La buena nueva del Nuevo Mundo

Desatendido en Portugal, Colón acabó convenciendo a los Reyes Católicos de que surcando el océano Atlántico podría llegar a las Indias. Lo inesperado fue descubrir todo un continente en el camino.

El almirante Cristóbal Colón

Una vez estableció ese primer asentamiento en el Nuevo Mundo, Colón regresó a España y nada más desembarcar se trasladó a Barcelona para contar a los Reyes Católicos su aventura y hacerles promesas de futuros hallazgos de oro. Los monarcas estaban encantados. Las Indias anunciaban nuevas posesiones y riquezas a Castilla y Aragón. Todo eran buenas noticias. La colonización debía proseguir con mayores esfuerzos en hombres y materiales. Había que proteger a los nuevos súbditos y, sobre todo, convertirlos al cristianismo. América se abría al Viejo Continente.

Años antes de que Colón arribara al Nuevo Mundo se produjo la caída de Constantinopla (1453), lo que bloqueó la Ruta de la Seda a través de la cual llegaban las especias a Europa. Su estrangulamiento arruinó a los venecianos y genoveses que controlaban el monopolio del comercio de esos preciados productos. Mientras la oferta disminuía, la demanda aumentó en Europa, disparando su precio en el mercado. Los europeos trataron de buscar otra manera de conseguir especias. En el año 1488, el navegante portugués Bartolomé Díaz rodeó el Cabo de Buena Esperanza, abriendo una nueva vía marítima hacia Oriente a través del océano Índico.

Unos años más tarde, Pedro Álvarez logró llegar al centro neurálgico del mercado de especias, momento en que Portugal comenzó a obtener ganancias fabulosas. Sin embargo, el viaje bordeando África era muy largo y peligroso. ¿Se podía llevar a cabo esa travesía marítima a través del Atlántico? Las leyendas marineras hablaban de una isla legendaria llamada Antilia que aparecía en algunos mapas precolombinos más allá de las Azores. El prestigioso geógrafo y astrónomo florentino Paolo Toscanelli creía a pies juntillas en su existencia y la recomendaba como punto de avituallamiento para futuros viajes atlánticos.

Rumores sobre islas desconocidas

Pero ¿Antilia era real o una leyenda? Nadie podía aportar pruebas concluyentes de su existencia. En septiembre de 1479, Colón contrajo matrimonio con Felipa Moniz de Perestrella, una muchacha portuguesa de linaje noble. La pareja se instaló en la isla de Porto Santo, donde el padre de la muchacha tenía tierras. Allí corrían historias sobre la enigmática llegada a la playa de dos cadáveres de individuos de piel cobriza y pómulos asiáticos y rumores sobre la existencia de una gran isla al otro lado del Atlántico, que bien podría haber sido Antilia; es decir, América.

En 1477, las clases ilustradas europeas ya habían aceptado que la Tierra era redonda. Inquieto por esa posibilidad, el rey portugués Juan II decidió consultar a Toscanelli si era posible viajar a la India atravesando el Atlántico. El astrónomo florentino hizo llegar un mapa a Lisboa en el que se veía tierra más allá de las islas Azores. Toscanelli creía que Japón estaba a tres mil millas náuticas de la isla de Cabo Verde, cuando la distancia real es de diez mil seiscientas.

Animado por el florentino, el monarca luso lanzó a sus hombres a la búsqueda de la costa asiática. Pero la expedición fracasó estrepitosamente. Mientras tanto, Colón abandonó Portugal y se trasladó a Castilla llevándose consigo una copia del mapa de Toscanelli. Tras arduas negociaciones, el marino genovés logró que la reina Isabel financiara su expedición, lo que permitió el descubrimiento del Nuevo Mundo, un éxito que abría a Europa un enorme continente para la colonización y el comercio.

 

Más información sobre el tema en el artículo Las cuatro travesías del Almirante de Fernando Cohnen. Aparece en el MUY HISTORIA, dedicado a Aventureros de lo imposible. Elcano, Magallanes y otros grandes exploradores.

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