La Noche Triste, el principio del fin

Difícilmente un episodio de invasiones iba a tener un final pacífico, y mucho menos si esas dominaciones estaban aliñadas de alianzas imposibles y odios heredados. Y así ocurrió con la conquista española del Imperio azteca: culminó con el triunfo de las tropas de Carlos V, pero de manera sangrienta para todas las partes en conflicto.

Cortés y Moctezuma
Imagen: Wikimedia Commons

El ocaso del imperio mexica o azteca, en 1521, está relacionado con varios de los episodios más cruentos de la conquista del Nuevo Mundo. Y con un nombre propio, más allá del de Hernán Cortés: Pedro de Alvarado. Alvarado, mano derecha del modesto hidalgo extremeño reconvertido en uno de los principales descubridores españoles, era conocido por los indígenas como “el Sol”, Tonatiuh en náhuatl, debido a su peculiar cabello rubio, ondulado, y a su portentosa estatura, que les llevaba a tomarlo por un dios.

Temido hasta por sus tropas, el también extremeño era valiente y un gran líder, aunque ambicioso, cruel y sanguinario. Y esa impronta marcaría el principio del fin del Imperio mexica, que llegaría de la mano de dos brutales matanzas, una por bando: la sangrienta masacre de indígenas de Tóxcatl y su respuesta, la funesta Noche Triste para las tropas españolas.

 

Moctezuma es arrestado

Fue el 8 de noviembre de 1519 cuando Cortés, ya en la ciudad mexica, se encontró con Moctezuma. Por esos días llegaron cartas de la Villa Rica de la Vera Cruz informando de que Juan de Escalante –capitán que Cortés dejó al mando de Veracruz– había muerto junto con seis capitanes a manos de los mexicas.

Seis días después de que los españoles llegaran a Tenochtitlán, y con el pretexto de la muerte de sus hombres en Veracruz, hicieron prisionero a Moctezuma. Al amanecer, Cortés y cinco de sus capitanes (Pedro de Alvarado, Gonzalo de Sandoval, Juan Velázquez de León, Francisco de Lugo y Alonso de Ávila), junto a sus dos traductores, partieron armados al palacio del emperador. Cortés, por mediación de doña Marina, le narró los terribles hechos ocurridos en Cempoala y le pidió explicaciones por haber mandado atacar a unos aliados suyos. Y le dijo que por ello se lo llevaba al palacio de su padre, en donde los soldados le guardarían. Moctezuma gritó que él nunca había mandado tal cosa y que inmediatamente enviaría unos capitanes para averiguar qué había ocurrido exactamente. Tras hablar con doña Marina y comprobar que le iban a detener de todas maneras, accedió a marchar con ellos. A Moctezuma le pusieron grilletes desde el primer día de su encarcelamiento.

“Chimalpahin habla de prisión y aherrojamiento. Apenas llegaron a México, a pesar de que no se les combatía, en seguida dispusieron que Moteuhczomatzin fuera atado y encarcelado, encerrado en su casa por cárcel, y le pusieron unos hierros en los pies, y lo mismo fue hecho con su hermano Cacamatzin, el de Tezcuco, y con Itzcuauhtzin, Tlacochcalcatl, regente militar de Tlatilulco”. Tal acusación la hace fray Bartolomé de las Casas.

En el palacio no le faltó de nada al emperador: podía recibir visitas de sus súbditos y era atendido por sus criados y mujeres sin ningún problema ni oposición; pero esta maniobra de los españoles no había gustado nada a muchos militares y familiares del tlatoani. Moctezuma pedía a los suyos calma, ya que lo peor que le podía ocurrir era que se produjesen alborotos y levantamientos en Tenochtitlán en esos momentos. Pero todo se precipitaría unos meses después.

