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Conjuras y abdicaciones en el reinado de Carlos IV

La historia del exilio en la época moderna española encuentra en el reinado de Carlos IV (1788-1808) una situación única y anómala: un rey que se exilia y que no muere como rey. Esta realidad (que un rey tenga que dejar o abandonar su posición) puede parecernos una situación bastante más común si miramos las monarquías parlamentarias que emergieron con el constitucionalismo liberal del siglo XIX, que implica que los monarcas deben –teóricamente– cumplir con unos requisitos y funciones para ser reconocidos constitucionalmente como reyes. Ahora bien, en la edad moderna el escenario era diferente.

carlos IV
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Una mirada específica a la historia de la dinastía de los Borbones en el siglo XVIII incluso permitirá comprender que el exilio era una realidad asumida social y políticamente, pero que era ciertamente ajeno a los reyes. Así, al inicio de la instauración borbónica, antes de la llegada a Madrid de Felipe V, se resolvió el exilio de la reina, Mariana de Neoburgo, primero a Toledo y, posteriormente, a Bayona, así como de un pequeño círculo de los denominados austracistas. De igual forma, a lo largo de esta centuria constatamos el exilio de múltiples ministros y cortesanos: desde la princesa de los Ursinos a Alberoni, Macanaz, Ensenada, Olavide, Urquijo o el propio Escóiquiz, acusado de urdir la conjura de El Escorial. Veamos, entonces, algunos detalles singulares de la vida de Carlos IV que permitirán comprender su singularidad.

Nacimiento e imagen histórica

Nació en Nápoles el 11 de noviembre de 1748, cuando su padre, Carlos VII de Nápoles y futuro Carlos III de España, reinaba allí. Era el segundo hijo varón de Carlos III. Felipe (sexto hijo del monarca y primero de sexo masculino) estaba incapacitado intelectualmente para la función regia. Estamos, por tanto, ante un rey napolitano en el trono hispano. Este detalle es importante, dado que la ley sálica impuesta en 1713 impedía que los reyes hubieran nacido fuera de España. Así, al llegar su padre a España, en 1760, cuando había muerto sin descendencia su hermanastro Fernando VI, Carlos III procuró que su hijo fuese jurado como príncipe de Asturias. Su potencial sucesión se afianzó al contraer matrimonio, en 1765, con su prima María Luisa de Parma (hija de Felipe de Parma, hermano de Carlos III). Desde un año después de esta boda, María Luisa fue la única princesa o reina en España, dado que la esposa de Carlos III, María Amalia de Sajonia, había fallecido en 1760 y la reina madre, Isabel de Farnesio (ya de vuelta en la corte tras su ‘exilio’ en Valsaín durante el reinado de Fernando VI), fallecía en 1766. Esto puede ayudar a comprender cierta imagen que la historia y los rumores han transmitido sobre la primacía de la reina en la corte de Carlos IV.

Desde los sucesos de la conjura de El Escorial (octubre de 1807) y del motín de Aranjuez (marzo de 1808), el partido fernandino (grupos de simpatizantes del príncipe de Asturias, el futuro Fernando VII: nobleza tradicional, sectores eclesiásticos y algunos liberales) ayud ó a transmitir una imagen de indolencia de Carlos IV: un rey que no gobernaba; una esposa junto a su “amante”-ministro, Manuel Godoy... Afortunadamente, hoy sabemos que esta imagen estereotipada del comportamiento femenino fue común a todas las cortes europeas de finales del siglo XVIII (por ejemplo, Francia con María Antonieta o Nápoles con la hermana de María Antonieta, María Carolina). Personajes devenidos en reaccionarios, como madame de Genlis en Francia, expresaron durante el primer cuarto del siglo XIX su desprecio a cierta galantería cortesana muy común en años centrales del siglo XVIII. Igualmente, la naciente moral burguesa también se articuló en torno a una contraposición sobre ciertas formas sociales de la sociedad cortesana del Antiguo Régimen.

