Qué esconden las grandes tumbas faraónicas: Los secretos de las pirámides

Desde el siglo XIX, las teorías sobre el porqué de estos mausoleos egipcios y el cómo de su construcción han sido de lo más variopinto, pero perdura el reconocimiento unánime de la grandiosidad arquitectónica de estos colosos de la Antigüedad.

El cielo está mucho más cerca, al alcance de los dedos, desde los imponentes 139 metros de altura de la pirámide de Keops que se elevan sobre la meseta de Guiza como eterno recordatorio de la majestad del segundo faraón de la Dinastía IV. 2,3 millones de bloques de piedra, revestidos por cuatro paredes de caliza blanca –hoy perdidas, a causa de un terremoto y de su explotación como cantera en el período otomano–, proyectan más de tres mil quinientos años después un enigma insondable que ha encendido la imaginación de sus atónitos visitantes durante siglos. Poco importa que científicos, historiadores y arqueólogos hayan proporcionado esquemas perfectamente plausibles acerca de su origen, su proceso de construcción y su significado.

Teorías a cual más peregrina, que implican a ingenieros extraterrestres y superhombres y elucubran sobre dimensiones  paralelas, siguen llenando horas y páginas de historia-ficción estériles y delirantes, recogidas en documentales y libros que, por principio, cuestionan el genio arquitectónico de los antiguos egipcios alimentando mitos esotéricos sin ningún fundamento. Desde los zigurats mesopotámicos hasta las pirámides-templo precolombinas, pasando por mausoleos proyectados hacia el cielo como el del primer emperador de China, Qin Shi Huang, todas estas edificaciones sintetizan la espontánea predilección de múltiples civilizaciones por los gigantes de piedra piramidales, así como su excepcional audacia constructora, que suplía la falta de medios con la prodigiosa habilidad de sus geniales creadores.

 

Pirámide de Kukulkán en la ciudad maya de Chichén Itzá (México).

Una moda arquitectónica no pasajera

Pero fue sobre todo en Egipto donde estas singulares estructuras cristalizaron como un icono de la civilización que las hizo posibles. Y su eclosión como el modelo de sepultura regia por antonomasia –cabe recordar que en muchas otras civilizaciones las pirámides tenían fines culturales, pero no eran lugares de enterramiento– tiene contornos históricos muy definidos, y muy poco de misterio. La pirámide como estructura sepulcral tiene sus orígenes en el siglo XXVII a.C., en el transcurso de la Dinastía III, pero a pesar de que tradicionalmente se asocian, por la monumentalidad de sus más destacados ejemplos, al Imperio Antiguo, en realidad continuaron construyéndose, en una escala mucho más modesta y sin demasiada continuidad, hasta bien entrado el I milenio a.C., muchos siglos después. El período de esplendor de las tumbas piramidales se extendió entre las Dinastías III y VI, esto es, hasta el último cuarto del siglo XIV a.C. No se trató, en modo alguno, de una moda arquitectónica espontánea. Muy especialmente durante las Dinastías III y IV, Egipto atravesó un período de prosperidad excepcional, de estabilidad política y territorial, que tendió a fortalecer progresivamente la figura del faraón como cabeza del Estado.

Mediador entre lo humano y lo divino, el monarca era el “delegado” de los dioses en la tierra. La suya era una majestad sagrada, y esa autoridad que trascendía ampliamente la frontera del gobierno de las cosas mundanas tenía que tener forzosamente un eco en el más allá.

Cuidados del cuerpo del faraón

Los antiguos egipcios creían firmemente que, al morir, el faraón de turno se transformaba en Osiris, dios de los muertos, y que una parte de su espíritu (el ka) permanecía en el cuerpo del monarca difunto. Por ese motivo era tan extremadamente importante para los antiguos egipcios preservar el cadáver del faraón en las mejores condiciones posibles y en una “morada” a la altura de lo que había sido en vida y aún era parcialmente, a través de su cuerpo sin vida, después de la muerte. Los restos mortales momificados del faraón encontraron el mejor acomodo posible en estos colosales mausoleos, donde la eternidad sería testigo por los siglos de los siglos de su grandeza con una expresión arquitectónica que ilustra, mejor que ningún otro elemento, el excepcional poder y el grado de prosperidad de los reinados de Zoser, Keops, Kefrén o Micerino. Pero el proceso de adopción de las pirámides como tumbas reales por antonomasia durante el Imperio Antiguo fue, nunca mejor dicho, escalonado. Desde los albores de la era dinástica, a comienzos del III milenio a.C., los egipcios pensaron que sus reyes debían acomodarse, al morir, en sepulturas que estuvieran a la altura de su majestad. Así, los primeros faraones fueron enterrados en mastabas, en un principio construidas en adobe y posteriormente en piedra. Estas estructuras rectangulares con forma troncopiramidal son las verdaderas precursoras de las pirámides. Pero lo cierto es que la primera pirámide de la que tenemos constancia, la del faraón Zoser, fue un proyecto experimental que fue rediseñándose sobre la marcha.

