En busca del ansiado estrecho

Magallanes estaba empeñado en que tenía que haber un estrecho que comunicara el océano Atlántico con el Pacífico. Y, finalmente, ¡lo encontró!

Réplica de la nao Victoria

El 10 de enero de 1520, arrastrados por los vientos de una galerna, Magallanes y sus naves llegaron hasta la gran desembocadura conocida como el Río de la Plata. Sus dimensiones le llevaron a pensar que este podía ser el ansiado estrecho y decidió investigarlo. Eligió la nave Santiago, en la que él mismo se subió. Durante dos días ascendieron su curso comprobando constantemente la profundidad de las aguas, pero era escasa –no más de tres brazas, insuficiente para las naves–, lo que demostraba que no se trataba de la confluencia entre mares que buscaba.

Cuando reemprendieron el rumbo sur, Magallanes lo hizo con extrema prudencia, para evitar no pasar de largo el estrecho. Por ello, la flota se detenía durante la noche. Sin embargo, ese punto geográfico imaginado por Magallanes se mostraba escurridizo: se hizo ilusiones cuando alcanzaron la boca del golfo de San Matías (al sur de Argentina) el 23 de febrero, pero pronto vio su error.

Mientras tanto, el clima empeoraba cada vez más. Estaban entrando en latitudes australes y el frío –se hallaban en pleno invierno subecuatorial– resultaba insufrible. Además, aquella zona padece constantes y fuertes tormentas. La tripulación estaba atemorizada y los oficiales castellanos, cada vez más convencidos de que aquel capitán portugués los arrastraba a una muerte segura.

Magallanes también se daba cuenta de que era imprescindible encontrar un estrecho, no ya solo por ser su misión, sino por abandonar aquella región de clima diabólico. Exploró varias zonas prometedoras, como la que llamaron Bahía de los Patos, nombre referido a lo que seguramente no eran “gansos” ni “ánades”, como quedó registrado, sino pingüinos, que por primera vez comieron. Pero el estrecho no apareció.

Ante el fracaso, cambió de plan. El 31 de marzo avistó un puerto suficientemente protegido como para pasar el invierno allí y esperar la llegada de la primavera, cuando podrían explorar con buena climatología. Lo bautizó como Puerto San Julián. Estaba a una latitud de 49º 20’. Allí volvió a dar otra de sus severas órdenes que encrespaban los ánimos: racionar la comida. Nadie lo entendió, pues en la Bahía de los Patos habían cazado pingüinos y también leones marinos, por lo que la despensa estaba a rebosar. El motín empezó a cuajar.

Al día siguiente, 1 de abril, era Domingo de Ramos, y se celebraba una solemne misa en la nave principal. El único capitán castellano que acudió fue Luis de Mendoza, quien después se negó a aceptar la invitación de Magallanes de acompañarlo en la comida. Ante el evidente desplante, este empezó a prepararse para la batalla: se entrevistó uno por uno con los tripulantes de su nao para garantizarse su fidelidad.Por la noche, los amotinados, liderados por Quesada y Cartagena, asaltaron la nave San Antonio, hicieron prisionero a su capitán, Mesquita, y mataron al maestre del barco, el vasco Juan Elorriaga. Por cierto, entre los amotinados se encontraba otro vasco, llamado a ser célebre: Juan Sebastián Elcano. La revuelta nocturna se extendió también a la Victoria y la Concepción. Los amotinados se veían tan triunfantes que no se aseguraron la fidelidad de la otra nao restante, la Santiago, un error fatal.

Magallanes sofoca la rebelión

Magallanes se enfrentó a la rebelión barco por barco. Primero envió una chalupa con fieles a la Victoria para exigir la rendición de Mendoza. Si no se rendía, el líder de la misión, el alguacil Gonzalo Gómez de Espinosa, tenía que matarlo. Mendoza se rió de sus exigencias, pero se encontró con la daga de Espinosa clavada en el cuello. Murió de inmediato y el barco no tardó en rendirse.

Para los de la San Antonio, tras rodearla con los demás barcos y negarse su líder Quesada a rendirse, Magallanes tramó un ardid: encargó secretamente a un marinero que cortase el ancla por la noche, de forma que la nao fue derivando hasta acercarse a los barcos que la bloqueaban. Entonces, Magallanes ordenó atacarla con balas de cañón y la abordó. Quesada fue detenido y juzgado. Magallanes ordenaría que lo ejecutase su propio sirviente, un terrible castigo destinado a ser ejemplarizante. Cartagena sería abandonado a su suerte.

El 24 de agosto dieron por acabada su hibernación y partieron de Puerto San Julián. Aprovecharon la primavera austral, aunque no estaba exenta de tormentas. Ya bien entrado octubre de 1520 y temiendo que se volviese a repetir la fatalidad, el día 18 de repente apareció una gran punta de tierra con un enorme banco de arena lleno de esqueletos de ballenas. Aquello señalaba que los cetáceos pasaban por allí; no en vano, era su ruta migratoria. Olas opuestas chocaban. Un aprendiz portugués narró así lo que sucedió: “Continuando por ese camino, encontraron agua profunda y salada y fuertes corrientes, por lo que parecía un estrecho y la embocadura de un gran golfo que podría estar descargando en él”.

El estrecho había dejado de ser una loca hipótesis en la cabeza del capitán portugués. Allí, en el fin del mundo, Magallanes y su tripulación estaban cruzando del Atlántico al Pacífico.

 

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