Breve historia del feminismo

Desde el siglo XVIII hasta hoy, el camino del movimiento feminista ha estado marcado por mujeres que alzaron la voz para reivindicar sus derechos: la educación, el voto, la igualdad salarial, el divorcio, etc. Ellas lucharon para que todas consiguiéramos nuestro legítimo lugar en el mundo y obtuvieron además uno muy digno en la historia de la humanidad.

La Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, aprobada en 1789 por la Asamblea Constituyente durante la Revolución Francesa, se considera el texto fundador de las democracias modernas. Con este acto, los revolucionarios, los burgueses, los campesinos y algunos nobles ponían fin al viejo parlamentarismo basado en el poder de los antiguos estamentos: la nobleza, la Iglesia y la rica burguesía urbana. A partir de entonces, el poder debía residir en la Asamblea elegida por los ciudadanos libres e iguales ante la ley.

Las mujeres que asistían al acto desde la tribuna aplaudían o rechazaban, según sus ideas y su clase social, a los oradores, que eran todos hombres. Muchas de aquellas mujeres, pertenecientes a las clases populares, habían participado en las revueltas contra las subidas del precio de los alimentos o habían expuesto sus quejas en los escritos dirigidos al monarca en demanda de reformas, y muchas seguían animando los salones en los que los hombres discutían de política o conspiraban a favor de unas u otras opciones políticas. En este contexto, la francesa Olimpia de Gouges, con la voluntad de estar presente y participar en un momento decisivo de la historia, tomaría la palabra para pedir a la Asamblea la aprobación de otro texto redactado por ella: Derechos de la Mujer y de la Ciudadana.

 

Derrota de los ideales de Gouges

En este gesto se aprecia bien la inteligencia de una mujer que había comprendido la necesidad de una ley que sirviera para asegurar que los beneficios de la nueva República pudieran extenderse también a las mujeres. Pero la propuesta de Gouges chocaba de frente con la ideología de los legisladores, todos ellos hombres, que consideraban que la diferencia de los sexos marcaba las funciones que debían ser propias –es decir, naturales– de uno u otro: el gobierno de la ciudad y el espacio público correspondería de manera exclusiva a los hombres y la familia pertenecería a las mujeres. Su texto, considerado como una extravagancia por las vanguardias del republicanismo, sería muy pronto olvidado.

El destino trágico de Olimpia de Gouges –que poco después, en 1793, moriría en la guillotina– añade dramatismo a la derrota de sus ideas. En su condena pesaba su historial político: alineada con el sector moderado del republicanismo, se había manifestado públicamente contra la ejecución del rey, al que había pretendido defender desde el estrado. Pero podemos pensar también que a estos hechos debía añadirse la animadversión que los jueces y buena parte de la opinión pública venían mostrando hacia una mujer que, demasiado libre y audaz, amenazaba con subvertir el “orden de las cosas”. El mismo temor debió llevar a la expulsión de las mujeres de los clubes republicanos, mientras se decretaba el cierre de los clubes femeninos.

 

Defensa de los derechos de la mujer

Mientras esto acaecía en Francia, en Inglaterra Mary Wollstonecraft, partidaria de las nuevas ideas de libertad e igualdad que habían inspirado la Revolución Francesa, escribía una defensa de la misma en un libro titulado Vindicación de los derechos del hombre, publicado en 1790. Cuando lo escribió, comprobó que las mujeres no estaban incluidas en los privilegios que las leyes de la nueva República francesa concedían a los hombres. Con este objetivo, sacó a la luz su Vindicación de los derechos de la mujer en 1792. Año y medio después moría de parto. Esta última obra –que, en el momento de su publicación, había sido aceptablemente acogida por las mujeres– sería denostada a medida que se fueron conociendo los detalles de su vida por la biografía escrita por su marido, el filósofo radical William Godwin, el cual no había tomado la precaución de ocultar ciertos hechos que la moral de la época consideraba escandalosos: entre otros, que había concebido una primera hija siendo soltera o que había intentado suicidarse por amor.

 

La reivindicación de los derechos políticos en los siglos XIX y XX

En el siglo XIX, un grupo minoritario de mujeres fue moldeando una identidad pública a través del feminismo, tanto por medio de la escritura como a través de sus talentos organizativos. Estas mujeres entran en escena blandiendo por su cuenta la Declaración de los Derechos del Hombre y la defensa de la causa de su sexo. La demanda de los derechos civiles por parte de las mujeres anunciaba una nueva identidad política, la ruptura del silencio sobre la sexualidad abogaba por un cambio de moralidad y las luchas por el acceso al mundo profesional iba a sentar las bases para la autonomía económica”. Son palabras de Nicole Arnaud–Duc en su artículo Las contradicciones del Derecho, que forma parte de Historia de las mujeres en Occidente, tomo IV: El siglo XIX (Taurus, 1993).

