Historia de los Tercios, la unidad de élite del Imperio español

Los Tercios españoles fueron la unidad militar más temida de toda Europa y su combinación de artillería e infantería sirvió para preservar la hegemonía española.

Los Tercios de Rocroi
El último Tercio de Rocroi. Imagen: Wikimedia Commons.

"No era el hombre más honesto ni el más piadoso, pero era un hombre valiente". Con estas palabras, sencillas en forma pero tan poderosas en fondo, comienza la historia del capitán Diego Alatriste, el personaje con el que el escritor Arturo Pérez-Reverte revolucionó la literatura histórica y de aventuras en España y revivió el recuerdo de aquellos Tercios viejos que cambiaron el mundo militar en el siglo XVI y dominaron los campos de batalla de Europa durante siglo y medio. Comparados frecuentemente con las legiones romanas, los Tercios españoles fueron la punta de lanza del que por entonces era el ejército más poderoso del mundo.

 

El surgir de la leyenda

Para conocer el origen de los Tercios debemos hablar de dos momentos distintos: la aparición de su antecedente directo y su creación oficial como cuerpo de los ejércitos de España.

Con el primer caso debemos hablar de Gonzalo Fernández de Córdoba, conocido como el Gran Capitán, militar que luchó al servicio de los Reyes Católicos y logró grandísimas victorias en Italia. La gran virtud de Fernández de Córdoba fue ser capaz de reimaginar los combates de la época y las técnicas empleadas, promoviendo una reestructuración del ejército en la que la infantería recuperaba importancia, actuaba de forma casi conjunta con la caballería y la artillería ganaba peso a través de un cuerpo de experimentados arcabuceros. Del Gran Capitán se dice que era un líder admirado y querido por sus hombres, por quienes se preocupaba e intentaba reducir las bajas lo máximo posible durante cada enfrentamiento. Además, promovió un código moral entre sus soldados basado en el coraje, el compañerismo, el honor y la lealtad al rey.

Es muy probable que fueran los éxitos cosechados por las tropas de Fernández de Córdoba y sus innovadoras fórmulas para el arte de la guerra las que convencieron al rey Carlos I (nieto de Isabel y Fernando) de que el ejército necesitaba modernizarse. Abrumado por la necesidad de conservar los territorios del amplio imperio que había heredado y con el acoso constante de Francia intentando arrebatar a España sus dominios en Italia, el rey ordenó una reorganización de la infantería de la que nacerían los Tercios de Nápoles, Sicilia y Lombardía (conocidos como los Tercios viejos). Se desconoce el año exacto en el que se formaron los Tercios, pero la primera vez que se los menciona de manera oficial es en la ordenanza de Génova de 1536, donde se dan instrucciones sobre la forma de pago a estas unidades.

Tercios españoles
Tercios marchando en formación en la batalla de Nieuport. Imagen: Wikimedia Commons.

 

Equipo, características y estrategias

Son muchas las diferencias que pueden encontrarse entre los Tercios y otros cuerpos militares contemporáneos. Para empezar, estas unidades españolas componían un ejército profesional permanente y que contaba entre sus filas con veteranos experimentados y oficiales capaces mientras que lo habitual era que la mayoría de los soldados de un ejército fueran campesinos que se alistaban obligados o con el único objetivo de recibir una paga y mercenarios a sueldo. Además, los Tercios daban continuidad a ese código moral difundido por el Gran Capitán y esto los convertía en unidades muy compactas que luchaban los unos por los otros tanto como por ellos mismos y que profesaban una fidelidad (casi adoración) ciega al rey y a la religión católica.

Los Tercios contaban con un mando independiente que les permitía ahorrarse trámites administrativos y ser mucho más rápidos a la hora de responder o tomar decisiones que otros cuerpos del ejército. A esto se suma una innovadora combinación de armas de fuego y armas cuerpo a cuerpo que les hacía capaces de adaptarse a prácticamente cualquier situación y resultaba devastadora para el enemigo. Los Tercios no tenían uniforme (se les distinguía por el uso del morrión y por una banda roja en el brazo) y sus armas predilectas eran la pica (lanza de entre cuatro y seis metros de largo), el arcabuz y la espada, habitualmente acompañada de una daga o estilete. Su grito de guerra era “¡Santiago y cierra, España!”.

Tercios españoles
Imagen: Wikimedia Commons.

