La Alhambra de los Reyes Católicos

El 2 de enero de 1492 los Reyes Católicos entraron en la Alhambra. Sin embargo, pronto comprendieron que no podían habitarla y es que los Palacios Nazaríes no se encontraban en buen estado de conservación. Las obras estaban a punto de comenzar.

El 15 de octubre de 1490, Fernando II de Aragón se dirigió por carta a las ciudades andaluzas. Ordenaba la movilización de todos los hombres entre dieciocho y sesenta años. Unos meses más tarde, el 31 de enero del año siguiente, declaraba su voluntad de liderar al ejército contra la capital del reino nazarí. Los Reyes Católicos habían decidido acabar con la prolongada Guerra de Granada. En abril Fernando estableció su campamento a tan solo una legua de la ciudad y allí recibió en junio a la reina Isabel, que llegó acompañada de su séquito y sus hijos, el príncipe Juan y la infanta Juana. Los monarcas ordenaron entonces construir allí una auténtica ciudad para que los granadinos comprendieran que la única alternativa al asedio era la rendición. La llamaron Santa Fe.

Mientras tanto, al otro lado de los muros de Granada, Boabdil sabía que su pueblo no aguantaría mucho tiempo. La situación ya era crítica tras las guerras civiles en las que se había enfrentado a su padre Muley Hacén y su tío el Zagal con ayuda de los cristianos, pero ahora el número de habitantes se había multiplicado con la llegada de refugiados y las provisiones comenzaban a escasear tras el bloqueo de los sitiadores. Ante esta situación, el soberano aceptó la rendición de la ciudad en unos términos aceptables. Se ofrecía el perdón a todos los habitantes de Granada y la posibilidad de permanecer en el reino conservando su religión o de emigrar en condiciones justas. Aunque, con el tiempo, estos acuerdos acabarían incumpliéndose.

Palacio de la Alhambra
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La fecha de entrega de la ciudad se fijó para el 2 de enero de 1492. Ese día, y como se había pactado previamente, un destacamento cristiano encabezado por Gutierre de Cárdenas —Contador Mayor de Castilla— tomó posesión de la ciudad palatina de la Alhambra antes del amanecer. Una vez asegurada la fortaleza, Cárdenas envió la señal acordada con los reyes disparando tres cañonazos. Isabel, Fernando y el príncipe Juan encabezaban la comitiva y se pusieron en marcha, acompañados por el cardenal Mendoza, el marqués de Cádiz, el maestre de Santiago y el conde de Tendilla. Cuando se encontraron con Boabdil, Fernando se adelantó para recibir las llaves de la ciudad y, tras esto, se internaron en ella con dirección a la Alhambra mientras marchaba al exilio el último de los sultanes de Granada.

La corte en Granada

Desde un primer momento, la intención de Isabel y Fernando fue no dañar la ciudad. Muestra de ello es que, a diferencia de lo que había ocurrido en asedios anteriores, en el de Granada no se empleó la artillería. Además, entre las primeras órdenes de los monarcas estuvo la de colocar candados en los accesos a los diferentes espacios de la Alhambra para evitar así cualquier tipo de vandalismo por parte de sus tropas. Conservar la Fortaleza Roja y residir en ella, además de una cuestión práctica, suponía enviar dos mensajes de gran carga simbólica. Por una parte, su triunfo sobre el islam y, por otra, su voluntad de presentarse ante sus nuevos súbditos como garantes de una cierta continuidad.

Sin embargo, cuando los Reyes Católicos entraron en la Alhambra comprendieron que no podían habitarla. Los Palacios Nazaríes no se encontraban en buen estado de conservación, en parte por el deterioro causado en el transcurso de las luchas de poder que habían enfrentado a la familia real granadina y en parte por la falta de tiempo y recursos que hubieran permitido su restauración. Además, algunos testimonios contemporáneos aseguran que Boabdil habría dañado intencionadamente el monumento antes de abandonarlo. En cualquier caso, Isabel y Fernando tuvieron que pasar la noche en Santa Fe. Regresaron a la Alhambra en una breve estancia de cinco días a partir de la fiesta de la Epifanía y, al poco de su partida, comenzaron las obras de rehabilitación de los palacios.

