Las mujeres durante la Revolución Francesa

La filosofía igualitaria de la Revolución proporcionaba un marco idóneo para que la voz de las mujeres se escuchase y sus reclamaciones de igualdad se hiciesen realidad. Pero aquel momento privilegiado de la historia en el que ellas fueron también protagonistas se quebró antes de que pudiese materializarse.

La Revolución Francesa es, probablemente, el acontecimiento del siglo XVIII en el que ha habido mayor participación social y política de las mujeres, y mayor organización y esfuerzo dirigidos a lograr la igualdad con respecto a los hombres. Algunas intervinieron en reuniones y discusiones políticas en clubes y asambleas; otras, menos instruidas, lucharon para construir una sociedad distinta. Protestaron, pelearon e incluso se armaron, pero no sirvió de nada: su implicación cayó en el olvido antes de que la Revolución concluyese. Simplemente, fueron borradas del mapa por los mismos que prometían hacer realidad el lema “Libertad, igualdad, fraternidad”: los varones.

En el siglo XVIII, aparecieron los primeros discursos sobre la revisión del papel de la mujer en la sociedad. Mientras las ideas de la Ilustración sembraban las expectativas de igualdad entre ambos géneros, la Revolución abría la posibilidad de convertirlas en derechos políticos tangibles, de transformar la utopía en realidad. Y esa semilla revolucionaria germinó, en gran parte, en los salones, un territorio donde las mujeres encontraron el espacio y protagonismo del que carecían en casa. Más allá de simples espacios lúdicos para burgueses, los salones sirvieron como lugares de encuentro de las mentes más brillantes y en ellos se formó una opinión pública distinta: laica y centrada en el desarrollo de nuevas ideas que abonarían el terreno de la Revolución. Entre los regentados por mujeres destaca el de la marquesa de Châtelet, gran erudita que tradujo las obras de Isaac Newton y propagó sus ideas por Europa. En él, aparte de la ciencia, tenían cabida la literatura, la filosofía, la música...

De los salones a las calles

Otra de las grandes salonières fue Sophie de Condorcet, que reunía a intelectuales, matemáticos, pensadores, políticos... Logró sobrevivir a la Revolución y mantener su salón hasta su muerte en 1822. Admiradora de las ideas “feministas” que empezaban a madurar, abrió las puertas de su casa a defensoras de los derechos de las mujeres como Olympe de Gouges y Germaine de Staël. como Olympe de Gouges y Germaine de Staël.

Fue Madame de Staël quien encarnó como ninguna otra a la mujer ilustrada. Independiente y muy culta, con quince años ya había escrito reflexiones sobre escritos de Rousseau y Montesquieu, entre otros. Aunque casada mediante un matrimonio de conveniencia, se volcó en su salón, donde el debate era la norma. Entre otros temas, se hablaba de la Constitución inglesa, para algunos un modelo a seguir. Así, aunque Staël seguía defendiendo a la Casa Real francesa, se mostraba progresista, lo que la obligaría a exiliarse. Regresaría para montar otro salón, en este caso crítico con Napoleón, traidor a la Revolución. Pero antes de eso habían de pasar muchas cosas.

El 14 julio de 1789, con un cielo que amenazaba lluvia, el pueblo de París se lanzó a la calle. Un millar de personas partieron del barrio de Saint-Antoine hacia el centro. Su destino era la Bastilla, símbolo de la represión borbónica. Tras haber tomado la fortaleza considerada inexpugnable, la euforia se apoderó de la ciudad y el ansia revolucionaria se extendió por todo el país. Aquella victoria del pueblo marcó un giro decisivo en la Revolución. Con los ánimos encendidos, cualquier chispa podía prender la mecha de la violencia. Una de ellas fue la celebración de una gran cena en honor de los guardias reales a la que asistieron Luis XVI y María Antonieta. Los ágapes servidos estaban en las antípodas de lo que recibía el famélico pueblo. Y, para más ofensa, se insultó a la escarapela tricolor, uno de los símbolos revolucionarios. Aquello fue la gota que colmó el vaso y las que más se enfadaron fueron las mujeres, que eran quienes hacían interminables colas ante las panaderías para sacar adelante a sus familias.

