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La Malinche y Hernán Cortes: amantes y confidentes

Entre aquellas jóvenes, todas nacidas en torno a la fecha del descubrimiento de América, había una, Malinalli Tenépatl, que destacaba, y el ojo sagaz de Bernal Díaz del Castillo así lo reconoció desde el primer momento. En palabras del propio cronista era una joven “de buen parescer, y entremetida, y desenvuelta”, que pronto llamó la atención de la tropa. Por similitud fónica con ‘Malinalli’, fue bautizada con el nombre cristiano de Marina.

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¿Quién reparte los papeles en el drama continuo de la historia? Es sarcástico que esta carezca de leyes propias, con el océano de leyes que ha producido. Nadie es capaz de predecir los acontecimientos, de manera que, cuando escuchamos o leemos que dentro de cuarenta años el mundo estará así o asá, deberíamos desconfiar y mucho. Hay que tener presente que en cualquier momento puede ocurrir algo que cambie de un manotazo el futuro previsible. Algo grande como una bomba nuclear o submicroscópico como un virus, por ejemplo. O como una invasión de hombres barbudos, que fue lo que les ocurrió a los indígenas americanos a finales del siglo XV. Ellos conocían los viejos oráculos que les avisaban de aquel funesto acontecimiento, pero no tenían la más remota idea de que se les venía encima todo el peso de otro mundo. En aquel histórico encuentro iban a chocar primero y mezclarse después dos continentes, dos religiones y dos culturas. Pero lo que decidiría el resultado final de la embestida sería la diferencia técnica y la diplomacia.

La tarea de Cortés parecía absurda. Tratar de someter a las masas indígenas americanas con unos cuantos hombres, caballos y arcabuces era cosa de iluminados. Aquellos españoles sabían que no entraban en un jardín, sino en la espesura de una selva de la que lo ignoraban todo. Plantas, insectos, reptiles, aves, mamíferos eran desconocidos para ellos. Y de los seres humanos con los que se encontraban podría decirse lo mismo: iban aprendiendo a medida que avanzaban. Pero debían hacerlo a ciegas, por lo menos al principio.

El gran obstáculo: la lengua

Uno de los grandes y primeros obstáculos iba a ser la lengua, y lo sabían bien. Nadie tenía idea de los idiomas que encontrarían en aquella tierra. Supusieron que podrían entenderse por señas para lo más inmediato, pero sabían que las señas no les iban a servir para expresar ideas complejas, de manera que hasta que no se hicieran comprender oralmente se toparían con muchas dificultades añadidas a las que ya arrostraban.

El de Medellín llevaba desde Cuba a dos indios mayas capturados años antes, Melchor (llamado también Melchorejo) y Juliancillo, que hicieron de traductores al llegar, pero hubo un encuentro providencial en marzo de 1519 que facilitó mucho las cosas en este terreno. Al poco de desembarcar en la isla de Cozumel, vieron aproximarse a unos nativos a bordo de una canoa. Se preparaban para repelerlos cuando uno de los indígenas comenzó a gritar algo que los dejó estupefactos: “¡Dios, Santa María, Sevilla!”. Era un superviviente de la expedición que naufragara ocho años antes, un clérigo de Úbeda llamado Jerónimo de Aguilar. Enterado por los nativos del desembarco de otros hombres barbudos, había salido a su encuentro.

Fray Jerónimo era pequeño y de tez oscura; rapado y vestido como los nativos, los españoles no lo habrían reconocido de no ser por aquellos gritos. Después de sus largos años de cautiverio hablaba mejor el idioma nativo que el castellano, que casi había olvidado.

Con Aguilar se las prometieron muy felices, aunque pronto descubrieron que los conocimientos lingüísticos del de Úbeda se limitaban poco menos que al dialecto local, el maya chontal de Tabasco, mientras que ignoraba por completo el náhuatl que hablaban los mexicas o aztecas. Sin embargo, volvieron a tener suerte, y mucha, al entrar en sus vidas una indígena que se convirtió enseguida en la ‘lengua’ de Hernán Cortés, además de en su consejera y amante.

Tras la primera exhibición de poder que el español realizó ante los caciques de Tabasco después de derrotarlos en Centla, ellos se presentaron y le ofrecieron el oro que tenían y a veinte de sus muchachas esclavas como presente (es decir, como esclavas sexuales).

Un regalo para los ‘barbudos’

“No fue nada todo este presente en comparación de veinte mujeres, y entre ellas una muy excelente mujer”, afirma Bernal Díaz del Castillo, cronista y testigo de aquella enorme aventura. Don Hernán aceptó ambos regalos, aunque como era metódico –y buen cristiano antes que nada– dispuso bautizar a las jóvenes como paso previo a repartirlas entre sus caballeros: convirtió así un regalo sexual en un servicio a Dios. Veinte nuevas almas para Él y veinte nuevos cuerpos para ellos.