 

Imagen de Ramsés III en la necrópolis tebana de Luxor, Egipto.

 

El inicio de la era de las pirámides

Un experimento, con todo, que estaba a punto de revolucionar la historia de la arquitectura. La de Zoser no es solo la primera pirámide del Antiguo Egipto, es también el monumento pétreo a gran escala más antiguo que se conserva. Su diseño fue obra de un polímata excepcional, Imhotep, el primer arquitecto con nombre propio del que tenemos constancia documental. Su proyecto se concibió a una escala inédita y su ambiciosa ejecución es, sin lugar a dudas, uno de los grandes logros arquitectónicos de la historia de la humanidad. Se trataba, en realidad, de una reinterpretación, a tamaño colosal, de la tradicional mastaba. De hecho, la pirámide de Zoser no es otra cosa que seis mastabas superpuestas de tamaño decreciente, que se elevan hasta los 62 metros por encima del suelo. La era de las pirámides acababa de iniciarse.

La construcción de un monumento funerario de estas características pone en evidencia la madurez del Estado egipcio, su capacidad para movilizar los recursos humanos y materiales necesarios para la ejecución de un proyecto así; lo que delata una exitosa burocratización y unos niveles de especialización profesional enormemente sofisticados. La excavación en los últimos años del puerto de Guiza, que habría sido el lugar de desembarco de recursos materiales, suministros y obreros implicados en la erección de las pirámides de la Dinastía IV, así como del asentamiento ubicado en las cercanías de la pirámide de Micerino, que alojaba a oficiales, soldados y albañiles en un espacio perfectamente jerarquizado, conformando una auténtica ciudad en la que residían la mano de obra y los responsables de las obras, pone de manifiesto la extraordinaria capacidad del Antiguo Egipto para utilizar recursos y erigir la compleja red de infraestructuras imprescindible para abordar una empresa de esta magnitud.

El experimento de Zoser creó tendencia: sus dos sucesores, Sejemjet y Jaba, se embarcaron –el primero con la supervisión del propio Imhotep– en la construcción de sendas pirámides que quedaron inacabadas. Pero si un monarca merece el apelativo de “constructor de pirámides” en el Antiguo Egipto ese es Seneferu, primer faraón de la Dinastía IV, que reinó entre 2613 y 2589 a.C. y que construyó, al menos, tres pirámides: la de Meidum, edificada originalmente en ocho niveles y de la que apenas se conservan restos de la estructura central, y –más decisivas para la historia de la arquitectura– la conocida como la Pirámide Acodada y la Pirámide Roja. Seneferu fue el primer faraón que renunció al paradigma de sepultura escalonada ideado por Imhotep y se afanó en el desarrollo de un nuevo modelo de pirámides de caras lisas, cubiertas por un revestimiento de piedra caliza. Las dificultades de abordar un proyecto de esta envergadura quedan perfectamente patentes en la Pirámide Acodada de Dahshur, cuyo ángulo cambia drásticamente a mitad de la estructura. Es más que probable que, en mitad de su construcción, los arquitectos se dieran cuenta de que el edificio no aguantaría en pie y que estaba condenado a derrumbarse por su propio peso, razón por la que decidieron corregir la inclinación de las caras construyendo así una pirámide más baja de lo inicialmente previsto. Seneferu y sus arquitectos aprendieron la lección y no cometieron el mismo error al construir la tercera estructura, la Pirámide Roja, así llamada por el característico color rojizo de sus piedras, la primera gran pirámide de caras lisas de la Dinastía IV, que serviría de modelo para las tres grandes pirámides de Guiza, construidas por su hijo Keops y por Kefrén y Micerino.

Keops sucedió en el trono a su padre Seneferu y se propuso superar la grandiosidad de la espectacular Pirámide Roja de su padre. Con una base de 230 metros y 147 metros de altura, la suya es la mayor pirámide jamás construida. En contra de lo popularmente asumido, al calor de las distorsiones de las películas de Hollywood, las pirámides de Guiza no fueron construidas por esclavos. Según Heródoto, veinte años fueron necesarios para completar su construcción, en la que –siempre siguiendo el relato del historiador griego– participaron hasta cien mil hombres (si bien la arqueología ha corregido y rebajado esa cifra hasta los diez o veinte mil). Los restos óseos excavados en el asentamiento de obreros anejo a la pirámide desacreditan la teoría de los esclavos. Se trataba más bien de agricultores nativos que, entre cosecha y cosecha, participaban en la erección de estos monumentos recibiendo un salario a cambio de su trabajo.

 

¿Cómo podían mover las piedras?

