La Ilustración, el caldo de cultivo de una revolución

Los factores que llevaron hasta 1789 fueron muchos: el pensamiento ilustrado, la pujanza de una nueva burguesía, el enorme descontento social de las clases populares urbanas y el campesinado y la quiebra financiera y administrativa del régimen absolutista, entre otros varios.

La Ilustración francesa
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Una revolución es siempre un acontecimiento excepcional. Constituye una ruptura, pero, al mismo tiempo, hunde sus raíces en la evolución histórica, a la que acelera y cambia el sentido. No surge de la nada. Esto es particularmente cierto en la Revolución Francesa, la convulsión sociopolítica que abrió la edad contemporánea, con consecuencias profundas, duraderas y un impacto global que apenas tiene parangón. La fueron incubando diversos factores que concurrieron en Francia durante la segunda mitad del XVIII. No la hicieron inevitable, pues tendrían su papel diversos azares y decisiones contingentes, pero no se explica sin tenerlos en cuenta.

En la gestación del proceso revolucionario destacan las actividades intelectuales. La Ilustración, expresión del espíritu del XVIII, socavó los cimientos del absolutismo y de la sociedad estamental. El “siglo de las luces” impulsó el racionalismo, la idea de que el hombre tiene capacidad de conocerlo todo por medio de la inteligencia. Lo que no sea racional debe ser rechazado, por falso o inútil. “La voluntad general es el derecho y la razón”: Rousseau cuestionaba el mundo tradicional y esbozaba nuevos criterios jurídicos, las bases de un sistema político distinto.

Elementos de la filosofía de Newton
Portada de 'Elementos de la Filosofía de Newton', de Voltaire y Émile de Châtelet. Imagen: Wikimedia Commons

 

Factores de una ruptura

En esta evolución tuvo su importancia el Enciclopedismo, que difundió las nuevas nociones, así como la publicación de sátiras críticas e irónicas que cuestionaban los valores heredados. También el progreso científico –la indagación sobre la naturaleza sin sujetarse a creencias previas, en busca del progreso humano–. En septiembre de 1783, se alzó en Versalles un globo Montgolfier. Acudieron más de cien mil personas a verlo. No fue un acontecimiento político, pero sugería que la ciencia y la técnica traían una nueva época.

En la segunda mitad del XVIII el despotismo ilustrado quiso introducir reformas desde arriba, buscando el bienestar de los gobernados sin tocar las bases políticas y sociales del régimen. Buscaba corregir abusos, impulsar la educación, centralizar la administración, racionalizarla... “Todo por el pueblo pero sin el pueblo”: intentaba aunar la tradición con las novedades, para mejorar las condiciones de vida de los súbditos sin contar con su concurso y opinión. Este camino trajo mejoras económicas, educativas y administrativas, pero sus éxitos fueron muy relativos, al rehuir cambios en las viejas estructuras. Generalizó las críticas al sistema que trataba de reformar y su fracaso dio vía libre a posiciones más radicales.

La independencia norteamericana, en la que Francia estuvo directamente implicada, fue la gran experiencia de futuros revolucionarios franceses. Miembros de la aristocracia, que alcanzarían notoriedad, participaron en una lucha por la libertad. Con la formación de Estados Unidos, por vez primera se diseñó un sistema político liberal. La noticia de que planteamientos de origen ilustrado podían ser llevados a la práctica agitó el clima político.

 

Hubo revueltas liberales en Irlanda, Suiza, Holanda y Bélgica antes de la Revolución Francesa

Voluntarios irlandeses
Imagen: Wikimedia Commons

 

Los aires revolucionarios no se desenvolvían solo en tierras americanas. Llegaban también a Europa, formando parte del caldo de cultivo de lo que sucedería en Francia a partir de 1789. ¿Podían pasar inadvertidos los sucesos de Irlanda, donde una milicia de voluntarios exigió libertades? Tuvieron algún éxito: en 1782, Inglaterra redujo las restricciones sobre la exportación irlandesa y abolió leyes penales que impedían a los católicos poseer tierras. El proceso acabó por disensiones entre protestantes y católicos.

Siguiente estallido liberal: Suiza, 1782. Los “nativos” a los que se negaba la ciudadanía y burgueses enriquecidos por el progreso bancario y manufacturero expulsaron en el cantón de Ginebra a la oligarquía aristocrática. Tropas llegadas desde otros cantones y desde Francia restablecieron pronto “el orden tradicional”.

