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Los cinco experimentos médicos más crueles de la historia

Hoy, las comisiones éticas, los considerarían imposibles, pero en su día no fue así. Muchos de ellos se realizaron sin autorzación

Experimentos médicos
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Sin duda la ciencia nos ha llevado a notables avances, pero a veces la ideología, las ansias de conocimiento o la impunidad mezclada con algo de locura, han llevado a algunos más allá de los límites.

Estudio de sífilis de Tuskegee

La sífilis fue un importante problema de salud pública en la década de 1920, y en 1928 el Fondo Julius Rosenwald, una organización benéfica, lanzó un proyecto de atención médica pública para los negros en el sur rural de Estados Unidos. Suena bien, ¿verdad? Lo fue, hasta que la Gran Depresión sacudió a los EE. UU. en 1929 y el proyecto perdió su financiación. Se hicieron cambios al programa; en lugar de tratar problemas de salud en áreas desatendidas, en 1932 afroamericanos pobres que vivían en el condado de Macon, Alabama, fueron inscritos en un programa para tratar lo que les dijeron que era "mala sangre" (un término que, en ese momento, se usaba en referencia a todo, desde la anemia hasta la fatiga y la sífilis). Se les brindó atención médica gratuita, alimentos y otras prebendas por participar en el estudio. Pero no sabían que todo era una farsa ya que se les había reclutado porque en realidad padecían la sífilis, ni se les dijo que participaban en un experimento del gobierno que estudiaba la sífilis, el “Estudio Tuskegee de Sífilis no tratada”, no solo no los trataban de la sífilis, sino ni siquiera les dijeron que la sufrían.

A pesar de pensar que estaban recibiendo atención médica, los sujetos nunca fueron tratados adecuadamente por la enfermedad. Esto continuó incluso después de que la penicilina apareciera en escena y se convirtiera en el tratamiento de referencia para la infección en 1945. De hecho el estudio comenzó a denunciarse en 1936 y no fue hasta 1972 después de que los medios informaron sobre el experimento, cuando dejó de realizarse. Hubo que esperar a 1997 para que Estados Unidos pidiera disculpas por este acto.

 

Los experimentos médicos nazis

Si bien estos son muy conocidos, su crueldad sigue llamando la atención.

Durante la Segunda Guerra Mundial, los nazis realizaron experimentos médicos en adultos y niños en los campos de concentración de Dachau, Auschwitz, Buchenwald y Sachsenhausen. Los prisioneros fueron sometidos a crímenes atroces bajo el disfraz de avance militar, médico y farmacéutico.

Uno de los principales objetivos era evaluar las condiciones extremas a las que podrían enfrentarse militares alemanes, principalmente los pilotos, en pleno combate. Para ello se realizaron estudios de hipotermia en los que se sumergía a los prisioneros en agua helada para determinar cuánto tiempo podría sobrevivir un piloto derribado en condiciones similares. A otros solo se les permitía beber agua de mar (lógicamente murieron deshidratados) . Se les exponía a grandes alturas en cámaras de descompresión, a menudo seguidas de una disección del cerebro in vivo, para estudiar el mal de altura y cómo los pilotos se verían afectados por los cambios de presión atmosférica.

Por si esto fuera poco también se usaron (no hay otra palabra más acertada) prisioneros para simular heridas de guerra y evaluar tratamientos. Se les infligían heridas propias de las batallas que luego se infectaban de forma intencionada. O se les contagiaba con tuberculosis para comprender mejor cómo inmunizarlos posteriormente.

El experimento Little Albert

Sin duda uno de los más cruentos. En 1920, John Watson, junto con la estudiante de posgrado Rosalie Rayner, llevaron a cabo un experimento de condicionamiento emocionalen un bebé de nueve meses, a quien apodaron "Albert B", en la Universidad Johns Hopkins. El objetivo era demostrar que todos nacemos con una personalidad moldeable. La madre del niño, una enfermera que trabajaba en el hospital, recibió un dólar por permitir que su hijo participara.

