María Tudor: ¿fue tan sanguinaria como la pintan?

Azote de los anglicanos a los que persiguió, para la memoria colectiva inglesa (exceptuando a los católicos) fue una mujer monstruosa que se ganó el apodo de Bloody Mary (María la Sanguinaria).

María fue la única hija que superó la niñez y llegó a la vida adulta del matrimonio perfectamente orquestado por los Reyes Católicos entre su hija menor, Catalina de Aragóny el heredero a la corona, el príncipe Arturo, quien falleció a los cinco meses de la boda, casándose Catalina después con su cuñado, el futuro Enrique VIII.

De no haberse cruzado en el lecho de su padre Ana Bolena, es bastante probable que María hubiese tenido una vida muy diferente pero Enrique VIII perdió la cabeza por la que sería su segunda esposa, y a la que terminaría cortándole la suya, por cierto, y nuestra protagonista perdió todos sus privilegios. Fue expulsada de la corte siendo una niña y separada de su madre. Es fácil adivinar, entonces, de dónde le pudo haber venido tal odio hacia el anglicanismo.

Viendo Enrique VIII que el papa Clemente VII no “entraba en razón” y no anulaba su matrimonio con la muy católica y devota Catalina de Aragón, decidió cortar por lo sano (literalmente) y se autoproclamó jefe de la iglesia de su país. Acababa de nacer el anglicanismo.

Enrique VII envió a su esposa (porque seguía siéndolo a los ojos de la iglesia católica) fuera de la corte y, con ella en un principio también a su hija María a la que le quitó el título de heredera y, por tanto de princesa de Gales.

La devoción de María Tudor

Para comprender la fe que tuvo María Tudor hay que remontarse a su abuela materna, es decir, a Isabel I de Castilla, Isabel la Católica, Isabel de Trastámara. Reina devota, hizo de la expansión de la fe el leit motiv de su reinado, educando a sus cinco hijos con idéntico fervor religioso.

No se puede decir que lograse los mismos resultados en todos, de hecho la reina Juana I de Castilla, apodada la loca, tuvo muchos momentos de abandono de la fe, aunque bien es cierto que estos se dieron en su encierro en el castillo de Tordesillas lo que podría explicar también su tan traída y comentada locura.

Catalina, sin embargo, mantuvo su fe intacta toda su vida y, por supuesto, se la trasladó así a su hija María. La hija pequeña de los Reyes Católicos tenía un amor inmenso por la cultura y es algo que proyectó en su hija haciendo algo inusual para la época; pidiéndole a Luis Vives que instruyera a su hija, la futura reina María Tudor.

Viendo Enrique VIII que el papa Clemente VII no “entraba en razón” y no anulaba su matrimonio con la muy católica y devota Catalina de Aragón, decidió cortar por lo sano (literalmente) y se autoproclamó jefe de la iglesia de su país. Acababa de nacer el anglicanismo.

Enrique VII envió a su esposa (porque seguía siéndolo a los ojos de la iglesia católica) fuera de la corte y, con ella en un principio también a su hija María a la que le quitó el título de heredera y, por tanto de princesa de Gales.

 

Luis Vives y María Tudor

Luis Vives (1492-1549) fue uno de los intelectuales más destacados de su época y, desde luego, el más importante en España.  Como hombre del renacimiento que era, cultivó varias artes como la filosofía y la pedagogía y, lo más importante, llegó as r consejero de reyes y emperadores. Acudió a Oxford desde su Valencia natal para impartir clases en la universidad de dicha ciudad a petición de Tomás Moro, consejero en aquel entonces del rey Enrique VIII. Tanto él como su esposa, la reina Catalina, acudieron al prestigioso centro educativo para escucharlo y se quedaron tan fascinados con su saber que la propia consorte pidió al filósofo que instruyera a su hija, cosa que así hizo.

¿Quién fue la reina María Tudor?

Ni más ni menos que la primera reina de Inglaterra por derecho propio. Cuando subió al trono pareció respetar los cambios efectuados por su padre con respecto a la iglesia pero fue solo un espejismo que duró unos meses ya que pronto se puso manos a la obra para revertir lo hecho por su predecesor. Educada por una devota madre, ella pareció serlo más y, si a esto le agregamos el posible odio y rencor que pudo ir adquiriendo con los años por su propia situación personal, podremos entender esa obsesión por los anglicanos.

Tenga en cuenta el lector que en el siglo XVI estos asuntos de la fe no se arreglaban debatiendo sino por la fuerza. La tolerancia es un concepto del siglo XX y la persecución implacable de María logró que se ganara a pulso el apodo de sanguinaria. María, que reinó poquísimos años, tan solo 5, mandó matar en la hoguera a casi 300 “infieles” es decir, disidentes religiosos, esto es, anglicanos.

¿Con quién se casó María Tudor?

Como buena reina enseguida se le buscó un marido y el elegido fue su sobrino, el rey de España, Felipe II.  Esto la convirtió en reina consorte de España aunque no se tiene constancia de que pisara jamás nuestro país. Las cláusulas del matrimonio fueron rígidas para él puesto que si ella moría antes y sin descendencia como así sucedió, él se iría a España con lo puesto, como así pasó.

¿Cómo se murió María Tudor?

María padeció dos embarazos psicológicos o lo que se cree que pudo ser eso debido al abultamiento de su vientre pero lo cierto es que es bastante probable que tuviera quistes y que finalmente falleciera de un cáncer uterino. Ya muy enferma nombró heredera a su media hermana, Isabel, hija del matrimonio entre su padre y Ana Bolena. Lo hizo a regañadientes y por la presión del Parlamento para que no heredase María Estuardo, reina de Escocia. Murió el 17 de noviembre de 1558 contando tan solo 42 años de edad.

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