 

El 8 de noviembre de 1519, Hernán Cortés se vio por primera vez con el rey Moctezuma en la capital del Imperio azteca, Tenochtitlán

Arresto de Moctezuma
Arresto de Moctezuma. Imagen: Getty Images

 

La Tóxcatl

Dentro del calendario indígena, una fecha tenía especial relevancia: la Tóxcatl o fiesta de la sequía. La Tóxcatl era considerada la celebración más importante del pueblo del Sol. Se desarrollaba entre mayo y junio y era la festividad en la que los mexicas loaban a sus dioses Huitzilopochtli, Tláloc y Tezcatlipoca con la intención de invocar las lluvias necesarias para fertilizar la tierra. Durante la Tóxcatl, las guerras estaban absolutamente prohibidas; antes al contrario: los nativos se centraban en honrar a sus dioses, mostrar sus mejores joyas y galas, cantar, tocar y bailar.

En mayo de 1520, en plena preparación de la Tóxcatl de ese año, Hernán Cortés tuvo que ausentarse de Tenochtitlán, la ciudad-isla capital del Imperio azteca, para ir al encuentro de Pánfilo de Narváez, otro descubridor que había sido enviado a México con el objetivo de capturar al extremeño y poner orden en sus ínfulas invasoras.

La persecución de Cortés se debía a que el expedicionario había hecho caso omiso de las órdenes del gobernador de Cuba y adelantado de la isla, Diego Velázquez, a la sazón responsable de su misión en tierras centroamericanas, y en lugar de dedicarse a la exploración inicial encomendada estaba invadiendo pueblos por doquier.

Sin Cortés en Tenochtitlán, la representación española quedó bajo el mandato del capitán Pedro de Alvarado. Alvarado tenía dos encargos claros: por una parte, vigilar a Moctezuma II, el emperador azteca, que desde casi la llegada de los españoles se encontraba confinado, de forma presuntamente amistosa, en el palacio de su padre, Axayácatl, reconvertido en cuartel español. Por otra, mantener la calma entre los mexicas, muy inquietos al no entender si la relación entre los españoles y ellos se orientaba hacia la alianza o hacia la dominación, y temerosos de lo segundo.

Cortés
Hernán Cortés. Imagen: Getty Images

 

Pero, por motivos para los que hay diversas teorías, Alvarado decidió atacar a los indígenas en plena celebración de su fiesta principal y perpetrar una cruel masacre de la nobleza azteca allí congregada y, de paso, de todos cuantos se encontraban en el festejo.

Según afirma en sus memorias de guerra el compañero de tropa de Alvarado e historiador Bernal Díaz del Castillo, los tlaxcaltecas y totonacas, aliados de los españoles y enemigos de los aztecas, habían informado a Alvarado de una supuesta rebelión de los fieles a Moctezuma aprovechando el ambiente relajado de la fiesta, la concentración de las primeras figuras indígenas y la ausencia de Cortés.

Por el lado de la historiografía indígena, fuentes como el Códice Ramírez, el Códice Aubin o la XIII Relación de Fernando de Alva Ixtlilxóchitl culpan del sanguinario ataque a la simple codicia de las tropas españolas, su oscuro deseo de enriquecerse robando las joyas y el oro a los centroamericanos, que lo tenían en abundancia.

Un tercer motivo pudo ser el factor religioso. La Tóxcatl era una fiesta pagana, lo que implicaba hacer convivir en el Templo Mayor algunas figuras cristianas con los símbolos y ornamentos con los que los mexicas loaban a sus principales dioses, y ello contravenía la expansión del cristianismo que supuestamente presidía todas las conquistas del Nuevo Mundo.

 

En el patio del Templo Mayor, los españoles y sus aliados se lanzaron sobre los mexicas que cantaban y bailaban

Matanza en el templo mayo
Imagen: Wikimedia Commons

 

Matanza en el templo mayor

Sea como fuere, cuando ya se había iniciado la fiesta y el gran patio del Templo Mayor se encontraba lleno de indígenas bailando y cantando, los españoles, con sus aliados totonacas y tlaxcaltecas, se lanzaron sobre ellos, espada en mano. Hombres, mujeres y niños perecieron. Todos fueron asesinados. El patio se inundó de sangre mientras Alvarado y sus huestes robaban las joyas a los cadáveres de los danzantes.