Entre aquellas jóvenes, todas nacidas en torno a la fecha del descubrimiento de América, había una, Malinalli Tenépatl, que destacaba, y el ojo sagaz de Bernal Díaz del Castillo así lo reconoció desde el primer momento. En palabras del propio cronista era una joven “de buen parescer, y entremetida, y desenvuelta”, que pronto llamó la atención de la tropa. Por similitud fónica con ‘Malinalli’, fue bautizada con el nombre cristiano de Marina. O mejor, doña Marina, porque al igual que las demás muchachas recibió su nuevo nombre con tratamiento incluido. Pero ella era distinta, según Díaz del Castillo, que tenía por entonces 24 o 25 años y que, por sus referencias en la crónica de la conquista que nos dejó, podría deducirse incluso que estaba algo enamoriscado de ella.

Al describirla elogia sus maneras, propias a su entender de una extracción aristocrática, y la califica como se dijo como “de buen parescer, y entremetida, y desenvuelta”, es decir, hermosa, alerta y activa. No solamente a él debió de parecerle diferente, sino también a los demás caballeros, porque Cortés se la entregó a don Alonso Hernández de Portocarrero, que era el de más abolengo entre ellos, o al menos el más próximo a la aristocracia por su parentesco con el conde de Medellín. Lo que aún no sabían era que la joven tenía muchas otras prendas.

La primera sorpresa fue saber que era bilingüe, pues hablaba maya y náhuatl, la lengua mexica o azteca, por haber nacido en un zona ocupada por los aztecas en la divisoria entre las dos naciones. De manera que estaba en condiciones de completar el círculo de traducción entendiéndose con los indígenas en náhuatl y traduciéndolo al maya en presencia de Aguilar, quien terminaba traduciendo a su vez del maya al castellano para Cortés. Esto dejó de ser así cuando doña Marina aprendió el castellano a partir del maya que compartía con Aguilar.

La Malinche antes de Cortés

Hasta ser regalada a los conquistadores, Malinalli había vivido una novela digna de Dickens. Era hija de un cacique poderoso (por ello, Bernal Díaz la llama “gran cacica”) que murió siendo ella muy niña. La vida de la joven princesa parece haber sido tranquila y agradable hasta que un día llegaron a su pueblo los recaudadores de impuestos que venían de parte de Moctezuma II y, al no recibir el tributo en la cantidad esperada, apresaron al cacique, al que luego sacrificaron. “Mi padre fue sacrificado con injurias a las máscaras sacrílegas en el téchcatl , la piedra ceremonial. Un facón de obsidiana le arrancó el corazón, cuando aún latía, y por las escalinatas del templo consagrado a Huitzilopochtli rodó su cuerpo herido, se vertió su sangre, se fue golpeando la noble calavera en cada piedra”. Así relataba doña Marina la muerte de su padre y así aprendió Malinalli a odiar a los mexicas, a su emperador y a sus dioses. “Mi tatli muerto, abierto en dos como un animal (...). El horrible pájaro imperial de hocico bermejo mató a mi padre. ¡El horrible poder de México-Tenochtitlán!”.

Su madre volvió a casarse y fue su nuevo marido quien finalmente entregó a Malinalli a los traficantes de esclavos: la joven era un estorbo en el nuevo hogar. En la carta que dirige años más tarde a su hijo Martín relatando los hechos, comenta: “Empero de no ser por este intercambio vil, no hubiera aprendido la lengua maya, ni hubiera podido servir a Cristo (...), además los años de esclavitud ayudaron a forjar mi espíritu, por lo que a menudo pienso en Dios como un herrero en la fragua, golpeándonos el ánimo por darle una mejor forma, duradera y sólida”.

En esa condición de esclava, años más tarde, fue presentada a Cortés. La joven acabó en manos del cacique maya de Potonchán, quien en 1519, como hemos visto, la entregó junto con otras 19 esclavas como presente a Hernán Cortés cuando la expedición tocó Champotón. Malinalli tenía entonces 17 o 18 años de edad y había permanecido siete de ellos entre el pueblo de habla maya, idioma que aprendió a la perfección.

