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Fernando VII el deseado, peor querido

Sus coetáneos compararon su reinado con el gobierno del “Gran Turco”, asemejándolo al sultán otomano en términos de despotismo y tiranía. Recientemente, los estudios históricos sobre su imagen, como la biografía escrita por Emilio La Parra, han revisitado críticamente su figura.

Fernando VII
Wikimedia Commons

Gozaba de gran apoyo entre la población en 1808 y 1814; le llamaban “el Deseado” en las sesiones de las Cortes de Cádiz, cuando fue aclamado como legítimo rey de España. Aún así, Fernando VII posiblemente sea uno de los monarcas españoles que peor imagen tenga. Los apelativos con los que se le ha conocido no fueron, y no son hoy en día, nada halagüeños, aunque muy descriptivos: “rey traidor” o “rey felón”. Sus coetáneos compararon su reinado con el gobierno del “Gran Turco”, asemejándolo al sultán otomano en términos de despotismo y tiranía. Recientemente, los estudios históricos sobre su imagen, como la biografía escrita por Emilio La Parra, han revisitado críticamente su figura, al igual que ha ocurrido con algunos de sus descendientes, como Isabel II o Alfonso XIII, han matizado muchos de los clichés que recaían sobre el personaje y le han situado, con mayor precisión, dentro de un contexto tan complejo (político, social, económico...) como lo fue la desintegración del Imperio español en el primer tercio del siglo XIX.

Un niño retraído

Nació el 14 de octubre de 1784 en el Palacio de El Escorial. Fue el noveno de los catorce hijos que tuvieron María Luisa de Parma y el que sería posteriormente Carlos IV. Sin embargo, el fallecimiento prematuro de su hermano mayor Carlos, hizo que pasase a ser el heredero en la línea de sucesión con un mes de vida. De sus trece hermanos, ocho murieron a una corta edad. Los biógrafos del personaje lo caracterizan como un niño retraído y callado. Su educación estuvo dirigida por diversos eclesiásticos, el primero de ellos, Felipe Scío, enseñó al príncipe a leer, a escribir y la gramática latina. A Scío le sucedió Francisco Javier Cabrera, canónigo de Badajoz. A esas alturas, la educación del príncipe ya estaba dirigida por Manuel Godoy, quien seleccionó a la mayoría de los profesores, incluido Cabrera, de su círculo de confianza, otorgando a la educación de príncipe un sesgo eminentemente religioso, pero encaminado al ideal educativo de los ilustrados españoles. Cuando el príncipe tenía diez años, Cabrera se opuso a que Fernando recibiese clases de francés hasta que no dominase con soltura el castellano y algo de latín, argumentando que “los españoles somos todos de tan diverso modo de pensar que los franceses”. Su último preceptor fue el también eclesiástico Juan Escóiquiz. En esta última fase de su etapa formativa se manifestó claramente la animadversión y enemistad entre Fernando y el favorito Godoy. En general, no parece que Fernando VII tuviese una especial propensión hacia la lectura o la actividad intelectual, ni durante su infancia ni tampoco durante su madurez.

En 1802, el príncipe Fernando contrajo matrimonio con su prima María Antonia de Nápoles. En esta época, comenzó a conspirar contra Godoy y contra María Luisa, su propia madre. Las ambiciones del joven Fernando eran máximas; el objetivo no solo era apartar a Godoy del poder, sino ocupar el trono, excluyendo a Carlos IV. En la Corte española surgió el llamado partido napolitano para oponerse a la preponderancia política de Godoy. Estaba formado por los príncipes de Asturias, diversos nobles de la Corte contrarios al favorito y, además, contaba con el apoyo de la reina de Nápoles, María Carolina, suegra de Fernando. El objetivo era debilitar la posición de Godoy aireando su relación con la reina María Luisa. Este plan sufrió una serie de reveses: Godoy logró expulsar de la Corte a varios de sus oponentes y al embajador de Nápoles, el reino de Nápoles fue ocupado por Francia en 1805 y, en 1806, murió la primera mujer de Fernando VII. Sin embargo, el príncipe continuó clandestinamente con sus actividades conspiratorias. El partido napolitano pasó a denominarse partido fernandino, ya que quedaba evidente que Fernando encabezaba a un nutrido grupo de nobles opositores de Godoy. La campaña de desprestigio contra Godoy y María Luisa se intensificó, presentándolos como depravados y lujuriosos. El primer intento serio de derrocar a Carlos IV y de anular políticamente a Godoy, con Napoleón Bonaparte como observador privilegiado, se produjo en 1807 en el complot de El Escorial. Sin embargo, el plan fue descubierto, el príncipe Fernando en el conocido como proceso de El Escorial denunció a sus colaboradores y pidió perdón a sus padres.