La barbarie quedó bien descrita en los códices mexicas: “A algunos les acometieron por detrás; inmediatamente cayeron por tierra dispersas sus entrañas. A otros les desgarraron la cabeza... y había algunos que en vano corrían: iban arrastrando los intestinos y parecían enredarse los pies en ellos”; “Comenzaron a alancear y a herir cruelmente a aquella pobre gente. Lo primero que hicieron fue cortar las manos y las cabezas a los tañedores, y luego comenzaron a cortar sin ninguna piedad cabezas. Otros cortados por medio, otros atravesados y barrenados por los costados; unos caían luego muertos, otros llevaban las tripas arrastrando huyendo hasta caer”; “Cuando la (carnicería) acabó, los españoles tuvieron tiempo y sangre fría para entregarse al despojo de los cadáveres, entre los que había no pocos de mujeres y niños

La terrible matanza causó conmoción e indignación entre los mexicas, especialmente por la alevosía con la que fue cometida, y encendió la mecha de una rebelión sin vuelta atrás.

Pedro de Alvarado
Pedro de Alvarado. Imagen: Wikimedia Commons

 

Levantamiento en ausencia de Cortés

Frente al horror de aquella masacre, los aztecas tomaron sus armas y, por primera vez desde la llegada de los españoles, combatieron a los soldados de Carlos V y a sus aliados nativos. La lucha fue encarnizada y obligó a los hispanos a replegarse en el palacio-cuartel en el que permanecía retenido Moctezuma II mientras mandaban aviso a Cortés para que volviera de Veracruz y tomara el mando de la situación.

Tras los funerales de la nobleza asesinada durante la fiesta, de hecho, los mexicas trataron incluso de incendiar el acuartelamiento de los españoles, pese a encontrarse dentro su emperador, que ya poco les importaba. También lo cuenta Bernal Díaz del Castillo en sus escritos: “Y desde que amaneció, vienen muchos más escuadrones de guerreros, y vienen muy de hecho y nos cercan por todas partes los aposentos, y si mucha piedra y flecha tiraban antes, muchas más espesas y con mayores alaridos y silbos vinieron este día”.

A su regreso a Tenochtitlán, Cortés pidió a Moctezuma II que pacificara a su pueblo, pero no contaba con que el emperador ya no era una autoridad a ojos del mismo, que lo consideraba un traidor por la ambigua relación que había establecido con el jefe de los españoles y sus tropas, hasta tal punto que les daba igual que muriera.

Moctezuma II
Moctezuma II. Imagen: Wikimedia Commons

 

La muerte de Moctezuma II

Si múltiples son las teorías para explicar los motivos que llevaron a Alvarado a perpetrar los asesinatos de la Tóxcatl, no menos variadas son las que dan razón de la muerte de Moctezuma II. Las crónicas españolas afirman que el emperador, tras solicitarle Cortés que intercediera por las tropas hispanas y en un intento de calmar los ánimos, se asomó a la azotea del palacio instando a sus seguidores a retirarse. La muchedumbre lo interpretó como la consumación de su traición y comenzó a arrojarle piedras y flechas, que lo hirieron mortalmente.

Los testimonios mexicas, en cambio, apuntan a que el emperador ya estaba muerto, a manos de las tropas españolas, cuando lo sacaron a la azotea. Y los informantes de otras tribus de fray Diego Durán, el autor de Historia de las Indias de Nueva España e islas de Tierra Firme, aseguran que, después de que los españoles fueran expulsados de la ciudad, Moctezuma fue encontrado muerto con una cadena alrededor de los pies y cinco puñaladas en el pecho. Sea como fuere, muerto el emperador, los señores y sacerdotes eligieron a Cuitláhuac, hermano del difunto y de carácter más belicoso que este, como tlatoani y caudillo. Enseguida desplegó una gran actividad para alistar tropas, buscar alianzas con algunos pueblos cercanos y tratar de derrotar a las huestes españolas. Y en una de las peores jornadas bélicas para las tropas invasoras, lo consiguió.