Esta imagen de Carlos IV tiene en su relación con sus ministros otro pilar: la figura de Godoy, quien pasó de ser un guardia de Corps a ser el principal ministro. Tras unos años de introducción en la Corte, en noviembre de 1792 Manuel Godoy sustituyó al conde de Aranda como secretario de Estado, ocupando el cargo hasta marzo de 1798. Hasta enero de 1801, Godoy no ocupó ningún cargo político, fue un cortesano, aunque siempre manteniendo una cercanía y confianza con los monarcas. Esto se explica por lo que algunos autores han denominado la gestión de la política afectiva del universo administritavo; esto es, las filiaciones afectivas que influyen (o determinan) las cercanías, preferencias y decisiones para ciertos puestos de confianza y que no tienen por qué estar mediadas por tramas carnales, como la rumorología quiere establecer. Ejemplos similares a estos son múltiples en la historia del siglo XVIII español, como pueda ser el caso de Grimaldo con Felipe V o el propio Carvajal con Fernando VI. Con todo, esta situación sin oficios políticos para Godoy se vio modificada en enero de 1801 cuando, en el contexto de la alianza hispanofrancesa para invadir Portugal, se lo nombra jefe de las tropas.

Comprender a Godoy como un ministro fuera de los dos grandes partidos cortesanos (vinculados a Floridablanca y al conde de Aranda) permite que veamos que Carlos IV también buscó gobernar por sí mismo, gestionando la conformación de sus gobiernos, aunque siempre debe recordarse que, para ese momento, ya se perfilaba una diferenciación entre el oficio de reinar y el oficio de gobernar de un Estado, estando el primero únicamente en posesión del monarca y siendo el segundo compartido por el monarca y los ministros. Así, tenemos que adentrarnos en algunos elementos centrales del reinado de Carlos IV para poder comprender más en profundidad su posterior exilio.


Carlos IV y la Revolución Francesa

El 14 de diciembre de 1788, Carlos III moría en Madrid. Tras ser proclamado rey, la primera medida de Carlos IV fue la convocatoria de Cortes para que jurasen al nuevo príncipe de Asturias (el futuro Fernando VII, que había nacido en 1784). Ya en 1789, dichas Cortes, presididas por Pedro Rodríguez de Campomanes, fueron reunidas a puerta cerrada, aprobándose también la supresión de la ley sálica. No obstante, como no se publicaron las resoluciones de las Cortes, esto pudo haber generado cierta confusión que habría sido aprovechada años más tarde por Carlos María Isidro, hermano de Fernando VII, para no reconocer a su sobrina Isabel.

Un reinado que estaba llamado a ser, a tenor de las loas de la proclamación de Carlos IV, continuador y culminador del reinado de su padre, rápidamente se vio condicionado por un acontecimiento externo a la propia monarquía, pero que iba a ser decisivo para la historia europea: la Revolución francesa. Desde fechas tempranas, el temor al contagio revolucionario, así como la preocupación por las acciones contra la familia real gala (los primos Borbones de Francia), supusieron un aluvión de reacciones, informes, documentos y medidas punitivas contra los franceses y lo francés a los dos lados del Atlántico. En la península, Floridablanca presentaba y leía ante Carlos IV y su Consejo todo lo que sucedía en Francia hasta 1792. En toda América se iniciaron procesos contra los ‘conspiraciones revolucionarios’, un nombre genérico que englobaba a todo lo que fuese susceptible de ser un rumor de algo que contravenía el orden establecido. En 1795, en Buenos Aires, se abrió un amplio proceso policial para reprimir, antes de que se iniciara, una sublevación de franceses y de esclavos. Estos procesos, incluso, fueron promovidos por la correspondencia entre los gobernantes y diplomáticos americanos, como era el caso, en noviembre de 1795, entre el embajador español en Estados Unidos, que vía Filadelfia enviaba advertencias al virreinato del Río de la Plata, sobre supuestas conspiraciones y, también, ataques británicos por la posible paz con Francia.

