En colaboración con Acción Cultural Española/Museo del Prado.

Analizamos algunas de las obras más importantes del Museo del Prado

Curiosidades y detalles que guardan algunos de los cuadros más conocidos de autores como el Bosco o Murillo.

El Museo del Prado, en Madrid, es una de las instituciones pictóricas más reconocidas del mundo. Posee la colección de arte español más grande del planeta y en sus salas se pueden encontrar obras consideradas como piezas clave de los distintos movimientos artísticos y culturales de Europa. Constituido como el Real Museo de Pinturas y Esculturas en 1819 por Fernando VII y su esposa María Isabel de Braganza, el museo fue enriqueciendo su colección hasta convertirse en el hogar de obras pintadas por Velázquez, Berruguete, Goya, Murillo, el Greco o Rubens entre muchos otros.

Aunque la pinacoteca española por excelencia tiene expuestos al público 1.150 cuadros (más exposiciones temporales, esculturas y otros), su fondo pictórico alcanza las 8.000 pinturas y supera los 27.000 objetos artísticos si además se cuentan dibujos, grabados, matrices de estampación, esculturas, piezas de artes decorativos, armas y armaduras, medallas, monedas, fotografías, libros y mapas. Como estas cifras pueden resultar ciertamente abrumadoras, vamos a empezar analizando algunas de las obras más míticas del Museo del Prado, para abrir boca y dar los primeros pasos por el paseo cultural que supone visitar este lugar de culto al arte.

 

El jardín de las delicias (1490-1500)

 

Se trata de una de las obras más conocidas y enigmáticas del Bosco, realizada en la década del 1490. El tríptico, una estructura de madera que cuenta con una pieza central y dos laterales unidas con bisagras y que actúan como puertas, está hecho de madera de roble y en él el autor utilizó dos técnicas distintas: para la parte exterior de las piezas laterales (lo que se ve cuando el tríptico está cerrado) el Bosco empleó la técnica de la grisalla, en la que la pintura es monocromática y se asemeja a un relieve escultórico y para el interior pintó un óleo directamente sobre la tabla de madera.

En la parte exterior, la realizada empleando la grisalla, encontramos una representación del mundo en el momento en que Dios separó la tierra del mar durante el tercer día de la creación. En la parte superior se puede ver a Dios Padre como Creador y un salmo en latín que se traduce como “Él mismo lo dijo y todo fue hecho; Él mismo lo ordenó y todo fue creado”. La Tierra es representada en el interior de una esfera con la cúpula celeste por encima de la superficie y oscuridad por debajo. La esfera flota en medio de una nada oscura que contrasta enormemente con el colorido que el Bosco empleó para el interior del tríptico.

Una vez abrimos la pieza encontramos representados el paraíso a la izquierda, el mundo terrenal en el centro y el infierno a la derecha.

En la parte inferior del paraíso tenemos a Dios, con rasgos similares a los clásicamente atribuidos a Jesucristo, llevando a Eva de la muñeca y entregándosela a Adán. La primera idea del Bosco fue dibujar la creación de Eva a partir de una costilla de Adán pero acabó por cambiar el planteamiento. Alrededor de ellos, se pueden ver decenas de animales y criaturas mágicas y mitológicas, algunas fácilmente reconocibles como los unicornios y otras que bien podrían haber sido invención del autor. Llama la atención que algunas de estas criaturas podrían hacer pensar en los eslabones de la teoría evolutiva que se plantearía siglos después. El paisaje se remata con una estructura arquitectónica fantasiosa en el centro de la pintura.

En la pieza central, que es la de mayor tamaño, el Bosco presenta una escena de lujuria y desenfreno en el plano terrenal (el jardín de las delicias). La imagen idílica conseguida en la parte izquierda queda totalmente rota debido a la gran cantidad de personas, criaturas y objetos de formas extrañas y tamaños desmedidos que pueblan el lugar. Todas las personas se encuentran desnudas y realizando diversos actos sexuales, algunos de ellos considerados antinaturales en la época, que convierten al pecado en el gran tema central del tríptico y centrándose sobre todo en aquellos relacionados con las pasiones carnales. Estructuras similares a la vista en el lado izquierdo siguen presentes pero presentan grandes grietas y en la esquina inferior izquierda se puede ver a la única pareja vestida, que se suele asociar con Adán y Eva.

