Viriato, el pastor que frenó la conquista romana de Hispania

Este pastor lusitano organizó una lucha armada contra los romanos que les tuvo en jaque durante siete largos años, cuando fue asesinado por sus lugartenientes

En el siglo III antes de Cristo, queriendo entorpecer la soberanía de Cartago y reforzando sus pretensiones como amo y señor del Mediterráneo, Roma posó sus ojos en ese lugar que acercaba Europa a África al que llamaron Hispania (tierra de conejos). Aquella tierra peninsular rica en pastos y metales ofrecía a Roma una fuente inagotable de suministros y riquezas y el orgullo de poder decir que su influencia llegaba hasta lo que entonces era el final del mundo conocido. En el 218 a.C., las legiones del águila desembarcaron en Ampurias y comenzaron la conquista, pero hubo un problema con el que no contaban: la fiera resistencia de los pueblos peninsulares.

De entre todos ellos los guerreros que se alzaron en armas contra el invasor, hubo un nombre que ha trascendido hasta nuestros días. Viriato.

 

El pastor

No se sabe a ciencia cierta dónde nació Viriato ni si este era su verdadero nombre. España y Portugal llevan siglos reclamando y exaltando la figura de Viriato como la de un héroe nacional propio cuando su legado pertenece a ambos países. Algunos historiadores apuestan por el Monte Herminius (Sierra de la Estrella, en Portugal) mientras que otros afirman que fue turolense, pero ambas suposiciones son inciertas. Dado que en la época no existían ni España ni Portugal, lo correcto es referirse a él como a un lusitano (pueblos que habitaban Lusitania, al suroeste de la península) o, en todo caso, un hispano. En cuanto a su nombre, Viriato parece proceder del vocablo ibérico viria que es como denominaban a los brazaletes o pulseras de oro y plata que estos pueblos vestían como símbolo de estatus social. Viriato, pues, significaría ‘portador de brazaletes’.

Los cronistas antiguos apuntan a un origen humilde para el lusitano, ya que se desconoce la identidad del padre o su pertenencia a algún linaje relevante. Viriato pasó su juventud como pastor, lo que le proporcionó un amplio conocimiento de la geografía de la región que le sería muy útil en el futuro. Las duras condiciones de aquella vida de cabrero le llevaron a unirse a las bandas de saqueadores que descendían de las montañas para hacer incursiones en la región de Bética (bajo control romano). El historiador Diodoro Sículo cuenta que en esta época, tal vez por la riqueza o la fama adquirida durante sus expediciones en el sur, Viriato se casó con la hija de Astolpas, un lusitano muy rico. Se dice también que, durante la boda, Viriato rechazó seguir las tradiciones y rituales propios para tal ocasión, tal vez queriendo destacar así su carácter indómito.

Pero la paz duró poco. En el año 151 a.C. el pretor Servio Sulpicio Galba, gobernador de la provincia Ulterior, quiso castigar a los lusitanos por los asaltos que llevaban a cabo en su territorio y mandó a un contingente de tropas contra ellos. La jugada le salió mal, ya que su inexperiencia en combate y las tácticas de guerrilla utilizadas por los lusitanos (‘bellum latrocinium’ o ‘guerra de bandidos) lo condujeron a la derrota. Ansioso por vengarse, al año siguiente Galba propuso acordar la paz con los lusitanos entregándoles nuevas tierras cultivables si cesaban los ataques desde las montañas. Los lusitanos acudieron al lugar desarmados, como se había acordado, y fue entonces cuando Galba lanzó a sus legiones contra ellos y los masacró. Parece ser que Viriato estuvo allí y fue uno de los pocos que logró salir con vida.

 

El rebelde

La traición de Galba y la masacre de los lusitanos son consideradas las piezas clave que llevaron a Viriato a emprender la resistencia armada contra Roma. Valiéndose de su conocimiento del terreno y los refugios de montaña de su época como cabrero y salteador y utilizando las técnicas de emboscadas y ataques rápidos propias de lusitanos y celtíberos, Viriato consiguió reunir a un considerable número de guerreros dispuestos a luchar para expulsar a los invasores de sus tierras.

Obviamente, los rebeldes estaban en inferioridad numérica y contaban con un armamento mucho peor que el de los legionarios profesionales. El equipo habitual de un lusitano estaba compuesto por una túnica de lana cubierta por protecciones ligeras de cuero curtido (peto y grebas, con suerte), un casco también de cuero decorado con crines, un pequeño escudo, una espada y una lanza de hierro. Consciente de todo lo que tenían en contra, Viriato añadió un elemento ofensivo a la bellum latrocinium con el fin de debilitar al enemigo a través de pequeños ataques y asaltos a sus líneas de suministros. No podían derrotar al enemigo en campo abierto, pero tal vez pudiesen causarle tal daño que tuviera que marcharse de aquellas tierras.