En 1796, la realidad geopolítica y estratégica de la monarquía primaba sobre los posibles intereses dinásticos y se firmaba el tratado de San Ildefonso, que establecía una unión y alianza militar entre Francia y España, con la consiguiente enemistad con Inglaterra. La conformación del Consulado en Francia (1799) supuso una nueva política internacional más agresiva que conllevó el Tratado de Badajoz para posibilitar la invasión de Portugal (y el nombramiento, como se comentó, de Godoy como jefe militar), dado que no respetaba el bloqueo internacional que Francia había impuesto a Inglaterra. Es también en este contexto que debemos comprender el desastre, por la aniquilación de la flota española en la batalla de Trafalgar (21 de octubre de 1805). Así, en 1807 Napoleón decidió invadir Portugal, por lo que el Carlos IV firmó el Tratado de Fontainebleau (27 de octubre de 1807, justo en el contexto del motín de Aranjuez), que permitía la introducción en España de tropas franceses para poder ir a Portugal. Tras su entrada en España, dichas tropas no se marcharon hasta su derrota en la guerra de Independencia.

Durante todos estos años, Carlos IV se valió de diferentes ministros (primero, Floridablanca, Aranda, Godoy e, incluso, el llamado “gabinete ilustrado” de Urquijo y Jovellanos, acusado de jansenista). Estos gobiernos acrecentaron definitivamente la figura del secretario de Estado frente al poder de los consejos, por lo que la nobleza desplazada fue integrando el partido fernandino y el cuarto del príncipe para promover conspiraciones cortesanas, en una táctica habitual en el siglo XVIII español (ya había pasado en 1731 con el príncipe Fernando o en 1781 con el propio Carlos IV siendo príncipe). Igualmente, hechos como las desamortizaciones decretadas en 1798 fueron mal vistas por las órdenes religiosas y ciertos eclesiásticos, quienes también acusaron a Godoy de instigar estas políticas. En 1808, la gran mayoría de los sectores eclesiásticos se alinearon con Fernando VII. Ahora bien, ¿qué pasó entre octubre de 1807 y marzo de 1808 que desencadenó el exilio de Carlos IV?

La Conjura y EL Motín

Durante el primer matrimonio de Fernando VII (de 1802 a 1806, estuvo casado con María Antonia de Nápoles), la actividad política en el cuarto del príncipe se intensificó, preocupando a Carlos IV y María Luisa de Parma. A finales de octubre de 1807, Carlos IV recibía una nota anónima indicándole que en el cuarto del príncipe se estaba urdiendo una conspiración en su contra que, además, podía atentar contra su vida. Movido por esta información, el rey ordenó revisar los papeles de su hijo, entre los que encontró algunos comprometedores para el propio príncipe y su partido. Así, el 30 de noviembre de 1807, Carlos IV acusó formalmente a su heredero de conspirar contra su vida.

El revuelo en la Corte estaba garantizado. Los procesamientos contra los instigadores fueron sumarios. Personajes como Juan Escóiquiz, clérigo encargado de la formación de Fernando VII, fue exiliado a pesar de que el Consejo de Castilla lo absolvió de los cargos, lo que pone en evidencia la falta de control que el propio rey tenía, en esa fecha, de una institución como el propio Consejo. El 5 de noviembre, Carlos IV perdonaba públicamente a su hijo, no sin antes publicar las humillantes cartas en las que este reconocía su culpa.

Las denuncias de Carlos IV pueden ser leídas como un último momento de fortalecimiento del rey. Sin embargo, también sirvieron para acentuar la imagen de mártir de su hijo, dado que la propaganda y la sátira política culpó a Godoy de estar detrás de la conjura: el ministro habría conspirado para desacreditar al príncipe Fernando y ser el nuevo heredero, dado que estaba casado con una sobrina de Carlos III (María Teresa de Borbón, hija del infante don Luis). Así, este suceso sirvió para socavar todavía más la mala imagen de Godoy y posibilitar los sucesos de marzo de 1808.