 

Llegado el momento de combatir, los Tercios se distribuían formando un único cuerpo indivisible que plantaba cara al enemigo y se mantenía firme en sus posiciones. La primera fila la formaban los mosquetes, armas de fuego pesadas que se disparaban apoyando una horquilla en el suelo y causaban estragos con su potencia y su largo alcance. A esta primera ráfaga de disparos, que ya resultaba muy dañina para el enemigo, los seguían los famosos arcabuces que se distribuían por el frente y los flancos para frenar cualquier intento de ser rodeados. Lo habitual era que, llegados a este momento, las tropas enemigas hubieran perdido a muchos hombres y decidieran cargar (primero) con la caballería y (después) la infantería. Este era el momento en que entraban en juego las picas, que se clavaban en el suelo para darles estabilidad y se colocaban formando una especie de erizo con afiladas puntas de hierro ante el que la caballería debía frenar y perdía toda su efectividad. Para terminar, llegaba el turno de la espada y la daga cuando los Tercios cargaban blandiendo su acero y dando tajos y puñaladas en un una lucha de contacto donde su veteranía y su arrojo solía darles la victoria.

También eran habituales en los tercios las encamisadas, como se conocía a los ataques nocturnos que grupos reducidos de soldados españoles lanzaban contra los campamentos enemigos con el fin de sembrar el caos, sabotear sus suministros y causar cuantas más bajas posibles. Se les llamaba encamisadas porque, para diferenciarse entre ellos en mitad de la noche, los atacantes vestían camisas blancas.

Batalla de Pavía
Batalla de Pavía. Imagen: Wikimedia Commons.

 

Hegemonía en Europa

Se ha dicho que los Tercios nacieron en Italia para asegurar el dominio español en estas tierras frente a las pretensiones francesas y esta misión, la de asegurarse de que el Imperio español seguía siendo ese en el que no se ponía el sol, fue la que dio vida y trabajo a los Tercios durante casi 150 años.

Los soldados de los Tercios, que solo representaban el 8% del total de los ejércitos españoles pero que se habían convertido en las unidades más eficaces y temidas por el enemigo, encontraron su razón de ser entre el barro del centro de Europa. La Guerra de los Ochenta Años, en la que España intentaba mantener a raya a las provincias holandesas que se habían rebelado, fue el escenario en el que los Tercios forjaron su leyenda a sangre y fuego y donde demostraron en tantísimas ocasiones que eran imbatibles. Tal papel jugaron en esta larguísima contienda que es muy normal referirse a estas unidades como ‘Tercios de Flandes’.

Lo primero que necesitaban los españoles era una forma de trasladar a sus tropas hasta las provincias sublevadas con cierta seguridad y, dado que el camino estaba cortado por Francia y la ruta marítima vigilada por Inglaterra, se tuvo que crear un corredor seguro que fuera desde Italia (bajo control español) hasta Flandes atravesando Europa de sur a norte durante algo más de mil accidentados kilómetros. A esta impresionante obra de ingeniería que estuvo funcionando durante más de un siglo se la conoce como el Camino español.

Con este problema logístico resuelto, los Tercios pudieron marchar por Europa para combatir con aquellos que se habían alejado de las leyes de su amado monarca y le habían desafiado. En 1522 derrotaron con suma facilidad a los temibles piqueros suizos en Bicoca y frustraron el intento de Francisco I de Francia de hacerse con el territorio italiano. Tres años más tarde, en 1525, acudieron en ayuda de Antonio de Leyva desde Alemania y rompieron el sitio que los franceses habían impuesto sobre la ciudad de Pavía, causando otra estrepitosa derrota a los ejércitos galos.

Las lanzas de Velázquez
'Las lanzas', de Diego de Velázquez. Imagen: Wikimedia Commons.

 

También combatieron (y vencieron) en Mühlberg, donde Carlos I venció definitivamente a la Liga de Esmalcalda; en San Quintín y Gravelinas y estuvieron presente durante la rendición de Breda, momento que quedó inmortalizado para la posteridad por el magistral pincel de Velázquez y su cuadro Las lanzas. También hay que destacar la irreductible defensa de los Tercios en Castelnuovo (actual Montenegro) en 1539, donde se negaron a rendirse aun cuando sabían que no contaban con refuerzos y casi todos murieron intentando evitar que la ciudad cayera en manos otomanas. Todavía más llamativa fue la batalla de Cagayán (Filipinas), donde una reducida guarnición de 40 veteranos españoles bajo el mando de Juan Pablo de Carrión derrotó a un ejército de piratas chinos y japoneses entre los que había varios guerreros samurái.

No debemos olvidar el llamado milagro de Empel, un relato fantasioso en el que los Tercios fueron salvados con ayuda de una intervención divina. En 1585, el Tercio liderado por Francisco de Bobadilla fue acorralado por las tropas flamencas del almirante Hollock, quienes decidieron abrir los diques de los ríos para inundar el campamento español y forzar a sus ocupantes a refugiarse en el monte de Empel. Se dice que, mientras un soldado cavaba una trinchera, se encontró con una imagen de la Inmaculada Concepción y todos comenzaron a rezarle pidiéndole un milagro que parecía imposible. Esa noche, un inusual viento gélido congeló las aguas del río Mosa y los españoles pudieron marchar sobre él, atacando por sorpresa al enemigo y derrotándolo. Desde ese día, la Inmaculada Concepción pasó a ser la patrona de los Tercios y se comenzó a decir que "Dios era español".

