Zaratustra: las raíces de la herejía

No hay consenso en la historiografía moderna sobre la época exacta en que vivió, o incluso sobre si fue un único personaje o una sucesión de hasta cuatro maestros diferentes. En cualquier caso, Zaratustra levantó sobre tres fuertes pilares su doctrina ética: buen pensamiento, buen discurso y buenos hechos; el cumplimiento de estos mandamientos conducía al hombre a liberarse de las ataduras de la maldad, el egoísmo y la hipocresía.

Zaratustra
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A mitad de camino entre Isfahán y Kermán, en uno de los desvíos de la mítica Ruta de la Seda en el sudoeste de la antigua Persia, se encuentra Yazd, la ciudad que, según una de las tradiciones, viera nacer a Zaratustra (Zoroastro, en griego), uno de los grandes pensadores de la historia de la humanidad. Otras corrientes afirman que naci ó en Rayy (cerca de Teherán), en Afganistán o en Kazajistán: no hay consenso en la historiografía moderna al respecto, como tampoco sobre la época exacta en que vivió –se estima que entre 1.300 a.C. y el siglo VI a.C.– o incluso sobre si fue un único personaje o una sucesión de hasta cuatro maestros diferentes.

En cualquier caso, el Zaratustra al que se atribuyen los Gathas (17 himnos que constituyen la esencia de su ideario) levantó sobre tres fuertes pilares su doctrina ética: buen pensamiento, buen discurso y buenos hechos; el cumplimiento de estos mandamientos conducía al hombre a liberarse de las ataduras de la maldad, el egoísmo y la hipocresía. Los principios de no violencia, amor a la naturaleza y los animales y respeto a la mujer, bases del zoroastrismo, fueron probablemente tomados por su creador de una corriente anterior denominada mazdeísmo. Sobre todo ello pugnaban dos fuerzas antagónicas: un dios bueno ( Ahura Mazda), creador y ordenador de los cielos y la Tierra, del hombre y la felicidad, origen de todas las cosas que gravitan en el universo; y, a su sombra, el principio del mal, representado por Ahriman o Angra Mainyu, el dios malo, destructor de todo lo anterior.

El zoroastrismo hallaría eco en las dinastías aqueménida (siglos VI-IV a.C.) y sasánida (siglos III-VII), cuyos soberanos no dudaron en establecerlo como la religión oficial y profética de sus imperios. Además, en el siglo V a.C. los persas se convirtieron en el imperio dominante en Asia del sur y el Golfo, con lo que el zoroastrismo alcanzó una gran penetración e influencia en muchas naciones.

Las huellas del zoroastro

En Yazd, una llama ancestral sigue ardiendo: a esta ciudad del actual Irán acuden todavía a rezar los seguidores del zoroastrismo desde todos los lugares del mundo. Se trata del Atash Behram, el templo del fuego –hay más en la India y otros focos de culto a Zaratustra– ante el cual oraban los atharvana (sacerdotes del fuego) del zoroastrismo; los restantes miembros de la clase sacerdotal eran llamados magos, y algunos historiadores afirman que fueron tres de estos ‘magos’ quienes se presentaron en Belén para adorar al Niño Dios llevándole como presentes oro, incienso y mirra (en calidad de rey, de dios y de hombre, respectivamente). Este templo fue construido en la década de 1930. Es recomendable entrar en él porque, además del fuego, se pueden admirar los otros dos elementos sagrados del zoroastrismo: el jardín, símbolo de la tierra y de la felicidad, y el agua, símbolo del equilibrio y la vida. Pero por encima de ellos está el fuego, cuya llama arde en el interior entre columnas de mármol y bajo un friso esmaltado sobre el que descansa la figura de Ahura Mazda, el dios supremo (para muchos estudiosos de las religiones, el zoroastrismo podría considerarse la primera monoteísta, aunque con una divinidad escindida y de carácter dual).