También un cielo gris había sobre París la noche del 5 de octubre del mismo año, cuando tuvo lugar la Marcha de las Furias. Sin importarles la lluvia, un ejército de mujeres salió del Ayuntamiento en dirección al Palacio de Versalles en busca de Luis XVI, María Antonieta y su Delfín. Aunque las había de todas las edades y condiciones, una destacaba entre las demás: Théroigne de Méricourt, “la amazona de la Revolución”. El apodo se debía a su peculiar atuendo: un llamativo traje escarlata, un sable al costado y dos pistolas al cinto. Así la vieron, o quisieron verla, sus contemporáneos. En realidad, pese a ser un símbolo de la venganza popular, ella siempre negaría haber colaborado activamente en las jornadas de octubre y su participación revolucionaria fue bastante menos “dramática” de lo que se cuenta.

Luchando por cambiar el mundo

Fundadora del Club Los Amigos de la Ley, Théroigne fue una de las primeras féminas en exigir que las parisinas pudieran portar armas como los varones, pero su fama le llegó al proponer construir un Templo de la Libertad sobre las ruinas de la Bastilla. La idea, aplaudida en la Asamblea, no la benefició, y terminó rumoreándose que pretendía asesinar a la reina. Pasó por la cárcel y, acusada de mantener alguna amistad “indeseable”, fue azotada en público. Fue una mujer incomprendida en su tiempo, que simbolizaba el miedo al mundo al revés que reclamaban las mujeres al pedir su participación en los asuntos públicos. La mayoría de historiadores han considerado que las mujeres presentes aquel 5 de octubre únicamente pretendían terminar con la carestía de productos de primera necesidad. Han obviado su papel como revolucionarias, negado su dimensión política y limitando su lucha al ámbito doméstico, donde se suponía que debían estar. Aunque aún faltaba tiempo para que Francia abandonase la monarquía, la abolición del feudalismo, la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano y la predisposición a redactar una Constitución presagiaban los mejores augurios, supuestamente para todos.

Desde los inicios de la Revolución, las mujeres no se limitaron a protestar o a protagonizar marchas; también participaron en las peticiones para intentar que las cosas cambiaran, a través de los cuadernos de quejas en los que los ciudadanos expresaban sus reivindicaciones. Así, las componentes del Tercer Estado se preguntaban, en enero de 1790, si “no podrían, en esta común agitación, hacer también oír su voz” y exigían “ser instruidas” y “poseer empleos”. Una mujer que firmaba como madame B. de B. alegaba estar “asombrada por el silencio de su sexo” y se mostraba de contundente contra los hombres que las habían relegado a un segundo o tercer puesto en la sociedad y la política.

Reivindicaciones pioneras

Aparte de las peticiones en los cuadernos, es obligado recordar dos reivindicaciones pioneras. El 14 de septiembre de 1791, Olympe de Gouges publicaba la Declaración de los Derechos de la Mujer y la Ciudadana. En ella exponía los principios de una igualdad cívica entre los sexos fundada en la naturaleza y la razón. Y es que la Declaración de los Derechos del Hombre no reconocía la igualdad política de las mujeres. Solo medio año después de que apareciese la Declaración de Olympe, salía a la luz en Inglaterra la Vindicación de los Derechos de la Mujer, de Mary Wollstonecraft, que a diferencia de la primera obtuvo una gran acogida en Europa. Firme defensora de la Revolución Francesa, Wollstonecraft visitó Francia entre 1792 y 1795 y trabó amistad con damas girondinas. Allí comprobó cómo la esperanza que las galas habían constatado en 1789 se había esfumado. Las mismas féminas que habían luchado en el frente, pedido el divorcio o vestido como los hombres eran ahora el símbolo de la fragilidad y se las apartaba de lo público. Hasta los varones que se habían mostrado más radicales terminaron por abjurar de sus ideas, por miedo a que se extinguiese su cómoda vida familiar.

