La Alhambra en la Edad Moderna

Desde tiempos de los Reyes Católicos, Granada y la Alhambra se convirtieron en emblemas de prestigio para la Monarquía Hispánica, símbolos de una península ibérica unificada por los reyes cristianos. Pero, a pesar de que la ciudad fue elegida como panteón dinástico de la dinastía Habsburgo, su mantenimiento por la Corona fluctuó en el tiempo.

Desde tiempos de los Reyes Católicos, Granada y su acrópolis de la Alhambra se convirtieron en emblemas de prestigio para la Monarquía Hispánica, símbolos de una península ibérica unificada por los reyes cristianos. Pero, a pesar de que la ciudad fue elegida en primera instancia como panteón dinástico de la dinastía Habsburgo, su mantenimiento por la Corona fluctuó entre el primer interés que Carlos V le prestó a comienzos de su reinado hacia un progresivo abandono, solo atenuado con las visitas esporádicas de la familia real.

Según el cronista del siglo XVIII, Francisco Bermúdez de Pedraza, cuando Carlos V visitó la Alhambra —por primera y única vez— en el verano de 1526, expresó su compasión por el rey nazarí Boabdil con la frase «Desventurado del que tal perdió». Según otras crónicas, esta vez del siglo XVI, como la de fray Prudencio de Sandoval, el emperador admiró la ciudadela de la Alhambra, con especial atención por los palacios, las fortalezas y todos los ingenios de agua. Según el historiador, el emperador se enamoró de Granada y la Alhambra por encima del resto de ciudades de sus reinos hispánicos y allí dejaría algunas de sus iniciativas arquitectónicas más memorables, sin imaginar que nunca podría volver a visitarla.

Los relatos sobre estos meses granadinos cuentan también que Carlos V rememoraría su estancia con un recuerdo especial por los días de ocio en los que practicó la caza, su actividad favorita, pero sobre todo por una idílica luna de miel pasada junto a la emperatriz Isabel de Portugal. Esta sería una de las pocas ocasiones en las que los esposos se mostrarían ociosos, sin esconder el primer amor que al parecer brotó entre ellos; aunque acababan de conocerse y su matrimonio, como todos en su época, fuese de conveniencia. Sus contemporáneos reportaron que la pareja alargaba su tiempo juntos en la cama hasta las 10 o las 11 de la mañana, lo que retrasaba los negocios a los que debía atender el emperador y desesperaba a los embajadores que se habían reunido en Granada.

Patio de la Alhambra
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Durante su estancia en la ciudad, Carlos V habitó en el palacio que se distribuía en torno al Cuarto de los Leones y la emperatriz en el conocido como Cuarto Dorado, aunque Isabel de Portugal hubo de alojarse durante unos meses en el monasterio de San Jerónimo en Granada, a la espera de que se adaptasen sus estancias. Sabemos que, llegado el frío del otoño, la ausencia de elementos de calefacción, como las chimeneas a las que Carlos V estaba acostumbrado en sus palacios flamencos, hicieron su estancia muy incómoda. Además, su distribución y dimensiones no estaban preparadas para una corte con un ceremonial diverso y mucho más numerosa que la de los antiguos reyes nazaríes. No obstante, el emperador mostró su respeto por la obra islámica que habían protegido sus padres y abuelos, adaptando las estancias más ricas del palacio a sus usos particulares. En el Salón de Reyes se instaló provisionalmente la capilla del emperador y, al menos durante el verano y el otoño, se sabe que el monarca solía comer en la Sala de las Dos Hermanas.

En esos meses, incluso expresó su intención de residir de forma más permanente en Granada y mandó construir el hoy conocido como Palacio de Carlos V, iniciado hacia 1531 con el dinero obtenido de la contribución de los moriscos del reino. Esta sería conocida desde entonces como la Casa Real Nueva, en contraposición a la Casa Real Vieja que identificaba a los Palacios Nazaríes. Además, bajo este reinado arrancaron algunas actuaciones puntuales en el complejo con la construcción de la Puerta de las Granadas, que delimita la jurisdicción de la Alhambra en el camino que conduce desde la Plaza Nueva a la fortaleza, y el Pilar de las Cornetas o de Carlos V, ambas realizaciones construidas siguiendo una estética all’antica.