A las afueras de Yazd, coronando el arrabal de Safaiyé, se alzan los esqueletos de unas construcciones circulares de piedra que se remontan a tiempos remotos; a modo de torres de oración, en sus azoteas ardían fuegos sagrados, mientras que en su interior desempeñaban la función de edificios funerarios a los que llegaban los sacerdotes ataviados con capa blanca y portando el féretro del difunto para que fuesen las alimañas, y no el fuego o la tierra, las que descompusieran el cadáver, según los preceptos de aquella religión. Porque, para el zoroastrismo, la muerte es impura y no debe contaminar ni la tierra ni el fuego ni el agua. Por ello, no se enterraba a los difuntos: los cuerpos se dejaban expuestos en las dajma –torres del silencio– para que las aves carroñeras los devorasen.

Los seguidores directos de Zaratustra pensaban que su maestro, antes de nacer, ya había existido en forma celestial; luego, tras regresar a la vida terrenal como sacerdote instruido en la religión mazdeísta, ofreció a sus seguidores tres caminos para alcanzar la anhelada inmortalidad: por liberación del licor sagrado haoma (que se corresponde con el soma hindú), a través de la gnosis y, por último, haciendo siempre el bien, tanto con el pensamiento como con la palabra y la obra. Estos mensajes e historias pueden rastrearse en libros sagrados del zoroastrismo como el Avesta , el Denkard y el Bundahishn , que algunos atribuyen en parte a Zaratustra aunque no hay constancia de que dejara nada escrito aparte de los Gathas (se trata, en realidad, de compilaciones muy posteriores, probablemente de la época sasánida).

Mani y los maniqueos

El zoroastrismo se mantuvo inalterado en gran parte del Próximo Oriente hasta la irrupción de quien iba a ser su continuador y rival, Mani o Manes (hacia 216-274), líder religioso parto nacido en Ctesifonte, importante ciudad mesopotámica antes de la fundación de Bagdad. De origen noble y amplia cultura, Mani se sintió desde joven atraído por la religión zoroastrista y su concepto de la dualidad entre el dios del Bien y el dios del Mal, si bien la doctrina que iba a fundar –el maniqueísmo– bebería también de otras fuentes, como el cristianismo gnóstico y el budismo: Mani llegó a afirmar que era el último profeta enviado por Dios, en una larga lista que incluía a Noé, Abraham, Zaratustra, Platón, Buda y Jesús.

Así, aunque sin apartarse en esencia del mazdeísmo –predicaban la salvación mediante la práctica del bien, la educación, el vegetarianismo, el ayuno y la castidad–, los maniqueos constituyeron un grupo enteramente nuevo, cuya difusión de hecho compitió con la del zoroastrismo en Persia, Palestina, Siria, Egipto, el Turquestán y hasta la lejana China.

Fue precisamente esa rivalidad la que acabó con la vida de Mani. Tras gozar del apoyo de Zenobia, reina de Palmira, y de los emperadores sasánidas Sapor I y Ormuz I, el sucesor de este, Bahram I, lo condenó a muerte instigado por la casta de los magos del zoroastrismo.

Bogomillos, los herederos

Los escritos de Mani se han perdido –a su muerte, los maniqueos primigenios fueron perseguidos hasta casi su exterminio–, pero sus enseñanzas, como las de Zoroastro, pervivieron en textos y seguidores posteriores y, ya en la Alta Edad Media, fructificaron en los Balcanes en forma de una nueva corriente religiosa: los bogomilos, cuyos representantes iban ataviados con túnicas y ropas humildes y pregonaban la igualdad de todos los seres humanos y una forma de vida ascética. En el siglo X, el bogomilismo se convirtió en la corriente doctrinal oficial de Bosnia y Hungría.

