La Inquisición española: autos de fe contra los protestantes

Centenares de personas fueron condenadas en público por herejía ante una multitud expectante y atemorizada por el control sin piedad del Santo Oficio.

 

“En los siglos XVI y XVII Dios estaba en todas partes y ocupaba todas las horas de los hombres”.

Así empieza uno de los párrafos que mejor definen la España de la edad moderna. Pertenece a la sublime pluma de Francisco Núñez Roldán. Se trata del discurso que pudimos escuchar en el tráiler de la serie “La Peste”, que llegó incluso a ser acusada de plagio por reproducir sin permiso y sin citar la página a la que hacemos referencia, que forma parte del libro “La vida cotidiana en la Sevilla del Siglo de Oro”.

No puede ser más exacto Núñez Roldán: Dios estaba en todas partes y, además, un único Dios. La coexistencia de razas y religiones distintas que campó en el territorio ibérico a lo largo de la Edad Media, fue reduciéndose hasta la llegada de los Reyes Católicos. La unidad que buscaban estos monarcas no se limitó al territorio, sino que se extendía a la sociedad y, por supuesto, a la religión. Tanto se buscó esta unión religiosa y el cuidado de las tradiciones cristianas católicas, que se creó uno de los instrumentos más efectivos de la administración política y religiosa de la Edad Moderna española: la Inquisición.

La edad de la intolerancia

La Inquisición ha despertado mucho interés entre los estudiosos y aficionados a la historia de España. En muchas ocasiones, la discusión historiográfica alrededor de esta institución ha estado entre los que falsean la información vertida en la Leyenda Negra de España, y aquellos autores a favor de ese punto de vista contrario a la historia castellana.

Nosotros no vamos a entrar en este juego, pues tenemos claro que la historia está llena de matices fáciles de manipular según el punto de vista del escritor y del lector. La realidad que nos interesa es que la tolerancia no fue una virtud muy extendida en los siglos modernos. Europa occidental, es decir, la Cristiandad, entró en el siglo XVI en un período convulso en cuanto a lo religioso (y a lo político, que por entonces iban de la mano o, directamente, eran lo mismo).

En 1517, Martín Lutero colgó sus tesis en la puerta de la iglesia del palacio de Witternberg, considerado el momento en el que inició la Reforma protestante. Pronto se extendió por muchos e importantes lugares de la Cristiandad. Los seguidores de este nuevo movimiento cristiano seguían un principio básico: el único mediador entre Dios y los hombres era Jesús, sin más intercesores. Desde este punto de vista, acababan de un plumazo con los curas, párrocos y demás clérigos encargados de interpretar el mensaje de Dios y transmitirlo a los feligreses.

La Iglesia católica, desde la sede papal en Roma, no tardó en tratar a los protestantes como herejes y sus ideas una “mala doctrina” y “ponzoña” que había que detener. El protestantismo en sus distintas versiones (luteranos, calvinistas, anglicanos, etc.) se había extendido por Alemania, Suiza, Gran Bretaña, la península escandinava, Francia y hasta en la propia Italia. Sin embargo, el inquisidor general, Fernando de Valdés, envió en 1558 una carta al papa Pablo IV en la que se jactaba hablando de España como:

“La provincia de la Cristiandad que más libre había quedado de aquella mácula”.

Todo ello, aseguraba Valdés, gracias a su trabajo y al de los ministros del Santo Oficio.

Auto de Fe en la Plaza Mayor de Madrid, Francisco Rizi, 1683, óleo sobre lienzo
Auto de Fe en la Plaza Mayor de Madrid, Francisco Rizi, 1683

Con la Inquisición hemos topado

En los años posteriores al envío de esa carta, en España se celebraron seis autos de fe en los que se condenaron a más de doscientas personas sin distinción de género, edad, clase social ni poder adquisitivo. A pesar de lo orgulloso que se mostraba Fernando de Valdés, el protestantismo también encontró resquicios para colarse en el territorio español. De hecho, no lo hizo en menor medida que en el resto de países vecinos, solo que el control para encontrar y condenar a los protestantes y enemigos de la fe católica fue más férreo en el reino español. Claro está, pues si no hubiesen existido protestantes, no habría tenido que intervenir la Inquisición.

Pero sí que intervino y sin piedad alguna. Entre los años 1559 y 1562, se sucedieron procesos inquisitoriales contra centenares de protestantes. Lo llamados autos de fe comenzaron siendo un acto privado en el que se leía las sentencias a los reos y se les conminaba a arrepentirse de sus faltas e ideas heréticas. A lo largo del siglo XVI, los autos de fe fueron ganando en pompa y carácter ceremonial hasta convertirse en auténticos espectáculos de masas, oficiado en las plazas mayores de las grandes ciudades del momento como Valladolid y Sevilla. Adquirió de esta forma un carácter innegable en dos aspectos: el castigo a quienes se oponían al dogma católico, y la amenaza a base de miedo para el que se planteara llevar a cabo alguna práctica herética.

¿Cómo era un auto de fe?

Se improvisaban construcciones en madera de un estrado y un cadalso en las plazas mayores de las grandes ciudades. Hasta allí desfilaban los condenados. El 24 de septiembre de 1559, la procesión de reos estaba formada por 80 personas que fueron condenadas en la Plaza de San Francisco de Sevilla. Caminaban portando sambenitos en los hombros y corozas, es decir, conos de papel, en la cabeza. Aquellos que habían logrado huir de las garras de la Inquisición, o los que habían muerto en las duras condiciones sufridas en las celdas y los interrogatorios, eran representados en esta procesión con efigies o incluso se trasladaban sus restos en un ataúd.

La ceremonia era presenciada por una multitud expectante que se agolpaba alrededor del cadalso o incluso se acomodaba en gradas levantadas para los asistentes. Algún representante de la corona, en ocasiones el propio Rey, presidía junto al inquisidor general la lectura de las sentencias pronunciadas en público por el fiscal. Las penas variaban en función de la falta cometida, pero muchos eran condenados a morir en la hoguera. Aquellos que recibían la pena máxima eran llevados al quemadero. Los arrepentidos eran estrangulados y luego sus cuerpos ardían junto a los que se negaban a arrepentirse, quienes eran quemados vivos.

Tal y como remata su excelente párrafo Núñez Roldán acerca de la presencia de Dios en los siglos modernos:

“Todo se hacía en su nombre y por su voluntad. Nada de lo humano le era ajeno. Nada de lo divino era extraño. Todo era religión”.

Referencias:

Núñez Roldán, F. 2004. La vida cotidiana en la Sevilla del Siglo de Oro. Sílex.

Núñez Roldán, F. 2012. El triunfo de la Inquisición. Historia National Geographic 104, 82-93.

Redondo Álamo, M. A. Los “autos de fe” de Valladolid: religiosidad y espectáculo. cervantesvirtual.com.

 

Fran Navarro

Fran Navarro

Historiador y escritor (esto último solo lo digo yo). El destino me reservaba una carrera de ensueño en el mundo académico, pero yo soy más de divulgar, hacer vídeos y contenidos culturales para que mi madre se entere bien de lo que hablo. De entre las cosas menos importantes de la vida, los libros son lo más importante para mí. Y como no hay nada mejor que conocer bien un asunto para disfrutarlo al máximo, hice el máster de Documentos y Libros, Archivos y Bibliotecas. Para esto y todo lo demás tengo Twitter: @FNavarroBenitez.

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