La primera vuelta al mundo: Magallanes

Magallanes trató sin éxito de interesar al rey de Portugal para llegar a las islas de las Especias buscando el paso del Atlántico al Pacífico. Y esa complicidad negada la halló al fin en la Corte de Carlos I.

El 20 de octubre de 1517, tras varios intentos y discrepancias con Manuel de Portugal, llegaron a Sevilla Magallanes y Ruy Falero. Allí pidieron inscribirse como súbditos del rey Carlos I y firmaron los documentos de petición a tal efecto. Magalhães se transformó así en Magallanes.

El gran sueño del portugués era llegar a las islas de las especias pero el gran problema para que España pudiese encabezar esa expedición era el Tratado de Tordesillas, que Castilla y Aragón habían firmado con Portugal en el año 1494, cuando los primeros descubrimientos. Objeto de una compleja negociación y auspiciado por el papa Borgia, el pacto dividía los territorios descubiertos y a descubrir mediante una línea que cortaba el mapamundi de norte a sur y que se situaba 370 leguas al oeste de la isla de Cabo Verde. Castilla se quedaba con la exclusividad de todas las rutas y tierras al oeste de la raya, mientras que Portugal obtenía las prerrogativas de navegar y apoderarse de lo que hubiera al este. Aunque no se supiera exactamente su localización, para todos los contemporáneos de Magallanes resultaba evidente que las islas de las Especias estaban claramente en algún punto muy al este del mapamundi. Lo probaba el hecho de que eran comerciantes orientales quienes habían logrado llegar hasta ellas.

 

Complicidad para su plan

Sin embargo, Magallanes tenía algo que decir sobre esto: había estado rumiando la teoría de que podría llegarse también a ellas navegando por el oeste, es decir, por la zona asignada a España en el acuerdo, de forma que no se incurriese en contradicción con el delicado equilibrio diplomático. La hipótesis de Magallanes era científicamente revolucionaria, pues implicaba asumir que la Tierra era una esfera redonda. Aunque algunos sabios de la Grecia clásica ya lo habían deducido, la idea distaba mucho de estar completamente aceptada, porque no había podido ser objeto de demostración.

Pero Magallanes encontró en la Corte castellana y en el aparato funcionarial español que controlaba las colonias lo que más le había faltado en su reino natal: la complicidad. Cuando explicó su plan por primera vez al joven rey Carlos I, este no lo rechazó. La Corona española estaba deseosa de ampliar sus dominios y adelantar a sus rivales portugueses en territorios y gloria. Carlos delegó un análisis más detallado del proyecto en el padre Bartolomé de las Casas, que había viajado varias veces a las Indias.

 

Las cuentas del arzobispo

Otro apoyo vino del arzobispo Juan Rodríguez de Fonseca, que desde la época de Colón era el administrador a quien los reyes encargaban la máxima supervisión organizativa de las conquistas en las Indias. Una de sus responsabilidades era la Real Casa de Contratación de Indias, que regulaba el comercio y la navegación con los territorios conquistados. Tanto Fonseca como los funcionarios de la Casa de Contratación percibieron un gran potencial económico en el proyecto: si España podía llegar antes a las islas de las Especias y hacerse con su comercio, la rentabilidad sería incalculable. Todo eso acabó por pesar más que las dudas geográficas sobre el viaje, que también las había y muchas. Uno de los principales peros que se le ponían a Magallanes era la posibilidad de que no hubiese ningún paso marítimo entre las Indias (es decir, la ribera atlántica de América) y las ansiadas islas.

 

Capitulaciones de Valladolid

La respuesta de Magallanes fue que a través del Río de la Plata (en la actual Argentina) discurría un estrecho que llevaba hacia el otro lado de las Indias, y de ahí hasta las islas de las Especias. Como hoy sabemos y el propio Magallanes sería el primero en comprobar, el Río de la Plata no era el extremo del istmo americano por su lado atlántico, y bien hubiera podido pasar que no hubiese habido tal estrecho y todo fuera tierra firme. Pero la idea inicial de Magallanes resultó convincente para las autoridades españolas y en base a ella se autorizó la expedición. “Este Magallanes debió de ser un hombre de gran valor y fortaleza mental para emprender grandes cosas”, escribió sobre él De las Casas, reflejando las mejores cualidades del navegante.

Con el apoyo de Fonseca, el proyecto de expedición siguió su curso y el 22 de marzo de 1518 se firmaban las Capitulaciones de Valladolid, un contrato entre la Corona española, por un lado, y los dos expedicionarios, Magallanes y Falero. Regulaba qué correspondería a cada parte de todo aquello que se hallase. El rey Carlos otorgaba a Magallanes la condición de Lugarteniente Gobernador de lo conquistado, un título que podría transmitir a sus hijos y herederos. Las concesiones reales resultaban muy favorables para él también en lo económico, ya que el monarca le concedía una veinteava parte de todos los beneficios.