Herederos de las tesis mazdeísta y maniquea, los bogomilos –nombre que deriva de su heresiarca, el pope Bogomil, versión eslava del griego Teófilo (amado de Dios)– se caracterizaban por un dualismo radical. Para ellos, Cristo fue enviado por Dios para enseñar a la humanidad cómo salvarse de las garras de Satán, señor de este mundo, cuyos aliados no eran otros que la Iglesia oficial y las autoridades seculares, quienes desde los púlpitos pregonaban: “Haced lo que yo diga, pero no lo que yo haga”. El conflicto con Roma estaba servido.

La organización de los bogomilos prefiguraba ya en gran medida la de los cátaros: sus dirigentes eran llamados “perfectos”, condición que se obtenía a través del consolamentum , una sencilla ceremonia que elevaba al feligrés al estado más puro. Fue precisamente esa sencillez del bogomilismo –que carecía de templos, sacramentos y misterios de fe– lo que facilitó su rápida difusión.

En el siglo XI, a consecuencia de su gran expansión en Anatolia y Constantinopla, los emperadores bizantinos empezaron a perseguir a los bogomilos y a quemarlos en la hoguera, lo que generaría un choque aún más frontal de estos con la Iglesia: “Desde Constantino el Grande, la Iglesia romana es la Iglesia del poder, del Antiespíritu; desde entonces impera en una alianza diabólica con los señores de este mundo, pero ni ella ni los señores de este mundo tienen derecho a perseguir, condenar y matar”, reza el texto de una proclama de un perfecto bogomilo. De remate, en 1054, al producirse la ruptura entre la Iglesia bizantina y la romana, el pontífice León IX excomulgó a Miguel I Cerulario, patriarca de la Iglesia de Constantinopla, entre otros motivos, por su condición de bogomilo.

Occitania como meta

A consecuencia de estas salvajes persecuciones y matanzas, numerosas familias, huyendo del clima de terror y de las hogueras prendidas en Constantinopla y otras ciudades del Imperio bizantino, iniciaron una multitudinaria migración hacia Occidente. Al atravesar la Lombardía, algunas de ellas se quedaron a vivir en esta región del norte de Italia; un descendiente de esas familias bogomilas lombardas, siglos más tarde, sería Leonardo da Vinci (1452-1519). Pero la gran mayoría prefirió seguir el trayecto hasta el Languedoc, y estos bogomilos que se afincaron en Occitania, debido a los valores que transmitían, no tardaron en ser conocidos como cátaros (del término griego katharós, puro).

En su nueva patria sucedió algo verdaderamente curioso. Cuando los bogomilos llegaron a Occitania, tomaron de inmediato contacto con dos colectivos socioculturales que igualmente, y desde hacía mucho más tiempo, habían encontrado refugio en esa fértil región, al norte de los Pirineos: por una parte, los descendientes de los druidas de la antigua Galia, y por otra, los seguidores de Prisciliano –el obispo hispano que quiso cambiar la Iglesia y que fue decapitado en el año 385 en la ciudad alemana de Tréveris–, cuyos discípulos, una vez dieron sepultura a su maestro en Compostela, buscaron resguardo en diferentes lugares del norte peninsular hispano, aunque la mayoría escogieron el Languedoc. Los bogomilos no tardaron en confraternizar con ambos colectivos, en los que vieron el caldo de cultivo de una posible nueva era de paz, libertad y tolerancia en Occitania; y, no menos importante, los otros también aceptaron a los recién llegados como hermanos.

Una de las señas de identidad de bogomilos y cátaros era que su Cristo, exento de cruz y sin señales de tortura, mostraba los brazos alzados y una mirada llena de ternura y cercanía a los fieles. Los cátaros soñaban, en realidad, con un regreso a la Iglesia cristiana de los primeros tiempos, los anteriores al Concilio de Nicea del año 325. Ese deseo de retorno a la humildad primitiva estuvo en la raíz de la sañuda persecución de este movimiento sociocultural por parte del pontífice romano y del monarca francés, cuestión que se analiza más adelante [ver artículo sobre la Cruzada albigense en página 58] .

