La aviación antes de los aviones

Alas de madera, ornitópteros y globos aerostáticos: así se volaba antes de la invención de los aviones.

Según Las mil y una noches, la alfombra de Tangu permitía desplazarse en vuelo mágico. Los persecutores de las brujas afirmaban que las adoradoras del diablo acudían volando a los aquelarres montadas en los mangos de sus escobas. Mientras Ícaro quemó sus alas de cera al aproximarse demasiado al sol, el científico árabe Abbas ibn Firnas intentó, en el siglo IX, alzar el vuelo construyendo dos alas y cubriéndose el cuerpo de plumas. Entre la realidad y la imaginación, el acto de volar ha fascinado a la humanidad desde siempre y, antes de la invención de los aviones modernos, muchos han intentado la aventura de alzar los pies de la tierra.

Los primeros tentativos de vuelo de los que se tiene constancia histórica buscaban imitar el vuelo de los pájaros. El inventor griego Arquitas de Tarento, por ejemplo, diseñó un pequeño aparato mecánico en forma de paloma que, accionado por aire comprimido y según escribe el autor Aulo Gellio en el siglo II d.C., podía volar con total autonomía.

El renacentista Leonardo da Vinci (1452-1519) realizó dibujos y apuntes para la construcción de un gran número de artilugios voladores, como paracaídas y aeronaves de alas giratorias. A partir de la observación del vuelo de los pájaros y de los murciélagos, el artista florentino también pergeñó onitópteros, máquinas voladoras que reproducían en sus formas los perfiles de las aves. Según dejó recogido en el Codex atlanticus, una monumental obra que compila sus notas y manuscritos, Leonardo incluso intentó volar con un prototipo realizado a partir de sus planos.

Los experimentos que Galileo Galilei (1564-1642) llevó a cabo para determinar cuál fuese el peso del aire, junto a otras investigaciones en el campo de la aerodinámica, abrieron nuevos caminos a la aviación durante los siglos XVII y XVIII. El descubrimiento del hidrógeno por parte de Joseph Black (1728-1799) dio alas a la experimentación con los globos aerostáticos. Para ponerlos en movimiento y hacer que se elevasen en el aire, comenzaron a utilizarse gases de densidad menor respecto a la atmósfera que los circundaba.

Desastre Hindenburg
Imagen: Wikicommons

Hasta entonces, experimentadores como los hermanos Montgolfier habían conseguido cierto éxito con sus globos de aire caliente que conseguían elevarse varios cientos de metros sobre el suelo. Los Montgolfier incluso habían logrado que su invención voladora se elevase en los cielos llevando consigo una oveja y una gallina. En mayo de 1783, los franceses intentaron el experimento con seres humanos: a bordo del aerostático viajaron, entre otros, el científico Jean-François Pilâtre de Rozier. Unos meses más tarde, se repetía la hazaña a bordo de una aerostático de hidrógeno, que partió de los Jardines de las Tullerías y aterrizó dos horas más tarde en el pueblo de Nesles-la-Vallée, a 35 quilómetros de París.

El empleo de gases ligeros para hacer que volaran los globos se aplicó con fines militares muy pronto. En 1794, durante la Batalla de Fleurus, los franceses utilizaron el globo de hidrógeno para vigilar al enemigo desde el aire. Este uso se repitió a lo largo del siglo XIX en otros contextos militares, como en la Guerra Civil Americana, para reconocer el territorio, vigilar a las tropas enemigos o realizar mapas geográficos.

Durante la segunda mitad del siglo XIX se desarrollaron planes para construir dirigibles con el fin de dotar de mayor control y maniobrabilidad a los aparatos voladores accionados mediante gases ligeros. Frágiles y poco prácticos en sus inicios, gracias a las mejoras introducidas en su diseño, como las estructuras rígidas, por Ferdinand von Zeppelin, así como a los diseños de ingenieros como Alberto Santos-Dumont, los dirigibles pudieron aumentar su tamaño y ganar estabilidad durante el vuelo. Se utilizaron durante la Primera Guerra Mundial, pero su imprecisión en la batalla y el desastre del LZ 129 Hindenburg en 1937, junto con el paulatino perfeccionamiento del vuelo con aparatos más pesados que el aire, acabaron por relegarlos a los anales de la historia.

Erica Couto

Erica Couto

Historiadora y aprendiz de batería. Literatura y cine de terror las 24 horas. Las ruinas me hacen feliz

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