El hallazgo de numerosos vestigios de cabras, ovejas y otros animales en los alrededores del poblado demuestra que los trabajadores disfrutaban de una dieta rica en carne; un privilegio, de hecho, al alcance de muy pocos en el Antiguo Egipto. Estos obreros habrían tenido acceso, por otro lado, a los mejores cuidados médicos, por lo que en modo alguno se trataba de individuos explotados. Pero una de las grandes preguntas que emergen al observar la magnitud de la obra es: ¿cómo eran capaces de transportar los gigantescos bloques de piedra, que llegaban a pesar decenas de toneladas? Con toda seguridad, los egipcios se valían de trineos de madera para el transporte de las piedras, pero estudios posteriores apuntan a que el truco consistía en humedecer la arena previamente, lo que facilitaba sustancialmente el deslizamiento reduciendo la fricción; a tal punto, que los especialistas defienden que con este sencillo pero eficaz método haría falta solo la mitad de hombres para arrastrar las piedras desde el puerto al lugar de las obras. Hay consenso total también entre los especialistas en que, una vez in situ, las piedras serían elevadas a través de un sistema de rampas. La única discrepancia es cómo estaban elaboradas y cómo funcionaba exactamente este sistema.

Existen numerosas hipótesis, todas ellas perfectamente plausibles. Simplemente, no sabemos exactamente cuál de estas propuestas se aproxima más a la realidad. Tampoco hay que buscar explicaciones marcianas para justificar el perfecto alineamiento de la pirámide de Keops con los puntos cardinales, con un insignificante margen de error que, curiosamente, se repite en las pirámides Roja y de Kefrén (que, forzosamente, fueron pues alineadas con el mismo método). Un estudio llevado a cabo por el arqueólogo e ingeniero Glenn Dash demuestra que, con toda probabilidad, el sistema utilizado fue una rudimentaria estaca de madera y la observación de las posiciones de la sombra que esta proyectaba a lo largo de la jornada durante el equinoccio de otoño. Es un método muy preciso que, curiosamente, ofrece los mismos exiguos márgenes de error que se miden en la orientación de las pirámides. Al parecer, tampoco en esto fue necesaria la intervención de una inteligencia de otro planeta.

 

Ilustración de 1856 de una esfinge con las pirámides de Guiza de fondo.

 

Las últimas pirámides

La edad dorada de las pirámides declinó con el fin de la Dinastía IV, pero, aunque en una escala más reducida, siguieron siendo el modelo de sepultura elegido por algunos de los monarcas de las Dinastías V y VI (la más célebre de todas ellas es la del faraón Unis, en Saqqara). Ya no eran tiempos de prosperidad y abundancia, por lo que se trata de edificaciones mucho más modestas. La última gran pirámide fue construida por Pepi II, segundo faraón de la Dinastía VI, y apenas alcanza los dieciséis metros de altura. Con el fin del Imperio Antiguo, la “moda” de las pirámides desapareció. Pero algunos faraones del Imperio Medio, concretamente de la Dinastía XII, volvieron a recuperar esta antigua tradición, si bien ya lejos de las pretensiones monumentales de antaño. A partir del siglo VIII a.C. floreció en Sudán una nueva civilización, la de los kushitas, que imitó muchos de los usos y costumbres de sus vecinos egipcios. Construyeron en su tierra más de doscientas pirámides,  de alturas que oscilan entre los 6 y los 30 metros. Como sus “parientes egipcias”, son Patrimonio de la Humanidad.

 

Colosos como muestra de poder

Y es que la ciencia ha ido desacreditando una a una las teorías más fantasiosas surgidas alrededor de estos emblemáticos edificios: desde la sugerencia del congresista estadounidense Ben Carson de que las pirámides eran en verdad el granero de José, uno de los hijos de Jacob, a la teoría de que son una suerte de contenedor cifrado de profecías bíblicas, pasando por la de que son la primera colonia fundada por los atlantes o una hipótesis más sensata pero también superada, que señala la existencia de una correlación entre la ubicación de las tres pirámides de Guiza y las tres estrellas de la constelación de Orión. La realidad es mucho más simple: las pirámides son una de las cumbres del genio arquitectónico humano. Los egipcios eran formidables arquitectos e ingenieros y tenían un Estado sofisticado y capacitado para acometer empresas de esta magnitud. Eso, sumado a la veneración por la figura divina del faraón y la necesidad de regalarle una morada final a la altura de su grandeza (además del potente mensaje político y de autoridad que deslizaba la construcción de estos colosos), explica la eclosión en el Imperio Antiguo de estas asombrosas estructuras.

 

La cámara misteriosa

El uso de técnicas de prospección no invasivas en las pirámides ha generado una gran expectación en los últimos años. La puesta en marcha en 2015 del proyecto ScanPyramids arrancó con el anuncio del hallazgo de una cámara oculta y desconocida en el interior de la pirámide de Keops, descubierta tras un exhaustivo escaneo del interior del edificio. Pese a que proliferaron hipótesis a cual más imaginativa, finalmente se confirmó que se trataba de una cámara vacía. Con todo, el hallazgo pone en evidencia que las nuevas tecnologías permitirán en los próximos años seguir desvelando nuevos secretos aún ocultos en el interior de estos colosos de piedra.