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Las pirámides de Egipto a los ojos de un humanista español del siglo XV

Mártir de Anglería preguntó si todavía existían las pirámides y, ante la contestación afirmativa, solicitó y obtuvo del sultán la preceptiva autorización para visitarlas. El día 7 de febrero, antes del amanecer, salió con ese destino. Tras atravesar los arrabales de El Cairo y cruzar el Nilo, se abrió ante él un espectáculo que tilda en su crónica de maravilloso.

Pirámides
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Afinales del siglo XV, las relaciones entre los Reyes Católicos y el sultán mameluco de Egipto estaban muy deterioradas. La conquista de Granada (1492)y la política de conversionesforzosasde judíos y musulmanes hicieron que el sultán amenazase a los monarcas hispánicos con la toma de represalias contra los cristianos en Palestina, o incluso con la declaración de guerra. Para intentar un posible arreglo diplomático, los monarcas enviaron una embajadaa Egipto, a cuyo frentepusieron a Pedro Mártir de Anglería (1457-1526).

Fernando se hizo representar por Pedro Mártir no tanto como rey de España sino en cuanto protector de los cristianos de Tierra Santa. El embajador debía solicitar del sultán que concediera a estos su benevolencia, como habían hecho sus antecesores, sin dar oídos a las noticias falsas que le incitaban a buscar venganza. Los musulmanes españoles habían sido combatidos como rebeldes, pero nadie había pretendido arrancarles a la fuerza su fe porque, según sus palabras, la fe católica lo impedía. Además, tenían un enemigo común, el Imperio turco otomano.

Un italiano en la corte de Isabel y Fernando

Este humanista y cortesano –en italiano, Pietro Martire d’Anghiera– había nacido en Arona, en el Milanesado. Como instructor de los hijos del conde de Tendilla pasó a Castilla, donde se naturalizó. Amigo de Cristóbal Colón, en el mismo año de este viaje a Egipto (1501) fue nombrado capellán de la reina Isabel. Fue, asimismo, Cronista de Indias y Miembro del Consejo de Indias entre 1520 y 1526. De su obra, escrita en latín, destacan Legatio Babylonica, Opus epistolarum, en la que está recogida la crónica del viaje que se comenta, yDécadas de Orbe Novo, capital aportación a la historiografía española y americana.

El embajador llegó a Alejandría el 23 de diciembre de 1501. Aunque el sultán era al principio muy reacio a tener una audiencia con él, finalmente, ante la insistencia de Mártir de Anglería, la misma tuvo lugar el 6 de febrero de 1502. Los resultados fueron positivos: se levantaron las limitaciones a su normal funcionamiento que pesaban sobre las comunidades cristianas de Tierra Santa y se consiguió que se otorgase reconocimiento de existencia, bajo protección de los reyes de España, a cuatro de estas comunidades, las de Beirut, Jerusalén, Belén y Ramala.

En esta misma audiencia, Mártir de Anglería preguntó si todavía existían las pirámides y, ante la contestación afirmativa, solicitó y obtuvo del sultán la preceptiva autorización para visitarlas. El día 7 de febrero, antes del amanecer, salió con ese destino. Tras atravesar los arrabales de El Cairo y cruzar el Nilo, se abrió ante él un espectáculo que tilda en su crónica de maravilloso. Por su inaudito tamaño las compara con montañas, y recoge que, según Cayo Plinio, durante veinte años trabajaron en ellas veinte mil hombres.

La euridicón del embajador

De acuerdo con la tradición cristiana, estos monumentos se correspondían con los graneros que José habría construido, y así son descritos en los relatos de viajeros de diversas naciones europeas, como el de Juan de Mandeville o el del sevillano Pero Tafur, que estuvo en Egipto en 1440. A diferencia de ellos, el erudito Mártir de Anglería los describe, siguiendo a los autores clásicos, como tumbas, fruto de la locura e inútil ostentación de riqueza de los faraones.

En su relato se obvia la tercera pirámide, la de Micerino. Destaca de las otras dos que una es mucho mayor que la otra, aunque tiene idénticas formas octogonales, equiláteras y suavemente agudas desde la base hasta el vértice. También recoge que en sus paredes hay grandes hendiduras, dado que se habían utilizado sus piedras para la construcción de edificios en la ciudad de El Cairo.

Mártir de Anglería anotó las medidas de la pirámide de Keops, de unos mil trescientos pasos por lado, y ordenó a algunos de sus servidores que ascendieran a lo alto; le contaron que allí había un barco de piedra en el que cabían no menos de treinta personas. Asimismo, describe que las pirámides están realizadas con piedras talladas en las mismas medidas y de forma cuadrangular, aunque con ciertas diferencias de longitud y anchura.

También mandó a sus servidores entrar por la puerta que se encontraba –y se encuentra– en la quinta hilera de piedras, provistos de teas y pedernal para encender fuego en caso de ser necesario. En su fidedigna descripción habla de un camino con un poco de declive, resbaladizo, de mármol y angosto, por el que se podía descender o de rodillas o con la cabeza inclinada. Al final del pasadizo hallaron una cámara, de unos doce pasos, con dos fondos interiores añadidos a la cámara mayor. En ellos había un gran sepulcro y varios sepulcros más pequeños, de los que pensaron que serían las sepulturas de algún hombre insigne y de sus esposas, concubinas o hijos.

Luego el embajador subió a un montículo desde el que, hacia el sudeste y a lo largo del río, distinguió la presencia de muchos otros montículos, extendidos hasta una distancia de cincuenta millas. Le confirmaron que eran otras pirámides, aunque le engañaron al afirmar que algunas de ellas eran mayores que las que había visitado. También le informaron de los restos de una ciudad en ruinas, que Mártir de Anglería dedujo que sería Menfis, la antigua capital faraónica. Para terminar la visita, condujeron al embajador a media milla de las pirámides hasta un coloso de piedra, la Esfinge, al que la erosión había afectado en las orejas y la nariz. Según sus observaciones, su perímetro era de 58 pasos.

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