Por último, a la derecha se representa una escena mucho más tétrica y oscura. Si en el centro todo giraba en torno a los pecados de la carne, en el infierno dibujado por el Bosco es un lugar de castigo y purgatorio para todos los pecados capitales (lujuria, envidia, gula, pereza, avaricia, soberbia e ira). De esta tercera parte del tríptico se destaca el hecho de que muchas de las figuras y formas planteadas por el Bosco poseen un importantísimo elemento onírico que parece más propio del surrealismo. Especialmente llamativo es el cerdo vestido como una monja que se abraza a un hombre desnudo en la esquina inferior derecha.

Aunque la obra no va firmada, la autoría del Bosco fue fácilmente identificable para los expertos y así se le reconoció desde un principio. Lo que si supuso mayor debate fue la fecha en que se realizó el tríptico, pero un estudio dendrocronológico determinó la edad de la madera empleada como soporte y confirmó que se hizo en la última década del siglo XV.

 

El triunfo de la muerte (1562-1563)

 

Pintado entre 1562 y 1563 por el autor brabanzón (de Brabante, en la actual Bélgica) Pieter Bruegel el Viejo plasmó en El triunfo de la muerte una de las temáticas y ambientaciones más recurrentes de la cultura y el arte en el medievo, especialmente en el norte de Europa. El impresionante óleo sobre tabla muestra cómo un ejército de esqueletos ha arrasado con la vida sobre la Tierra y se dedica a llevar a los seres humanos hacia un enorme ataúd.

Los tonos rojizos y pardos empleados por el artista otorgan al cuadro una sensación de devastación y decadencia perfecta para la escena representada. Desde el tono de la tierra, pasando por el oscuro cielo y hasta el caballo rojo que monta la mismísima muerte en el centro del cuadro mientras blande una guadaña, Bruegel consiguió dar forma a una imagen sobrecogedora a través del empleo de esta paleta de colores.

Como haría Jorge Manrique en Coplas a la muerte de su padre, Bruegel incluye en su obra a todas las clases sociales y distintos estamentos del sistema feudal, sucumbiendo por igual ante la imparable fuerza de los muertos. En primer plano, la mayor parte de personas que encontramos visten ropas sencillas, aunque se destacan algunos religiosos con hábito, nobles de ropajes más elegantes y detallados o incluso un rey caído al que un esqueleto le muestra el tiempo que le queda mientras otro le quita todas sus riquezas. Aunque se representa a algunas personas luchando y defendiéndose (sobre todo en el combate que parece estar a punto de librarse en un segundo plano), los ejércitos de esqueletos se pintan tan numerosos que bien podrían interpretarse como una marea imparable que acabará por barrer con todo.

Un detalle que vale la pena destacar es que, si bien todas las personas representadas en la obra parecen ser conscientes de la presencia de la muerte y su próximo final, en la esquina inferior derecha hay una joven pareja absorta en su amor. Ajenos a lo que ocurre a su alrededor, el muchacho toca un laúd mientras su compañera parece sujetar un libro de poesía y justo detrás, un esqueleto les acompaña con un pálido violín. Tal vez Bruegel pretendiera, con esta pareja, resaltar la importancia y el valor de la juventud y el amor frente a la destructiva muerte.

 

El caballero de la mano en el pecho (1580)

 

Este retrato de un noble caballero español de la segunda mitad del siglo XVI ha pasado a ser uno de los más conocidos de Doménikos Theotokópoulos, el Greco. Pintado alrededor del 1580, el cuadro pertenecía a la colección privada del duque de Arco, cuya viuda donó a las Colecciones Reales y que fue uno de los primeros cuadros del Greco en estar expuestos en el Museo del Prado. Esta obra es considerada por muchos expertos como uno de los mejores ejemplos de la retratística en tiempos de los Austrias y en el Renacimiento, caracterizada por las composiciones sencillas, representadas de frente y con un fondo neutro y oscuro que hacía resaltar al retratado debido a la intensa iluminación que se utilizaba.

