Cuando Hernán Cortés encontró a Moctezuma

El encuentro entre el conquistador español y el monarca azteca se produjo el 8 de noviembre de 1519 y traería dramáticas consecuencias para ambos.

Cortés y Moctezuma

En noviembre de 1519, Hernán Cortés entró en la imponente ciudad azteca de Tenochtitlán entre vítores y honores. Sus barcos habían arribado velas en Veracruz esa misma primavera y Cortés inició un avance por territorio mexicano basado en el apoyo dado por tlaxcaltecas y totonatas, dos pueblos indígenas que se oponían al rey de los aztecas. Fue en esos días cuando unos emisarios procedentes de la capital del imperio fueron llevados ante Cortés con valiosísimos presentes y un nombre que lo cambiaría todo: Moctezuma.

El líder del Imperio azteca, Moctezuma II Xocoyotzin, había sido nombrado Tlatoani (gobernante) de los mexicas en 1502 por sus dotes administrativas, devoción religiosa y carácter guerrero. Había centrado sus esfuerzos en remodelar el sistema de tributos en el que se basaba el Imperio azteca y a sofocar intentos de rebelión contra su persona. Además, su reinado estuvo plagado de eventos extraños como sequías o eclipses que los aztecas consideraban presagios de catástrofes asociadas con el regreso del dios Quetzalcóatl, la serpiente emplumada.

Creyendo que Hernán Cortés era una reencarnación de esta deidad, Moctezuma intentó agasajarle con presentes y dirigirle hacia Cholula, una ciudad en la que serían tratados como reyes y se aseguraría de que no siguieran avanzando hacia Tenochtitlan, capital y residencia de Moctezuma. Su esfuerzo fue en balde, ya que Cortés y sus hombres llegaron al lago Texcoco y cruzaron las pasarelas que les conducirían hasta la ciudad. Se dice que los españoles quedaron fascinados por las construcciones y tesoros que allí se escondían y que ambos caudillos tuvieron un primer encuentro cordial que acabó con las tropas de Cortés instalándose en el Palacio Axayácatl.

El fin de las negociaciones

Los primeros problemas surgieron tras la muerte de siete españoles a manos de mexicas en Nautila. Cortés acusó a Moctezuma de hipócrita y le convirtió en su prisionero, le obligó a jurar lealtad a Carlos I e hizo que le entregara al cabecilla de los mexicas de Nautila. Mientras que Moctezuma mantenía una actitud sumisa hacia los conquistadores, el resto de la población azteca les veía como unos avaros que solo querían someterlos y apropiarse de sus riquezas. La situación se complicó todavía más cuando Cortés tuvo que marchar para enfrentarse a las tropas de Diego de Velázquez, gobernador de Cuba, que le había repudiado.

Durante su ausencia fue Pedro de Alvarado quien quedó al mando de la guarnición española en Tenochtitlan. Allí, temiendo un intento de rescatar a Moctezuma, provocó una masacre en el Templo Mayor de la ciudad en la que asesinó a nobles, caciques y líderes militares. La respuesta de los mexicas no se hizo esperar y los españoles se vieron obligados a encerrarse en el palacio al verse superados por las fuerzas de Cuauhtémoc. Al regreso de Cortés, este intentó calmar los ánimos liberando al hermano de Moctezuma, Cuitláhuac, quien acabó por unirse a los sublevados.

Acorralados y sin ninguna posibilidad de vencer, los españoles pidieron a Moctezuma que intercediera por ellos y calmara a su pueblo para que pudieran escapar. El Tlatoani subió a lo alto de su palacio y, a pesar de todo lo ocurrido, se mostró favorable a los españoles. La creencia más extendida es que esto hizo que su pueblo le considerara un traidor y comenzara a arrojarle piedras y flechas que acabarían por herirle y causar su muerte; pero otra teoría afirma que fueron los propios españoles quienes acabaron con él una vez ya no les fue útil.

Las relaciones entre Hernán Cortés y Moctezuma acabaron con la muerte del azteca en junio de 1520 y la llamada Noche Triste el 1 de julio de ese mismo año. El suceso fue un intento de escapar de los españoles, aprovechando la oscuridad de la noche, que terminó en la muerte de 600 españoles entre los muertos en combate y los que se hundieron en las aguas del lago arrastrados por el oro que su codicia cargaba.

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