Las bases de una fe

Antes de aquello, el conde de Toulouse, Raimundo VI, no dudó en acoger a los cátaros y se convirtió en su protector. Occitania, en aquella época (finales del siglo XI), era uno de los territorios culturalmente más fértiles de Europa, abierto a la intelectualidad de las cortes del amor cortés, impulsadas por la nobleza y las clases más cultas, y meta de juglares, trovadores y otros elementos dinamizadores de la vieja Europa.

La doctrina cátara –que, como se ha dicho, había bebido de las enseñanzas filosóficas y teológicas del mazdeísmo, el maniqueísmo y el bogomilismo y, ya en tierras occitanas, se había nutrido además de la espiritualidad de los druidas galos y los postulados del priscilianismo– era puramente espiritual, desprovista de culto y de templo; la naturaleza era el marco ideal para elevar los rezos al dios de la Luz (tradición celta) y, como en las religiones protohistóricas, estos altares solían alzarse en lugares que antes habían sido considerados por las civilizaciones precedentes como enclaves sagrados (Montségur); porque lo sagrado no era el templo, sino la tierra sobre la que se erigía el lugar de oración. Se trataba de una corriente doctrinal a la vez cristiana, gnóstica y dualista, una fe basada en el conocimiento y la revelación, concebida como una búsqueda perpetua de perfección y pureza.

Los cátaros veneraban a Cristo, pero no la cruz –al considerar el martirio como el signo de la victoria de Satán sobre Cristo–, y del Nuevo Testamento apreciaban en particular el Evangelio de Juan , el más joven de los apóstoles, de cuyos capítulos y versículos extraían lo esencial de sus creencias y tradiciones. La única oración cristiana que rezaban era el padrenuestro y no temían a la muerte, puesto que, para ellos, el infierno se hallaba en este mundo.

Ritos y creencias

El ritual cátaro estaba basado en tres principios: la oración diaria, el a pparelliamentum (una confesión mensual) y el ya mencionado consolamentum . A diferencia de los cristianos de la Iglesia romana, los cátaros renegaban radicalmente de la vida terrenal, pues la asociaban con el pecado; creían que la tierra era el infierno y que, por lo tanto, el mundo tenía como creador un principio maligno. Rechazaban ritos cristianos como la eucaristía o el bautismo y creían en la reencarnación (esta tradición era también celta; hasta hace pocos años, en Occitania se mantenía una teja abierta en las cubiertas de las viviendas para que, por ese hueco, subiese al firmamento el alma del difunto).

Lo esencial en el culto cátaro era la oración del día y de la noche, en la que desempeñaban un papel central los himnos y cánticos de júbilo. Los cátaros, al celebrar la cena, siguiendo los preceptos de la Iglesia primitiva anterior a Constantino, efectuaban como acción de gracias la división del pan y de la comida entre los comensales, en recuerdo de la Santa Cena. A continuación, un perfecto se disponía a predicar a los allí presentes, seleccionando para ello un texto del Evangelio de Juan .

Su creencia en la reencarnación se basaba en la metempsicosis (transmigración de las almas): el alma era un ángel caído que transmigraba a través de muchos cuerpos. Tras la llegada de Cristo a la Tierra se había revelado la vía de la redención, que no era un don gratuito, sino que se conseguía a través de pena y sacrificio; es decir, mediante la obediencia a los preceptos de la moral cátara. Además de esta observancia se tenía que recibir el consolamentum , el único sacramento cátaro, consistente en el rito de la imposición de la mano derecha por parte de un perfecto, considerado portador del Espíritu. Este sacramento permitía dejar el cuerpo terrenal y unirse al Dios bueno sin más transmigraciones e implicaba una serie de responsabilidades, ya que quien transgrediera los preceptos de la moral y la pureza perdería los efectos redentores del sacramento y estaría obligado a renovarlo.