Un fraude trágico: el caso del Santo Niño de La Guardia

La realidad de la que arranca la truculenta tradición del asesinato ritual del niño mártir de La Guardia remite a los aspectos más sórdidos de la política religiosa de los años de plenitud de los Reyes Católicos.

Gustavo Adolfo Bécquer, que era poco amigo de los judíos, cierra su leyenda toledana La rosa de pasión con una escena de gran dramatismo: la noche de Viernes Santo, la heroína del relato, la bella Sara, sorprende a su padre Daniel preparando, con otros hebreos, lo que parecen ser los instrumentos –cruz, corona de espinas, clavos– para una repetición de la Pasión en las ruinas de una iglesia alumbrada por una fogata. A punto de enfrentarse a su trágico destino, pagando con la vida el error de haberse convertido por amor a un cristiano, la joven recuerda “la aterradora historia del niño crucificado, que ella hasta entonces había creído una grosera calumnia inventada por el vulgo para apostrofar y zaherir a los hebreos”. Esa historia terrible, que Sara va a revivir en carne propia, no es otra que la del Niño de La Guardia, una de las “consejas” de Pascua sobre los crímenes sacrílegos de los judíos que, como dice el relato, cuentan los buenos cristianos de Toledo a su regreso de los oficios en la catedral. ¿Quién era ese niño, al que Bécquer menciona en pie de igualdad con el popularísimo Cristo de la Luz, ligado también a la tradición antijudía, y al que, entonces como hoy, se le tributaba un culto del que se hacían eco tanto una intensa devoción comarcal como las muchas obras hagiográficas, sermones, poemas y hasta comedias –una de ellas de Lope, feroz antisemita– escritos desde pocas décadas después de los sucesos que lo hicieron famoso a finales del siglo XV?

 

Un suceso espeluznante

Bécquer conocía, desde luego, el fresco del claustro de la catedral toledana con el que Francisco Bayeu había ilustrado, hacia 1780, lo esencial de la historia del Santo Niño: su rapto en Toledo y su cruel martirio en la cercana aldea de La Guardia. La versión más difundida del suceso combinaba los testimonios recogidos en 1544 por el médico Damián de Vegas en el propio escenario de los hechos con detalles sacados de un resumen oficial de las pesquisas inquisitoriales enviado a La Guardia en 1569, limando en lo posible las contradicciones existentes entre ambos documentos. Según la tradición, los hermanos Franco y otros judaizantes de la localidad se conjuraron, en una fecha que oscila entre 1491 y 1492, para conseguir el corazón de un niño cristiano y una hostia consagrada con los que obrar un hechizo que, desactivando a los inquisidores, permitiera invertir la situación de dependencia de judíos y tornadizos frente a sus opresores cristianos. La víctima fue el niño Juan de Pasamonte, de unos 7 (o 3-4) años, hurtado con el señuelo de unas botitas doradas a su madre ciega junto a la catedral de Toledo. El odio que, como judíos, profesaban a Cristo sus raptores les llevó a darle muerte en Viernes Santo, parodiando con todo detalle la Pasión y asumiendo los distintos papeles –de los sayones a Pilatos– de los protagonistas del drama evangélico. Las injurias, los tormentos y la crucifixión del niño, calcados sobre el patrón del teatro religioso de la época, culminaron cuando Benito García, el más feroz de sus verdugos, le arrancó, aún vivo, el corazón. Sería enterrado en secreto, en un lugar cercano –como la cueva en la que lo habían martirizado– a La Guardia.

Acto seguido, los conjurados enviaron a Benito García, con el corazón del niño y una hostia consagrada, igualmente necesaria para el hechizo, a visitar a un judío de Ávila ducho en nigromancia. El fulgor colorido de la hostia, oculta entre las páginas de su breviario, delató a Benito mientras fingía rezar en una iglesia. Su detención llevó a la de sus cómplices, mientras oían, también fingidamente, misa en La Guardia. Encarcelados y procesados en Ávila, su resistencia inicial –cantaban coplas en sus celdas, animándose mutuamente– se derrumbaría unos meses después al conocer la confesión de Benito; todos ellos acabaron en el quemadero, convictos de herejía y conspiración contra la cristiandad.

La tradición popular mantendrá el nombre de Cristóbal (‘el portador de Cristo’) con el que, por mofa, habían rebautizado al niño sus torturadores, y se hará eco de los milagros obrados por él desde el mismo momento de su muerte. La desaparición de su cuerpo –corazón incluido– confirmó su santidad: había subido al cielo en carne mortal. Para 1509, la casa de su raptor en La Guardia, convertida en iglesia, se conocía ya como “los palacios del Santo Inocente”; la cueva del martirio y su sepulcro, también sacralizados, completaban la serie de santuarios que, con el apoyo de la sede toledana –y a pesar del recelo papal– , convirtieron al Santo Niño en el venerado y rentable patrón del lugar. En cuanto a la hostia robada, seguía siendo venerada en Ávila a finales del siglo XVIII en el convento de Santo Tomás, cuya prisión y “casa del tormento” habían sido el escenario principal del proceso realmente sustanciado por el Santo Oficio entre julio de 1490 y noviembre de 1491.