Mujer de muchas cualidades

Su conocimiento de la lengua maya, cualidad inapreciable de Malinalli, eclipsaba sin duda otras muy importantes e inesperadas, como la oratoria y la capacidad de persuasión. No por nada los suyos la habían apodado Tenépatl, que viene a significar la que habla con vigor, y en esa condición oratoria sorprendió al propio Cortés. Además de todas sus prendas, resultó que era muy lista. Cuando vio que la muchacha se desenvolvía tan bien que los caciques siempre atendían sus peticiones y la respetaban, la dejó actuar por su cuenta después de haberle dado las instrucciones pertinentes en cada caso. Y así, de intérprete pasó a ser su brazo derecho en la paz y la política. Incluso aprendió a montar a caballo y se convirtió en una gran amazona. Doña Marina ya demostró sus cualidades mientras estuvo con su marido Alonso Hernández de Portocarrero, por lo que aquellos tipos rudos comenzaron a respetarla cada vez más.

Pero, al margen de los acontecimientos cotidianos, los aventureros no podían olvidarse de la remota España y de lo que estarían pensando allí, de modo que Cortés decidió enviar una misión a la patria para informar a Carlos V de los sucesos de la Nueva España y aportarle la quinta parte del botín obtenido como tributo real. Para el puesto de emisario escogió, precisamente, a Portocarrero, que culminó con lealtad su encargo y murió en una mazmorra castellana pocos años más tarde por orden del obispo de Burgos, Juan de Fonseca. Al señor obispo le molestaba el enviado de Hernán Cortés porque tenía su propio candidato para el provechoso cargo de Adelantado de las Indias.

Confidente y amante

Doña Marina no se quedó sola tras la partida de su marido. La hasta entonces ‘lengua’ y mano derecha de Hernán Cortés se convirtió además en su confidente y amante. Al faltar Portocarrero, convivió con Cortés y le dio un hijo al que llamaron Martín. Durante ese tiempo, se convirtió en Malintzin (la Malinche), un personaje fundamental en la conquista. Los códices mexicanos la retratan constantemente al lado del conquistador, de quien no se separaba. Era a ella a quien dirigían sus quejas y peticiones los caciques y ella quien resolvía muchas veces lo que era menester.

Su lealtad se puso a prueba seis meses después, con motivo de la emboscada de Cholula. Moctezuma había tejido un plan para exterminar a los españoles antes de que llegaran a Tenochtitlán y había enviado secretamente a Cholula un ejército de 20.000 hombres. Parte estaban ocultos en las cercanías y parte habían entrado sigilosamente en la ciudad.

Cortés y los suyos sospechaban que los indígenas tramaban algo, pero fue doña Marina la que desbarató el plan cuando lo supo por boca de la esposa de uno de los capitanes de Moctezuma, que le ofreció esconderla en su casa para evitar que muriese con los españoles. Lo que la vieja quería, en realidad, era casarla con su hijo. Después de interrogarla hábilmente y de conocer todos los detalles de la emboscada, Marina fingió ir a su alcoba para hacer el equipaje, pero fue a buscar a Cortés para revelarle el plan. Esa información fue decisiva para que los españoles se adelantaran al ataque y salvaran la vida; decisiva, en fin, para la conquista de México.

Durante dos años, su papel como interlocutora de los indios fue esencial. Llegó a hablar de tú a tú con el propio Moctezuma y estuvo junto a Cortés en todos los acontecimientos históricos hasta que se pierde su pista tras la caída de Tenochtitlán en 1521, fecha en la que también dio a luz a su hijo Martín Cortés, a quien se ha tenido por el primer mexicano mestizo. Se sabe que estuvo en Honduras con Cortés cinco años más tarde y que se casó con uno de sus compañeros, Juan Jaramillo, con quien tuvo una hija llamada María, antes de fallecer por las grandes epidemias que se desataron en Centroamérica a consecuencia de la conquista.

La verdadera Malinalli

¿Quién fue, en el fondo, Malinalli? ¿Qué fue? ¿Una traidora a su raza? ¿Una colaboracionista que facilitó la caída de su propia nación? Desde la perspectiva del indigenismo parece que no cabe la menor duda de su culpabilidad: está condenada, y no sirve que lo hiciera por amor o necesidad. Pero a veces esa perspectiva puede andar corta de matices. Pongámosle al asunto cinco siglos encima, hagamos francesa a la Malinche y trasladémosla al escenario de la última guerra mundial. ¿Fue la amante y colaboradora del comandante de las tropas nazis que invadieron su país? ¿O fue más bien la colaboradora del comandante que llegó de otro continente para expulsar a aquellos nazis que lo habían invadido? Porque considerar que no había diferencias entre las naciones precolombinas y que todas eran el mismo pueblo es como considerar que los europeos del siglo XX eran también el mismo pueblo. En el México del XVI, la presión de los aztecas sobre sus vecinos tal vez fuera incluso más severa que la de los alemanes sobre los franceses. Y con esa reflexión, volvemos a la pregunta con la que comenzamos este artículo: ¿quién reparte los papeles en el drama continuo de la historia? En el caso de la Malinche fue el azar, como casi siempre, y la condición humana, como siempre.

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