Los reyes estrenaron sus nuevos aposentos en mayo, pero pronto tuvieron que marcharse y no volverían hasta casi una década después. Entretanto, las dos máximas autoridades de Granada fueron el arzobispo Hernando de Talavera y el conde de Tendilla, a quien habían nombrado Capitán General del Reino de Granada y Alcaide de la Alhambra. Talavera se ocupó de poner en marcha la nueva organización religiosa del reino y de la conversión no forzosa de los musulmanes, de manera que el conde se implicó más directamente en las obras de la ciudad palatina. En los primeros años, las tareas se centraron en restaurar y conservar lo existente, reparar el sistema hidráulico, habilitar la residencia de los monarcas y mejorar las defensas de la fortaleza. A juzgar por la documentación de la época, las intervenciones de emergencia para evitar derrumbes fueron una práctica habitual y constante.

Poco tiempo después de la marcha de Isabel y Fernando en 1492, las obras se ralentizaron. Las dificultades económicas, el atentado contra el rey en Barcelona y la constante amenaza francesa modificaron las prioridades de la Corona, pero, ante el inminente regreso de los monarcas a Granada en el verano de 1499, las obras se reactivaron con celeridad. Los soberanos se desplazaron a Sevilla durante el invierno y dejaron a Cisneros, confesor de la reina, al frente de los asuntos religiosos de Granada. Los lentos avances de Talavera, a quien se acusaba de tibio, dieron paso a los métodos más agresivos del franciscano, que incluyeron la quema pública del Corán. El descontento de los musulmanes acabó en revuelta y el propio Fernando tuvo que ponerse de nuevo al frente de las tropas para sofocarla.

Isabel decidió entonces volver a instalarse en la Alhambra en julio de 1500 para estar más cerca de su marido, pero la estancia comenzó con una tragedia. A los pocos días de llegar, falleció su nieto y heredero, el príncipe Miguel, que todavía no había cumplido los dos años de edad. La tristeza de su muerte se sumaba a la infligida por los recientes fallecimientos de sus hijos, el príncipe Juan en 1497 y la princesa Isabel en 1498. En aquellos meses en la Alhambra, la pena de la reina aumentó con la separación de sus hijas, la infanta María —que partió hacia Portugal en septiembre de 1500 para casarse con Manuel I— y la infanta Catalina —que en mayo de 1501 emprendió su viaje a Inglaterra para desposar al príncipe Arturo—. Fernando acababa de regresar vencedor, tras sofocar la revuelta unos días antes. Los reyes decidieron entonces anular las concesiones religiosas y obligar a los musulmanes de Granada a elegir entre el bautismo o la expulsión. En octubre abandonaron la Alhambra y ya no regresarían vivos a la ciudad.

La transformación de la Alhambra

Las obras de la Alhambra se enmarcan en el contexto de las llevadas a cabo por los Reyes Católicos en el resto de alcázares reales. Especialmente, en el de aquellos en los que se desarrolló una mayor actividad constructora, como en los casos de Córdoba, Sevilla o la Aljafería de Zaragoza. Además, con esta última, las obras coincidieron durante algún tiempo y está documentado el traslado de artesanos desde Aragón a Granada. Las intervenciones se caracterizaron por adaptar el espacio a las necesidades de la vida y el protocolo cristianos, pero manteniendo las formas arquitectónicas y ornamentales de la tradición islámica.

La restauración comenzó por los Palacios Nazaríes. Sin embargo, los datos económicos demuestran que, durante los primeros años, la principal preocupación consistió en mejorar las defensas, pues, como señaló el investigador Antonio Vila Sánchez, mientras que en 1492 el presupuesto destinado a los palacios fue de 713 181 maravedís, el invertido en aspectos poliorcéticos ascendió a 5 131 362. Se consolidaron los muros, se adaptaron las murallas a la artillería y se construyeron o reconstruyeron torres como la de la Vela, la del Cabo de la Carrera o la de los Picos. Paralelamente, se trabajó para garantizar el suministro de agua con la creación del conocido como Gran Aljibe de Tendilla.