Las mujeres, que desde el mismo momento de la revolución de 1789 habían demandado el voto femenino, se verían defraudadas en sus aspiraciones. El sufragio de la Constitución norteamericana había sido concedido solo a los hombres libres que cumplían ciertas condiciones económicas; no incluía a las mujeres. Estas, sin embargo, habían sido invitadas a servir a la sociedad mediante su entrega al cuidado de la salud –física y moral– de los hijos y a su educación. Pero, imbuidas del espíritu de conquista, las norteamericanas lograron colarse por las brechas abiertas por las necesidades que iban surgiendo en la propia sociedad. Así, sin reivindicar abiertamente su participación en la vida pública, supieron recordar a los hombres que la ruptura revolucionaria había dado un nuevo sentido a su rol familiar, que se tenía que extender a la sociedad. Entre otras funciones, se implicarían en el cuidado de la salud física y moral de la sociedad, en la mejora de las condiciones de vida de las clases populares y en la lucha por la libertad de los esclavos.

 

Abolicionistas y también feministas

Resulta significativo que las mujeres que, entre los años 20 y 30 del siglo XIX, habían participado activamente en el movimiento contra la esclavitud de los negros comenzaran a hablar de su propia esclavitud. Como escribe Angelina Grimké, una conocida activista del movimiento antiesclavista, “No solo defendemos la causa de los esclavos, sino la de la mujer como ser normal y responsable”. En 1838, su hermana Sarah publicó Letters on the Equality of Sexes and the Condition of Women, un manifiesto abiertamente feminista. La resistencia de muchos de sus compañeros a acoger las demandas de derechos de las mujeres provocaría que estas, frustradas sus expectativas, decidieran crear sus propios foros de debate.

En 1848, tuvo lugar la reunión que puede ser considerada como el congreso fundacional del movimiento feminista estadounidense, celebrada en Seneca Falls, un pueblo del estado de Nueva York. En esta reunión participaron mujeres que, procedentes de las filas abolicionistas, se habían decidido a hablar sin cortapisas de la condición, civil y religiosa, de la mujer y de los abusos que se cometían contra ellas, sostenidos por las leyes. Allí acordaron que, en las asambleas, en las que participaron también hombres, el primer día tomarían la palabra las mujeres y el segundo podrían intervenir indistintamente hombres y mujeres. La reunión debía concluir con la aprobación de un documento titulado Declaración de Sentimientos que, calcado de la Declaración de Independencia Norteamericana, pedía la igualdad de derechos de las mujeres y la reforma de las leyes civiles. La lucha por la consecución del voto femenino se intensificaría en la segunda mitad del siglo XIX: después de la guerra civil estadounidense, las mujeres podían establecer comparaciones degradantes con los hombres que, en los estados del Norte, veían aumentados sus derechos políticos.

En la primera mitad del siglo XIX, en Europa, el feminismo aparece vinculado con los movimientos que reivindicaban la mejora de la democracia mediante la universalización de los derechos políticos, que debían ser reconocidos para todos los hombres, fuera cual fuera su situación social. Pero las demandas de las mujeres para que las leyes les reconocieran esos mismos derechos fracasaron en la mayoría de los casos. En Francia, por ejemplo, con la caída de la Monarquía y el breve restablecimiento de la República en 1848, se decretaría el voto igual para los franceses, pero no para las francesas, que, aprovechando la coyuntura revolucionaria, creían llegado su momento. En esta lucha destaca la figura de Flora Tristán, hija ilegítima de un peruano y una francesa educada en un ambiente de pobreza. Esta sostuvo siempre un doble compromiso con el socialismo y con el feminismo, apoyado también por las mujeres obreras desde La Voz de las Mujeres, el periódico creado en 1848 coincidiendo con el restablecimiento de la República francesa.

Con mayor fortuna, las mujeres vinculadas al socialismo utópico, las llamadas sansimonianas, pudieron desplegar –por poco tiempo– una crítica radical a los valores burgueses significados en la moral sexual y en las leyes del matrimonio, que amparaban la sujeción del sexo femenino.

También en Inglaterra y en Alemania algunas mujeres, comprometidas con la lucha obrera que se desarrollaba en los talleres textiles y en las fábricas, trataron de unir sus reivindicaciones a las de la clase obrera. Pero las distintas corrientes del obrerismo socialista, anarquista y comunista, que se desarrollaron después, a lo largo del siglo, verían en el feminismo un movimiento burgués, defensor de los derechos de las mujeres de clase media. Así, por ejemplo, la alemana Clara Zetkin, conocida dirigente comunista, podía sostener que la auténtica emancipación de la mujer tenía que estar relacionada con la lucha de clases. El feminismo no era necesario, pero el socialismo se obligaba a llevar a cabo la lucha, a aceptar, como pedía Zetkin, el derecho al voto para las mujeres (aunque la liberación de la mujer defendida, en teoría, en el programa de la Revolución rusa de 1917 no se llevaría a la práctica).