Autoría indeterminada

El nuevo palacio, nunca habitado y finalizado ya en el siglo XX, no solo respetó en gran medida las construcciones nazaríes, sino que, ya en el siglo XVI, se consideraba un recibimiento y entrada de categoría imperial a la verdadera residencia interna, articulada alrededor de los patios de Comares y los Leones. A pesar de que ha sido ampliamente estudiado, la autoría del Palacio de Carlos V sigue siendo una incógnita. Su planta y alzado siguen modelos formulados en Italia desde la segunda década del siglo XVI, que tienen en común la autoría de artistas formados en el taller romano de Rafael Sanzio. El palacio combina dos formas geométricas básicas: un cubo que contiene un patio circular. Este último está basado en modelos imperiales de la Antigua Roma; en concreto, se ha vinculado con la villa de Adriano en Tívoli, algo que se ha querido ver como un intento de conexión simbólica con este emperador de origen hispano. Las dimensiones del patio redundan en su interpretación como construcción representativa, cuya escenografía se ve subrayada por las dos galerías de columnas siguiendo órdenes clásicos, dórico sin acanaladuras y jónico, con el alarde técnico de la bóveda anular en el pórtico del piso bajo.

El Peinador de la Reina

Hacia el oeste y el sur se abren dos imponentes fachadas, denominadas como del rey y de la reina respectivamente, que en los primeros proyectos correspondían con sendas plazas porticadas. En ellas también participaron artistas italianos en la decoración, como Niccolò da Corte. La portada del rey tiene una disposición más compleja, incluyendo escudos, figuraciones de los trabajos de Hércules (personaje mítico vinculado con la dinastía Habsburgo) y escenas de batallas en los pedestales de las columnas del piso bajo. En la fachada de la reina, los pedestales del segundo piso contienen escenas marítimas correspondientes al dios Neptuno, quizá aludiendo a la potencia militar marítima del emperador, y está coronada por dos alegorías de la Historia y la Fama.

El maestro mayor del palacio granadino fue Pedro Machuca, quien también formó parte del taller de Rafael en sus obras en el Vaticano. Muchos historiadores de la arquitectura dudan que los planos fuesen diseñados por él, fundamentalmente por su escasa formación arquitectónica, pues hasta ese momento solo le conocemos obras de pintura. Asimismo, los defectos detectados en algunos planos conservados del edificio, quizá levantados por el mismo Machuca a partir de otros llegados de Italia, reman en contra de su autoría. Entre otras cuestiones, sus diseños contienen errores graves de interpretación, como paredes que desembocan en la posición de las ventanas o el escaso grosor de algunos de los muros, incapaces de sostener el peso de las bóvedas.

Al tiempo que iniciaban las obras del nuevo palacio, con el objetivo de mejorar la comodidad de la residencia medieval, Carlos V ordenó a su arquitecto Luis de Vega ampliar sus habitaciones desde el Cuarto de los Leones hacia el mirador de Daraja con seis nuevas habitaciones, provistas de chimeneas y decoradas al fresco por dos artistas extranjeros: Julio de Aquiles y Alejandro Mayner. Parte de estas son las hoy conocidas genéricamente con el nombre de Habitaciones de Washington Irving, porque allí habitó el escritor durante su estancia en la Alhambra. De esta nueva zona residencial, la pieza más sorprendente y menos popular, porque no se encuentra en el circuito de visita habitual, sea la conocida como Peinador de la Reina. Esta corresponde con la transformación de la torre de Abul Hayyay (siglo  xiv ) en una estufa, es decir, un espacio calefactado cuya funcionalidad se situaba a medio camino entre la mejora de la salud y la recreación. De hecho, en la torre se abrieron ventanales con vidrieras, además de una galería que la circundaba para la contemplación del valle del Darro y el barrio del Albaicín. Asimismo, la decoración mural a base de grutescos —motivos inspirados en las paredes de la Domus Aurea de Nerón en Roma—, escenas mitológicas con la historia de Faetón y otras reales, como la victoriosa Campaña de Túnez que tuvo lugar en 1535, produciría una placentera experiencia sensorial que se complementaba con la luz matizada de las vidrieras y el olor producido por la quema de plantas odoríferas en el piso inferior.