La familia real se instaló en la zona del Mexuar, cuya estancia principal se cree que sirvió como pequeña mezquita u oratorio en época islámica, función religiosa que habría conservado al instalarse allí la Capilla Real. El Cuarto Dorado se adaptó como aposento de la reina y pasó a contar con chimeneas de tradición cristiana y estrados de tradición islámica, pues Isabel gustaba de sentarse sobre ellos con las piernas cruzadas a la «manera turca». Se añadieron una librería y un retrete —espacio privado de retiro para la lectura y el almacenamiento de objetos personales— y sobre el Mexuar se construyó una segunda planta con galerías, a la que se accedía a través de una escalera de caracol que arrancaba del patio.

Siguiendo la estética islámica, se realizaron nuevos techos de lacerías, cúpulas de mocárabes, yeserías y azulejos, aunque en las labores de policromía predominó el uso del azul y el dorado, más en sintonía con el gusto cristiano. Se añadió el emblema real a los nuevos trabajos y se instalaron imágenes de la Virgen en los accesos al recinto, como la Puerta de la Justicia o la del Arrabal. También se colocaron obras de arte de temática religiosa en los antiguos oratorios, convertidos en capillas de la misma manera que la gran mezquita se había transformado en iglesia de Santa María y uno de los palacios de la zona alta servía ahora como convento de San Francisco. Por su parte, los jardines se restauraron y se crearon otros nuevos. Desde Palma de Mallorca se llegaron a traer 140 naranjos, y seis de los más grandes se plantaron en el Patio de los Leones.

El último viaje

El proyecto inicial de los Reyes Católicos había sido enterrarse en Toledo, donde habían ordenado la construcción del monasterio de San Juan de los Reyes para tal fin. Sin embargo, la carga simbólica de la conquista de Granada les hizo cambiar de opinión. El 13 de septiembre de 1504, en Medina del Campo, expidieron una cédula para la construcción de un nuevo mausoleo: la Capilla Real de Granada. Pero el empeoramiento de la salud de Isabel aconsejaba hallar una sepultura temporal hasta que finalizasen las obras, y la reina se decantó por el convento de San Francisco de la Alhambra, donde estaba enterrado el príncipe Miguel.

Isabel falleció el 26 de noviembre de 1504 y su féretro llegó el 15 de diciembre a la Alhambra, donde fue depositado en la cripta conventual junto al de su nieto. No obstante, el conde de Tendilla consideraba que el edificio no poseía la suntuosidad que requería un enterramiento regio y envió al rey Fernando un memorial indicando las reformas que consideraba necesarias. El documento planteaba cubrir el suelo con losas de mármol; dorar y pintar la cúpula de mocárabes; colocar techumbres de madera labrada, pintada y dorada en las capillas laterales; instalar una reja de hierro en el arco principal; rodear con una reja la sencilla lápida de la reina. Aunque existían dudas sobre si se llevaron a cabo estas reformas, existe documentación que así lo acredita, como ha estudiado la investigadora Cristina Hernández Castellón.

El 22 de enero de 1516, un día antes de fallecer en Madrigalejo, Fernando indicaba lo siguiente en su testamento: «Y eligiendo sepultura de nuestro cuerpo, queremos, ordenamos y mandamos que [...] sea [...] llevado sepultado en la capilla real nuestra, que Nos y la serenísima Reina Doña Isabel [...] habernos mandado hacer y dotado en la Iglesia mayor de [...] de Granada». Cumpliéndose su voluntad, su cuerpo fue trasladado a Granada, donde esperó junto al de Isabel hasta que el 10 de noviembre de 1521 su nieto Carlos ordenó el traslado de los féretros hasta la recién concluida Capilla Real, poniendo punto final a la última estancia de los reyes en la Alhambra.

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