Tiberio y Calígula: los años oscuros de Roma

Uno no quiso nunca ser emperador, y abandonó el gobierno a su suerte; el otro pretendió ser mucho más que eso, un dios tiránico y caprichoso. Ambos reinaron mediante el terror y dejaron un rastro de depravación y locura.

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Contaba Suetonio que Tiberio, por quien un pescador había escalado un acantilado para ofrecerle su mejor captura, obligó a su entregado súbdito a frotarse la cara con el pescado que le ofrecía para cerciorarse de que no había nada en él que pudiera provocarle la muerte. En mitad de aquel suplicio, el pescador se congratuló de no haberle regalado una gran langosta que había cogido. Entonces, Tiberio la mandó traer e hizo que le restregasen también con ella la cara.

Contaba Suetonio que Tiberio, por quien un pescador había escalado un acantilado para ofrecerle su mejor captura,  obligó a su entregado súbdito a frotarse la cara con el pescado que le ofrecía para cerciorarse de que no había nada en él que pudiera provocarle la muerte. En mitad de aquel suplicio, el pescador se congratuló de no haberle regalado una gran langosta que había cogido. Entonces, Tiberio la mandó traer e hizo que le restregasen también con ella la cara.

Anécdotas como esta hicieron que el Princeps Tiberio pasara a la historia como uno de los gobernantes más crueles de Roma. Él, y después Calígula –a quien se atribuye la frase “que me odien con tal de que me teman”–, sucedieron al primer emperador de Roma, Augusto, que había logrado un largo período de paz. Al contrario que su predecesor, convirtieron sus gobiernos en una época de caos y excesos que acabó en auténtico terror. Casi tres décadas que la historia del Imperio recuerda como “los años oscuros”. Entre los dos escribieron el principio del fin de la dinastía Julio-Claudia.

El padrastro de Tiberio, Agusto, primer emperador de Roma, siempre lo trató como a un hijo, igual que a su hermano Druso el Mayor, también hijo del primer matrimonio de Livia Drusila. A ambos se les preparó para un futuro que los contemplaba como posibles sucesores: se formaron en política e iniciaron carreras militares que los llevaron a luchar por el Imperio. Además, se les casó con otros miembros de la familia de Augusto o de su círculo: a Druso, con una sobrina del emperador, y a Tiberio, con la hija de Agripa, el fiel amigo de Augusto. Por entonces, el futuro de Tiberio parecía prometedor y feliz: regresó sano y salvo de las guerras cántabras y de Oriente, donde todo habían sido éxitos. Y aunque su carácter reservado y algo distante no le hacía muy popular, se había ganado el respeto de las legiones.

 

El más triste de los hombres

Para cuando llegó la hora de suceder a Augusto, Tiberio era la única posibilidad. Su hermano Druso había muerto tras un accidente de caballo, al igual que los nietos de Augusto, Lucio y Cayo. Con su otro nieto, Agripa Póstumo, desterrado, Tiberio era el único candidato posible. Para entonces ya era hijo legal de Augusto, quien lo adoptó cuando Tiberio tenía 45 años. “Lo hago por el bien de la res publica”, dijo, misterioso, tras la adopción.

Que todo se hubiera aliado para que fuera Tiberio quien tomara las riendas de Roma no quiere decir que las quisiera. Aunque en su juventud fue un excelente general, parece que nunca quiso gobernar. Y lo cierto es que pasó a la historia como un emperador completamente infeliz, como mostró Plinio el Viejo al llamarlo tristissimus hominum (el más triste de los hombres).

La mayoría de historiadores sitúa el comienzo de esa infelicidad en el momento en que Augusto le impuso el matrimonio con su hija Julia, viuda de Agripa, que entonces era el suegro de Tiberio. Para poder casarse con Julia tuvo que divorciarse de Vipsania, con quien había sido padre por primera vez, un matrimonio bien avenido hasta esa fecha. Además, su futura esposa lo despreciaba.

Por eso no ocultaba sus infidelidades, lo que suponía un escándalo por el que acabó condenada por su propio padre al exilio en la isla de Pandataria, donde tenía prohibido cualquier lujo, el vino y también la compañía masculina.

 

Para entonces, hacía tiempo que Tiberio había renunciado a ese matrimonio. Cuando estaba a punto de asumir el mando del este, con el que pasaría a ser el segundo hombre más poderoso de Roma, anunció que abandonaba la política y se retiraba a Rodas. Podía tratarse de una venganza hacia Augusto, que lo quería como sucesor solo hasta que sus nietos crecieran. Pero, para otros historiadores, la razón era que no quería el papel que el emperador deseaba otorgarle y esta era una forma de desbaratar sus planes. La tensa situación con Julia tampoco ayudaba.

