Tebas y Troya, entre el mito y la historia

Aunque lo que conocemos de ellas se debe a la mitología, la tradición oral y la literatura, se puede rastrear un origen protohistórico tanto en la Guerra de los Siete contra Tebas como en la más famosa contienda de la Antigüedad: la Guerra de Troya.

La “madre de todas las batallas” ocurrió tres milenios antes de que Sadam Husein utilizase tal expresión para amenazar a Occidente. Como ahora, en el año 1180 a.C. esa bisagra entre dos partes del mundo que es el Oriente Próximo se iba a convertir en el escenario de una guerra definitoria para decidir quién mandaba y se apoderaba de sus recursos. La Guerra de Troya, esa lucha de los griegos por dominar la gran ciudad comercial del segundo milenio antes de Cristo, que estaba en la órbita del imperio hitita, sería una prueba de fuego para sus participantes, un antes y un después que se convertiría en referencia –geopolítica pero sobre todo simbólica, gracias a su narrador, Homero− para toda la civilización occidental.

Troya, en realidad, ya era un objetivo mucho antes. El ansia de los pueblos helénicos por expandirse hacia Oriente resuena en leyendas bélicas tempranas: Poseidón y Apolo castigaron al rey troyano Laomedonte con un monstruo marino porque se negó a pagarles el salario convenido por construirle las famosas murallas de la ciudad. El rey iba a sacrificar a su hija Hesione al monstruo por exigencias de un oráculo, pero Hércules (Heracles en griego) libró a Troya de la bestia antes. Sin embargo, el taimado rey volvió a engañar de nuevo a un griego: había prometido pagarle dándole las yeguas divinas de Zeus y no cumplió su pacto, pretendiendo colarle un par de yeguas ordinarias entre la reata.

Hércules en Troya

La reacción de Hércules fue organizar una expedición de castigo con dieciocho naves, encabezadas por héroes como los argonautas Peleo (padre de Aquiles) y Telamón. El episodio, que parece una precuela de la Guerra de Troya homérica, con los antepasados de los protagonistas incluidos, tuvo también su momento de máxima tensión en el asedio de la ciudad. Telamón fue el primero en abrir brecha en los muros. Recibiría como premio por su hazaña a la princesa Hesione, la única de la familia real destinada a salvarse porque Hércules, harto de ser engañado y tras haber “llenado las calles de Troya de viudas” (según Homero), mató a Laomedonte y pretendía hacer lo mismo con todos sus hijos.

Sin embargo, Hesione había obtenido la prerrogativa de poder llevarse con ella a un prisionero. Hábilmente, la princesa eligió a su joven hermano Podarces. Hércules le impuso una condición: que primero este debía ser hecho esclavo y luego rescatado. Hesione accedió y entregó su velo de oro como rescate. Este lance llevó a que Podarces pasase a ser conocido desde entonces con un nombre que significaba “el rescatado”: Príamo. Los más avezados recordarán que Príamo es el rey de Troya en la posterior invasión homérica, de forma que ambos incidentes se encuentran conectados en la leyenda.

La expansión micénica

Las evidencias arqueológicas nos muestran, de todas formas, que la expansión oriental de los griegos tuvo varios destinos, y no exclusivamente Troya. La civilización micénica fue la primera en volcarse en extender sus tentáculos más allá de sus lugares de origen. Su protagonismo arranca a partir de 1600 a.C., durante la Edad del Bronce, en la Grecia continental, con Micenas (en la región del Peloponeso) como metrópoli más influyente, junto a otras urbes como Pilos, Tirinto, Tebas y, en menor medida, Atenas. Cada una de estas ciudades era dominada por una élite guerrera, que gobernaba desde un gran palacio (por eso se las califica de “Estados palaciales”).

El alcance del poderío micénico tiene todavía hoy una prueba visible en la ciudadela de Micenas, de la que se siguen admirando su muralla y en particular la entrada, conocida como Puerta de los Leones por la escultura situada sobre el dintel. Sin embargo, no ha resultado posible conocer demasiados detalles sobre su organización interna o sobre sus relaciones con las otras ciudades. En muchos casos hay que acudir a testimonios de las otras potencias de la época, como Egipto: una inscripción faraónica menciona a Micenas como perteneciente al país de Danaya, junto a Tebas. El nombre de Danaya proviene de Dánao, un personaje mitológico que, huyendo de su hermano Egipto, habría llegado hasta las costas egeas. Este mito ha generado multitud de especulaciones sobre el origen de los griegos.

