Salazar y Frías, el inquisidor que defendió a las brujas

El caso de las brujas de Zugarramurdi constituye uno de los episodios más oscuros de la historia moderna peninsular.

Los inicios del caso de Zugarramurdi

Alonso de Salazar y Frías fue uno de los inquisidores responsables de las investigaciones que se llevaron a cabo en Zugarramurdi entre 1608 y 1613. Bajo la acusación de practicar la brujería, el pueblo navarro sufrió la persecución sistemática de su población  que terminó con la quema en la hoguera de algunos de sus habitantes. Salazar y Frías fue de los pocos sacerdotes que defendió que no existía un culto brujeril en la zona, en oposición a las interpretaciones dadas por Alonso Becerra Holguin y Juan del Valle Alvarado, los otros dos inquisidores del Santo Oficio de Logroño que participaron en las pesquisas.

La investigación inquisitorial en Zugarramurdi se produce a partir de un hecho acaecido en 1608. En aquel año, María de Ximidelgui, habitante del pueblo de San Juan de Luz, en la frontera francesa, visitó a sus parientes de Zugarramurdi. Durante la visita, acusó a una joven vecina del pueblo, María de Jureteguía, de practicar la brujería. En respuesta a la acusación, el Santo Oficio envió a Alonso Becerra Holguin y Juan del Valle Alvarado para que investigasen. Como consecuencia de la labor de los dos inquisidores, las acusaciones en el pueblo aumentaron de manera exponencial. Salazar y Frías se incorporó a la investigación de Zugarramurdi en junio de 1609, cuando el proceso ya estaba avanzado.

Algunos de los habitantes del pueblo confesaron haber participado en el aquelarre, al tiempo que denunciaron a otros vecinos. Esto desencadenó un efecto dominó que llevó ante los tribunales a cientos de personas. Las contradicciones entre los testimonios obligaron a las autoridades eclesiásticas a una investigación minuciosa de las prácticas mágicas y religiosas de estos pueblos de montaña. Salazar y Frías fue el encargado de llevarlas a cabo. Recogió más de un millar de testimonios de niños que decían haber participado en el aquelarre y de muchachas que afirmaban haber tenido tratos carnales con el demonio. Verificó y contrastó cada declaración con escrúpulo científico.

El informe de Salazar y Frías

Goya brujas
Imagen: Wikicommons

Así, en 1613 produjo un informe prolijo, de más de 5000 folios recogidos en ocho tomos, de los que hoy solo se conserva una pequeña parte, en el que concluía que no habría trazas unívocas de que se practicase brujería y aquelarres en la zona. En el texto, además, Salazar y Frías reconocía que el Santo Oficio había cometido una gran injusticia en 1610 al haber quemado a once acusados de brujería (tres de ellos en efigie, ya muertos en sus respectivos ataúdes).

En este informe, el inquisidor burgalés también reconocía la culpa del Santo Oficio a la hora de forzar confesiones mediante falsas promesas y amenazas a los acusados. Algunos testimonios citados en la correspondencia entre las autoridades eclesiásticas, como los dados por Hernando Solarte, por ejemplo, apuntan que los niños confesaban falsedades para poder recibir comida y bebida, mientras que otras personas fueron obligadas por sus familias a confesarse brujas por temor a que la Inquisición confiscase sus bienes. Las autoridades, por tanto, manipularon el proceso para corroborar la hipótesis de que la brujería era real.

El fervor antibrujeril se había manifestado en los países europeos desde el siglo XV. La publicación del Malleus Maleficarum o Martillo de las brujas en 1487 por los sacerdotes dominicanos Heinrich Kramer y Jacob Sprenger proporcionó a la elite eclesiástica una herramienta teórico-práctica para sistematizar la persecución. Por otro lado, las investigaciones inquisitoriales en la zona vasconavarra se produjeron a rebufo de la caza masiva de brujas que llevó a cabo Pierre de Lancre al otro lado de la frontera, en el Pays de Labourd, a partir de 1608. Esta relación estrecha entre la caza de brujas en Francia y la persecución de Zugarramurdi también resultó evidente para los propios inquisidores, que dejaron constancia de ello en sus escritos.

La labor metódica de Alonso Salazar y Frías tuvo un gran impacto en la evolución de la jurisprudencia posterior. Aun defendiendo la utilidad de la tortura durante los interrogatorios, el inquisidor abogó por la necesidad de presentar pruebas claras que pudiesen confutarse empíricamente. También apostó por limitar la publicitación de las investigaciones para evitar denuncias infundadas e histerias colectivas.

Erica Couto

Erica Couto

Historiadora y aprendiz de batería. Literatura y cine de terror las 24 horas. Las ruinas me hacen feliz

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