Mujeres bajo el Terror

En 1793, durante la época del Terror liderada por Robespierre, los acontecimientos se precipitaron. Si en un primer momento se había visto la necesidad de que los franceses se agrupasen en sociedades con miembros de ambos sexos, cuando las mujeres comprobaron que sus reivindicaciones no eran atendidas empezaron a surgir clubes femeninos no muy apreciados por los revolucionarios. “Son estériles como el vicio, pero en revancha claman contra los fundadores de la República y calumnian a los representantes del pueblo”, se lamentaba Robespierre.

Las mujeres también exigían poder llevar la escarapela tricolor, obligatoria para los hombres. Si con ella se manifestaban como ciudadanas, con el gorro frigio lo hacían como revolucionarias. Bastantes estudiosos han quitado importancia a estas reivindicaciones, atribuyéndolas a una simple cuestión de moda, una excusa para ocultar que se trataba de la expresión de diferencias políticas. “Hoy piden las mujeres el gorro frigio, pronto exigirán el cinturón con las pistolas”, se quejaba un miembro del Comité de Seguridad Nacional. Y no se equivocaba, pues ante el peligro de una guerra exterior acabaron pidiendo armas. “Nosotras también queremos una corona cívica y ostentar el honor de morir por la libertad”, clamaba Théroigne de Méricourt. No sería la única en alzar la voz en este sentido. Todas las peticiones fueron denegadas y, como réplica a estas demandas, los revolucionarios pasaron a ensalzar la figura de la mujer como guardiana de la nación y defensora de la libertad, pero exclusivamente en el seno de la familia: “¡Oh, mujer! La libertad atacada por los tiranos necesita un pueblo de héroes. A vosotras os corresponde parirlos”.

Bajo el Terror, una ola de misoginia inundó París. Una de las acciones encaminadas a obligar a las mujeres a abandonar la plaza pública fue la prohibición de los clubes femeninos. El más conocido era la Sociedad de Republicanas Revolucionarias, creada por Claire Lacombe y Pauline Léon. Además, se prohibió el acceso de las mujeres a las sesiones parlamentarias. No podían ya asistir ni como espectadoras. Y, si a muchas féminas se las consideraba “monstruos de inmoralidad y lascivia”, a Charlotte Corday, la joven girondina que asesinó a Marat, se le reprochó lo contrario. Tras su muerte en la guillotina, se le achacó su falta de feminidad. “Era un marimacho, más musculosa que saludable, desprovista de gracias y sucia como casi todas las mujeres filósofas e intelectuales”, diría el autor Fabre d’Églantine. Una vez más, se negaba la dimensión política de una mujer y se ignoraba el contexto en que tuvo lugar su acción.

El sueño se desvanece

De este modo, la Revolución terminó por modelar la imagen de la mujer que interesaba a los varones: la madre cívica y nutricia que acata el orden natural. Excluidas de la vida pública, su papel se redujo pronto al de diosas o estatuas, y no pocas fueron ajusticiadas. Una de ellas, Olympe de Gouges, que había escrito: “Si la mujer puede subir al cadalso, también se le debería reconocer el derecho de poder subir a la tribuna”.

Y en la guillotina terminó sus días María Antonieta, la mujer más odiada de Francia. Tampoco las críticas hacia su persona eran de carácter político, sino sexual; encarnaba los vicios y la lujuria frente a una sociedad nueva que representaba la virtud. Toda revolución crea algo nuevo. La de 1789 trajo la igualdad de los ciudadanos, la política moderna, la soberanía del pueblo, el concepto de nación... y un efímero modelo de mujer nueva. Fue la revolución de las mujeres, pero estas resultaron sus grandes derrotadas. Solo les dejaron dos opciones: quedarse en casa o morir.