Charles Darwin: esposo, padre y científico

Junto a su esposa (y prima) Emma Wedgwood, el padre de la evolución también lo fue de diez hijos. Verlos crecer –y sufrir el embate de perder a tres de ellos– marcó el avance de sus estudios.

“Su alegría y vivacidad irradiaban de todo su ser y hacían que todos sus movimientos fuesen elásticos y llenos de vida y energía”, escribió Charles Darwin de su hija Annie, que había fallecido a la edad de diez años el 23 de abril de 1851. El naturalista y su mujer, su prima Emma Wedgwood, sufrieron un profundo dolor por su prematura muerte. En pocas ocasiones Darwin exhibió sus sentimientos más íntimos de forma tan franca y desgarradora como lo hizo en su diario una semana después de la muerte de su amada hija.

Recuerdos en el baúl

Aquella dramática pérdida tuvo gran trascendencia en su pensamiento científico, afirma Randal Keynes en su libro La caja de Annie, que trata sobre la vida familiar del científico inglés. Darwin guardó aquellos escritos y otros recuerdos en un baúl que finalmente fue a parar a manos de Keynes, que es tataranieto de Darwin y también descendiente del economista John Maynard Keynes. Gracias a ese material, Randal pudo escribir su libro, en el que afirma que la desaparición de Annie no solo trastocó la fe religiosa de Darwin, sino que contribuyó a dar forma a su tesis sobre la evolución.

Observando a su hija, el naturalista se percató de que en el comportamiento de los niños muy pequeños hay rasgos similares a los que presentan los simios, aunque también adivinó algunas diferencias, como que los bebés humanos no reconocen su imagen en el espejo, pero los monos sí. “Cuando murió Annie, su apesadumbrado padre descubrió que no podía compartir la creencia general de que el mundo había sido creado por un Dios amable. Para él no tenía sentido la muerte de una niña de una forma tan penosa”, recuerda Randal. El fallecimiento de “esa luz que iluminaba nuestra casa y nuestras vidas” fue devastador para el científico y condicionó el resto de su existencia.

 

Darwin sospechaba que la consanguinidad podía afectar a las siguientes generaciones y por ello tenía un sentimiento de culpa por haber contraído matrimonio con su prima hermana Emma, lo que podría causar que sus diez hijos fueran más débiles de lo normal. Algunos de sus trabajos científicos se centraron en el efecto nocivo de la endogamia en 57 plantas distintas, y Darwin descubrió que florecían más tarde, tenían menor volumen y su descendencia era más pequeña. Su preocupación sobre las posibles consecuencias de la endogamia estaba más que justificada, según se desprende de un estudio de la revista BioScience publicado en mayo de 2010, que analiza la relación entre la elevada mortalidad infantil y el nivel de endogamia de los integrantes de las familias Darwin y Wedgwood, que se habían emparejado entre ellos durante muchas generaciones. Tres de los diez hijos del científico murieron durante la infancia, en dos casos por enfermedades que resultan más letales a los niños nacidos de parejas endogámicas. Además, otros tres vástagos del naturalista nunca tuvieron descendientes a pesar de haber contraído matrimonio.

Tim Berra, profesor emérito de Evolución de la Universidad de Ohio, quedó impresionado por el trabajo sobre los problemas de consanguinidad de la Casa Real de los Austrias que había realizado el equipo de investigadores de Francisco Ceballos, genetista de la Universidad de Santiago de Compostela. Hace unos años, Berra se puso en contacto con Ceballos y le propuso analizar 25 árboles genealógicos de las familias Darwin y Wedgwood.

El riesgo de la endogamia

El resultado fue esclarecedor. Cuanto más elevada era la consanguinidad, más alta era también la mortalidad infantil. Se ha demostrado que la endogamia eleva el riesgo de padecer enfermedades infecciosas y la pequeña Annie murió de tuberculosis, lo mismo que el último hijo de Darwin y Emma, Charles, que falleció de escarlatina cuando sólo tenía dos años de edad.

En una de sus cartas, el naturalista reflejó su desdicha ante aquel nuevo hecho luctuoso, ocurrido el 28 de junio de 1858. “Nuestro pobre bebé murió ayer por la tarde. Fue el alivio más bendito ver su pobre carita inocente retomar su dulce expresión en el sueño de la muerte. Gracias a Dios, no sufrirá más en este mundo”, escribió en una carta a su amigo y confidente J. D. Hooker. Aunque el fallecimiento del pequeño Charles pueda ser atribuido a los efectos perniciosos de la consanguinidad, lo cierto es que en la Inglaterra victoriana moría un niño de cada cuatro o cinco nacidos. Darwin conocía estas estadísticas y tenía miedo de casarse por el dolor que le produciría la previsible muerte de alguno de sus hijos. También pensaba que el matrimonio podía restarle tiempo en sus trabajos de investigación. Pero el padre de la teoría de la evolución era un hombre conservador en su vida privada y finalmente buscó su equilibrio emocional en la familia y en los hijos.

Logros profesionales de sus hijos

Pese a la trágica muerte de tres de ellos (Mary falleció poco después de nacer el 16 de octubre de 1842), otros cuatro vástagos de Darwin desarrollaron excelentes carreras profesionales. Si Leonard fue soldado, político, economista y maestro del biólogo evolutivo Ronald Fisher, George, Francis y Horace brillaron en astronomía, botánica e ingeniería, respectivamente.

 

Sus logros profesionales contribuyeron a que fueran nombrados miembros de la Royal Society. Francis también fue el autor de una biografía de su padre en la que describe cuidadosamente las costumbres de Darwin. “No creo que en toda su vida haya dicho una sola palabra malsonante a ninguno de sus hijos, pero de lo que también estoy seguro es de que nunca se nos ocurrió desobedecerle”, rememora Francis. Henrietta Lichtfield, otra de las hijas de Darwin, colaboró en la biografía que escribió su hermano. “Si me encontraba mal, podía sentarme hecha un ovillo en el sofá de su despacho y observaba medio en sueños el viejo mapa geológico que colgaba de la pared. Esto solía acontecer durante sus horas de trabajo, pues siempre lo veo delante de mí, en su butaca forrada de crin en la esquina de la chimenea”, recordaba Henrietta, que años después fue la editora de la biografía de su abuelo Erasmus y de las cartas recopiladas de su madre, Emma Wedgwood.