El brote que estalló en Holanda en 1783 lo impulsaron sociedades de patriotas, ilustrados, que buscaban una apertura política semejante a la británica. La insurrección llegó a implantar una república. El éxito duró poco: en 1787, el ejército prusiano y el apoyo inglés repusieron al estatúder (la máxima autoridad en las antiguas provincias del norte de los Países Bajos).

Bélgica fue el último conato. Frente al reformismo centralizador que intentaba José II de Austria se unieron fuerzas heterogéneas: aristócratas, comerciantes, industriales, obreros, católicos... La agitación empezó en 1785 y se convirtió en levantamiento armado en 1789. Expulsaron a las tropas austríacas y formaron los Estados Belgas Unidos –influencia norteamericana–, de vida muy efímera. En 1790, las tropas austríacas recuperaron el poder. Estas agitaciones fracasaron, pero revelaban apuros para los regímenes tradicionales, así como el empuje liberal. En Francia, el mayor país de Europa tras Rusia, adquirieron la forma de una revolución de masas, mucho más radical que las anteriores.

En su gestación jugó un rol prioritario la crisis financiera de la monarquía, en gran medida ocasionada por los gastos de la Guerra de Independencia norteamericana. Tales dificultades agravaban la imagen de derroche de la Corte por los dispendios provocados por los favores del rey a los cortesanos, que le reclamaban atenciones financieras en momentos de crisis económica y aumento de la mendicidad.

La principal responsabilidad del déficit estaría en la política exterior –las extravagancias cortesanas solo eran el 6% del presupuesto de 1788–, pero en aquel clima resultaba fatal para el prestigio monárquico que en 1780, cuando el hambre se extendía por París, la reina se hiciese confeccionar 170 vestidos lujosos. Tales gastos agudizaron las tensiones, sacudidas por fiestas, bailes y banquetes.

“Temblad, vosotros, los que habéis chupado la sangre de los pobres y desgraciados infelices”, amenazaría en su momento Marat. Se refería a los recaudadores de impuestos, pero la amenaza se cernía también sobre quienes se habían beneficiado de ellos. ¿La escalada del déficit llevaba necesariamente a la catástrofe? En todo caso, la percepción de su gravedad justificó la ansiedad de los sucesivos ministros, que iban cayendo en el pánico. “Ni quiebras, ni impuestos, ni préstamos” fue el primer propósito; luego se impuso el endeudamiento. Después, resultó necesario buscar soluciones políticas: que los exentos pagaran impuestos. Por esa vía llegó la Revolución.

 

El clero tenía una gran riqueza territorial: el 10% de las tierras de Francia, siendo el 0,5% de la población

Luis XVI
Luis XVI. Imagen: Wikimedia Commons

 

Momentos de crisis social

La crisis financiera fue así la causa inmediata del proceso revolucionario. Del crecimiento imparable de la deuda se derivaba el temor de los acreedores a no cobrar y las dificultades para nuevos endeudamientos, cada vez más caros: una escalada difícil de parar. Los ministros de Luis XVI se topaban con la dificultad de aumentar la recaudación mientras subsistieran los privilegios de nobleza y clero, los principales propietarios, exentos en la contribución directa. Las reformas parciales fueron fracasando. La negativa de los privilegiados a admitir tales impuestos –Asamblea de Notables– abrió la espita de la Revolución: el rey hubo de convocar los Estados Generales, donde se desarrollaron los primeros episodios del drama político.

El problema financiero que se planteó en Francia era irresoluble si se mantenían los parámetros tradicionales. De subsistir las exenciones de los privilegiados, el Estado entraría en bancarrota. Si se forzaba a que nobleza y clero contribuyesen, saltaba por los aires el sistema estamental, esencial en el Antiguo Régimen. No fue posible ninguna solución reformista y todo estalló.

La agitación intelectual, los antecedentes políticos, la crisis fiscal... También contó en el estallido revolucionario la tensa situación social, que explica la evolución del proceso y su radicalización. El conflicto entre la política y los intereses tradicionales y las nuevas fuerzas sociales era en Francia más intenso que en cualquier otro lugar

La estructura social presentaba enormes desequilibrios, jerarquizada en los tres estamentos y con grandes diferencias dentro de ellos. El clero tenía una gran riqueza territorial –el 10% de las tierras, siendo el 0,5% de la población–. Además, cobraba el diezmo y los derechos de los señoríos eclesiásticos, al tiempo que disfrutaba de la exención fiscal. Las riquezas las concentraba el alto clero, procedente de familias nobiliarias, mientras los párrocos vivían casi en la miseria. Además, la Iglesia sufría una crisis de valores, por la relajación de costumbres.

