Tabernas, manjares y excesos en el Londres del XVII

En ‘La alegría del exceso’, el diarista Samuel Pepys documenta con vivacidad la cultura culinaria de las elites británicas del siglo XVII.

Además de funcionario naval y ávido cronista de su tiempo, Samuel Pepys fue un estómago insaciable. En el Londres del siglo XVII, no había taberna en la que no hubiese ocupado un asiento para disfrutar de una pierna de cordero, un plato de ubre de vaca o unos cuantos litros de vino. Y esto no es invención ni conjetura: en sus profusos diarios, dio testimonio de este gusto personal por el exceso y la buena mesa. En el libro La alegría del exceso (Nórdica, 2022), se recogen las entradas de su diario más representativas de las experiencias culinarias que protagonizó en la capital del creciente imperio. Se describen comilonas, manjares y más de una indigestión. Más allá de un simple anecdotario, sin embargo, los diarios de Pepys constituyen una fuente histórica de gran valor para conocer la buena mesa, la dieta de las clases altas y el funcionamiento de los locales públicos en el turbulento Londres del siglo XVII.

Samuel Pepys fue secretario del almirantazgo, miembro del Parlamento inglés e incluso presidente de la Royal Society, la primera y más longeva asociación nacional para la promoción de la investigación científica. Documentó la Restauración, sobrevivió a la gran peste que azotó Londres en 1665 —la misma que recreó Daniel Defoe en su obra Diario del año de la peste—y salvó las oficinas de la marina durante el gran incendio que devoró la ciudad en 1666. Fue, también, un sibarita. Ya en sus tiempos de estudiante en el Magdalene College, durante la década de los 50 del siglo XVII, fue amonestado por sus excesos con la bebida. Si no hubiese inaugurado su recorrido diarista el 1 de enero de 1660 y no hubiese registrado su día a día durante diez años y más de un millón de palabras, nuestro conocimiento de la época resultaría considerablemente más pobre.

Las resacas de un respetable miembro de la sociedad inglesa

Teniers Taberna
Imagen: Wikicommons

Preciso en su profesión y pantagruélico en sus apetitos, Pepys no se ahorró los detalles de algunas de sus más sonoras resacas, con insomnios prolongados, intensos dolores de vientre y vomitonas poco honorables —«vomité el desayuno en el retrete, pues llevaba todo el día con el estómago revuelto por los excesos de anoche», escribe—. Esta tendencia al exceso no era inhabitual, quién sabe si por la tradicional relación entre la marinería y las bebidas espirituosas: una noche, Pepys tuvo que acompañar al almirante William Penn hasta su domicilio porque «estaba tan borracho que apenas se sostenía». Las damas de la alta sociedad tampoco se libraron de su perspicacia. Durante el banquete que siguió a la coronación de Carlos II de Inglaterra, Samuel Pepys se asombró al ver «cómo pimplaban las damas».

Pepys era bien consciente de que se excedía con la comida y la bebida. A la cerveza mañanera que a veces acompañaba con arenques seguía un copioso consumo de vino cuando los requerimientos sociales lo exigían. El diario muestra los esfuerzos puntuales del caballero inglés por controlarse: así, se preocupa por consumir pescado durante la Cuaresma, como es deber del observante religioso, pero Pepys duda en si logrará mantenerse fiel a las prescripciones. La tentación de la buena mesa es constante y se presenta bajo la forma de costillas asadas, anchoas, barriles de ostras, lengua de vaca, jamón asado, botarga, tuétano, cabeza de jabalí y langostas. Incluso una noche se abstuvo de rezar sus oraciones por temor a que la servidumbre de la casa descubriera su lamentable embriaguez.

Lo conocían bien en tabernas como La Cabeza de Toro, la Taberna del Aro, la Taberna Renana o una de sus habituales, la Taberna de la Pierna, de las que a veces se servía para que le trajesen la comida a casa. Su diario también atestigua cómo la comida y la bebida contribuía a fraguar las relaciones en la alta sociedad, a través de los barriles de cerveza, los tarros de aceitunas, los conejos y las tórtolas que Pepys recibía de capitanes de barco y generales. Tal y como sucede en el presente, también en el pasado las alianzas se sellaban alrededor de una mesa.

La primera taza de té

Pepys Nórdica
Imagen: Editorial Nórdica

Aunque los primeros contactos europeos con el se produjeron a mediados del siglo XVI durante las empresas mercantiles e imperialistas europeas en Oriente, esta bebida, hoy símbolo del espíritu británico, no se introdujo en los hábitos alimenticios del Imperio hasta un siglo después. A partir de 1657, algunas cafeterías empezaron a servir esta infusión venida de las Indias. Era una bebida muy cara, sobre la que pesaba un fuerte arancel de importación y que solo estaba al alcance de las clases sociales altas. Samuel Pepys la probó por primera vez el 25 de septiembre de 1660 y, fiel a su espíritu observador, lo dejó por escrito: «Pedí una taza de té (una bebida china que no había probado nunca)».

Referencias

Pepys, S. 2022. La alegría del exceso. Traducción de Íñigo Jáuregui. Madrid: Nórdica.

Erica Couto

Erica Couto

Historiadora y aprendiz de batería. Literatura y cine de terror las 24 horas. Las ruinas me hacen feliz

Continúa leyendo