Víctima de su propia ambición

El siguiente episodio de su escalada al poder se produjo a raíz de la entrada en la península de las tropas francesas en 1808, fruto del Tratado de Fontainebleau. Godoy ordenó que la Corte pasara a Aranjuez ante un posible traslado de la familia real a América, por la evolución preocupante de la intervención francesa en la península. Los acontecimientos se sucedieron rápidamente y el pueblo, instado por los seguidores de Fernando, protagonizó el motín de Aranjuez, incluido el asalto al palacio de Godoy. Finalmente, el 19 de marzo, Carlos IV abdicó a favor de su hijo Fernando VII. Fernando en seguida regresó a Madrid, aclamado por las clases populares, y formó un Gobierno compuesto por sus partidarios. Sin embargo, la capital ya estaba bajo control del ejército francés al mando del general Murat.

Su primera etapa como rey de España solo duró de marzo a mayo de 1808. Fue víctima de su propia ambición, ya que aspiraba a que Bonaparte le reconociera como legítimo rey de España. Además, cayó en las redes de un plan elaborado por Napoleón para que la familia real española pasase a Francia; así es como Fernando acudió a Bayona. También lo harían su padre Carlos IV, su madre y Manuel Godoy. La coacción y los repetidos engaños de Napoleón, además de la propia torpeza de la familia real española, propiciaron la cesión de Carlos IV de sus derechos al trono español en favor de Napoleón y el reconocimiento de Fernando a su padre como rey legítimo, el 6 de mayo de 1808. Estos acontecimientos son conocidos como las abdicaciones de Bayona y acabarían con el hermano del emperador reinando en España como José I Bonaparte. Todo ello en paralelo al Levantamiento del Dos de Mayo y al inicio de la guerra de la Independencia en España frente al invasor francés.

Fernando permaneció en el “exilio” del castillo de Valençay durante seis años, hasta el final de la guerra de la Independencia (1808-1814). Allí vivía en una prisión de facto, no tenía libertad de movimientos, no podía salir y siempre esperó recibir infructuosamente las cantidades de dinero prometidas en las negociaciones que habían culminado en las abdicaciones de Bayona. Adulaba a Napoleón Bonaparte, intentando constantemente ser aceptado en la Corte de París. Fernando aspiraba a unir su destino a los Bonaparte, llegando a pedir al emperador que le buscase una esposa de su elección e, incluso, le pidió que lo declarase hijo adoptivo suyo. En España, en pleno desarrollo de la guerra, era “El Deseado” para sus súbditos. En las Cortes de Cádiz, donde se elaboró la primera constitución española sustentada en la idea de soberanía nacional, se le reconocía la plena legitimidad de su derecho al trono. En estas Cortes, de mayoría liberal, había un pequeño pero visible grupo de diputados absolutistas que se oponían a los principios de la Constitución de 1812 y a la obra legislativa gaditana, como se puede apreciar en el Manifiesto de los Persas. En la guerra, el bando patriota combatía contra los franceses, pero también combatía por el regreso de su rey, Fernando VII. Su condición de prisionero en Valençay, víctima de tiranía de Bonaparte, hizo acrecentar el mito de “El Deseado”. Al retomar el trono español en 1814, Fernando volvía a reinar con el aval de una adhesión popular indiscutida.

La derrota francesa en la guerra hizo que Napoleón devolviese a Fernando el trono de España a través del Tratado de Valençay. El Deseado entró en Madrid el 13 de mayo de 1814. Para los liberales, el monarca pasó enseguida de deseado a traidor (o felón), al anular la obra legislativa gaditana y reinstaurar el absolutismo en España, iniciando un período de persecución de importantes figuras de las Cortes de Cádiz vinculadas al liberalismo español. Asimismo, los acusados de colaborar con el régimen napoleónico, los llamados afrancesados, fueron duramente perseguidos. España entraba en una época oscura. El país estaba agotado por la guerra, además estaban agotados los recursos por la contienda y por las guerras de Independencia que estallaron en los dominios americanos. La posición geopolítica del país se debilitó más, si cabe. Aparte de todas estas dificultades, la primera restauración fernandina se caracterizó por una dura e implacable persecución de sus rivales políticos, algo que caracterizó todas sus etapas como monarca absoluto. Esta represión llevó al exilio en Europa y América tanto a liberales como a afrancesados.

