El mito de Prometeo, el titán amigo de los mortales

El titán Prometeo fue el responsable de crear a la humanidad y darle sus dones, entre ellos el fuego, pero acabó pagando un gran precio por su obra.

Puede que más de uno, al leer la genial novela Frankenstein de Mary Shelley, se pregunte por qué la autora eligió como título alternativo El moderno Prometeo. ¿Qué relación puede guardar esa monstruosa criatura hecha con trozos de cadáveres con un titán del mundo clásico que desafió a los dioses y tuvo un amargo final? Pues mucha, la verdad. El mito de Prometeo es una de las primeras versiones que se conocen de la clásica historia en la que se juega a ser un dios y se intentan controlar fuerzas superiores a las que el propio entendimiento puede someter.

Prometeo
Prometeo robando el fuego. Imagen: Wikimedia Commons.

 

El titán que nos dio vida

Según la mitología clásica, Prometeo era un titán hijo de Jápeto y la oceánide Asia. De sus hermanos, Prometeo era el más astuto y valiente de todos, tan osado que se atrevía a desafiar a los mismísimos dioses del Olimpo. Tras la Titanomaquia, la guerra que enfrentó a dioses y titanes, Zeus quiso poblar con seres vivos el mundo sobre el que reinaría y encargó esta tarea a Prometeo y su hermano Epimeteo. Este segundo se encargó de crear a todos los animales y les concedió propiedades que les ayudaran a sobrevivir como el pelaje para protegerse del frío, las garras para cazar, la velocidad o una gran fuerza. Por su parte, Prometeo utilizó barro para crear a unos seres más delicados y complejos que casi recordaban a la imagen de los dioses: los hombres. El titán les concedió una gran inteligencia y habilidades extraordinarias como la de caminar erguidos, construir herramientas o refugios, domesticar animales salvajes y recolectar alimentos de la naturaleza.

Prometeo estaba encantado con su nueva creación y los hombres le adoraban por haberles dado la vida, pero para el titán no era suficiente. En un momento de imprudencia, y quién sabe si deseando el bien de la humanidad o queriendo fastidiar a los dioses, Prometeo robó una chispa del carro de Helios, dios del Sol, y se la entregó a los hombres para que pudieran usar el fuego a placer y estar más igualados respecto a los dioses. El fuego era considerado un elemento sagrado, un don reservado solo para los habitantes del Olimpo y sus secuaces y a Zeus no le gustó nada que Prometeo le hubiera desafiado por lo que entró en cólera contra el titán, tal vez para ocultar el miedo de que los hombres se hicieran demasiado poderosos y usurparan su lugar.

El castigo de Prometeo
El castigo de Prometeo. Imagen: Wikimedia Commons.

 

Con las tripas fuera

Como venganza, Zeus ordenó a Hefesto que creara a la primera mujer, Pandora, y se la ofreció a Prometeo como esposa pero este la rechazó temiendo que fuera una trampa. Entonces el señor del Olimpo hizo lo propio con Epimeteo, que se enamoró de la joven y aceptó casarse con ella. En la boda, Pandora recibió como regalo una vasija (que no una caja) que no debía abrir nunca, pero la mujer no pudo resistir la curiosidad y miró dentro del regalo. Al abrir la vasija, Pandora liberó todos los males existentes (vejez, tristeza, hambre, locura, enfermedad, crimen) que desde entonces acecharían a los hombres. De forma indirecta, Zeus había castigado a Prometeo haciendo daño a aquello que más amaba: la humanidad.

El mito podría haber terminado ahí, pero Prometeo no era de los que se rendían fácilmente. Se le encargó idear un sacrificio con el que los hombres pudieran adorar a los dioses del Olimpo y el titán sacrificó dos bueyes y le dio a elegir a Zeus: un montón de huesos ocultos bajo la grasa y la piel del animal o toda la carne que se podía consumir escondida con las tripas y la sangre para darle un aspecto repulsivo. Zeus eligió los huesos pensando que así se quedaba con las partes más apetecibles de los animales, cayendo en la trampa de Prometeo y permitiendo a los hombres quedarse con la carne de los sacrificios.

El segundo engaño tuvo para Prometeo un coste muy alto. Zeus ordenó a Hefesto que encadenara al titán en el Cáucaso con unas cadenas irrompibles y mandó a un águila para que devorara sus entrañas eternamente. Como el titán era inmortal y el águila no podía matarlo, la carne de Prometeo se regeneraba por la noche y el ave volvía a la mañana siguiente para seguir comiendo. La angustia de Prometeo terminó cuando Hércules, conmovido por el sufrimiento del titán, mató al águila de un flechazo y lo liberó.

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