La realidad de la que arranca la truculenta y devota tradición del niño mártir de La Guardia remite, sin embargo, a los aspectos más sórdidos de la política religiosa de los años de plenitud de los Reyes Católicos. La segunda mitad del siglo XV había visto asentarse un tipo de mentalidad cristiana “vieja” que estigmatizaba a los conversos con argumentos raciales nunca escuchados antes en la Península. Según esto, cristianos nuevos y judíos seguían hermanados por la sangre y los primeros eran, casi sin excepción, judíos secretos cuya “herética pravedad” los convertía en un peligro para la religión y la Corona. La Inquisición había venido a poner un freno a la herejía judaizante, pero, dado que el judaísmo había sido siempre el enemigo mortal de Cristo y sus seguidores, tenía que ser erradicado.

Torquemada, artífice de la trama

El dominico Tomás de Torquemada, inquisidor general y confesor regio, era el abanderado de tales doctrinas. Pero los judíos no quedaban dentro de la jurisdicción del Santo Oficio, y habían prestado buenos servicios a los reyes durante la Guerra de Granada. Para forzar su expulsión, se necesitaba un escándalo que demostrara la responsabilidad judía en el contagio de la lepra judaizante, pero apenas había pruebas de tales contactos criminales: los judíos rehuían asumir ningún riesgo. Torquemada, entonces, diseña el caso del Santo Niño con la idea de que provoque un brote de indignación popular que haga de catalizador de la voluntad de los reyes.

El argumento es ya el del descubrimiento y castigo ejemplar de la conspiración conversa para eliminar y sustituir a los cristianos, heredando sus bienes y poder mediante un conjuro obrado por hechiceros judíos. Este se ejecuta mediante una h ostia consagrada, robada y ultrajada “en vituperio [.. . ] de nuestra santa fe católica”, a la que se añade el corazón de un niño cristiano, crucificado “en un d í a de su pascua de pan cenceño” a modo de parodia de la Pasión de Cristo. El posterior culto a las reliquias de las víctimas completa una trama inquietante, pero poco original. Torquemada y los suyos conocían muy bien el Fortalitium Fidei (‘Fortaleza de la Fe’, 1458) del predicador franciscano fray Alonso de Espina, un pionero del antisemitismo hispano que recopiló las distintas acusaciones de crímenes judíos anticristianos surgidas en la Europa medieval, que completó con supuestos casos reales españoles y contemporáneos, personalmente atestiguados por él. No faltan en la obra los “libelos de sangre”, los crímenes rituales vinculados a la Pascua y al robo y profanación de h ostias consagradas o al engaño y rapto de niños cristianos para repetir en ellos la Pasión; no faltan tampoco las escenas en que se aprovecha n la sangre y las vísceras de las víctimas, ni los intentos de canonización de estas, ni las referencias a una permanente conspiración judía mundial anticristiana.

La falsedad de tales libelos no impidió que inundaran Europa a partir de mediados del siglo XII, en alas del fanatismo popular y clerical, ni que tuvieran consecuencias trágicas para los judíos. Apenas habían tenido eco en España antes de Espina, pero ya en 1468 un supuesto crimen ritual llevó a la hoguera en Segovia a varios judíos de Sepúlveda y provocó el asalto y la desaparición de la judería de esta villa. Torquemada, prior de la segoviana Santa Cruz la Real en esos años, conoció el caso de cerca, como pudo igualmente conocer otro sonado proceso contemporáneo, que castigó en 1475 a los judíos acusados del martirio ritual del niño Simón de Trento, a quien también se le hizo objeto de un culto que, como el del Niño de La Guardia, solo sería abolido en 1965.

Los inquisidores tenían a punto el texto de su drama; los actores no tardarían en ser reclutados. El 6 de junio de 1490, sin que sepamos por qué, fue detenido en Astorga, a su regreso de Santiago a La Guardia, el cardador Benito García, converso y, para su desgracia, judaizante asqueado de la Inquisición. No fue difícil requisarle una h ostia consagrada y, tras torturarlo, conseguir que confesara la existencia del complot en los términos que conocemos. Sus amigos y conocidos de La Guardia y del vecino Tembleque iban a completar el reparto de esta farsa trágica: conversos poco firmes como él, como los carreteros Juan Franco y sus tres hermanos, y algunos judíos, como el joven zapatero Yucé Franco y su viejo padre don Isaac.