En Sevilla se armó lentamente la flota que iba a ir a la Especiería, formada por cinco barcos. Cuatro de ellos eran las naos Trinidad, San Antonio, Concepción y Victoria. La quinta era la única carabela, la Santiago. Magallanes capitanearía la Trinidad y sería el comandante indiscutible de toda la escuadra, a pesar de ser un portugués. En el otoño de 1519, un año y medio después de la firma de las Capitulaciones, todo estaba preparado para que comenzase una aventura mejor equipada y con mayores ambiciones que la del propio Colón.

 

De San Lúcar al fin del mundo

Así se iniciaba la ruta de las cinco naos componentes de la que se llamó Flota de las Molucas, en Sanlúcar de Barrameda el 20 de septiembre de 1519. La marinería desconocía el objetivo exacto de la expedición. Magallanes pensaba que, de saberlo, lo hubieran encontrado imposible y peligrosísimo, por lo que la rebelión sería un riesgo constante. La tradición secretista de los navegantes portugueses también tenía mucho que ver: guardaban con gran celo todo aquello que tenía que ver con rutas, mapas, instrumentos de orientación y otros aspectos que les permitieran mantener su ventaja como los mejores marinos del mundo.

Además de reserva, Magallanes mostró autoritarismo. Exigió a los capitanes de las otras naos que cada día le rindieran cuentas acercando sus embarcaciones a la capitana, la Trinidad, en lo que sin ninguna duda era también un gesto de afirmación de un líder que, al fin y al cabo, era extranjero y estaba rodeado de una tripulación mayoritariamente española. La semilla de la discordia empezó a crecer pronto en la flota por estos comportamientos del capitán. Cuando arribaron a su primera escala, las islas Canarias, el 26 de septiembre, recibió informaciones de que el rey portugués había ordenado zarpar nada menos que a dos flotas de carabelas para interceptarlo. Así que redujo el tiempo de estancia en Canarias y zarparon a medianoche el 3 de octubre. Además, a la altura de Cabo Verde no ordenó virar hacia el oeste mar adentro, como resultaba habitual, sino que marcó rumbo más hacia el sur costeando África occidental, esperando así despistar a sus perseguidores.

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Primer motín abortado

Uno de los capitanes españoles le preguntó la razón y desafió sus órdenes. Era Juan de Cartagena, de la nao San Antonio. Magallanes sabía ya que su autoridad podía ser puesta en un brete porque en Canarias, además del informe oficial sobre la persecución portuguesa, había recibido otro mensaje, este de carácter secreto. Le advertía de que los capitanes españoles preparaban amotinarse a la menor ocasión. Así que el portugués puso en su sitio a Cartagena ante su asomo de insubordinación. “Limitaos a seguirme y no hagáis preguntas”, le contestó.

La trayectoria sur no resultó fácil. Primero el tiempo empeoró y se enfrentaron a galernas durante sesenta días; luego, al aproximarse al ecuador, llegó la calma chicha característica de estas latitudes y apenas avanzaban. Crecía el malestar, de forma que, en una reunión de capitanes, Cartagena, seguramente concertado con otros, anunció que no obedecería las órdenes de Magallanes. Este se encontraba alerta y en la reunión irrumpieron de repente dos de sus hombres más fieles, su hijo ilegítimo Cristóvao Rebelo y Duarte Barbosa, y detuvieron a Cartagena. Este gritó a otros dos capitanes españoles, Gaspar de Quesada y Luis de Mendoza, comandantes respectivamente de la Concepción y la Victoria, que apuñalaran a Magallanes. No se atrevieron a actuar, y el levantamiento quedó abortado. Cartagena fue relevado del mando de la San Antonio –que pasó provisionalmente al contable de la flota, Antonio de Coca– y confinado en la Victoria.

 

El estrecho sigue sin aparecer

El 10 de enero de 1520, arrastrados por los vientos de una galerna, Magallanes y sus naves llegaron hasta la gran desembocadura conocida como el Río de la Plata. Sus dimensiones le llevaron a pensar que este podía ser el ansiado estrecho y decidió investigarlo. Eligió la nave Santiago, en la que él mismo se subió. Durante dos días ascendieron su curso comprobando constantemente la profundidad de las aguas, pero era escasa –no más de tres brazas, insuficiente para las naves–, lo que demostraba que no se trataba de la confluencia entre mares que buscaba.

