Roma contra Iberia: las Guerras Hispánicas

Roma engrasó su maquinaria pesada militar y se lanzó a la definitiva conquista peninsular. Durante años, los procónsules se enfrentaron a los fieros hispanos en las Guerras Celtibéricas y Lusitanas. Numancia se convirtió en el principal bastión enemigo y Viriato en el líder a batir.

Guerras Hispánicas
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Tras los momentos iniciales de la conquista de Hispania –en los que la prioridad era derrotar a Aníbal y eliminar a Cartago del mapa de las potencias del Mediterráneo–, Roma organizó el territorio adquirido y emprendió una nueva etapa para hacerse con las regiones del interior, aún fuera de su control. En la provincia Citerior, y con la llegada en el año 195 a.C. del procónsul Marco Porcio Catón, Roma estableció un control más estrecho y definitivo en la costa mediterránea y el sur de la península, acabando con revueltas y sublevaciones. Sin embargo, no logró atraerse a sus habitantes, ni a los celtíberos que prestaban servicio a los turdetanos como mercenarios y que tan necesarios eran para Roma. Pero tras una demostración de fuerza, haciendo desfilar a las legiones romanas por el territorio celtíbero, les convenció para que volvieran a sus tierras.

La sumisión de los celtíberos lo fue tan solo en apariencia, y bastó el rumor de la salida de Catón hacia Italia para que la rebelión se reanudase. El cónsul actuó con decisión, venció a los sublevados y vendió a los cautivos como esclavos, desarmando a todos los indígenas de la provincia. A su regreso a Roma, en la procesión triunfal, mostró un enorme botín de guerra, con más de 11 000 kg de plata, más de 600 kg de oro, 123 000 denarios y 540 000 monedas de plata. Esto no hizo más que mostrar las posibilidades de Celtiberia en las futuras campañas de conquista y animar a la explotación económica sistemática de los recursos. El deseo de botín fue lo que llevó a Roma a adentrarse cada vez más profundamente, incorporando nuevos territorios. En estas regiones vivían diferentes pueblos pertenecientes a tres grandes grupos: celtíberos, lusitanos y galaicos.

 

El enorme botín de guerra de Catón animó a la explotación de los recursos de Hispania

Marco Porcio Catón
Marco Porcio Catón. Imagen: Wikimedia Commons

 

Alianzas y choques

De sus costumbres y aspecto, el historiador Diodoro de Sicilia decía: «Hay entre los íberos, y sobre todo entre los lusitanos, una peculiar costumbre: cuando sus jóvenes alcanzan la cima de su madurez física, aquellos que carecen de bienes de fortuna pero dotados de fuerza corporal y de arrojo, armados de valor y ciñendo sus armas, se echan juntos al monte formando bandas numerosas, se arrojan sobre Iberia y se hacen ricos con el pillaje. Y se entregan continuamente a esta práctica con absoluto desprecio a los demás, pues, empleando armas ligeras y siendo como son ágiles y rápidos, resulta dificilísimo reducirlos. Considerando, en general, que su patria son los riscos y quebradas de las montañas, se refugian en tales lugares, difíciles de penetrar para los ejércitos grandes y de armas pesadas».

Esas incursiones de rapiña que los lusitanos efectuaban en las tierras de sus vecinos –que llegaban incluso hasta el valle del Ebro– llevaron a Roma a intervenir en defensa de los pueblos aliados y sometidos, al menos teóricamente. El mismo año 195 a.C., en las tierras sevillanas de Ilipa, se desarrolló una batalla. Esta vez enfrentó a un verdadero ejército de lusitanos, que regresaban de sus correrías por el valle del Guadalquivir –cargados de un cuantioso botín–, con los romanos de Escipión Nasica, primo carnal del Escipión el Africano y procónsul de Roma en la Ulterior.

Los siguientes generales enviados por Roma en los años sucesivos procuraron lograr unas fronteras firmes para facilitar la explotación económica del territorio conquistado y penetrar poco a poco hacia las dos mesetas y Extremadura. Establecieron alianzas o chocaron militarmente con los pueblos de la meseta sur –oretanos y carpetanos–, que fueron conquistados definitivamente poco antes de 180-179 a.C.