Para sorpresa de Roma, las bandas de rebeldes lusitanos resultaron ser mucho más difíciles de someter de lo que esperaban. En el año 147 a.C., el pretor Cayo Vetilio consiguió cercarlos en Turdetania y les ofreció una salida pacífica si entregaban las armas. Viriato se mostró en contra con tal fervor que convenció a los demás cabecillas de bandas y estos decidieron nombrarlo su líder. Poco después, utilizarían una maniobra de distracción para confundir a los romanos, romper el cerco y escapar hasta un lugar seguro donde reagruparse. Viriato cargó con un millar de jinetes contra el cerco romano mientras los demás escapaban en todas direcciones, haciendo imposible atraparlos a todos. Poco tiempo después, Vetilio sería hecho prisionero y ejecutado por los hombres de Viriato.

Esta victoria no fue sino la primera de muchas que acumuló el lusitano. Sus tropas no solo mantenían a raya a los romanos, sino que además se adentraban en territorio enemigo y lograban conquistarlo. Desde su campamento base en Mons Veneris (Sierra de San Vicente), Viriato lanzó una serie de campañas ofensivas con las que, para el año 145 a.C., logró hacerse con toda la Hispania Ulterior y gran parte del sur de la Citerior. Llegó incluso a robar los estandartes del pretor Claudio Unimano, algo que para los romanos suponía una deshonra mayor incluso que la propia derrota.No importaba contra qué pretor combatiese (Plautio Hipseo, Claudio Unimano, Cayo Nigidio), el lusitano parecía invencible.

Viriato
Estatua de Viriato. Imagen: iStock Photo.

 

Sin embargo, su lucha perdió fuelle en el año 145 a.C. Roma envió al cónsul Fabio Máximo Emiliano para acabar de una vez por todas con el lusitano y lo cierto es que fue el que más cerca estuvo. Emiliano planteó una estrategia mucho más prudente y sosegada que sus antecesores, midiendo muy bien las batallas en las que luchaba e incluso tomando prestados elementos de las tácticas hispanas para sus propias tropas. Aun cuando había sumado a los celtíberos a su causa, Viriato sufrió una derrota considerable en el 144 a.C. que le obligó a abandonar el valle del Betis (río Guadalquivir). Es posible que, con algo más de tiempo, Fabio Máximo Emiliano hubiera acabado con Viriato en el campo de batalla pero su tiempo con cónsul pasó y tuvo que marcharse de la península, siendo sustituido por Fabio Masimo Serviliano, con quien parece que el lusitano intentó llegar a algún tipo de acuerdo que asegurara la paz y su estatus como rey de Lusitania.

Después de Serviliano llegó el turno de Servilio Cepión, que intensificó las hostilidades contra Viriato y le hizo replegarse hasta Lusitania. A pesar de estos éxitos iniciales, Cepión se encontró con una feroz resistencia en Lusitania que prometía prolongar el conflicto y desgastar su mandato, por lo que propuso a Viriato entablar conversaciones y llegar a algún acuerdo. El líder lusitano mandó a tres de sus hombres de confianza (Audaz, Ditalcon y Minuro) pero, en vez de negociar con ellos, Cepión les prometió toda clase de riquezas si cumplían una sencilla misión para él: matar a Viriato.

El cabrero convertido en guerrero que unió a su pueblo para luchar por una causa común y mantuvo en jaque a la todopoderosa Roma durante siete largos años murió apuñalado mientras dormía en el año 139 antes de Cristo.

 

El héroe

Los documentos de la época nos dicen que Viriato tuvo un funeral digno de un auténtico rey. Acudieron decenas de miles de personas entre los miembros de sus ejércitos y los compatriotas que quisieron mostrarle sus respetos. Su cuerpo, ataviado con armas y armadura de gran valor y rodeado por toda clase de ofrendas, se colocó sobre una gran pira que ardió mientras soldados a pie y a caballo daban vueltas alrededor del túmulo. Tras su muerte, el ejército quedó descabezado y nadie logró reunir suficientes apoyos como para ocupar el lugar de Viriato. La rebelión acabaría diluyéndose y Roma se encontraría con el camino despejado para conquistar toda la península.

La muerte de Viriato, jefe de los lusitanos
'La muerte de Viriato, jefe de los lusitanos', de José de Madrazo y Agudo. Imagen: Museo del Prado.

 

Resulta curioso saber que, mientras otros personajes como el de la reina Boudica son despreciados o parcialmente demonizados por los cronistas romanos, la figura de Viriato fue objeto de admiración y respeto hasta para quienes debían ser sus mayores enemigos. Los historiadores de la época destacan el valor de Viriato y su liderazgo, señalando incluso que gustaba de repartir el botín de forma equitativa entre todos sus hombres. Se dice también que el asesinato de Viriato causó una gran conmoción en Roma, que no pagó la recompensa prometida a los culpables y negó a Cepión el privilegio de celebrar la victoria pues, para el Senado, no se la había ganado sino que la había comprado.

Se suele decir que la frase ‘Roma no paga traidores’ (‘Roma traditoribus non praemiat’) fue la respuesta de Cepión a los asesinos, pero no existe constancia de que se dijese en el momento. De hecho, las referencias que hay a ella apuntan a que esta frase pudo servir como una reprimenda a Cepión por parte del Senado, indignado por el hecho de que uno de sus cónsules utilizara métodos tan poco honorables. Un último gesto de respeto por parte de Roma a un enemigo tan temible como Viriato.

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