Torquemada, decidido a controlar de cerca el caso, los hizo detener y trasladar a Segovia y, por fin, saltándose la jurisdicción del Santo Oficio de Toledo, a Ávila, donde un tribunal adicto abrió oficialmente el proceso. Los interrogatorios se prolongaron casi año y medio. Conocemos al detalle el proceso de Yucé Franco, que incluye parte de las declaraciones de sus paisanos, y algunas de las sentencias condenatorias. Lo registrado, a base de paciencia, presión psicológica y torturas, por los inquisidores nos permite hoy desenmascarar los verdaderos propósitos del Santo Oficio y el carácter fraudulento de la historia del Santo Niño.

La lectura de las actas del proceso, en efecto, va desvelando cómo, según avanza el tiempo y decae la entereza de los acusados, estos admiten acciones, circunstancias y detalles que van amoldando el caso a las sugerencias de los inquisidores acerca del desarrollo y motivación de los hechos. Se pasa, así, de vagas informaciones sobre contactos poco comprometedores entre convecinos judíos y conversos a admitir en su integridad la comisión, entre 1487 y 1490, de las acciones heréticas que forman el núcleo de la acusación. Los inquisidores buscan, y obtienen, un relato pormenorizado en el que, si echan de menos algún detalle –como la corona de espinas del Niño–, este acaba por llegar en una sesión posterior, a veces con la colaboración espontánea de los acusados, que acaban entrando en el juego de sus interrogadores supliendo las carencias que se les indican y, a la vez, señalando la responsabilidad de sus compañeros, con la esperanza de lograr para sí la clemencia del tribunal.

Sin embargo, a los inquisidores les costó más de un año llegar a ese resultado, sin que recursos como el alentar las conversaciones entre algunos acusados o los careos entre los mismos sirvieran para lograr ningún avance significativo. El relato final sobre el que asientan su veredicto condenatorio está plagado de lagunas, contradicciones y falsedades. Las actas son transparentes en cuanto a la deliberada negligencia de la instrucción y la admisión de testimonios incomprobables o incomprobados como pruebas acusatorias: el Niño, por ejemplo, queda en el anonimato, sin que se investigue su identidad ni se le relacione con ninguna posible desaparición real, ni se busquen tampoco las pruebas materiales de su asesinato. Su corazón no se buscó, y el robo de hostias –fueron dos– solo se explicó, oportunamente, tras el auto de fe. Tampoco queda clara la secuencia de reuniones de los conjurados, y la responsabilidad de cada uno varía –lógicamente– en función de quién sea el interrogado.

 

Judíos y conversos, a la hoguera

La presencia en Astorga de Benito García se aprovechó, sin que a nadie le extrañara su rodeo compostelano, para relacionar su misión con los judíos de Zamora. Su contacto allí, Mosé Abenamías, destinatario de la hostia, el corazón y la carta que llevaba Benito, es un personaje inventado; nadie lo investigó, ni tampoco al médico de Toledo Rabí Peres, supuestamente consultado con el mismo fin en una fase embrionaria de la conspiración. Es decisiva para desenmascarar el montaje de los inquisidores la importancia concedida a la intervención de personajes ya muertos, siempre judíos, como inductores y actores de los hechos: funcionaron como utilísimos, e inverificables, factores incriminatorios. El mismo sentido posee la inclusión de algunos judíos de mayor rango sociocultural, cuyo saber los habilitaba para obrar los hechizos. Es el caso del médico Yuçá Tazarte –uno de los muertos– y de los inexistentes personajes ya mencionados. Todo ello sirvió para probar la responsabilidad judía en las desviaciones y los delitos de los conversos, en la que insistirán tanto las sentencias como el posterior edicto de expulsión, y para colocar, por fin, a los judíos bajo la jurisdicción inquisitorial.

El 16 de noviembre de 1491, todos los acusados fueron relajados al brazo secular y ejecutados en Ávila. De los judíos, Yucé Franco y su padre fueron quemados vivos; los fallecidos ardieron en efigie. A los conversos, previamente reconciliados, se los estranguló primero. Torquemada difundió inmediatamente el caso por toda España. Sin embargo, la reacción que provocó parece haber sido moderada, excepto en La Guardia, que respondió con entusiasmo a las presiones para crear el culto del Santo Niño sin plantear preguntas engorrosas. No es posible saber si el caso ayudó a que los reyes aceleraran la expulsión decretada el 31 de marzo de 1492; el edicto, redactado en la órbita del Santo Oficio, y los cronistas regios Palencia y Bernáldez, que insisten también en el peligro de la convivencia entre judíos y conversos, lo dejan pasar en completo silencio.

El montaje urdido por la Inquisición resultó, pues, un fiasco. No hubo sacrilegio, ni otra víctima que los ajusticiados –gentes del común sin ninguna relevancia social–, ni conspiración contra la cristiandad. Las víctimas del inexistente Santo Niño eran, además, innecesarias; la situación política y social de una España a las puertas de la modernidad habría forzado, de todos modos, la expulsión en un plazo más o menos breve.

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