Servio Sulpicio Galba
Servio Sulpicio Galba. Imagen: Wikimedia Commons

 

En ese mismo año, el procónsul Tiberio Sempronio Graco (padre de los famosos Gracos) emprendió una guerra contra los celtíberos. Tras su exitosa campaña militar, conducida con mano firme, consiguió que el Senado de Roma refrendase un tratado de paz en el que se concedió a los indígenas una cierta independencia, el derecho a recibir tierras y el ingreso en las fuerzas auxiliares romanas. A cambio, los hispanos pagaban tributos y debían renunciar a fortificar sus ciudades. El fundador de Gracchurris (Alfaro, La Rioja) consiguió así una etapa de 25 años de paz en la provincia Citerior, donde las principales ciudades iniciaron las emisiones monetarias con caracteres en lengua celtibérica. Sin embargo, en la Ulterior las cosas no iban muy bien para la suerte de las armas romanas, pues se sucedían los enfrentamientos con carpetanos, vacceos, vetones y celtíberos del sur por el control del valle del Tajo. Hubo derrotas tan estrepitosas como la de Cneo Lucio Mummio a manos del lusitano Césaro en el año 155 a.C.

En ese año dieron comienzo las Guerras Lusitanas (155-136 a.C.), que resultaron especialmente difíciles para la metrópolis y en las que fue preciso derrotar a Viriato. Paralelamente, hubo que hacer frente a las Guerras Celtibéricas (153-133 a.C.), que culminaron con la legendaria toma de Numancia y el control de la meseta norte. Coincidiendo con una etapa en que el Senado de Roma conducía la política exterior con mano dura, y haciendo valer el éxito y buena situación del ejército romano, en el año 153 a.C. fueron enviados los dos cónsules (Lucio Mummio y Quinto Fulvio Nobilior) a Hispania. El objetivo era acabar con unas guerras especialmente temidas por los soldados romanos: era el peor destino imaginable para ellos, situación que no hizo más que agravarse en los veinte años siguientes.

Viriato
Viriato. Imagen: Wikimedia Commons

 

La resistencia lusitana

En el sur, Mummio se desquitó de su derrota anterior, liquidando casi por completo al ejército lusitano de Césaro, por entonces dedicado al saqueo de varias ciudades del norte de África. Mientras tanto, al otro cónsul no le iban tan bien las cosas. Tras la rebelión de la ciudad celtibérica de Segeda –al no aceptar la orden de Roma de desmantelar las murallas que estaban construyendo–, Quinto Fulvio Nobilior les obligó a huir e instaló su campamento en las inmediaciones de Numancia, donde se habían refugiado los segedanos junto a los arévacos. La villa se convirtió desde entonces en protagonista de la resistencia indígena. Cuando el romano intentó tomar la ciudad sufrió enormes bajas, pues de los 30 000 hombres con que contaba al menos la mitad pereció en la batalla. Nobilior tuvo que retirarse a su campamento, donde el frío de un duro invierno y la escasez de provisiones acabaron con muchos de los romanos que habían conseguido sobrevivir.

Al año siguiente, el cónsul Marco Claudio Marcelo consiguió una tregua de nueve años y grandes cantidades de plata en concepto de tributo, además de ser el fundador de Corduba (Córdoba). Mientras tanto, en el sur, Roma desató nuevamente las Guerras Lusitanas debido al proceder de sus pretores. En 150 a.C., Lucio Licinio Lúculo derrotó a los vacceos de Cauca y después a los grupos de lusitanos que estaban saqueando el valle del Guadalquivir; tras rodearlos y prometerles una rendición honrosa una vez que depusiesen las armas, los vendió a todos como esclavos. Utilizó esta misma estrategia más tarde en Pallantia (Palencia). En 150 a.C., el pretor Servio Sulpicio Galba recibió una embajada de los lusitanos proponiendo un tratado de paz, a lo que él respondió con una treta: les prometió tierras donde se podrían asentar bajo la protección de Roma. Los 30 000 lusitanos que aceptaron esta promesa fueron repartidos en tres campamentos y desarmados, tras lo cual los rodeó con todo su ejército: unos 9 000 fueron acuchillados y más de 20 000 prisioneros fueron vendidos como esclavos en las Galias. Solo unos pocos escaparon de esta encerrona, entre ellos Viriato, que desde 147 a.C. encabezó una rebelión reuniendo a las tribus lusitanas de nuevo.

Muerte de Viriato
Imagen: Wikimedia Commons

 

El caudillo lusitano inició una guerra de guerrillas, desgastando así al enemigo sin presentarle batalla en campo abierto. Se impuso de forma victoriosa hasta que fue asesinado en 139 a.C. por tres de sus hombres de confianza, probablemente sobornados por Roma. Con la muerte de Viriato desapareció la última resistencia organizada de los lusitanos, cuyo territorio quedó a partir de entonces a merced de los romanos.