Estando la Corte en Aranjuez, en marzo de 1808, comenzó a circular el rumor (y temor) de que los reyes habían tenido que escapar a América (como habían tenido que hacer los reyes de Portugal). Este rumor no se presentaba como una salvación fáctica de la familia real, sino como un nuevo intento de Godoy por alejar a los reyes del pueblo. Con este contexto, solamente había que dar la orden para iniciar el linchamiento a Godoy. El 17 de marzo de 1808, el conde de Montijo dio la orden a la población de tomar la casa de Godoy. Tras tres días de disturbios, Carlos IV cesó a Godoy y, el 19 de marzo, abdicó en Fernando VII.

Unos días más tarde, Carlos IV se retractó de su abdicación, indicando que esta había sido forzada. En opinión de algunos ilustres contemporáneos como Alcalá Galiano, el pueblo habría recibido con júbilo a Fernando VII, aunque los franceses no lo habrían reconocido: el conflicto de fuerzas, por lo tanto, estaba garantizado. Fue en este contexto que Napoleón quiso mediar entre Carlos IV y Fernando VII (padre e hijo) reuniéndolos en Bayona.

Abdicaciones de Bayona y el exilio

E ntre el 5 y el 10 de mayo de 1808 (una vez que ya se habían producido los levantamientos del pueblo madrileño de principios de mayo), Fernando VII, Carlos IV (junto a María Luisa de Parma y Godoy) y Napoleón se reunieron en Bayona. En dicha reunión, el emperador francés consiguió (forzó acorde a otras visiones) que Fernando VII abdicara en su propio padre Carlos IV. Amenazando, acorde a ciertas interpretaciones de la reunión, con la represión al pueblo español, Napoleón obtuvo que Carlos IV abdicara en él y, entonces, a sí pudo otorgar la corona de España a su hermano, José I, popular y despectivamente conocido como “Pepe Botella”.

Tras las abdicaciones de Bayona, Fernando VII fue recluido en el castillo de Valençay y Carlos IV (y su Corte con Godoy, se estima que compuesta por más de 200 personas) inició el camino del exilio. El 10 de mayo, Carlos IV partió de Bayona hacia el palacio de Compiègne, en la Picard ía francesa, que era el lugar escogido por Napoleón para su residencia. Sin embargo, finalmente fueron acogidos en Fontainebleau, cerca de París, dado que era un mejor lugar para una comitiva como la de Carlos IV.

El período en Fontainebleau no fue demasiado extenso por dos motivos: Carlos IV solicitó, por motivos de salud, residir en el sur de Francia y, por otro lado, Napoleón no se mostraba agradado de tener un rey Borbón cerca de París. Así, el emperador decidió que Carlos IV y su corte se desplazara a Aix-en-Provence. La lejanía de la Corte del emperador supuso el inicio de los problemas para Carlos IV, dado que dejó de recibir ayuda de Napoleón. Establecido finalmente en Marsella, Carlos fue visto por los realistas franceses como un posible candidato para la restauración monárquica en el pa ís galo. Esta situación terminó de disgustar a Napoleón, quien ordenó que Carlos IV (y su Corte) se trasladaran a Italia, estableciéndose finalmente en la ciudad de Roma.

En 1814, la caída de Napoleón y la restauración de Fernando VII supusieron algunos cambios en el exilio italiano de Carlos IV. Fernando VII temía las reivindicaciones al trono de su padre y, sobre todo, quería vengarse de Godoy, por lo que consiguió que el pont ífice Pío VII lo expulsara Roma. Con todo, en 1815, padre e hijo acercaron posturas, por lo que Carlos IV renunció a sus derechos al trono y, a cambio, recibió una pensión para vivir dignamente. Igualmente, consiguió que Godoy pudiera volver a residir a Roma. Finalmente, el 19 de enero de 1819, tras aceptar una invitación para visitarlo de su hermano, el rey Fernando IV de Nápoles, Carlos IV falleció en dicha ciudad, 17 días después de que su esposa hubiera muerto, también, en Roma.

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