Aunque Augusto se negó en un primer momento, Tiberio estaba tan determinado a retirarse a Rodas que hizo una huelga de hambre, tras lo que su padrastro le dio permiso. Sin embargo, lo consideró una traición personal y, cuando Tiberio quiso volver a Roma, Augusto tardó en aceptar. Por fin regresaría con 45 años, aunque sin ningún papel público hasta que el emperador tuvo que cambiar de planes tras perder a sus dos nietos. El carácter melancólico de Tiberio siguió presente también en su regreso y acabaría agravándose tras la muerte de su propio hijo, Druso el Joven, en el año 23, fecha a partir de la que se aisló aún más y comenzó un período terrorífico en su gobierno. Los años de gobierno del emperador que no quería ser emperador pasaron por varias etapas. Tomó las riendas de Roma en el año 14, y al principio ni siquiera se notó que Augusto había muerto: todo funcionaba según las bases marcadas por el anterior Princeps. Sin embargo, hubo rebeliones de quienes no lo querían como gobernante, la primera de ellas en Germania, donde siete legiones se amotinaron al enterarse de la muerte de Augusto. Lo hicieron en favor de Germánico, hijo de Druso, a quien consideraban el legítimo sucesor. Sin embargo, el propio Germánico acabó con la revuelta pidiendo que obedecieran a su nuevo Princeps, Tiberio, y amenazando con suicidarse si no le obedecían.

La apatía del nuevo emperador era entonces evidente. Pero cuando se decidió a gobernar, el terror inundó el Imperio. Fue tras la muerte de su hijo Druso el Joven, con quien compartía poderes tribunicios desde poco antes de que muriera en extrañas circunstancias. Es entonces cuando muestra su lado paranoico y más cruel. Con el objetivo de silenciar a sus enemigos invoca la lex maiestatis, algo similar al delito de alta traición, que además permitía al Estado recibir parte del patrimonio del reo una vez ejecutado. En cuanto a sus colaboradores, para llegar a acuerdos con ellos usaba más las amenazas o la mano dura que las negociaciones.

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Las cosas no fueron mejor cuando, cansado de la política, decidió retirarse a Capri, dejando el gobierno en manos de su amigo Sejano. Este aumentó la atmósfera de miedo a través de una red de informadores cuyo incentivo para acusar a los demás de traición era hacerse con parte de las propiedades del acusado tras su reclusión y muerte. Por eso, los juicios por traición estaban a la orden del día. Mientras tanto, comenzaron a correr rumores sobre la vida disoluta que Tiberio llevaba en Capri, aunque lo cierto es que eran sus enemigos quienes la describían. El historiador Suetonio aseguraba que “tenía una habitación destinada a sus desórdenes más secretos, guarnecida toda de lechos en derredor. Un grupo elegido de muchachas, de jóvenes y de disolutos, inventores de placeres monstruosos y a los que llamaba sus maestros de voluptuosidad, formaban allí entre sí una triple cadena y entrelazados de este modo se prostituían en su presencia para despertar, por medio de este espectáculo, sus estragados deseos”.

Así, los rumores de sadomasoquismo, prostitución e incluso pedofilia corrían por las calles de Roma mientras Sejano, su íntimo amigo, se preparaba para traicionarlo. Tramaba aliarse con sus sucesores y junto a Livila, su amante y sobrina de Tiberio, ejercer como regentes de los jóvenes Tiberio Gemelo y Calígula. Sin embargo, el Princeps lo descubrió, y entonces no le tembló la mano. Lo condenó a muerte, pero no a cualquier muerte: sería estrangulado y su cadáver arrojado a la plebe, que lo temía tanto como a él.

Todos los que habían colaborado con Sejano fueron juzgados. “Las ejecuciones se han convertido en un estímulo para su furia, y ha condenado a muerte a todos los encarcelados acusados de colaborar con Sejano. Allí se encuentran, separados o en montones, un sinnúmero de muertos de todos los sexos y edades”, escribía Tácito.

 

Calígula, el tirano demente

Aficionado a la ciencia de las estrellas, dicen que Tiberio vio en estas que su sucesor sería Calígula (el apodo de Cayo Julio César Germánico por sus sandalias), hijo de su sobrino Germánico. Tiberio conocía su naturaleza cruel y depravada –según algunos, él mismo la habría estimulado en Capri–, pero no hizo nada por evitar al pueblo el sufrimiento que preveía si Calígula gobernaba. “Dejo vivir a Cayo para su desgracia y la de todos”, sentenció.

A pesar de que considerara una tragedia que fuera su sucesor, los primeros siete meses del gobierno de Calígula, que comenzó en el año 37, estuvieron marcados por la aceptación del pueblo, que quería mucho a su padre, Germánico. Suetonio cuenta que se sacrificaron 160.000 animales en su honor durante los tres primeros meses. Además, había prosperidad. Sin embargo, no tardaría en perder tanto la popularidad como la riqueza. Sus extravagancias, crueldades y caprichos superaron, con mucho, las descritas por los enemigos de su antecesor.