El historiador romano Estrabón, al hablar de las Guerras Celtibéricas y de los habitantes del centro peninsular, decía: «De los cuatro pueblos en que están divididos los celtíberos, el más poderoso es el de los arévacos, que habitan la región oriental y meridional y son limítrofes de los carpetanos y vecinos de las fuentes del Tajo. La más famosa de sus ciudades es Numancia, cuyo valor se demostró en la guerra de veinte años que sostuvieron los celtíberos contra los romanos; luego de haber destruido varios ejércitos con sus jefes, los numantinos, encerrados tras sus murallas, terminaron por dejarse morir de hambre, a excepción de los pocos que rindieron la plaza. Los lusones, que pueblan la parte oriental, limitan también con el nacimiento del Tajo. De los arévacos son las ciudades de Segeda y Pallantia».

Continúa Estrabón: «Numancia dista unos ochocientos estadios de Cesaraugusta, que, como hemos dicho, se alza en la orilla del Ebro. Tanto Segóbriga como Bílbilis son ciudades de los celtíberos. (...) Posidonio dice que Marco Claudio Marcelo pudo sacar de la Celtiberia un tributo de seiscientos talentos, de lo que se puede deducir que los celtíberos eran muchos y dueños de abundantes bienes, aunque habitasen en una región tan poco fértil...».

Muerte de Viriato
Imagen: Wikimedia Commons

 

Cae Numancia

Después de los éxitos de Quinto Cecilio Metelo, en la Celtiberia tan solo quedaba por quebrar la resistencia de Numancia, el último bastión de la rebeldía indígena. Tras tantos años de reveses para las tropas romanas sucesivamente mandadas por Quinto Pompeyo, Marco Popilio Lenas, Marco Emilio Lépido y Cayo Hostilio Mancino, el pueblo romano decidió encomendar el mando a un joven y prestigioso general, Publio Cornelio Escipión Emiliano. Era el hijo de Lucio Emilio Paulo y nieto adoptivo de Escipión el Africano, de quien tomaría también su sobrenombre cuando en 146 a.C., durante la Tercera Guerra Púnica, destruyó Cartago. Escipión, elegido cónsul sin haber presentado siquiera su candidatura, saneó el ejército y reforzó el asedio a la ciudad arévaca. La tomó definitivamente en 133 a.C., cuando el hambre hizo ya imposible la resistencia.

Finalmente, la ciudad celtíbera fue arrasada, algunos de sus jefes se suicidaron con sus familias y el resto de la población fue vendida como esclava. Prácticamente de forma simultánea, los galaicos meridionales eran sometidos por Décimo Junio Bruto Galaico, el primer general que llevó tropas romanas a la región de Gallaecia en el año 139 a.C.

 

Numancia fue tomada y arrasada en 133 a.C. cuando el hambre hizo imposible la resistencia

Numancia
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Las últimas campañas

Dos años después, Bruto se enfrentó en el Duero con un ejército de 60 000 galaicos y regresó triunfal a Roma. En una ocasión, su ejército se negó a cruzar el río Limia, pues sostenían que era el legendario Leteo, cuyo paso hacía olvidar a uno su identidad y su patria. Décimo Junio Bruto, con el estandarte de la legión, cruzó el río y llamó a cada uno de sus soldados por su nombre para convencerlos de que no había olvidado nada, y prosiguieron la campaña. Tras fundar Valentia (Valencia) para alojar a sus veteranos, continuó en Hispania junto con Cayo Mario, ayudándole a acabar con las últimas rebeliones de las tribus lusitanas.

En el año 123 a.C., con la excusa de que servían de refugio a los piratas del mar, Quinto Cecilio Metelo Baleárico tomó las islas Baleares tras una campaña que duró dos años. Allí instaló a 3 000 hispanos y latinos, para lo cual fundó las ciudades de Palma y Pollentia, e incorporó las islas a la provincia Citerior. A partir de 121 a.C., tan solo quedaban fuera del dominio romano los territorios septentrionales, poblados por galaicos norteños, astures, cántabros y vascones. Roma no sentía especial interés por ellos, ya que no amenazaban de forma directa a las principales fuentes de recursos de las provincias hispanas.

Los vascones fueron asimilados a ­finales del siglo II a.C. y comienzos del I a.C. y en sus tierras se fundó Pompaelo (Pamplona). La frontera quedó aproximadamente ­ jada en el río Duero, si bien algunos pueblos de su ribera derecha ya convivían pací­ficamente con Roma. Se inició así una larga etapa de explotación de las riquezas mineras y agrarias en zonas donde los indígenas, progresivamente romanizados e integrados en las estructuras romanas, coexistían con los itálicos emigrados.

Ruinas de Numancia
Imagen: Wikimedia Commons