Burguesía francesa
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El mayoritario tercer estado

La nobleza, el otro estamento privilegiado, tampoco formaba un grupo homogéneo. Había distintas categorías, fuese nobleza de la Corte, nobleza provincial o nobleza de toga, así como una baja nobleza con situaciones más ajustadas. Era menos del 2% de la población, pero tenía el 25% de las tierras y casi todos los señoríos. Gozaba de considerables privilegios, la exención fiscal y el derecho a cobrar tributos feudales. ¿Pasaba por apuros a finales del siglo XVIII? Era su percepción, pues no podían mantener su tren de vida en tiempos de crisis e inflación. Su solución: contrarrestar la merma de sus rentas exprimiendo al máximo sus derechos feudales o los servicios campesinos.

“¿Qué es el Tercer Estado?”, se preguntaba el abate Sièyes en su célebre folleto. La respuesta: “Todo”. Efectivamente, era la inmensa mayoría del país, excluida del poder político. Presentaba también una enorme heterogeneidad. En realidad, solo compartía su oposición a los privilegios. No era poco, pero en el Tercer Estado encontramos a campesinos y obreros, a distintas burguesías, al mundo artesanal. Los burgueses, minoritarios, eran quienes ascendían socialmente, gracias al desarrollo comercial y la incipiente actividad fabril característicos del XVIII. No les era exclusiva, pero podían identificarse con la Ilustración (junto a algunos curas y nobles). Pese a su pujanza económica y cultural, les seguía vedado el acceso a los altos cargos administrativos, en manos de la aristocracia.

En las ciudades crecían también los grupos obreros, empleados en las actividades artesanales: este primer proletariado sufriría agudamente la crisis económica. Culparían a los especuladores, a la aristocracia, a la política monárquica...

La modernidad social la representaría el mundo urbano, pero Francia era ante todo un país de campesinos: el 80% de la población, aproximadamente 20 millones. Solo un 35% era propietario de la tierra que cultivaba. La mayoría debía cultivar tierras ajenas arrendándolas o como braceros, los jornaleros cuya importancia creció a lo largo del siglo, en parte por el crecimiento demográfico. Las situaciones de unos y otros –incluso de buena parte de los campesinos propietarios– eran precarias, a lo que contribuía la enorme fiscalidad que tenían que soportar: impuestos reales, diezmos, gabelas, derechos señoriales... Y estaban las corveas –si tenían que trabajar gratuitamente las tierras del señor–, las rentas a pagar anualmente en dinero o especie, así como las tasas por usar el molino y el horno comunal.

No serían ilustrados, pero su hostilidad al régimen señorial convertía a los campesinos en un sector con gran capacidad revolucionaria y de dar a las revueltas una dimensión social propia. Solo una minoría conseguía excedentes para vender cuando subían los precios. Los demás sufrían las malas cosechas.

 

Francia era un país de campesinos: el 80% de la población, aproximadamente 20 millones de personas

Voltaire
Imagen: Getty Images

 

El caos del absolutismo

Otra circunstancia incubaba la quiebra revolucionaria: el Estado absolutista estaba en crisis. El rey, legitimado por la teoría del derecho divino, era la fuente de la justicia, de la legislación y de toda autoridad; además, dirigía la política exterior y el ejército. Sin embargo, la acción del poder central se abría difícilmente paso en una organización político-administrativa caótica. Luis XVI gobernaba sin los Estados Generales, que no habían sido convocados desde 1614.

La estructura administrativa y fiscal, muy anticuada, había quedado obsoleta. Venía a ser un confuso rompecabezas que entremezclaba privilegios locales e institucionales y principios distintos según su origen histórico, con situaciones incoherentes. Las competencias entre las distintas instancias gubernamentales se entrecruzaban. La anarquía administrativa estaba en las antípodas del racionalismo ilustrado. Las leyes eran diferentes según regiones y estamentos, parte de los cargos judiciales se compraban o heredaban...

En Francia, la resistencia de los intereses tradicionales a cualquier programa reformista se demostraba muy efectiva en la segunda mitad del XVIII pero, en el otro lado, los grupos burgueses eran demasiado fuertes para quedarse inactivos tras su fracaso. Contaban con la alternativa que habían gestado los pensadores ilustrados.

El país, con grupos y situaciones tan diferentes, se había convertido en un polvorín social en el que podía pasar cualquier cosa. La crisis económica no hizo sino agravar las cosas, en una época en la que la palabra libertad se había adueñado de los ánimos y encarnaba las aspiraciones sociales y políticas. “La convocatoria de los Estados Generales de 1789 es la verdadera era del nacimiento del pueblo”, idealizó Michelet.

Globo areostático en Versalles
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