Muerte de Moctezuma
Muerte de Moctezuma. Imagen: Wikimedia Commons

 

La Noche Triste

Durante un mes permanecieron los españoles cercados, sin opciones de romper el sitio, con alimentos cada vez más escasos y en medio de una situación de gran tensión. Para impedir, además, la fuga de las tropas, los nativos habían desmontado los puentes de acceso a la isla, con lo cual los movimientos de los soldados quedaban totalmente controlados.

La huida se hacía tan imposible como improrrogable y Cortés decidió no demorarla más, no sin antes ordenar cargar todo el oro de los aztecas que fuera posible –el famoso tesoro de Moctezuma II–. El conquistador mandó separar el Quinto del Rey (la quinta parte que debía entregarse a Carlos V) y repartir el resto entre los soldados que quisieran cogerlo. Un peso adicional que, en plena huida, en muchos casos supuso la muerte.

La estrategia española pasaba por proteger a las tropas, de aproximadamente unos mil soldados, mezclándolas entre otros miles de indígenas tlaxcaltecas para salir, por un puente construido a base de vigas y canoas encadenadas, desde el palacio de Axayácatl a tierra firme. La noche del 30 de junio al 1 de julio, Cortés dio la señal de partida bajo la consigna del silencio y una lluvia torrencial.

Pese al intento de organización, la realidad es que fue una salida de Tenochtitlán desordenada, una suerte de “sálvese quién pueda”. Cuando muchos de los soldados marchaban sigilosamente por el puente construido en dirección a Tlacopán (Tacuba), al llegar al canal de los toltecas o Tlaltecayohuacán fueron descubiertos.

Españoles y tlaxcaltecas se vieron rodeados por miles de embravecidos guerreros mexicas en cuestión de segundos. La laguna que rodeaba Tenochtitlán se llenó de canoas repletas de nativos armados con lanzas, arcos y flechas que enseguida tiñeron de rojo el agua, en tanto que desde las azoteas de los edificios miles de guerreros atacaban a la retaguardia, de forma que todos los niveles de la tropa fueron gravemente diezmados. Los soldados que no fallecieron en la laguna o por la lluvia de flechas quedaron encerrados en la isla que era la capital del Imperio, convirtiéndose pronto en ofrendas para las divinidades indígenas. También los hubo que, simplemente, se ahogaron, cautivos de un oro y unas piedras preciosas cuyo peso los condenó.

 

La laguna que rodeaba Tenochtitlán se llenó de canoas repletas de mexicas armados con lanzas, arcos y flechas

La Noche Triste
Imagen: Gtres Online

 

Un trágico balance

Alvarado, para redimirse del caos que tanto había contribuido a generar y tratar de restaurar su honor, se distinguió por su proverbial valor. En medio de aquel infierno, protagonizó su propia escabechina llevándose por delante centenares de vidas. Acabó siendo salvado por Martín de Gamboa, que lo subió a la grupa de su caballo en la huida.

No faltaron los capitanes que sugirieron a Cortés, herido en una mano, retornar para amparar a los rezagados, a lo que él contestó que los que habían salido con vida lo habían hecho de milagro. Atrás quedaban cientos de españoles y txalcaltecas muertos, junto con decenas de caballos y yeguas y el noventa por ciento del tesoro de Axayácatl.

Más de 600 españoles murieron esa noche, junto a una cifra muy superior de tlaxcaltecas. Las tropas españolas quedaron por lo tanto reducidas a menos de la mitad de efectivos, y se perdieron asimismo las piezas de artillería y muchas otras armas. Diezmadas de tal forma las huestes de Cortés, el trayecto de los que sobrevivieron continuó de Tlacopán hacia Otumba, donde tuvo lugar otra célebre batalla que, en esta ocasión, se inclinó hacia el lado español. Antes, los españoles también masacraron al pueblo de Calacoayán.

Finamente, las tropas de Cortés, que se dirigían al territorio aliado de Tlaxcala, lograron alcanzarlo, y allí permanecieron casi un año preparándose para la vuelta a Tenochtitlán y la conquista definitiva del ya casi extinto Imperio azteca.