Milagro de Empel
El milagro de Empel. Imagen: Wikimedia Commons.

 

Rocroi y los últimos días de los Tercios

Al igual que ocurre en el mundo del espectáculo, la historia también está sometida a esa ley universal que dice que “todo lo que sube, debe bajar”. La guerra contra los Países Bajos, las constantes pullitas con Francia e Inglaterra y las cada vez mayores necesidades del Nuevo Mundo habían desangrado las arcas del imperio y la hegemonía española en el continente parecía tambalearse.

Debemos situarnos ahora en la Guerra de los Treinta Años, conflicto en el que las principales potencias europeas combatieron por motivos político-religiosos. En mayo de 1643, el portugués Francisco de Melo lanzó una expedición que buscaba sitiar y tomar la ciudad de Rocroi (en la frontera entre Francia y Bélgica), defendida por poco más de 500 hombres; pero estando ya allí se encontró con que Francia había enviado a un ejército comparable al atacante para ayudar a los suyos. Los españoles tuvieron entonces que responder al brusco cambio que había ocurrido en el tablero y plantarse ante un enemigo que ni esperaban ni estaban preparados para hacerle frente.

El primer punto de aquel sangriento partido fue para los españoles, cuyos aguerridos Tercios lograron frenar el embiste inicial de los franceses, causarles bajas y ponerlos en retirada. Muchos historiadores creen que, en ese momento, Francisco de Melo debería haber ordenado una acción ofensiva total con la que dar el golpe de gracia a los franceses pero no fue así. Por el contrario, los galos supieron recomponerse y volvieron a la carga, desatando los más cruentos males y peligros del infierno sobre aquel campo de batalla en Rocroi. La cosa acabó por descontrolarse, las distintas unidades actuaban de forma desordenada y el frente de batalla era caótico y demasiado extenso como para que los oficiales de ambos bandos pudieran dar órdenes específicas. Al final, los combatientes españoles se agruparon en un último y masivo grupo de picas en el que los Tercios ocupaban, como siempre, la primera fila.

El enfrentamiento final entre las fuerzas francesas y los españoles parecía decidido pero la fiereza con la que los soldados del país ibérico combatían hizo que la victoria fuese esquiva durante más tiempo del esperado. Primero a cañonazos y con las armas de fuego y luego, cuando estas se hubieron gastado, con el acero en la mano y la pica firme, los soldados de ambos ejércitos combatieron valientemente y a conciencia, dispuestos a derramar hasta la última gota de sangre. Cuando ya solo quedaba un grupo bastante reducido, y temiendo que aquella pérdida de tiempo permitiera a los españoles recibir refuerzos, el líder del ejército francés (el duque de Enghiem) ofreció una rendición digna y la libertad para quienes se rindieran y, aunque algunos lo hicieron, otros prefirieron jugársela una última vez y morir igual que habían vivido: por la espada.

Rocroi supuso una durísima derrota para los Tercios ya que en ella perdieron a gran parte de sus veteranos más experimentados, el núcleo duro de aquella legendaria unidad. Se dice, aunque nunca se ha podido demostrar, que cuando un oficial francés preguntó a uno de los supervivientes cuántos soldados españoles habían luchado aquel día este le respondió “Cuente los muertos”.

Son muchos los historiadores que, a lo largo de los años, se han referido a la derrota de Rocroi como el final de los Tercios pero esto no es del todo exacto ya que, por ejemplo, un año después los supervivientes de Rocroi y sus hermanos de armas derrotarían a los franceses en Tuttlingen. Lo que sí es cierto es que la pérdida de muchos de sus mejores soldados fue un varapalo para el cuerpo y la pérdida de influencia y poder del Imperio español resultaba cada vez más obvia.

Los tercios todavía tuvieron sus más y sus menos durante lo que les quedaba del siglo XVII y desaparecieron oficialmente el 28 de septiembre de 1704, cuando Felipe V (el primer rey Borbón) los transformó en un regimiento para fortalecer un modelo de mando centralizado similar al que había en Francia.

Tercios espñaoles
Imagen. Wikimedia Commons.
Daniel Delgado

Daniel Delgado

Periodista en construcción. Soy de los que puede mantener una conversación solo con frases de ‘Los Simpson’ y de los que recuerda sus viajes por lo que comió en ellos. Es raro no pillarme con un libro o un cómic en la mano. Valhalla or bust.

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