Charles Darwin más allá de la biología

La teoría de la selección natural de las especies removió los cimientos de la ciencia desde el minuto uno pero, además, de ella brotó el denominado darwinismo social, una corriente que gobiernos de talante muy distinto intentaron aprovechar para sus proyectos políticos, basados con frecuencia en la violencia y la opresión de los débiles.

Según el darwinismo no biológico, la teoría de la evolución tiene aplicaciones sociales. Por eso, además de en la evolución de las especies, la idea de la supervivencia del más fuerte tendría cabida en el desarrollo social y cultural. Como la sociedad también se basa en la competencia, los mejor preparados serán los más afortunados, pero el Estado no debe apoyar a los menos dotados, léase enfermos, pobres, parados, personas con discapacidad intelectual... Si se premia su debilidad se trastoca el curso de la evolución, así que es mejor dejarlos solos para que, una de dos, o mejoren o sucumban. Ambas posibilidades solucionan el problema del “lastre”.

 

Herbert Spencer y el darwinismo social

En general, el darwinismo social propone que los individuos supuestamente “superiores” impongan su voluntad a los supuestamente “inferiores”. Quien lo popularizó, en el siglo XIX, fue el sociólogo y filósofo inglés Herbert Spencer (1820-1903). Fue él quien inventó el lema “Survival of the fittest” del que algunos, entre ellos Darwin, se apropiaron.

Antes de la publicación de El origen de las especies, Spencer ya se consideraba un evolucionista. Y es que en su tiempo la teoría flotaba en el ambiente, pero no se trataba del principio de selección natural de Darwin, sino de una idea más general basada en el crecimiento, el desarrollo y el progreso. Como apunta Chris Buskes en La herencia de Darwin: “Hay que recordar que la Gran Bretaña del siglo XIX era una potencia mundial y el país en el que se había inaugurado la Revolución Industrial. El crecimiento del bienestar y el dominio británico daban motivo de sobra para un optimismo victoriano que equiparaba la evolución con el desarrollo progresivo”.

Esos eran el momento y el lugar de Spencer, para quien todo formaba parte de un proceso evolutivo global. “Todo lo que existe se encuentra en un estado de gestación o desarrollo”, señaló. Algo así como la idea que tuvo Heráclito en la antigua Grecia de que “todo fluye”. Para Spencer la evolución era progreso, mejora. Y si todo estaba en función de la evolución, debían aplicarse los mismos criterios de la naturaleza a la sociedad.

 

Supervivencia de los más millonarios

Si no hubiera competencia (entre individuo y también entre empresas), no habría progreso. Las empresas que no se adaptan a las duras exigencias del libre mercado desaparecen y, con ello, la economía y la sociedad salen ganando. Para Spencer, la competencia económica lleva al monopolio de uno o unos pocos empresarios que acabarán dominando a toda la sociedad. Su creencia caló fuerte en Estados Unidos, donde la adoptaron magnates como John D. Rockefeller o Andrew Carnagie. Este último estaba convencido que la concentración de poder y riqueza en unas pocas manos era la forma de que la nación progresara. Más tarde, el economista William G. Sumner rizaría el rizo al señalar que los millonarios eran fruto de la selección natural y crear el lema “Root, hog, or die” (“Ocúpate de ti mismo o, de lo contrario, muere”). En esencia, la codicia como motor de la nación.

Spencer y sus seguidores no aceptaban el socialismo, porque negaba la autosuficiencia y permitía que personas y empresas mal adaptadas sobrevivieran gracias al apoyo gubernamental. Con este se perdía la iniciativa y eso afectaba al buen desarrollo social. Por eso, el Estado debía garantizar la seguridad de los ciudadanos, pero no controlar el empleo, la sanidad ni la enseñanza.

 

El optimismo de Lamarck

El darwinismo social de Spencer no pretendía eliminar a los supuestamente inadaptados, sino animarlos a que controlasen su destino y mejorasen su posición. Y veía los subsidios contraproducentes porque, sin la amenaza de la pobreza, los individuos jamás tomarían la iniciativa. No había lugar para la compasión.

Spencer era evolucionista pero no darwinista. Aunque influido por Darwin, prefería la optimista postura de Jean-Baptiste Lamarck, naturalista del siglo XVIII. Pionero en la evolución biológica, Lamarck creía en un progreso eficaz porque cada nueva generación podía usar los logros de las anteriores y avanzar gracias a la competencia. El resultado del capitalismo y el laissez faire del siglo XIX era la supervivencia de los más aptos, y la selección no hacía falta en tanto que la evolución ya aspiraba por sí misma al progreso. En esta visión jugó un papel importante Thomas Robert Malthus (1766-1834), para quien el crecimiento demográfico causaba la lucha por la existencia, en la que los más débiles tenían las de perder.

La teoría de Lamarck gozó de gran popularidad hasta que, en 1892, el biólogo alemán August Weissman probó que el plasma germinal no podía modificarse; o sea, que era imposible heredar las características adquiridas. En conclusión: los descendientes de personas inferiores serían también inferiores. En este punto se acabó el optimismo y no hubo alternativa a la teoría de Lamarck hasta 1900, cuando tres científicos redescubrieron las leyes de Gregor Mendel sobre la herencia: los cambios genéticos no surgen por el esfuerzo de los organismos, sino por recombinaciones y mutaciones.

 

Una excusa perfecta para el colonialismo

La teoría de Spencer afectaba también a la cultura y a las razas. Los grupos humanos compiten, y por tanto los superiores dominarán a los inferiores. En el siglo XIX, el darwinismo social servía en bandeja la excusa para la esclavitud y el colonialismo e imperialismo británico. El hombre blanco protestante ocupaba el pódium de la evolución; por eso, los europeos podían disponer del mundo. Franceses e ingleses, entre otros, echaron mano de ello refugiándose en la idea del “buen salvaje” que tanto popularizó, entre otros, Jean-Jacques Rousseau en la centuria anterior: la población indígena era ingenua y era preciso tutelarla, por su propio bien.

Por supuesto, no solo lo pensaba Spencer. En Europa y Estados Unidos era habitual hablar de razas y sexos superiores e inferiores; hasta Darwin creía que el varón blanco europeo era la cima de la evolución. De ahí el subtítulo de El origen de las especies: “La conservación de las razas favorecidas en la lucha por la vida”. Y escribió que llegaría el día en que “las razas humanas civilizadas habrán exterminado y reemplazado a todas las salvajes por el mundo esparcidas”.