Ralentización y cambios

En tiempos de Felipe II, la fábrica de la Alhambra se ralentizó, aunque el monarca fue siempre consciente de la importancia de un Real Sitio que nunca tuvo la oportunidad de visitar. El creciente problema de rebeldía morisca que desembocó en la Guerra de las Alpujarras conllevó una interrupción de los impuestos con los que se pagaban las obras y su casi total paralización. Además, Felipe II privilegió las obras realizadas en Madrid o en su entorno, por lo que el más personal proyecto de El Escorial concentró la mayoría de sus esfuerzos. Asimismo, el plan de Machuca, seguido por su hijo Luis, fue criticado por algunos arquitectos, que incluso aportaron nuevas soluciones, como en el caso de Juan de Orea (1525-1580). Este llevó a cabo modificaciones sustanciales, supervisadas y, a su vez, rectificadas por el arquitecto del rey, Juan de Herrera (1530-1597), quien proyectó una ampliación en altura —más tarde desechada— y trazó nuevos elementos como el segundo cuerpo de la portada oeste. A pesar de las dificultades, las obras del nuevo palacio, bajo la dirección de Juan de Minjares († 1590), avanzaron hasta casi la finalización de su estructura básica al final de este reinado, a falta de la segunda galería del patio terminada hacia 1619, y se pudo acometer la reestructuración de la iglesia de Santa María de la Alhambra.

Nueva oportunidad

La escasa asignación presupuestaria alcanzaba apenas para sufragar las reparaciones y el mantenimiento en los antiguos Palacios Nazaríes. Un momento crítico para el complejo se documenta en 1590, cuando la explosión de un taller polvorista cerca de la iglesia de San Pedro, en el valle del Darro, dañó la parte norte de la Alhambra, afectando especialmente a elementos secundarios como puertas y ventanas, pero también al Peinador de la Reina y a la Sala de los Mocárabes.

Además, para recrear el aspecto general del complejo, debemos tener en cuenta que las viviendas particulares de la ciudadela y las torres de las fortalezas continuaban en uso por habitantes de toda condición, incluidos los soldados destacados en la Alhambra y sus familias, lo que explica que en el siglo XVII hubiera problemas de mantenimiento que afeaban el conjunto.

Durante el viaje que Felipe IV realizó a Andalucía, la comitiva real hizo su entrada en Granada en la Semana Santa de 1624. Para esta visita se hubieron de llevar a cabo actuaciones que enmascararon las partes más miserables del conjunto: se pintaron y doraron diversas estancias, como la Sala de los Embajadores o la Torre de Comares, y se adaptó parte del inacabado Palacio de Carlos V como entrada a los cuartos reales. También hubo otras intervenciones de calado, como los «retoques» que el escultor Alonso de Mena realizó en el Pilar de las Cornetas o de Carlos V y en la famosa Fuente de los Leones. Sin embargo, nada se avanzó durante el resto del siglo XVII en las obras del Palacio de Carlos V.

Una nueva oportunidad se ofreció para la Alhambra con la visita de Felipe V e Isabel de Farnesio en la primavera de 1730, al menos para la Casa Real Vieja. La estancia se alargó algo más que la anterior, tres meses frente a los ocho días que Felipe IV pasó en Granada. El acondicionamiento de los Palacios Nazaríes fue más drástico porque la familia real en este tiempo era más extensa. Entonces se instalaron también numerosas vidrieras para evitar pasos de aire y modular la luz de los interiores, al tiempo que se compartimentaron los espacios residenciales para acercarlo a las costumbres habitacionales de la nueva dinastía Borbón y se modificó la forma de la capilla del Mexuar. Sin embargo, el séquito real se trasladó pronto al cercano Soto de Roma para contentar la afición de Felipe  V, privando de nuevo a la Alhambra de las inversiones necesarias para una restauración integral, que debió esperar a un futuro más consciente de los valores del patrimonio histórico-cultural. Así, la frase atribuida al futuro Fernando VI frente al Palacio de Carlos V durante este viaje —«Yo lo he de acabar, yo lo he de acabar»— quedó incumplida, y hubo de aguardar mejores tiempos para este Real Sitio, tan acostumbrado a sobrevivir a los embates del tiempo.

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