Si en sus primeros meses como cabeza del Imperio había perdonado a los exiliados y condenados a muerte y regalado dinero al pueblo, ahora su gobierno se basaba en abusar de su poder para matar, torturar o enriquecerse. Lo primero que hizo tras recuperarse de una enfermedad que sufrió a los pocos meses de ser nombrado emperador fue mandar asesinar a las personas que habían prometido sus vidas a los dioses si el emperador se recuperaba. Sus detractores aseguran que obligó a suicidarse a su suegro, mientras que a Tiberio Gemelo lo mandó matar. Su argumento era que el medicamento que Gemelo tomaba para la tos olía a antídoto, como si tuviera miedo de que Calígula fuera a envenenarlo. “¿Un antídoto contra César?”, le preguntó con sorna el emperador.

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También mandaría asesinar a Macrón, sin cuya ayuda probablemente no habría sido aclamado por el pueblo en sus inicios. El historiador Filón asegura que un día Calígula se despertó odiándolo sin más, y decidió que no merecía vivir. “Ahí llega el maestro de quien ya no necesita lección alguna... ¿Cómo se atreve alguien a enseñarme a mí, que aun antes de ser engendrado fui modelado emperador? ¿Cómo se atreve un ignorante a enseñar a quien sabe?”, se preguntó. Por eso, le ofreció un cargo en Egipto e hizo que lo acusaran de inducir a su esposa a prostituirse. Él mismo aseguraba dar fe de ello porque había sido amante de Enia, la mujer de Macrón. La pareja se suicidó para que sus bienes los heredaran sus descendientes.

Muestra de su endiosamiento es que mandó destruir las estatuas de hombres ilustres que Augusto había llevado del Capitolio al Campo de Marte, al igual que ordenó asesinar a Ptolomeo, tras pedirle que viniera de su reino y rendirle honores, porque el público le siguió con la mirada al entrar en el circo, admirado por su manto de púrpura. Y Calígula no podía consentir que nadie le hiciera sombra.

Tampoco fueron bien las cosas en el aspecto económico. El Imperio ya vivía una crisis económica e incluso hambrunas cuando Calígula decidió poner en marcha una serie de obras urbanísticas colosales que terminaron de vaciar las arcas. Fue entonces, acuciado por las deudas, cuando puso en marcha medidas muy impopulares, como la de pedir dinero a la plebe en los actos públicos. Además, estableció nuevos impuestos en juicios y bodas y organizó subastas de venta de gladiadores en los espectáculos.

 

¿Realidad o leyenda?

Para gran parte del pueblo, no había más explicación para su comportamiento que la locura. Este argumento se ve apoyado por muchas fuentes clásicas, aunque es difícil discernir lo que hay de realidad y de leyenda en los relatos sobre Calígula. Por ejemplo, en Las vidas de los doce Césares de Suetonio se cuenta que, en la expedición a Britania, ordenó a los soldados que, en vez de atacar, recogieran conchas como “tributo que el océano debía a la Colina Capitolina y al Monte Palatino”. Según Calígula, habría sido Neptuno quien malograra el ataque. De vuelta a Roma, según este mismo relato, hizo un anuncio que dejó a todos sin palabras: quería que su caballo preferido, Incitatus, para quien ya había construido un establo de mármol y un pesebre de marfil y a quien había regalado una casa con sus esclavos, fuera nombrado cónsul.

 

Un sinfín de amantes

Su vida sexual, según estas fuentes, fue tan caprichosa como el resto de su rutina. Tras casarse con Junia Claudila, que murió en el parto de su primer hijo, tuvo como esposa a Livia Orestila, a quien se llevó de su banquete nupcial no sin antes decir al recién estrenado marido que dejara de manosear a su mujer. Después vendrían Lolia Pauliba, de quien se encaprichó tras escuchar que su abuela había sido la mujer más bella del Imperio, y Cesonia, a la que sí dijo querer. Con ella tuvo a su hija Julia Drusila, que solía arañar la cara de los otros niños cuando jugaba. Su padre decía, orgulloso, que eso probaba que era hija suya.

Cuentan que mientras comía o fornicaba le gustaba presenciar torturas o decapitaciones. Y hacía ambas cosas a menudo. También tuvo bastantes relaciones homosexuales. Entre sus amantes estuvieron el actor griego Mneste, su primo Emilio Lépido y varios de sus esclavos. Respecto a sus amantes femeninas, su cortesana favorita fue Pirilis, pero también mantuvo relaciones con nobles a las que obligaba a asistir a sus banquetes para elegir a una cuando le apetecía.

Sin embargo, la mujer por quien perdió la cabeza fue su hermana Drusila, con quien vivió como si fuera su legítima esposa. La nombró heredera del Imperio, y cuando murió decretó luto oficial y abandonó Roma. A su regreso tenía el pelo y la barba largos, como si se hubiera abandonado. Dicen que también mantuvo relaciones con sus otras hermanas pero no las quiso tanto, y corría el rumor de que incluso las prostituyó entre sus amigos. Después las acusó de adúlteras y de maquinar complots contra él, por lo que acabaron desterradas. Y, no contento con expulsarlas de Roma, las amenazó de muerte: “No solo dispongo de islas, también de espadas”, les dijo para aterrorizarlas.

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