevo Sapa Inca no tuvo tiempo de saborear la victoria. Apenas conquistada, hubo de atender un asunto de la máxima urgencia: acudir a Cajamarca para ver en persona a los “extraños hombres barbudos” de los que los mensajeros traían noticias. El Imperio incaico se encontraba en una posición de máxima vulnerabilidad cuando Francisco Pizarro, junto con sus cuatro hermanos y al mando de una expedición de ciento sesenta y ocho hombres, irrumpió en escena sediento de oro y gloria. Atahualpa, dispuesto a resolver aquella intrusión cuanto antes, accedió a reunirse con Pizarro en Cajamarca, donde fue víctima de una encerrona. Rodeado por sus enemigos, el Sapa Inca se negó a renunciar al paganismo y abrazar la religión cristiana y, tras una acalorada discusión con los españoles, el asunto desencadenó una masacre que dejó un reguero de cuatro mil cadáveres entre los incas. Atahualpa fue hecho prisionero y ejecutado mediante estrangulamiento poco tiempo después en la plaza de Cajamarca, tras haberse convertido forzosamente al cristianismo.

El Tahuantinsuyo, pese a los esfuerzos por reorganizarse de los partidarios de Huáscar, estaba herido de muerte. Los días de gloria del Imperio inca llegaban así a su dramático final. Pero los incas brillaron no sólo por la magnitud de su Imperio y por su extraordinario ascendente político-militar en el área andina. Su legado es el de una civilización extraordinariamente desarrollada y enormemente avanzada en muchos ámbitos.

 

El legado de una civilización

Excepcionales astrónomos, sus vidas estaban enteramente condicionadas por el culto al Sol, propio de una civilización agrícola para la que la predicción minuciosa de las estaciones de sembrado y cosecha era vital para su supervivencia. Eran perfectamente capaces de predecir eclipses y el entramado urbano de Cuzco imitaba las constelaciones celestes. Conocían el cielo con todo detalle y elaboraron un sofisticado calendario lunar para las fiestas religiosas y uno solar para la agricultura. Además, construyeron numerosos observatorios y edificios astronómicamente alineados, siendo el más famoso de ellos el desaparecido Templo del Sol y el más emblemático de los que se conservan el Intihuatana de Machu Picchu. Esta obsesión por el cielo y la agricultura se reflejaba plenamente en el mundo de las creencias religiosas, en el que brillaban con luz propia deidades como Inti (el dios Sol), Mama Quilla (la Luna) y Pachamama (la madre Tierra), puntales de un panteón politeísta extraordinariamente complejo.

Era asimismo una religión en la que los oráculos tenían una importancia capital, ya que era a través de estos y por mediación de los sacerdotes como los dioses se comunicaban con los hombres. La complejidad en el mundo de la ciencia y las ideas tenía su reflejo en la estructura política del Imperio, cuyo modelo de Estado estaba concebido como una monarquía teocrática, fuertemente jerarquizada, que giraba alrededor de la figura del Sapa Inca, al que se atribuía un origen divino. Pero el monarca no estaba solo a la hora de tomar decisiones: contaba con la sabiduría del Consejo Imperial, constituido por todos los gobernadores locales, el príncipe heredero, el Willaq Umu (sumo sacerdote), un Amauta (encargado de la educación de los hijos del Sapa Inca) y el general del ejército imperial. El gobierno de cada región (Suyo) recaía en manos de un Suyuyuc Apu, que en la práctica tenía las atribuciones de un virrey. Este sólido edificio institucional resistió estable durante siglos, hasta que la llegada de los españoles propició su derrumbe y desaparición.