 

El experimento del Pequeño Albert era muy sencillo en sus pasos: los investigadores le presentaron al bebé una pequeña rata blanca, a la que inicialmente no tenía miedo. Una vez que entró en confianza con el animal, completamente dócil, le agregaron otro estímulo: cada vez que compartía espacio con el roedor, sonaban ruidos muy fuertes. El pequeño comenzó a asociar la rata con los sonidos desagradables y cada vez se asustaba más. Hasta que cualquier animal (perro, gato o incluso peluches, que guardara similitud con la rata) le provocaba pánico. Sin que se escuchara ningún ruido. El pequeño Albert solo vivió hasta los seis años y ese no era, obviamente, su nombre verdadero. Se llamaba Douglas Merritte Douglas Merritte y aún hoy es incomprensible (y nunca podrá explicarse) qué llevó a algunos científicos a realizar estos ensayos. Pese a ello Watson jamás hizo ningún intento por quitarle ese temor al pequeño y fue despedido de la universidad…pero no por los ensayos, sino por una aventura que tuvo con Rayner.

El estudio de los monstruos

Si bien hoy sabemos que la tartamudez tiene muchas causas posibles, en 1939esto se ignoraba por completo. Lo cuál no es excusa para el siguiente experimento, conocido como Estudio de los Monstruos. En dicho año, Mary Tudor, una estudiante graduada de la Universidad de Iowa, y su asesor, el experto en oratoria Wendell Johnson, se propusieron demostrar que la tartamudez se podía enseñar a través del refuerzo negativo, es decir que era un comportamiento aprendido. Durante cuatro meses se escogió a 22 niños huérfanos y se les dijo que recibirían terapia del habla, pero en realidad se convirtieron en sujetos de un experimento muy cruento. Algunos de los niños eran tartamudos (casi la mitad) y todos ellos fueron divididos en cuatro grupos. La mitad de los tartamudos recibieron comentarios negativos durante el tiempo de la “terapia”. La otra mitad de los tartamudos recibió comentarios positivos. Mientras que a la mitad del grupo que no tartamudeaba se les dijo que estaban empezando a tartamudear y fueron criticados.

El único impacto significativo que tuvo el experimento fue en este grupo: a pesar de que nunca desarrollaron tartamudez, comenzaron a cambiar su comportamiento, exhibiendo una baja autoestima y adoptando los comportamientos autoconscientes asociados con los tartamudos. Y aquellos que tartamudeaban no dejaron de hacerlo independientemente de la retroalimentación que recibieran. Es decir, un experimento para provocar daño.

El proyecto Aversión

Obviamente no se trata de cuál es más duro entre estos experimentos, pero este proyecto, realizado en Sudáfrica entre 1969 y 1987… Estamos hablando de plena época del apartheid y el país vivía bajo una segregación racial regulada por el estado. Pero no solo era racial: también se pretendía controlar la intimidad de las personas. Y así nació el Proyecto Aversión.

 

Durante aquellos años el gobierno sudafricano mantuvo estrictas leyes anti- homosexuales ya que se consideraba una enfermedad que podía tratarse. Con este criterio, en el pabellón 22 del hospital militar de Voortrekkerhoogte (en Pretoria), se intentó "curar" a los supuestos desviados. Miles de hombres y mujeres fueron drogados y sometidos a terapia conductual electroconvulsiva mientras se mostraban estímulos de aversión (fotos eróticas del mismo sexo), seguidas de fotos eróticas del sexo opuesto después de la descarga eléctrica. Cuando la técnica no funcionaba (lógicamente), a las víctimas se les trataba con terapia hormonal: administración de diferentes hormonas y hasta castración química. Además, se estima que se sometió a 900 hombres y mujeres a cirugía de reasignación de género cuando fracasaron los esfuerzos posteriores para "reorientarlos".

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