 

El voto, un reclamo continuo

En los países anglosajones, bajo gobiernos liberales que desde el siglo XVIII venían haciendo bandera del respeto a los derechos individuales, los códigos civiles evolucionarían en un sentido más positivo para las mujeres. Así, por ejemplo, en Reino Unido, desde 1882, las mujeres podían disponer de su salario y de sus bienes. Sería este también el país que más pronto se abriría a las profesiones femeninas, incluida la judicatura. La resistencia, sin embargo, se notaría en la concesión del voto.

Reclamado desde mediados del siglo XIX, el proyecto presentado por el filósofo Stuart Mill, apoyado por el sector más liberal del Parlamento, sería contundentemente rechazado por el pleno de la Cámara. Los sucesivos fracasos provocarían la radicalización del sufragismo. Dirigido por las Pankhurst, madre (Emmeline) e hija (Christabel), sus acciones se volvieron cada vez más contundentes: ataques directos a los políticos, huelgas de hambre, encadenamientos, etc. La muerte de una militante, Emily Davison, que hizo patente su protesta arrojándose a los pies del caballo del rey Jorge V en un derbi frecuentado por la alta sociedad, añadió dramatismo a la lucha de las sufragistas. La dureza de esta ponía de relieve la frustración de las militantes, mujeres de clase media y con cierta educación, por la “ofensa” de los gobiernos que, habiendo cedido a las demandas de ampliar el derecho al voto de los hombres, se seguían resistiendo a concederlo a las mujeres.

 

Sufragistas: una amenaza

Esa resistencia se refleja en los sucesivos gobiernos que reprimieron con dureza las acciones del sufragismo: las manifestantes fueron a la cárcel y hubieron de pagar multas, y las huelgas de hambre que emprendieron fueron abortadas por la fuerza. Esto muestra hasta qué punto aquellos hombres podían temer –y odiar al mismo tiempo– a las mujeres que no solo ponían en cuestión un modelo de feminidad arraigado en la sociedad burguesa que representaban, sino que hacían tambalearse el privilegio del poder político, social y económico que pertenecía en exclusiva a los hombres. La amenaza de la Primera Guerra Mundial, que se haría realidad en 1914, dividiría al movimiento, de forma que, mientras una mayoría de las militantes se decantaba por dar prioridad a la guerra, invitando a sus compañeras a apoyar a los ejércitos, una minoría se apuntaba al pacifismo. Su argumento era que la guerra –hecha por los hombres– no concernía a las mujeres. En los años treinta la división se haría aún más patente, por la fracción de sus líderes, que en unos casos darían su apoyo a los tories y en otros a los laboristas. El resultado fue que el voto se retrasó hasta 1927.

 

Retrasos en la concesión del voto

Resulta curioso constatar, por otro lado, que el primer país en reconocer el derecho al voto femenino fue una antigua colonia inglesa, Nueva Zelanda, en 1893. En Estados Unidos, el reconocimiento del voto femenino, en 1920, se plantearía como una recompensa por los esfuerzos y sacrificios llevados a cabo durante los años de la guerra, que ellas también habían contribuido a ganar. En los países escandinavos, el voto de las mujeres, vinculado a la consolidación de la democracia, sería más temprano: Finlandia, el primer país en reconocerlo, lo hizo en 1906, y Suecia, el último, en 1911.

 

El retraso en el reconocimiento del voto femenino sería mayor en los países latinos, con la excepción de España, que lo reconocería en 1931 durante la Segunda República. El proceso, apoyado por una parte de la Cámara, de mayoría progresista, no estuvo exento de polémica y de resistencias. Esta venía de los sectores católicos, pero también de muchos republicanos e incluso de algunos socialistas. Esta oposición sería combatida, con tanto coraje como soledad, por la abogada, y entonces diputada en las Cortes, Clara Campoamor. El relato de los hechos puede leerse en un libro cuyo solo título, El voto femenino y yo: mi pecado mortal, nos pone en antecedentes de las dificultades que tuvo que soportar la autora.

En Francia, los gobiernos herederos de una revolución que predicaba la igualdad de todos los hombres mostraron, sin embargo, una mayor resistencia al cambio de las leyes. Las francesas solo obtendrían el derecho al voto, después de muchos intentos fracasados, en 1944, a punto de terminar la Segunda Guerra Mundial.

En Italia, un país con un fuerte componente católico, el reconocimiento del voto femenino se retrasaría hasta 1945; en Bélgica, hasta el año 1948; en Grecia, hasta 1952, y en Suiza, el proceso solo se completaría en 1971.