A primera vista, el retrato es sencillo. El hombre, de unos treinta años, se nos presenta vestido con la moda típica de la época (jubón de seda negra, gorguera estrecha de color blanco elevada para enmarcar la cabeza, medallón de oro semioculto y una espada ropera ceñida al cinto), con gesto adusto y sereno y la mano derecha abierta situada sobre el corazón en lo que podría ser un gesto de cortesía y respeto o parte de un juramento. Aunque queda fuera del plano que se muestra, la leve inclinación en el brazo izquierdo parece indicar que el caballero estaba sujetando la espada enfundada con su otra mano. El conjunto de todos estos elementos y el paso del tiempo ha haga de este personaje un referente de la hidalguía castellana, convirtiéndole en un hombre de honor, de profunda fe cristiana, altivo y sobrio.

Uno de los aspectos más controvertidos de este cuadro es la identidad del noble retratado. Algunas de las posibilidades más sonadas son el escritor Miguel de Cervantes o Antonio Pérez, secretario del rey Felipe II. También se ha planteado que podría tratarse de un autorretraro, pero parece que los expertos optan por Juan de Silva y Ribera, tercer marqués de Montemayor, como la opción correcta más probable. El noble fue contemporáneo del Greco y, además, Felipe II le nombró alcaide del Alcázar de Toledo y notario mayor del reino, por lo que se podría entender la presencia de la mano derecha sobre el corazón (un gesto poco habitual en los retratos de la época) como una señal de su cargo.

 

Sagrada Familia del pajarito (1650)

 

Aunque se desconoce el año exacto en que Bartolomé Esteban Murillo pintó este óleo sobre lienzo, se estima en torno al 1650. Como su propio nombre indica, la obra gira en torno a la sagrada familia (Jesús, María y José) y recibe este título debido al pequeño pájaro que el niño tiene en la mano y muestra, divertido, a su perro. El rasgo más característico de esta obra, debido al momento en que fue pintada, es la humanización que se hace de la familia, alejándola de cualquier referencia sagrada.

Actualmente es una de las obras más conocidas de Murillo, pero en su momento se trataba de un trabajo de sus primeros momentos como artista, cuando el autor daba grandísima importancia a los detalles y combinaba la temática y escenas religiosas con formas realistas y elementos propios de la pintura realista y del Barroco; también se puede apreciar la influencia de otros artistas como Velázquez, Caravaggio o Zurbarán. Murillo otorga al cuadro un elemento de cotidianidad muy importante, mostrando a la sagrada familia en un contexto cercano y doméstico que rompe con el distanciamiento divino al que se tendía. También es interesante destacar cómo las nuevas perspectivas de la fe católica que se habían extendido durante el Barroco influyeron en la representación que haría Murillo.

Si bien es cierto que la figura principal, tanto por su posición en el centro del cuadro como por la iluminación que se le ha dado, es la del pequeño Jesucristo el que más llama la atención es José. Después de haber sido considerado un personaje secundario en la vida y educación de Jesús durante años (el Bosco incluso lo dibujó en un lateral en su tríptico La adoración de los magos), la Contrarreforma empezó a darle más importancia y Murillo representó al carpintero como un padre idealizado que encarnaba valores como la generosidad o la abnegación. María, tradicionalmente representada con más protagonismo, queda relegada a un segundo plano de observadora de la escena.

Como ya se ha comentado, tanto las herramientas de carpintería de José como la ropa y el pequeño telar de María o el entretenido juego de Jesús pretenden alejar la escena de la imagen divina típica y darle un tono casi costumbrista a una escena cotidiana.

Daniel Delgado

Daniel Delgado

Periodista en construcción. Soy de los que puede mantener una conversación solo con frases de ‘Los Simpson’ y de los que recuerda sus viajes por lo que comió en ellos. Es raro no pillarme con un libro o un cómic en la mano. Valhalla or bust.

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