Freno al liberalismo

En 1820, el levantamiento de Riego en las Cabezas de San Juan inició un movimiento sociopolítico que permitió un cambio de rumbo en el país. Los liberales alcanzaron nuevamente el poder iniciándose el Trienio Constitucional. Entre 1820 y 1823, se recuperó la Constitución de 1812 y la obra jurídica gaditana, y las Cortes desplegaron una actividad intensa, avanzando en la construcción del Estado liberal en España. En 1820, los liberales en ningún momento se plantearon prescindir de Fernando VII. Este se adaptó a la situación y juró la Constitución de Cádiz. Sin embargo, a lo largo del Trienio su comportamiento fue completamente desleal con los nuevos gobernantes, ante lo que consideraba una imposición contra sus legítimos derechos como monarca absoluto. Actuó de manera obstruccionista desde dentro del sistema para frenar el desarrollo del liberalismo en el país y alentó conspiraciones internas y en el exterior contra las autoridades liberales. Finalmente, la intervención francesa al mando del duque de Angulema acabó en 1823 con la segunda experiencia constitucional española. Poco antes, Fernando VII fue destituido como rey y sustituido por un Consejo de Regencia en pleno repliegue del Gobierno liberal desde Madrid a Sevilla y desde Sevilla a Cádiz, donde finalizó la experiencia del Trienio.

La segunda restauración fernandina y etapa final de su reinado se conoce como Ominosa Década (1823-1833). Nuevamente, Fernando VII rechazó la obra legislativa procedente de las Cortes de Cádiz y del Trienio. Se apoyó en la presencia de las tropas francesas, que permanecerían en España durante varios años. El absolutismo fue restaurado y los españoles nuevamente bascularon de ser incipientes ciudadanos a súbditos, por última vez. La represión contra los liberales fue brutal en todos los ámbitos: universidades, magistratura, instituciones de todo tipo, incluso hubo una “purificación” importante en la Corte para expulsar a los elementos sospechosos de simpatizar con el liberalismo. Una vez más, una parte considerable de la élite política e intelectual del país se vio abocada al exilio o a la cárcel. Por ejemplo, para seguir estudiando en las universidades españolas en 1824 hacía falta presentar informes de alcaldes o de párrocos que certificaran que el joven no había estado vinculado a las autoridades liberales, ni había pertenecido a la milicia voluntaria ni a “sociedades tenebrosas” (masonería). Sin embargo, en los últimos años de vida de Fernando VII se observa una tendencia reformista entre sus ministros, que rivalizaría con los partidarios del absolutismo inmovilista liderado por el hermano del rey, Carlos María Isidro. Algunos de los ministros reformistas elaboraron leyes, como la ley de provincialización, que comenzarían a preparar la transición hacia un liberalis mo moderado y neutralizador de la obra legislativa gaditana, que se concretó en un primer momento en el Estatuto Real (1834-1836), aunque esta transición nunca fue tranquila por los hechos que sobrevendrían en los años 30. En los últimos años de su vida, Fernando contrajo matrimonio por cuarta vez, casándose con su sobrina María Cristina de Borbón-Dos Sicilias. En sus matrimonios anteriores no había tenido descendencia. Sin embargo, en esta ocasión nacerían la infanta Isabel y la infanta María Luisa Fernanda. Poco antes de nacer la primogénita Isabel, el 31 de marzo de 1830, el monarca promulgó la Pragmática Sanción, lo que aseguraba los derechos al trono español del recién nacido, fuera niño o niña, y excluía al hermano del rey y líder de los absolutistas, Carlos María Isidro de Borbón.

Uno de los estados comunes en las biografías de Fernando VII es su habitual débil estado de salud. Fumador y con tendencia a la obesidad, tenía una dieta basada en la carne y el cocido. Padecía de macrosomía genital y los ataques de gota fueron constantes a lo largo de su vida. Los médicos de la Corte no acertaban con un tratamiento, ante lo cual acudió a un médico que había sido encarcelado por sus simpatías hacia el liberalismo, Pedro Castelló y Ginestá, natural de Guisona, en la provincia de Lérida. Castelló acertó –o fue afortunado– a la hora de tratar al enfermo, recomendándole una dieta basada en “asado y sopa”. A partir de ahí, floreció una amistad entre Fernando VII y Pedro Castelló, que se convirtió en primer médico de cámara del soberano. Aunque la gota persistiría en los años subsiguientes, plagando la vida cotidiana del rey hasta el final de sus días. Fernando VII falleció en Madrid el 29 de septiembre de 1833 a tan solo unos días de cumplir 49 años. Tras su muerte comenzó la regencia de María Cristina de Borbón, ya que su primogénita Isabel solo contaba con tres años, y además estalló la primera guerra Carlista.

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