Villalar, la última batalla de los comuneros castellanos

El desafío a la autoridad del rey de las comunidades de Castilla terminó el 23 de abril de 1521, cuando los comuneros fueron derrotados en Villalar.

Batalla de Villalar
Batalla de Villalar. Imagen: Wikimedia Commons.

En 1520, la predilección de Carlos I por los nobles y consejeros borgoñeses que habían llegado en su cortejo frente a los señores castellanoleoneses y los constantes impuestos requeridos para pagar las campañas del joven rey en Europa vieron colmar su vaso cuando el monarca marchó a Alemania para ser nombrado emperador del Sacro Imperio y dejó al frente del país a Adrián de Utrecht, su antiguo tutor. Sintiéndose ninguneados, habiendo perdido el estatus anterior en el gobierno del país y viendo olvidados los intereses de Castilla, un grupo de nobles y burgueses se alzó en armas contra el rey y sus representantes y creó un sistema de autogobierno en las ciudades conocido como las comunidades de Castilla.

Organizados bajo la Junta Santa de Ávila, ciudades como Toledo, Segovia, Madrid, Ávila, Salamanca y Valladolid instauraron un sistema de autogobierno con un profundo carácter popular que buscaba defender los intereses castellanos recuperando el poder que habían perdido durante los tiempos de los Reyes Católicos (y aún más con su nieto Carlos) y asegurar el futuro de la industria textil entre otras. Debido al fuerte carácter popular de la revuelta, se produjeron numerosas insurrecciones campesinas que llevaron a muchos nobles a mantenerse leales a Carlos I. La lucha entre los realistas y los comuneros se decidió en apenas un año.

 

Atrincherados en Torrelobatón

La Junta decidió poner al frente del ejército comunero a Juan de Padilla, hidalgo que ocupaba el cargo de regidor de Toledo cuando la revuelta estalló y que no dudó en ir a socorrer a los comuneros de Segovia durante los primeros enfrentamientos. Partícipe en la entrevista con la reina Juana de Castilla, en la que no consiguió su apoyo expreso, logró salir victorioso frente a los realistas en Ampudia, Simancas o Mucientes pero el curso de la guerra no le era favorable. En febrero de 1521 el grueso de las fuerzas comuneras tomó Torrelobatón (Valladolid), donde se refugió en su castillo durante un tiempo. Mientras tanto, los realistas comandados por Íñigo Fernández de Velasco y Mendoza estaban reuniéndose en Peñaflor de Hornija, localidad cercana a Torrelobatón, a la espera de la oportunidad perfecta para saltar sobre los comuneros.

Para el 22 de abril, tras dos meses atrincherados, la moral de la tropa rebelde estaba cayendo y la falta de pagas a los soldados no ayudaba precisamente. Padilla, consciente de que los realistas andaban cerca, decidió trasladar a sus ejércitos hasta Toro (Zamora), donde serían bien recibidos y contarían con el apoyo popular para defenderse a la espera de refuerzos. La marcha se inició en la madrugada del día 23 de abril.

Rendición de los comuneros en Villalar
Rendición de los comuneros en Villalar. Imagen: Wikimedia Commons.

 

La huida hacia Toro y la derrota en Villalar

Al rayar el alba, los comuneros (4.700 infantes, 400 caballeros y 1.000 arcabuceros) salieron de Torrelobatón en dirección a Toro dispuestos a cubrir los 30 kilómetros que separan ambos puntos en esa misma jornada. Padilla y sus capitanes optaron por no enfrentarse a un ejército que les superaba en 1000 hombres.

La columna comunera avanzó a marchas forzadas y bajo la lluvia, lo que dificultaba aún más su paso, hasta que las 600 lanzas de la caballería realista les emboscó a la altura de Vega de Valdetronco, junto al río Hornijas. La desorganización de los comuneros había hecho que parte de sus tropas estuvieran adelantadas por lo que las demás tuvieron que llevar el combate hasta Villalar para poder presentar batalla con el máximo número de hombres posibles. Los comuneros se refugiaron en el pueblo creyendo que el entramado de calles les daría cierta ventaja frente a la caballería pero la superioridad numérica, el factor sorpresa y la incapacidad de plantear una defensa efectiva con artillería inclinó la balanza irremediablemente.

Para cuando Fernández de Velasco y Mendoza llegó a Villalar, los comuneros ya habían sido derrotados y contaban con entre 500 y 2000 bajas según las fuentes. Los que habían escapado durante el combate se refugiaron en Portugal, intentaron volver a sus lugares de origen o se ocultaron en los alrededores y los demás fueron hechos prisioneros. Los tres cabecillas de la revuelta comunera (Juan de Padilla, Juan Bravo y Francisco Maldonado) fueron capturados, juzgados por traición contra su rey y decapitados en la plaza de Villalar el 24 de abril de 1521. Sus cabezas fueron clavadas en picotas y expuestas al público como recordatorio y advertencia.

 

Últimos fuegos y represión

Habiendo perdido al grueso de su ejército y a sus mayores líderes, el movimiento comunero y las gentes que habían puesto sus esperanzas en él estaban abocados al fracaso. Sus últimas fuerzas se fortificaron en ciudades como Zamora o Madrid dispuestas a plantar cara una última vez. La propia María Pacheco, la esposa de Padilla, fue la responsable de organizar y liderar la defensa de Toledo pero para febrero de 1522 todas las ciudades habían caído.

Las represalias del rey, ofendido por el cuestionamiento de su autoridad, no tardaron en llegar. El pueblo se vio sometido a nuevos y cuantiosos impuestos como pago por la rebelión, la economía y la industria castellana cayeron en desgracia para beneficio de otras regiones más sumisas que vieron su oportunidad de crecer y la nobleza castellana perdió definitivamente el papel central que habían jugado hasta entonces. En 1538 las Cortes de Toledo dieron lugar a un nuevo modelo de gobierno en el que el monarca adquiría un poder absolutista y centralizado.

Estatua de Juan Bravo
Estatua de Juan Bravo en Segovia. Imagen: José Luis Cernadas Iglesias (Flickr).

 

La historia los absolvió

Es de imaginar que Padilla y sus comuneros fueron vilipendiados y maltratados tras la derrota sufrida, recibiendo el título de traidores y pareciendo proclives a ser olvidados o recordados como unos burdos criminales. Pero la historia tiene un curioso sentido del humor y, conforme más tiempo pasaba y más lejana quedaba la influencia de Carlos I, más cambiaba la percepción que la sociedad española tenía de los comuneros.

La figura de Padilla y el resto de líderes adquirió un halo romántico de rebelde que desafía al opresor y casi un tono de mártir. La admiración que provocaba fue tal que en el siglo XIX nació una sociedad secreta conocida como los Caballeros Comuneros que defendía unos principios similares a los de las comunidades castellanas. Calles, estatuas, instituciones y monumentos con los nombres de los dirigentes comuneros empezaron a ocupar las ciudades de toda España como hicieran los rebeldes en 1520.El pueblo de Villalar cambió su nombre por Villalar de los Comuneros y todos los años se organiza un homenaje el día 23 de abril, que además fue elegido como Día de Castilla y León.

Puede que los ejércitos de Carlos I vencieran la batalla de Villalar, pero Padilla y sus comuneros se ganaron un nombre en la historia.

Daniel Delgado

Daniel Delgado

Periodista en construcción. Soy de los que puede mantener una conversación solo con frases de ‘Los Simpson’ y de los que recuerda sus viajes por lo que comió en ellos. Es raro no pillarme con un libro o un cómic en la mano. Valhalla or bust.

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