Los vascos y la caza de ballenas

Los marineros vascos fueron los mejores cazadores de ballenas del mundo durante siglos.

Varias chalupas rodeaban a una bestia marina. Cinco o seis remeros se afanaban en colocar en la mejor posición posible al arponero que, desde la proa, lanza arpones de hasta dos metros y medio, forjados con el duro hierro de Vizcaya. Se necesitan la destreza y la fuerza de cuando el hombre seguía sobreviviendo únicamente gracias a la caza y recolección para atravesar la dura piel del cetáceo que empezaba a inquietarse por los ataques. Cuando un arpón se clavaba firme en el cuerpo de la ballena, esta se sumergía arrastrando las chalupas amarradas al arpón. El momento álgido de la batalla tenía lugar entonces: la ballena intentaba soltarse los arpones y amarras, mientras los marineros lanzaban sangraderas, arpones para que las heridas unidas al agotamiento acabaran con la ballena. El espiráculo por donde las ballenas suelen expulsar agua de su cuerpo exhalaba sangre, salpicando a los tripulantes de las chalupas más cercanas. Era la señal de que el fin estaba cerca. Una vez sucumbía, la ballena era remolcada para ser descuartizada. La piel y la grasa se remolcaban hasta la costa, donde el humo pestilente no paraba de empañar el ambiente alrededor de los hornos encargados de fundir los restos del animal. El resultado merecía la pena de tanto esfuerzo: los litros de aceite de ballena cargarían los bolsillos de todos aquellos hombres.

Este sería el resumen de los acontecimientos más destacados durante la caza de ballenas. Una industria desplegada cada año durante meses que requería un trabajo duro, peligroso, monótono y maloliente, pero que era recompensado con grandes sumas de dinero. En este negocio hubo un pueblo que destacó sobre el resto por su arte en la caza de ballenas. Los vascos se mantuvieron durante centurias como los maestros de Europa en la caza de cetáceos. Tanta destreza atesoraban, que tuvieron que navegar cada vez más lejos de la costa cantábrica, donde extinguieron a toda la población de la llamada “ballena de los vascos”. El mar del Norte, luego Islandia y, finalmente, las naos vascas llegaron hasta Canadá en busca de estas grandes bestias marinas. 

Sello de Hondarribia

Sello del Concejo de Hondarribia. Wikimedia.

Siglos de experiencia

El sello del Concejo de Hondarribia es la representación más antigua de la caza de ballenas. Data del año 1297 y se conserva en el Museo del Louvre. Desde entonces y hasta el auge vivido a finales del siglo XVI, los vascos fueron “los hombres más inteligentes en esta pesca”, según escribió el explorador francés Samuel de Champlain. 

Desde los puertos pesqueros de Vizcaya, Guipúzcoa y Labort salían cada año decenas de naos rumbo a alta mar en busca de ballenas. Las amarras se soltaban en cuanto se despejaban los temporales invernales. Primero cazaron ballenas en el Cantábrico, luego, ante la escasez de especímenes y la subida de la demanda, extendieron sus viajes hasta Asturias y Galicia. Como hemos mencionado, los marineros llevaron sus artes hasta el mar del Norte, Islandia y, cuando España se hizo con el control de América, los galeones implantaron la industria ballenera en la península de Labrador y la isla de Terranova, en viajes que duraban alrededor de un mes, cruzando el Atlántico hasta tierras canadienses. Durante el siglo XVI, los vascos prácticamente tenían el monopolio mundial del comercio de aceite de ballena, algo así como el petróleo de la época.

¿Qué se sacaba de las ballenas?

Los beneficios eran cuantiosos debido a los productos exclusivos y muy demandados extraídos de las ballenas. La grasa del animal se procesaba en grandes hornos y obtenían el producto estrella: aceite de ballena, llamada saín, una grasa líquida que no desprendía humo ni olor al ser quemada, por lo que se utilizaba como combustible para el alumbrado y como grasa para la maquinaria. 

Las barbas de la ballena se extraían de su maxilar y era de los pocos materiales flexibles de la época. Se usó para confeccionar corsés, varillas de sombrillas y paraguas, mangos de cuchillos y cotas de mallas ligeras. Se aprovechaban hasta los huesos de la ballena, utilizados como material de construcción e incluso para la fabricación de muebles. 

Cada embarcación de tamaño medio podía regresar al puerto con unas 1200 barricas de aceite cada año, lo que resultaba en un beneficio de unos 4000 ducados por barco, el equivalente aproximado a 700 000 euros actuales. En los tiempos de mayor actividad pudieron navegar hasta 30 naos y 2000 hombres que regresaban con un total estimado en cuatro millones de litros de aceite cada temporada. 

El final de los balleneros vascos

A principios del siglo XVII los ingleses y holandeses también quisieron su parte del pastel de un comercio tan potente. Sus barcos también llegaron a Canadá y empezaron a desplazar a los vascos, que vieron reducidas sus opciones puesto que Francia y España empezaron a utilizar las naos y galeones en las guerras. Inglaterra y Holanda contrataron a vascos como maestros en el arte de cazar ballenas y aprovechar todos sus productos de la manera más eficiente. Poco a poco, los vascos se fueron centrando en la pesca del bacalao y los países del norte se quedaron con el sector ballenero. 

Referencias: 

Armendáriz, X. 2013. La caza de la ballena en la Edad Moderna. Historia National Geographic 117, 16-19. 

Pérez de Ana, J. M. 2021. Los vascos y la caza de ballenas. macizodelgorbea.blogspot.com.

Urribarri, F. 2019. Balleneros vascos, los reyes del arpón. xlsemanal.com.

Fran Navarro

Fran Navarro

Historiador y escritor (esto último solo lo digo yo). El destino me reservaba una carrera de ensueño en el mundo académico, pero yo soy más de divulgar, hacer vídeos y contenidos culturales para que mi madre se entere bien de lo que hablo. De entre las cosas menos importantes de la vida, los libros son lo más importante para mí. Y como no hay nada mejor que conocer bien un asunto para disfrutarlo al máximo, hice el máster de Documentos y Libros, Archivos y Bibliotecas. Para esto y todo lo demás tengo Twitter: @FNavarroBenitez.

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