El arte de envenenar

El mundo renacentista fue tan bello como brutal. Asesinatos y conjuras estaban a la orden del día. Y el veneno se convirtió en el arma más sofisticada.

José Ángel Martos
Alquimista con sus pócimas

El interés por los venenos y por cómo contrarrestarlos se había despertado ya antes del Quattrocento y no estaba circunscrito a los magos, alquimistas o brujas. El primer libro de los venenos del que se tiene noticia lo escribió precisamente un italiano, Pietro d’Abano, que vivió entre 1250 y 1316 y fue profesor de Medicina en la Universidad de Padua. Se titulaba De remedis venenorum. Era una obra plenamente científica y muy detallada en la que clasificaba los venenos según su origen mineral, vegetal o animal. En ella se aclaraba que se puede uno envenenar no sólo consumiendo sustancias tóxicas, sino también a través del aire o la piel. El libro gozó de una enorme popularidad: se realizaron catorce ediciones, lo que da muestra del interés por la materia. A pesar de que su autor fuera profesor, la Iglesia no se fió y lo persiguió por mago.

En 1424, un monje, el maestro Santes de Ardoynis, escribió un libro de los venenos. En él se enumeraban los más habituales, con objeto de describir sus efectos y recomendar antídotos. Aparecían citadas plantas venenosas como el acónito, el eléboro, la raíz de mandrágora o la adormidera, y sustancias como la cantaridina (que se obtiene secando y pulverizando un insecto) o elementos químicos como el arsénico (conocido desde tiempos remotos y que se encuentra en muchos minerales). También el famoso médico y alquimista renacentista Paracelso se ocuparía de la materia, ya que su forma de estudiar el cuerpo humano y practicar la medicina estaba basada en la química.

La química se perfecciona

Al conocimiento científico se unía la actividad clandestina de un mundo en el que la magia, la alquimia y la brujería jugaban un papel bastante relevante. En estos ambientes circulaban las pociones mágicas. Muchas podían ser inofensivas, como los románticos “filtros de amor” que proporcionaban alcahuetas como La Celestina (una obra renacentista). Servían para desatar la pasión en los enamorados, tal y como queda reflejado en el texto de Fernando de Rojas.

Pero de ahí a preparar bebedizos letales había tan sólo un paso, y los expertos en estos conocimientos precursores de la química lo daban sin dudarlo, a voluntad de quienes les pagaran. Así que empezaron a surgir preparados cada vez más sofisticados.

La cumbre del arte de envenenar se logró por entonces con la cantarella, un veneno que se obtiene al mezclar el arsénico con vísceras de cerdo. Existen descripciones de su preparación, que resultan tan desagradables como debía de ser su ingestión para los desafortunados que involuntariamente la consumían: “Sacrificar un cerdo y de él sacar sus entrañas rociándolas con arsénico. Colocarlas en una vasija de cobre durante treinta lunas y treinta soles aguardando su total putrefacción. Sacar la masa putrefacta y recoger los líquidos. Desecar éstos para obtener una cristalización, una especie de polvo blanquecino parecido al azúcar. Guardarlos en una cajita de metal, preferiblemente oro”.

Más información sobre el tema en el artículo El arte de matar, escrito por José Ángel Martos. Aparece en el último monográfico de MUY HISTORIA, dedicado a Poder y lujuria en el Renacimiento.

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Etiquetas: Brujería, Renacimiento

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