Cuando reemprendieron el rumbo sur, Magallanes lo hizo con extrema prudencia, para evitar no pasar de largo el estrecho. Por ello, la flota se detenía durante la noche. Sin embargo, ese punto geográfico imaginado por Magallanes se mostraba escurridizo: se hizo ilusiones cuando alcanzaron la boca del golfo de San Matías (al sur de Argentina) el 23 de febrero, pero pronto vio su error. Mientras tanto, el clima empeoraba cada vez más. Estaban entrando en latitudes australes y el frío –se hallaban en pleno invierno subecuatorial– resultaba insufrible. Además, aquella zona padece constantes y fuertes tormentas. La tripulación estaba atemorizada y los oficiales castellanos, cada vez más convencidos de que aquel capitán portugués los arrastraba a una muerte segura.

Magallanes también se daba cuenta de que era imprescindible encontrar un estrecho, no ya solo por ser su misión, sino por abandonar aquella región de clima diabólico. Exploró varias zonas prometedoras, como la que llamaron Bahía de los Patos, nombre referido a lo que seguramente no eran “gansos” ni “ánades”, como quedó registrado, sino pingüinos, que por primera vez comieron. Pero el estrecho no apareció.

Ante el fracaso, cambió de plan. El 31 de marzo avistó un puerto suficientemente protegido como para pasar el invierno allí y esperar la llegada de la primavera, cuando podrían explorar con buena climatología. Lo bautizó como Puerto San Julián. Estaba a una latitud de 49º 20’. Allí volvió a dar otra de sus severas órdenes que encrespaban los ánimos: racionar la comida. Nadie lo entendió, pues en la Bahía de los Patos habían cazado pingüinos y también leones marinos, por lo que la despensa estaba a rebosar. El motín empezó a cuajar.

 

La revuelta del 1 de abril

Al día siguiente, 1 de abril, era Domingo de Ramos, y se celebraba una solemne misa en la nave principal. El único capitán castellano que acudió fue Luis de Mendoza, quien después se negó a aceptar la invitación de Magallanes de acompañarlo en la comida. Ante el evidente desplante, este empezó a prepararse para la batalla: se entrevistó uno por uno con los tripulantes de su nao para garantizarse su fidelidad. Por la noche, los amotinados, liderados por Quesada y Cartagena, asaltaron la nave San Antonio, hicieron prisionero a su capitán, Mesquita, y mataron al maestre del barco, el vasco Juan Elorriaga. Por cierto, entre los amotinados se encontraba otro vasco, llamado a ser célebre: Juan Sebastián Elcano. La revuelta nocturna se extendió también a la Victoria y la Concepción. Los amotinados se veían tan triunfantes que no se aseguraron la fidelidad de la otra nao restante, la Santiago, un error fatal.

 

Magallanes sofoca la rebelión

Magallanes se enfrentó a la rebelión barco por barco. Primero envió una chalupa con fieles a la Victoria para exigir la rendición de Mendoza. Si no se rendía, el líder de la misión, el alguacil Gonzalo Gómez de Espinosa, tenía que matarlo. Mendoza se rio de sus exigencias, pero se encontró con la daga de Espinosa clavada en el cuello. Murió de inmediato y el barco no tardó en rendirse.

Para los de la San Antonio, tras rodearla con los demás barcos y negarse su líder Quesada a rendirse, Magallanes tramó un ardid: encargó secretamente a un marinero que cortase el ancla por la noche, de forma que la nao fue derivando hasta acercarse a los barcos que la bloqueaban. Entonces, Magallanes ordenó atacarla con balas de cañón y la abordó. Quesada fue detenido y juzgado. Magallanes ordenaría que lo ejecutase su propio sirviente, un terrible castigo destinado a ser ejemplarizante. Cartagena sería abandonado a su suerte.

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Del Atlántico al Pacífico, por fin

El 24 de agosto dieron por acabada su hibernación y partieron de Puerto San Julián. Aprovecharon la primavera austral, aunque no estaba exenta de tormentas. Ya bien entrado octubre de 1520 y temiendo que se volviese a repetir la fatalidad, el día 18 de repente apareció una gran punta de tierra con un enorme banco de arena lleno de esqueletos de ballenas. Aquello señalaba que los cetáceos pasaban por allí; no en vano, era su ruta migratoria. Olas opuestas chocaban. Un aprendiz portugués narró así lo que sucedió: “Continuando por ese camino, encontraron agua profunda y salada y fuertes corrientes, por lo que parecía un estrecho y la embocadura de un gran golfo que podría estar descargando en él”.

El estrecho había dejado de ser una loca hipótesis en la cabeza del capitán portugués. Allí, en el fin del mundo, Magallanes y su tripulación estaban cruzando del Atlántico al Pacífico.