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Siete contra Tebas

Existe un precedente de alianzas griegas frente a un enemigo común. Se trata de la llamada Guerra de los Siete contra Tebas, un episodio que, aunque mitológico, ilustra el establecimiento de coaliciones como estrategia habitual. En esta ocasión, dos príncipes desterrados (Polinices de Tebas y Tideo de Calidón), animados por el rey de Argos, Adrasto, organizaron una liga en la que participaron muchos guerreros destacados para marchar contra el rey tebano, Eteocles. Este conflicto es explicado por la mitología en clave de afrentas personales y de aventuras heroicas. Era lo común en la época: no se daba una interpretación estratégica o económica a los grandes acontecimientos bélicos. La motivación casi siempre era por enfrentamiento de personalidades, muchas veces por rivalidades en amores y otras por odios familiares.

En el caso que nos ocupa, Eteocles de Tebas había expulsado de la ciudad a su hermano Polinices, y este quería ser restituido y suspiraba por la venganza. En definitiva, las visiones que hoy nos parecen lógicas y subyacentes a cualquier conflicto eran por entonces algo demasiado prosaico. A ello se une la realidad de que la guerra era la mejor manera para un líder de lograr el respeto y la gloria.

Una guerra de héroes

Por eso Homero, en su gran poema épico, la Ilíada –una de las obras más influyentes de todos los tiempos–, narra también la Guerra de Troya en clave heroica, algo que choca con nuestra mentalidad racionalista. Se la ataca no por sus riquezas ni su posición estratégica, sino porque el troyano Paris rapta a la princesa Helena, esposa de Menelao de Esparta, a su vez hermano del principal caudillo micénico, Agamenón. La gran coalición de los griegos (llamados aqueos por Homero) se forma para vengar esta afrenta. Y, ya desde la primera línea de la obra −“Canta, oh diosa, la cólera de Aquiles; cólera funesta que causó infinitos males a los aqueos y precipitó al Hades muchas almas valerosas de héroes”−, veremos que las rivalidades entre sus jefes trastocan el curso lógico de los acontecimientos. Aquiles, al comenzar el primer canto de la Ilíada, se ha enfadado con Agamenón, el jefe supremo de la expedición griega a Troya, porque este le ha arrebatado a una mujer troyana que le había correspondido en el botín de uno de sus ataques. Ofendido, Aquiles se niega a luchar, y su particular “huelga” ocasionará muchos males a su propio ejército, de cuyo jefe, Agamenón, abominará continuamente.

 

Uno de los mayores debates de la ciencia histórica es si sucedió alguna vez la Guerra de Troya y, en segundo término, si lo narrado por Homero tuvo relación con la realidad. Si retrocediéramos dos siglos atrás, veríamos que hubo otro debate previo: si la propia ciudad de Troya existió. A mediados del XIX se había concluido que era un enclave de ficción. Pero las excavaciones, a partir de 1870, de Heinrich Schliemann en la colina de Hisarlik (Turquía), continuadas después por otros a finales del siglo XX y también en el XXI, tumbarían todas las reticencias que en su momento manifestaron los eruditos.

El hallazgo de sucesivos estratos en la excavación, que corresponden a las diferentes etapas históricas del enclave, ha permitido encontrar rastros de destrucción violenta en varios de ellos, lo que anima a pensar que en alguna fase fue tomado por un ejército rival. Ahora bien, no está claro, ya que en algún caso la catástrofe pudo deberse a un terremoto, según los arqueólogos. Los historiadores actuales están divididos, pero es algo mayoritario el bando de los llamados “positivistas” respecto a su existencia.

Los pueblos del mar

Más allá de las cifras, sigue abierto el interrogante de por qué se atacó Troya. Una de las teorías que ha ganado seguidores en el último siglo es la de que formase parte de las invasiones llevadas a cabo por los Pueblos del Mar. Esta habría sido una confederación de pueblos de Grecia y de diversas islas del Mediterráneo que asolaron multitud de enclaves del Oriente Próximo en un período de tiempo que resultaría compatible con la cronología del ataque a Troya.

El nombre de Pueblos del Mar fue utilizado por los faraones egipcios para describir a unos agresores que en 1184 a.C. llegaron a invadirles, siendo rechazados por Ramsés III tras varias batallas. Fue su hazaña más atrevida, pero también se puede rastrear la presencia de los Pueblos del Mar en la destrucción del próspero reino de Ugarit hacia 1175 a.C. y, por supuesto, en la propia Troya hacia 1180. Incluso podrían haber sido los causantes del súbito final del Imperio hitita. La hipótesis principal es que los Pueblos del Mar fueran los aqueos de Homero, bandas de piratas errantes procedentes de diferentes puntos de la actual Grecia y sus islas, que vivían del botín obtenido en la guerra y el saqueo. Los nombres dados en las fuentes egipcias o hititas a estos pueblos, así como sus representaciones gráficas en relieves, avalan esta tesis. Si así fuera, la confederación descrita por Homero no se encontraría demasiado lejos de la realidad de unos guerreros implacables unidos por el ansia de botín.